Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Todo lo que imaginé esa noche pensando en ti

4.5 (4)

Llevo horas mirando el techo. La habitación está en silencio, el ventilador gira despacio sobre mi cabeza y la luz de la calle se cuela entre las persianas en rayas finas y amarillas. Son casi las dos de la mañana y no tengo sueño. Tengo otra cosa.

El calor que me recorre no es el del verano. Es otro tipo de calor: el que empieza en algún lugar impreciso del vientre y sube lento hasta la garganta, el que te aprieta por dentro sin que nadie te esté tocando. Lleva días instalado ahí, haciéndose notar en los momentos menos oportunos: en el metro, en la fila del supermercado, en mitad de una reunión que no tenía nada de erótico.

Te pienso a ti.

No debería. Sé perfectamente que no debería, pero la mente hace lo que quiere cuando el cuerpo empieza a exigir. Y el mío lleva días exigiendo. Días enteros cargando con este peso entre las caderas, este hormigueo constante que no desaparece con nada: ni con el trabajo, ni con salir a correr por las mañanas, ni con hablar por teléfono hasta medianoche fingiendo que estoy bien.

No estoy bien. Estoy encendida y no tengo ningún lugar adonde dirigirlo excepto aquí, en esta cama, en esta habitación silenciosa donde nadie me observa y no tengo que darle explicaciones a nadie.

Pienso en la última vez que estuvimos juntos. Fue un miércoles, o quizás un jueves, en tu piso con las persianas a medio bajar y esa luz extraña de tarde que lo hacía todo parecer más íntimo de lo que era. Recuerdo tu mano abierta en mi espalda, la presión exacta de tus dedos, la manera en que me miraste antes de decir mi nombre. Solo eso: mi nombre. Y algo en mí se soltó.

No sé cuándo volveremos a vernos.

***

Me levanto porque seguir tumbada quieta se ha vuelto insoportable. Camino descalza hasta la ventana y la abro apenas un dedo. El aire entra tibio y trae el ruido sordo de la ciudad durmiendo a medias. Un coche pasa con música y el bajo llega amortiguado hasta el suelo de madera bajo mis pies.

Me apoyo en el marco. Solo llevo una camiseta larga y nada más, y la tela es lo suficientemente fina para que la brisa se sienta a través de ella. Cierro los ojos.

Te imagino detrás de mí. Las manos en mis caderas, la barbilla apoyada en mi hombro, el peso familiar de tu cuerpo contra mi espalda. Esa manera que tienes de respirar cerca de mi oído cuando todavía no has dicho nada pero ya lo has decidido todo. Conozco ese silencio tuyo. Sé exactamente lo que viene después.

Abro los ojos y sigues sin estar.

La ventana. La brisa. Yo sola.

Me aparto del marco y vuelvo a la cama. Hay un momento en que podrías haberme llamado esta tarde y no lo hiciste. Hay un momento en que yo podría haberte llamado a ti y tampoco lo hice. Los dos llevamos días en esa misma trampa y no sé quién va a ceder primero. Esta noche, desde luego, no voy a ser yo.

Pero el cuerpo tiene otras opiniones sobre el tema.

***

El cajón de la mesita de noche lo abro sin pensarlo demasiado, porque si lo pienso cambio de opinión y luego me paso otra hora mirando el techo. Lo que busco está en el fondo, envuelto en una tela negra suave. Lo saco y lo dejo sobre la sábana.

Es de silicona, largo y más grueso de lo que recordaba. Imita con bastante fidelidad la textura de la piel, y cuando llevas un rato sosteniéndolo entre las manos se templa casi igual. Lo miro un momento antes de hacer nada.

Qué honesto es el deseo, pienso. Qué imposible es ignorarlo cuando ya llegó a este punto.

Me tumbo sobre las sábanas. La camiseta sube sin que yo la suba, casi sola, hasta la cintura. El aire de la habitación me roza los muslos y el contacto me hace tensar los dedos alrededor del juguete.

Todavía no. Quiero esperar un poco más.

Pongo una mano sobre mi vientre y dejo que los dedos bajen despacio. No tengo prisa. La prisa es para cuando hay otra persona, cuando hay que coordinarse, cuando los tiempos de dos cuerpos no siempre coinciden. Esta noche solo estoy yo, y yo puedo ir a mi ritmo, tomar todo el tiempo del mundo, construirlo exactamente como quiero.

Los dedos llegan y me sorprendo: estoy más húmeda de lo que había calculado. El cuerpo no miente nunca. Lleva horas diciéndome lo que quiere y yo he pasado ese tiempo haciéndome la distraída.

***

Empiezo despacio. Los ojos cerrados, tu cara detrás de mis párpados. Hay un tipo específico de silencio que existe solo en las habitaciones de madrugada: no es quietud exactamente, porque el silencio tiene sus propios sonidos. Mi respiración que va cambiando de ritmo. El roce suave de las sábanas cuando me muevo. El crujido leve del colchón.

Me muevo.

Los dedos trazan círculos lentos y deliberados, y el calor que llevaba horas aplazando empieza a concentrarse en un punto concreto. Me muerdo el labio inferior. Suelto el aire por la nariz, despacio, controlando, porque si me dejo llevar ahora termino antes de lo que quiero.

Quiero durar.

Quiero construirlo ladrillo a ladrillo, subirlo peldaño a peldaño hasta que no haya marcha atrás. Para que cuando llegue, llegue de verdad y no como un fogonazo que se apaga en treinta segundos. Así que espero. Me toco y espero. Me permito acercarme al borde y luego freno. Tres veces. Cuatro. Mis propios dedos me conocen perfectamente, saben exactamente dónde y cuánto, y eso, en cierto modo, es la cosa más íntima que existe: conocerte a ti misma mejor que nadie en el mundo.

Cojo el juguete.

***

La silicona ya está templada de tenerla en la mano. Aplico un poco de lubricante, lo justo, porque no hace falta mucho cuando el cuerpo lleva horas preparándose solo. Lo apoyo suavemente en mi entrada y me quedo quieta un segundo.

Aquí.

Presiono despacio. La cabeza entra primero y el cuerpo la recibe sin resistencia, con esa especie de alivio que tiene rendirse a algo que llevas demasiado tiempo negándote. Un sonido escapa de mi garganta, bajo y sin forma. No grito. Es más íntimo que eso: es el sonido que haces cuando algo por fin encaja exactamente donde tenía que ir.

Introduzco más. Centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llena desde dentro, cómo el calor se multiplica y se extiende hacia las caderas, hacia el vientre, hacia los muslos que aprieto instintivamente alrededor de mi propia mano.

Me quedo quieta un momento. Solo lo siento: su peso, su volumen, el modo en que el cuerpo se adapta y lo acepta y pide más.

Luego empiezo a moverlo.

***

El ritmo que encuentro es lento al principio. Adentro y afuera, sacándolo casi del todo y volviendo a meterlo, dejando que la fricción crezca sola. La mano que lo mueve trabaja metódica mientras la otra sube a mi pecho, roza un pezón, lo presiona lo suficiente para que la sensación viaje hacia abajo como una corriente que no avisa.

Pienso en ti.

Pienso en tu boca, en la forma exacta en que presionas cuando besas. En el peso de tu mano cuando la pones en mi nuca y me acercas a ti sin pedir permiso. Pienso en esa tarde en el sofá cuando los dos sabíamos lo que iba a pasar desde una hora antes y ninguno dijo nada, construyendo tensión deliberadamente, viendo hasta dónde aguantábamos. Tú ganaste. Como siempre.

El ritmo sube solo.

Mi cadera empieza a moverse al encuentro de mi propia mano, buscando el ángulo correcto, ajustando. El juguete alcanza el punto que me hace doblar los dedos de los pies y tensar la espalda, y cuando lo encuentra suelto un sonido que no planeo, que sale desde algún lugar sin nombre.

No me preocupo por si se oye.

***

La respiración ya no es controlada. Hace rato que dejé de controlarla. Jadeo en la oscuridad de mi habitación, sola y completamente presente en lo que me estoy haciendo, en lo que me estás haciendo tú en mi cabeza aunque no estés aquí.

La mano acelera.

El arco que forma mi espalda se acentúa. Las sábanas están arrugadas bajo mí y yo estoy en el centro de ellas, tensa, con el pelo pegado a la frente y los ojos cerrados con fuerza.

La mano libre baja, los dedos tocan mi clítoris, y la combinación de las dos sensaciones al mismo tiempo es demasiado. Es demasiado y es exactamente lo que necesitaba desde hace días.

El orgasmo llega. No de golpe, sino acumulado: todo lo que había ido aplazando y reteniendo se junta en un punto y desde ahí se expande hacia afuera como agua que rompe contra algo sólido. El cuerpo se tensa, se arquea, tiembla. Hago ese sonido largo y roto que es lo más honesto que sale de mí en todo el día, ese gemido que no tiene nada de pose ni de teatro: es solo mi cuerpo diciéndome que ha llegado, que ya está, que puede descansar.

Las caderas siguen moviéndose solas unos segundos más, exprimiendo cada onda hasta la última.

Luego me quedo quieta.

***

El silencio vuelve. Es el mismo silencio que antes de empezar, pero ahora parece diferente. Más pleno. O yo estoy más plena. Las dos cosas, probablemente.

Saco el juguete despacio y lo dejo a un lado. Me quedo con los ojos cerrados unos minutos, sin pensar en nada concreto, dejando que el cuerpo se enfríe solo. El corazón recupera un ritmo razonable. La respiración vuelve a ser algo que no necesito gestionar.

Me incorporo. Busco mis bragas entre las sábanas y las encuentro enredadas al pie de la cama. Me las pongo. Bajo la camiseta que se había subido hasta el pecho.

En el baño, el agua fría del grifo me devuelve del todo a la habitación, al piso, a la madrugada. Me miro en el espejo un segundo. Tengo el pelo revuelto y los labios secos. Parezco alguien que acaba de tener exactamente lo que necesitaba.

Bebo agua. Vuelvo a la cama.

***

Ahora sí tengo sueño.

Me tumbo de lado, abrazo la almohada, y el cuerpo pesa de esa manera agradable que tiene cuando está realmente relajado. El calor ya no aprieta. Ya no exige ni sube por la garganta con urgencia. Solo está ahí, quieto, satisfecho por fin.

Te pienso otra vez, pero esta vez es diferente. Es más suave, más tranquilo. Te imagino aquí, en este silencio, con el peso de tu cuerpo al lado del mío. No haciendo nada en particular. Solo aquí, respirando, en la oscuridad tranquila de esta habitación donde ya no hay urgencia ni exigencia.

Ojalá, pienso mientras el sueño empieza a llegar por fin.

Ojalá hubieras sido tú.

Valora este relato

4.5 (4)

Comentarios (9)

Peluca88

que relato!!! me dejo sin palabras

ValdiviaR89

Espero que haya segunda parte, quedé con ganas de mas. Muy bueno

Mia_lectora

Me encantó cómo jugaste con la espera, eso de prometerse resistir y no poder... demasiado real jajaja

FantasMundo

muy bueno, seguí así!!

Sofi_net

Que lindo relato, se siente tan cercano. Gracias por compartirlo

ArgenSex

tremendo!!! me atrapó desde el principio

LauraM22

Esa tension que describis al principio es lo mejor, no hace falta nada mas para engancharse. Felicitaciones!

nocturno77

Interesante pero me quede queriendo saber como termina todo... continuacion porfavor :)

CaminoLibre22

Increible, uno de los mejores que lei aca

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.