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Relatos Ardientes

La noche en que descubrí lo que mi cuerpo guardaba

Para entonces llevaba meses cargando ese deseo. No sabía bien cómo llamarlo, pero lo reconocía cada vez que me miraba en el espejo del baño: una sensación de que había una versión de mí misma esperando del otro lado del cristal, más real que la que el mundo veía todos los días.

Tenía diecinueve años. El cabello castaño y ondulado me llegaba a los hombros, lo había dejado crecer a propósito durante los últimos dos años. Era delgada, con caderas que empezaban a abrirse gracias a los meses de sentadillas en el gimnasio, y cuando me ponía de perfil frente al espejo grande del dormitorio, me gustaba la silueta que veía: una curva en el lomo, el culo redondeándose despacio, las piernas largas.

Mis compañeras me decían que les daba envidia ese trasero. Yo me reía sin decir nada.

La exploración había empezado meses atrás, tímida, con los dedos, en la oscuridad y el silencio. Pero los dedos ya no eran suficientes. Mi mente quería más, pedía más, y mi cuerpo aprendía rápido.

En los cajones del baño de mi madre había toda clase de recipientes: frascos de acondicionador, envases de crema corporal, tubos de mascarilla. Cilíndricos, lisos, de distintos tamaños. Empecé a mirarlos con otros ojos.

Había uno pequeño de champú que usaba ya de memoria: unos tres centímetros de diámetro, doce de largo, fácil, versátil. Me lo metía en la boca para practicar antes, imaginando que era otra cosa, y después lo deslizaba donde lo quería. Era manejable y conocido, y ya no me dolía nada.

Pero el que me quitaba el sueño era otro: un envase de cristal que mi madre había guardado sin saber lo que yo haría con él. Cuatro centímetros y medio de diámetro, dieciocho de largo. Lo había sostenido en la mano varias veces antes de usarlo, calculando, midiendo con la palma, mordiéndome el labio.

Algún día, pensaba. Y ese día llegó.

***

Mi madre salió un sábado por la tarde a visitar a mi tía. Antes de irse me dijo que volvería después de la cena. Mi hermana estaba en casa de su novio. Calculé que tenía cuatro horas, mínimo.

Cerré con llave, bajé las persianas del dormitorio, y abrí el cajón donde guardaba las cosas que nadie sabía que tenía.

Había un uniforme de colegiala que había armado pieza por pieza a lo largo de meses: una camisa blanca de manga larga que le había tomado prestada a mi hermana sin que lo supiera, anudada a la altura del ombligo. Una falda a cuadros verdes y azules que llegaba justo por debajo del culo. Un par de medias negras de media pierna. Y unos tacones negros de cinco centímetros que había comprado en una tienda online con mi tarjeta, el corazón en la garganta mientras esperaba el paquete cada día.

También tenía un calzón de satén rosa, con encaje blanco en la parte trasera. Era nuevo. Lo había guardado sin usarlo, esperando la ocasión correcta.

Me vestí despacio frente al espejo.

Primero la camisa, luego el calzón, luego la falda. Las medias subí con cuidado, estirando la tela despacio para que quedaran lisas. Después los tacones, y de repente mis piernas parecían otras: más largas, más definidas, con ese arco en el tobillo que me gustaba tanto ver en las demás.

El maquillaje fue lo más lento. Delineado negro en los ojos, con una pequeña cola hacia afuera para darle ese efecto de gata que buscaba. Sombra ahumada, oscura. Labial color vino tinto, que apliqué dos veces para que quedara bien cubierto. Me hice un moño alto y dejé algunos mechones sueltos cayendo sobre las orejas.

Me miré.

No me reconocí. Lo digo en serio: hubo un segundo en que vi a otra persona, y ese segundo fue el más hermoso que había tenido en mucho tiempo.

Hola, le dije al espejo en silencio.

***

Me puse a cuatro patas en la cama con el espejo de mano apoyado en la almohada para poder verme. Tomé el envase pequeño y empecé a chuparlo despacio, con el labial tiñendo el plástico, dejando un rastro rojo y brillante. Me imaginé otra situación, otro cuerpo frente a mí, y me dejé llevar.

Empujé el envase hacia el fondo de la garganta hasta que los ojos me lagrimearon. El delineado empezó a correrse. Cuando lo saqué, un hilo fino de saliva cayó entre mi boca y el plástico, y en el espejo vi cómo me había quedado la cara: deshecha, el maquillaje marcando el tiempo transcurrido, los labios rojos y húmedos.

Me veía exactamente como quería verme.

Me quité el calzón. Tomé el envase de cristal grande, lo lubrifiqué bien, y lo apoyé contra mí.

Empujé.

Dolor. Cerré los ojos y hice fuerza, y el dolor fue más fuerte que yo. Solté el aire despacio y esperé. Tomé el envase pequeño primero, me trabajé despacio hasta sentir que el músculo cedía, que mi cuerpo empezaba a abrirse con menos resistencia. Cuando me sentí lista, volví al grande.

Lo apunté de nuevo. Respiré.

Esta vez algo fue diferente. Sentí cómo me iba abriendo centímetro a centímetro, una presión nueva que nunca había conocido. Pegué el pecho a la cama y enterré la cara en la almohada, mordiéndola, conteniéndome.

Los primeros cinco centímetros entraron y el dolor se mezcló con algo que todavía no sabía nombrar. Lo dejé quieto un momento. Respiré. Lo retiré despacio y sentí el vacío que dejaba, y ese vacío también era una sensación.

Lo lubrifiqué de nuevo y volví a empezar.

Esta vez entró con más facilidad. Y esta vez lo dejé ir hasta el fondo.

Un escalofrío me subió desde las rodillas hasta la nuca. Me quedé inmóvil unos segundos, procesando lo que sentía: llena, abierta, con algo ocupando un espacio que había sido solo mío hasta entonces. Empecé a moverme despacio, primero con cautela, luego con más ritmo, y los sonidos que salían de mi boca eran involuntarios, genuinos, sin actuación.

Me sentía como nunca me había sentido.

***

En algún momento me paré de la cama, me di vuelta y me puse frente al espejo de cuerpo entero que estaba apoyado en la pared. Me miré: la camisa anudada, la falda subida, las medias, los tacones. El maquillaje completamente corrido, el delineado bajando por los pómulos como ríos negros, el labial desparramado más allá del contorno de los labios.

Me gusté tanto que me apliqué un par de golpes en el trasero con la mano abierta. El sonido fue seco y claro en el silencio del cuarto.

—Soy una chica mala —dije en voz alta, para nadie, para el espejo.

Me gustó cómo sonó.

Puse el envase de cristal vertical sobre la cama, lo sostuve con la mano para que no se cayera, y lo monté. Bajar fue un proceso lento, de rodillas flexionadas, de respiración contenida, de pequeños ajustes hasta que encontré el ángulo correcto. Cuando lo conseguí, cuando todo el peso de mi cuerpo lo empujó hacia adentro, cerré los ojos y me dejé ir.

La cabalgata fue lenta al principio, cuidadosa, aprendiendo el ritmo. Luego más rápida. Luego sin pensar. Cada bajada era una ola y yo cabalgaba encima sin control, con las manos apoyadas en mis rodillas para mantener el equilibrio, el pelo suelto cayéndome sobre la cara.

Después me acosté boca arriba.

Abrí las piernas, tomé una almohada y la abracé contra el pecho con los brazos y las rodillas, y me imaginé un cuerpo encima del mío. Alguien grande, de manos pesadas, que me sujetara sin brutalidad pero sin gentileza tampoco. Alguien que me mirara desde arriba con esa expresión de quien sabe exactamente lo que está haciendo.

Me lo metí en esa posición, lo más profundo que pude, y la fantasía y la sensación se fundieron en una sola cosa.

***

Había leído algo sobre la próstata. Que era como el punto G en otras anatomías: difícil de encontrar, fácil de ignorar, imposible de olvidar una vez que lo descubrías. Que la única forma de llegar era desde adentro.

Cambié el ángulo.

Volví a ponerme a cuatro patas, apunté el envase hacia arriba, hacia la pared anterior, y empecé a moverlo buscando esa zona. Tardé un rato. Hubo momentos en que casi lo encontré y luego lo perdí. Me saqué el envase, me toqué con los dedos haciendo círculos hasta sentirme más sensible, más despierta en ese punto exacto, y volví a empezar.

Cuando el envase tocó el lugar correcto, lo supe sin duda.

No fue un placer gradual. Fue una señal eléctrica que subió por mi columna y llegó a la base del cráneo. Los ojos se me cerraron solos. Saqué la lengua sin querer. Empecé a temblar en las rodillas y no paré, seguí moviéndome, aceleré, y la presión fue creciendo como algo que no tiene nombre preciso en ningún idioma.

No ordené que pasara. Solo pasó.

Un espasmo largo, profundo, que empezó en el centro de mi cuerpo y se expandió hacia afuera como agua derramándose. Caí sobre la cama sin poder sostenerme. Las piernas me temblaban de una forma que nunca había sentido, un temblor involuntario que no podía controlar aunque quisiera. Me quedé quieta, con la cara en la almohada, respirando con la boca abierta.

¿Qué fue eso?

Tardé varios minutos en poder pensar con claridad. Me incorporé despacio. Había un pequeño desastre en la cama, en mis medias, en la falda. Me quedé mirándolo sin vergüenza, solo con asombro.

Sabía lo que había pasado. Lo había leído también. El cuerpo, cuando está lo suficientemente despierto y lo suficientemente libre, hace cosas que la mente no le ordenó. Se libera por su cuenta.

Fui al baño, me limpié, me miré en el espejo. El maquillaje era un desastre completo. El delineado había bajado hasta la mitad de las mejillas. El labial ya no existía como tal, solo un rastro rosado en los bordes de la boca. El moño se había deshecho casi por completo.

Me gusté igual. Quizás más.

***

Volví al cuarto.

Todavía tenía una hora antes de que mi madre llegara. Las piernas me seguían temblando un poco cuando caminaba, ese temblor suave que no desaparece rápido. Me apoyé en la pared junto al espejo, con el trasero hacia afuera, y busqué el envase de cristal una última vez.

En esta posición el ángulo era diferente: más directo, más preciso. No necesité buscar. A los pocos movimientos la presión volvió, más rápida que la primera vez, como si el cuerpo hubiera aprendido el camino y no quisiera perder tiempo.

Mis piernas cedieron antes de que llegara al final. Me sostuve contra la pared con las palmas abiertas, la frente apoyada en el yeso frío, y me dejé ir otra vez.

Esta vez las piernas mojadas, el suelo también. Caí despacio, controlada, hasta quedar sentada con la espalda en la pared y las rodillas dobladas.

Respiré.

Afuera, los pájaros hacían ruido en el árbol del patio. Un perro ladró a lo lejos. El mundo seguía igual que siempre, sin saber nada de lo que había pasado en ese cuarto en las últimas horas.

Me quedé sentada un rato más, sin moverme, sintiendo todavía los últimos ecos del temblor en los muslos, con el uniforme arrugado y el maquillaje deshecho y el pelo suelto tapándome media cara.

Feliz, pensé. La palabra llegó sola, sin esfuerzo, sin buscarla.

Solo eso: feliz.

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Comentarios (9)

Celeste

Me llegó muy hondo este relato. Gracias por animarte a compartirlo.

FlorMG

Que lindo que escribis asi, con tanta delicadeza. Esperando la continuacion!

SantiagoLP

El final me sorprendio, no me lo esperaba para nada. 10/10

LuzDelSur

Se siente tan real... me recordo a cosas que prefiero guardar para mi. Gracias por contarlo.

TomasLector

Muy bien narrado, se nota que escribis con el corazon. Seguí así!

Naty_porteña

Ay, me hize chiquita leyendo esto. Muy bonito y honesto a la vez.

Balta63

Una pregunta, esto es autobiografico? Se siente muy vivido, demasiado para ser inventado jaja

ValentinaK

Que hermoso relato!! Me emocione un poco, en serio.

MaritoRd

excelente!!! sigue escribiendo que tenes mucho talento

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