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Relatos Ardientes

Damián me convirtió en la profesora de su fantasía

Quiero darles las gracias por todos los mensajes que recibí después de mi última confesión. Me calienta saber que les gusta leer cómo ese chico que martiriza a mi hijo en la facultad terminó haciéndose dueño de mi cuerpo. Hoy vengo a contarles una mañana de febrero que sigo repitiendo en mi cabeza cada vez que mi marido se sube a un avión.

Era nueve de febrero, un lunes encapotado que apenas marcaba un mes desde aquella Nochebuena en la que crucé la línea por primera vez. Ahora me considero, sin pudor, el juguete personal de Damián, su amante sumisa, su milf de cabecera cada vez que el hijo de la casa no está. Hemos compartido cama, garaje y baño tantas veces que perdí la cuenta. Cada encuentro me deja más entregada que el anterior, más adicta a esa forma suya de mandar sin pedir permiso.

Mi marido lleva tres semanas en otra ciudad por trabajo y mi hijo, que estudia ingeniería en la misma universidad que Damián, ni se imagina nada. Su compañero de clase, ese chico de veintidós años al que él detesta, entra y sale de mi casa como si fuera el dueño. Para mí, que tengo treinta y ocho y llevo años convencida de que ya nadie volvería a mirarme así, esto es como un sueño turbio del que no quiero despertar.

Aquella mañana me había levantado sola, las sábanas todavía con olor a la tarde anterior. Damián me había acorralado contra el lavabo del baño y me había dejado escurriendo entre las piernas mientras yo intentaba prepararle el desayuno como si nada. Mi cuerpo seguía vibrando con el recuerdo. Pasé las manos por la curva de mi cintura, por mis pechos pesados, por las caderas que han ganado vida nueva desde que él me las marca. Sabía que iba a volver. Su mensaje de la noche anterior no admitía dudas.

Mañana a las diez, profe. Tengo una fantasía nueva. Vístete de maestra. Si no tienes algo, lo improvisas. Y nada de bragas.

Lo había leído acostada, en el silencio del cuarto matrimonial, y casi me corrí solo de imaginarlo.

La idea me prendió por dentro. Yo, que durante años fui la esposa correcta del barrio, jugando a ser su profesora castigada, la maestra que un alumno desvergonzado decide doblegar. Antes de Damián, fantaseaba con cosas así en silencio, con la mano metida bajo las sábanas mientras mi marido roncaba al lado. Ahora podía vivirlas. Corrí al vestidor a buscar un disfraz que me sirviera.

Encontré una blusa blanca ajustada que no me ponía desde los treinta, una falda lápiz negra que abrazaba mi trasero hasta la mitad del muslo, medias caladas hasta la rodilla y unos tacones altos que tenía guardados para alguna fiesta. Debajo, nada. Me pinté los labios de un rojo descarado, marqué los ojos con delineador y me até el pelo en un moño tirante. Frente al espejo, con esa pose severa, parecía exactamente lo que él me había pedido: una profesora a la espera de ser corrompida.

A las diez en punto sonó el timbre. Sentí que el corazón se me bajaba al pubis. Abrí la puerta y ahí estaba él, bajito, compacto, con esa sudadera gris que le quedaba enorme y los jeans caídos. Me miró de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en la blusa que apenas contenía mis pechos. Llevaba una mochila al hombro, como cualquier estudiante que llega tarde a una tutoría, pero la sonrisa decía otra cosa.

—Buenos días, profesora Renata. ¿Lista para la clase privada? —dijo, cerrando la puerta con el pie y empujándome contra la pared del recibidor.

—Damián, esto no está bien —contesté entrando en el juego—. Soy tu profesora. No puedes hablarme así.

Sus dedos ya estaban subiendo por la falda. Me llevé la mano a la boca fingiendo escándalo, pero mis caderas se pegaron solas a la suya, sintiendo el bulto que crecía bajo la tela del jean.

—¿Que no? Si te tengo vista hace meses, profe. Cómo te paseas entre los bancos, cómo se te mueve el trasero cuando te agachas a corregir. Hoy me das lo que quiero o le cuento al decano que les tiras onda a tus alumnos.

Apretó mi pezón por encima de la blusa y me arrancó un gemido bajo. Sentí el calor escurrirse por la cara interna del muslo. Sus dos dedos encontraron en un segundo lo que estaba buscando: nada de ropa interior, todo abierto, todo mojado.

—Por favor, alumno, no podemos… —murmuré, fingiendo resistencia mientras me apoyaba en él.

—Cállese y camine, profe.

***

Me llevó hasta la sala, donde yo había acomodado el escenario en un arrebato de morbo: el sofá como banco para estudiantes, la mesa baja como pupitre, dos libros viejos abiertos sobre ella. Me sentó en el borde de la mesa, abriéndome las piernas con las rodillas. La falda se me subió hasta la cintura. Me sostenía con las dos manos detrás, exhibida como un objeto.

—Empieza la clase, profe. Enséñame biología. El cuerpo de una mujer madura.

Se bajó la cremallera con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le saqué el miembro yo misma, con esa devoción nueva que descubrí en mí desde que lo conocí. Se me hizo agua la boca solo de mirarlo, pesado, oscuro, con la cabeza brillando.

—Esto, alumno, es… el órgano sexual masculino —murmuré, fingiendo lección, pero sin poder despegarle los ojos.

—No, profe. Esto es tu dueño. Muéstrale a la clase cómo se chupa.

Me dejé caer al suelo, arrodillada, con las medias estiradas contra la alfombra. Lo metí en mi boca despacio, abriéndola hasta donde dolía. Su mano me deshizo el moño y me agarró del pelo, marcando el ritmo. Me follaba la garganta con paciencia y crueldad medidas, dejándome respirar lo justo para que no me desmayara. Lloraba lágrimas negras de delineador, babeando sobre la blusa abierta, y me sentía la mujer más viva del planeta.

—Así se estimula, alumno —jadeé entre embestida y embestida—, con la lengua de tu profesora.

—Buena profesora.

***

Me levantó del suelo de un tirón y me dobló sobre la mesa, boca abajo, como si fuera a corregirme un examen. Subió la falda y se quedó un instante mirando, en silencio, mi trasero expuesto. Lo escuché escupir y sentí el chorro tibio caer en la entrada. Frotó la cabeza ahí, amenazando con entrar.

—Examen práctico, Renata. ¿Qué es esto?

—Es… mi trasero de profesora puta —gemí, arqueando la espalda en una sumisión que ya no necesitaba simular.

—Mal. Es mío. Abre las piernas, maestra.

Me embistió en el sexo de un solo empujón. Las paredes me ardieron de la sorpresa, los tacones se me clavaron en las pantorrillas, los pechos se aplastaron contra la madera fría. Cada golpe de cadera me arrancaba un grito que intenté disfrazar de protesta para mantener vivo el papel.

—¡Damián, esto es inapropiado, alumno, no puedes…!

—Di que vas a aprobar a todos menos a tu hijo si te follo bien.

—Sí, sí, los apruebo a todos, solo te apruebo a ti, sigamos la clase, por favor… —supliqué, y al final de la frase ya no estaba actuando.

Sus testículos chocaban contra mi clítoris a cada embestida. Sus manos buscaron mis pezones por debajo y los pellizcaron sin clemencia. Tardó muy poco en hacerme convulsionar contra la mesa, las piernas temblando, el orgasmo escapándose en chorros que mojaron la madera y le salpicaron las zapatillas.

***

Me dio vuelta sobre la mesa, todavía dentro, y terminó de abrirme la blusa. Mis pechos quedaron expuestos a la luz fría de la mañana. Se inclinó y los mordió uno por uno, dejándome los pezones rojos e hinchados, mientras seguía empujando con una pausa nueva, más cruel.

—Clase de anatomía. Estos son para mamarlos.

—Por favor, Damián —jadeé, clavándole las uñas en los hombros—. Dime si soy buena profesora.

—Eres un diez en perra sumisa, Renata. Toma tu premio.

Aceleró hasta hundirse al fondo y se vino con un gruñido largo, llenándome de un chorro caliente y espeso que se desbordó por la entreabierta apenas se retiró. Me quedé temblando sobre la mesa, abierta, con la cabeza colgando por el borde, sintiendo el semen escurrirse hacia el pelo.

***

No quiso terminar ahí. Me levantó como si yo no pesara y me arrastró escaleras arriba, hasta el cuarto matrimonial, que él rebautizó «el despacho de la profe». Me tiró sobre la cama y me hizo cabalgarlo durante una hora, con mis pechos rebotando sobre su cara mientras él me daba «notas extras». Después me puso a cuatro patas y me llenó el otro agujero, despacio, con toda la calma de un alumno que acaba de descubrir un nuevo capítulo del libro. Le pedí que parara, le pedí que siguiera, le pedí cosas que ni yo entendía. Cada azote en mi trasero me sacaba lágrimas distintas, mezcla de placer, vergüenza y entrega.

Cuando terminó, ya pasaba el mediodía. Me dejó tirada en la cama, marcada, despeinada, con las medias rotas y los tacones todavía puestos. Me dio un beso en la frente, casi tierno, casi de despedida.

—Buena clase, profe. Mañana repetimos.

***

Esa tarde, mientras me daba una ducha eterna intentando borrar las huellas, descubrí algo nuevo. A Damián le calienta de verdad la idea de la profesora. No es solo un disfraz para mí; es una fantasía que arrastra desde la adolescencia. Ese descubrimiento me llenó de morbo y, lo confieso, también de una pizca de celos. Pensé en la maestra de literatura de la facultad, esa mujer alta a la que él menciona a veces con una sonrisa torcida. Y pensé que quizá, la próxima sorpresa, podría ser ofrecerle a las dos a la vez. Pero esa, queridos lectores, va a ser otra confesión.

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Comentarios (9)

Romi_BA

increible!!! me dejo sin palabras, sigue escribiendo

DiegoCba22

y despues que paso?? deja mucha intriga al final jaja, necesito saber como termino todo

vane_mtz

muy bien narrado, se siente totalmente real. No es facil lograr eso con un relato

Profe_K

esas fantasias que se cumplen son las que mas marcan, bien por animarse a contarlo

NachitoLP

excelente!!!

curiosa88

Muy bien escrito, parece una pelicula. Espero que hayas disfrutado tanto como suena jaja

Alejo_23

me recordo a algo que viví hace un tiempo, esas mañanas que quedan grabadas para siempre... muy bueno el relato

MarcelinaF

me engancho desde la primera linea, eso del mensaje la noche anterior es un detallazo. seguí contando!

Nati_Mdp

corto pero potente, esperando la segunda parte :)

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