La guerrera que sucumbió a los guardianes del templo
Cruzó medio reino por una reliquia legendaria; lo que no esperaba era arrodillarse ante quienes la custodiaban, ni desearlo con cada fibra de su cuerpo.
Cruzó medio reino por una reliquia legendaria; lo que no esperaba era arrodillarse ante quienes la custodiaban, ni desearlo con cada fibra de su cuerpo.
Llegué a casa, lancé los tacones por el aire y dejé que mi imaginación hiciera lo que jamás me atrevería a hacer en la oficina.
Apenas le llegaba a la altura del codo cuando me tomó de la mano. En seis minutos descubrí que mi cuerpo no entendía de las reglas que yo misma me había impuesto.
Sabía lo que habían pactado, pero ninguna palabra la preparó para lo que sentiría cuando cruzó esa puerta y la sala se cerró detrás de ella.
«Sabía que vendrías hoy», dijo ella, y entonces él entendió que aquel reencuentro casual no tenía nada de casual.
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.
Faltaba más de una hora para llegar, el asiento de al lado estaba vacío y aquel cosquilleo entre las piernas no me dejaba pensar en otra cosa.
La cerradura echada, la luz apagada y un solo dedo bastando para llevarme adonde ningún chico de mi edad supo llevarme jamás.
Por primera vez en años no tenía que morderme los labios ni contener un solo gemido. La casa era mía, y mi cuerpo también, sin testigos.
No quería que fuera de nadie más. Y aun así, cada noche cerraba los ojos y la imaginaba entregándose a hombres que ni siquiera me miraban.
No quería el clásico color carne; me había decidido por uno transparente, y esa tarde, sola frente al espejo, descubrí hasta dónde podía llevarme.
Cerré la puerta, bajé las persianas y por primera vez decidí no apurarme. Esa tarde el silencio de mi casa se convirtió en mi cómplice.
Llevaba más de treinta años con mi cuerpo y nunca me había mirado así. Fue su comentario el que lo desató todo. Puse el espejo en la cama y abrí los ojos.
Cuando ella encendió la cámara, ya estaba acostada en la cama, esperándome con una sonrisa que no era inocente. Y supe que ese sábado no iba a dormir solo.