El favor que le cobró el mejor amigo de su hijo
Cuando él apretó el hombro del tipo que la había acosado, Mariela sintió algo que no debía: la certeza de que ese chico podía hacer con ella lo que quisiera.
Cuando él apretó el hombro del tipo que la había acosado, Mariela sintió algo que no debía: la certeza de que ese chico podía hacer con ella lo que quisiera.
Cuatro manos la alzaron sobre la arena mientras el círculo entero contenía la respiración, esperando ver hasta dónde se atrevería a llegar esa tarde.
Me arrodillé frente a la ventana sin imaginar que uno de ellos ya había rodeado la casa y me observaba en silencio desde la puerta trasera.
Me dejó sentada en el sofá con un antifaz y las manos sudando. Cuando una mano subió por mi pierna y empezó a sonar la música, supe que no olvidaría esa noche.
Me ordenó desnudarme en su comedor y empezar a barrer. Yo solo era su juguete esa tarde, y cada palmada en el culo me recordaba quién tenía el control.
Salí de casa con un suéter que transparentaba todo y sin nada debajo. Mi novio caminaba detrás de mí, mirándome, mientras los ojos de otros me recorrían entera.
Si pedíamos cerveza, nos despedíamos. Si pedíamos vino, nos quedábamos. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa copa que ella eligió sin dudar.
A los sesenta y cuatro creía que esa parte de mí estaba apagada para siempre. Bastó una conversación telefónica y una zanahoria para demostrarme lo equivocada que estaba.
Le pedí a mi amigo que me acompañara a cumplir algo que llevaba años imaginando: dejar que unos desconocidos me vieran. No esperaba cuánto me iba a gustar.
Llevaba todo el día con la ropa interior húmeda solo de pensar en lo que me esperaba en casa. La caja seguía cerrada sobre la cama, y yo ya no aguantaba más.
Dijo que le dolía la espalda para no ir a las actividades. Yo me ofrecí a cuidarlo. Los dos sabíamos que el dolor era la excusa más vieja del mundo.
Llevábamos años jugando a desear a otros entre susurros. Esa noche, en la mesa de un restaurante, mi marido me deslizó una idea que ya no tenía vuelta atrás.
Sabía que no debía tocarlo, que era algo íntimo y suyo. Pero el vapor, el silencio de la casa vacía y mi propia curiosidad me empujaron a probarlo.
Creí que no vendría. Pero el timbre sonó, miré por la ventana y ahí estaba, con esa cara de inocencia que llevaba años quitándome el sueño.
Cerré los ojos bajo el agua caliente sin imaginar que esa tarde, completamente sola en mi baño, iba a descubrir algo sobre mí que ya no podría dejar de buscar.
Apoyé el vientre sobre la almohada, dos juguetes clavados en mí y tu nombre en la boca. Esto es lo que hago las noches en que tu lado de la cama se queda frío.
Nadie le había hablado nunca de su propio cuerpo. Esa noche, frente al espejo del baño, Valeria entendió por primera vez lo que su piel podía darle.
Cuando entré a la sala y vi que había 198 personas desnudas esperando mi señal, entendí que había cruzado un límite del que no quería volver.
Tres meses escribiéndonos. Un solo paso para cruzar su umbral. Lo que vino después no fue lo que prometió: fue todo lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo a gritos.
Hacía tres años que leía cada palabra suya sin darle un like, sin comentar, sin atreverme a nada. Esa madrugada algo cambió cuando su mensaje apareció.