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Relatos Ardientes

El vecino que me hizo sentir mujer otra vez

Llegamos al fraccionamiento en marzo, cuando los árboles de la avenida principal todavía no habían terminado de soltar las últimas hojas del invierno. Yo conduje el segundo auto cargado de cajas mientras Rodrigo iba adelante con los niños. Era una imagen bonita desde afuera: familia joven, casa nueva, nuevo comienzo. Por dentro, yo sabía que hacía tiempo que no éramos eso.

Trece años de matrimonio. Los últimos cuatro habían sido una lenta erosión: cenas en silencio, fines de semana que él llenaba con compromisos de trabajo, noches en que yo apagaba la luz sin esperar nada. Habíamos llegado a ese punto donde ya no peleábamos porque ya no importaba lo suficiente. La mudanza era mi apuesta. Un lugar nuevo. Quizás algo se despertaba.

El fraccionamiento era tranquilo, bien arbolado, con casas de dos plantas y jardines cuidados. Apenas llegamos a la caseta de acceso, el guardia llamó al encargado de mantenimiento. Apareció Carlos.

Tendría unos cincuenta y cinco años, tal vez más. Pelo plateado cortado corto, ojos claros detrás de unos lentes de armazón oscura, espalda ancha. Caminaba despacio y hablaba más despacio todavía, con esa calma de quien no necesita apurarse para nada. Se ofreció a guiarnos hasta la casa en el carrito eléctrico del complejo.

—Bienvenidos. Si necesitan algo estos primeros días, busquen a Carlos —dijo señalándose con una sonrisa simple y directa.

No le presté más atención en ese momento. Teníamos cajas, teníamos niños corriendo, y yo tenía la cabeza en mil cosas a la vez.

Lo que pasó después lo recuerdo bien porque fue la primera vez en meses que sentí rabia de verdad, esa rabia limpia que despierta cuando algo que ya no soportás se vuelve imposible de ignorar.

Estábamos bajando cajas del camión cuando el teléfono de Rodrigo sonó. Lo vi alejarse dos metros, hablar en voz baja, asentir. Después se volvió hacia mí con esa expresión que ya conocía de memoria.

—Tengo que ir. Es el estudio. Una hora, máximo.

—Rodrigo, acabamos de llegar.

—Vos podés con esto —dijo señalando los peones de la mudanza, el camión, los niños, las cajas—. Además está el encargado, que te puede ayudar.

Se fue. Y yo me quedé parada en la entrada de mi casa nueva, con las manos apretadas a los lados y los ojos ardiendo. No lloré. Ya no lloraba por eso.

Carlos apareció como si hubiera estado esperando exactamente ese momento. Sin decir nada, levantó una caja del piso y caminó hacia la puerta.

—No tiene por qué molestarse —le dije.

—No es molestia, señora. —Hizo una pausa y sonrió de costado—. Soy todo manos.

Me ayudó durante casi dos horas. No habló más de lo necesario, pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, yo notaba algo en la suya. No era descaro. Era atención. Una atención tranquila y directa, como si me estuviera viendo de verdad, no como parte del paisaje. Sus ojos se detenían en mi cuerpo un segundo más de lo habitual: la curva del cuello, la tela ajustada de la remera, mis jeans pegados.

No me molestó. Al contrario.

Hacía tanto que nadie me miraba así.

Cuando terminó, lo invité a tomar algo. Dijo que no podía, que tenía que volver a su ronda. Se fue con la misma calma con que había llegado. Pero yo me quedé parada en el umbral más tiempo del necesario, mirando cómo se alejaba.

***

Al día siguiente descubrí que el lavarropas nuevo no estaba instalado. El técnico de la empresa de mudanzas había olvidado conectar la manguera de desagüe, y el manual venía en un idioma que no era ninguno de los que yo hablaba. Llamé a Rodrigo dos veces. No contestó.

Llamé a Carlos.

No me pregunté por qué lo llamé a él y no a un técnico. Simplemente lo hice.

Llegó a los veinte minutos. Yo estaba en la cocina con un delantal floreado encima de unos leggings oscuros y una musculosa blanca. La casa seguía patas arriba. Él entró, miró alrededor sin juzgar y dijo que el arreglo era simple.

Mientras trabajaba en el cuarto de servicio, agachado junto a la máquina, yo me moví a su alrededor sin razón aparente. Buscaba herramientas, le alcanzaba cosas, me inclinaba más de lo necesario. En un momento me pidió que sostuviera la manguera mientras él la aseguraba por detrás.

—Cuidado con el delantal —dijo, mirando el lazo que colgaba hacia la conexión.

Me lo quité sin pensarlo. Lo dejé sobre la mesada. Sentí el peso de su mirada antes de que él volviera a enfocarse en la tarea.

Después tomamos café en la cocina. Él preguntó cómo me estaba yendo con la mudanza. Yo le dije que bien, aunque los dos sabíamos que no era verdad. No sé cómo pasé de ahí a contarle sobre Rodrigo, sobre los últimos años, sobre esa sensación de estar sola en pareja que es peor que estar sola a secas. Él escuchó sin interrumpir, con los codos sobre la mesa y la taza entre las manos grandes.

—No entiendo cómo un hombre puede no ver lo que tiene —dijo al final, en voz baja.

Me sonrojé. Me di cuenta de que me estaba sonrojando y eso me sonrojó más todavía. Su mano se extendió sobre la mesa. Despacio, casi sin intención. La mía se acercó sola y lo rozó apenas. Sentí calor en todo el antebrazo.

Retiré la mano antes de que cualquiera de los dos pudiera darle un nombre a lo que estaba pasando. Él se fue sin decir nada más. Pero el calor se quedó.

***

Tres días después, con el frío de la tarde metiéndose por las ventanas, decidí encender la chimenea del living por primera vez. Nunca había usado una chimenea. Abrí la compuerta, puse leños, encendí papel. En cinco minutos la habitación estaba llena de humo.

Llamé a Carlos.

Esa vez me puse una falda corta de lino beige y una blusa negra con escote. No me pregunté por qué. Simplemente me lo puse.

Cuando llegó y abrió la puerta del living, el humo todavía flotaba cerca del techo. Me miró a mí antes de mirar la chimenea. Esa mirada duró apenas un segundo, pero me la guardé entera.

—La compuerta de tiro estaba mal abierta —dijo, arrodillándose frente al hogar.

Lo observé trabajar. Tenía manos grandes y seguras. Movía las cosas sin brusquedad, con la misma calma de siempre. Me senté en el piso a su lado con la excusa de alcanzarle las tiras de papel para el encendido.

En un momento nos inclinamos los dos al mismo tiempo para soplar la brasa y nuestras cabezas casi chocaron. Nos reímos. El fuego prendió por fin y la luz anaranjada nos iluminó desde abajo. Yo estaba apoyada en los codos sobre la alfombra, con la falda corrida hacia arriba. No la acomodé.

Sentí que el aire cambiaba.

Carlos no se movió de su lugar, pero su respiración cambió. Sus ojos recorrieron mis piernas, mi cintura, subieron hasta mi cara. Yo lo sostuve. No aparté la mirada.

—Verónica —dijo, despacio.

Nada más. Solo mi nombre. Pero sonó como una pregunta.

—Sí —respondí. Y no estaba respondiendo a nada que él hubiera dicho en voz alta.

Se acercó. Su mano tocó mi rodilla primero, después subió por el muslo muy despacio, como si me estuviera dando tiempo para decir que no. No dije nada. Cerré los ojos y dejé que la palma de su mano recorriera mi piel.

El primer beso fue suave. Casi una pregunta. El segundo fue diferente: urgente, directo, con toda la tensión acumulada de esos días. Me besó como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Con una mano en mi nuca y la otra en mi muslo, me recostó sobre la alfombra.

Sus labios bajaron por mi cuello. Sentí sus dientes rozar la piel y arqueé la espalda sin querer. Con un movimiento preciso corrió la blusa hacia un lado y encontró mis pechos. Su boca se cerró sobre un pezón y el aire se me fue de los pulmones.

—Dios... —exhaló contra mi piel.

No dije nada. Solo hundí los dedos en su pelo plateado y lo pegué más contra mí.

Chupó despacio, con la lengua rodeando el pezón, después más fuerte, con succión sostenida. Con una mano masajeaba el otro pecho, pellizcando suave. Cada vez que apretaba, yo sentía la sacudida directa en el centro de mis muslos. No podía controlar los sonidos que salían de mi boca.

—Así... sí... no pares...

Sus dedos encontraron la cintura de mi ropa interior y la corrieron a un lado. Me tocó con cuidado al principio, estudiándome, sintiendo exactamente dónde y cómo. Cuando encontró el ritmo que me hacía cerrar los ojos, aceleró apenas y lo sostuvo.

—Estás... —empezó a decir.

—Lo sé —lo corté, abriendo más los muslos.

Me llevó al borde con los dedos solos, sin apurarse, mirándome la cara todo el tiempo como si eso también formara parte de lo que quería. Cuando llegué, fue largo y lento y me dejó temblando sobre la alfombra mientras el fuego crepitaba a un metro de nosotros.

Después me senté y lo desabotoné. Tenía el torso más firme de lo que esperaba. Me tomó del borde de las caderas y me acomodó sobre él despacio, dejando que yo marcara el ritmo al principio.

Tardé un momento en acomodarme. Era grande. Me tomé mi tiempo y él no se movió, me dejó hacer.

Cuando empecé a moverme, sus manos no me soltaron. Me guiaba sin controlarme. Me miraba sin apartar los ojos. Esa atención sostenida, esa presencia entera puesta en mí, fue lo que más me desarmó. No era solo el deseo físico. Era que alguien me estaba mirando de verdad, como si lo que yo sintiera en ese momento fuera lo único que importaba.

Me incliné hacia adelante y cambié el ángulo. Él contuvo el aliento.

—Verónica... —gruñó contra mi cuello.

—No te muevas —pedí—. Quiero hacer esto yo.

Obedeció. Sus manos se cerraron en mis caderas pero no empujaron. Me dejó moverme a mi manera, encontrar lo que necesitaba. Y lo encontré. El segundo orgasmo llegó desde adentro, más profundo que el primero, y me dobló hacia adelante con un gemido que no traté de callar.

Después fue él. Lo abracé fuerte mientras terminaba, sintiendo cada contracción, con la cara hundida en su cuello. Nos quedamos quietos un rato. El fuego seguía ardiendo. Afuera el viento movía los árboles del jardín.

***

Me tomó de la mano y me llevó al baño de la planta baja. Abrimos la ducha juntos. Bajo el agua caliente no hablamos mucho. Nos lavamos el uno al otro con una calma que no esperaba, como si nos conociéramos de antes. Sus manos recorrían mi espalda, mis hombros, sin apuro. Yo hice lo mismo.

Después café. Los dos sentados en la barra de la cocina, con las tazas entre las manos y el silencio sin peso.

—Esto no debería volver a pasar —dije.

Él me miró por encima del borde de la taza.

—¿Eso creés?

No respondí. Los dos sabíamos la respuesta.

Hay noches en que cierro los ojos y vuelvo a esa tarde: el olor a leña, el calor de la alfombra bajo mi espalda, sus manos lentas y seguras, su mirada que no se iba a ningún lado. Por primera vez en años me sentí vista. No como «la que se encarga de todo», sino como una mujer con deseo propio, con un cuerpo que importaba, con ganas que alguien quería atender.

Y cada vez que pasan unos días y el teléfono suena y es él preguntando si necesito algo... siento que la respuesta siempre va a ser que sí.

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Comentarios (8)

ValeriaRdP

Que hermoso relato, se siente tan real... me llego al corazon y no solo por el erotismo sino por como describe ese momento de volver a sentirse deseada. Gracias!

ManuelBsAs

Buenisimo!!! sigan subiendo relatos asi

lectora_silen

Me quedé con ganas de mas, por favor una segunda parte

PescadorNocturno

Muy bien escrito, se nota que hay sensibilidad detras de cada parrafo. Saludos

Romi_Gdl

Ay, me recordo tanto a algo que me paso hace unos años... esas miradas que dicen todo antes de que pase nada. Increible relato!

SoleRosario

corto pero intenso, quiero saber que paso despues!!

papillon68

Excelente, de los mejores que lei ultimamente en esta categoria. Muy bien logrado el clima desde el principio.

Caro_norte

jaja la parte de la chimenea... como que nadie cree en esa excusa pero funciona igual 😂 muy lindo relato

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