Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La fantasía prohibida del doctor solitario

El consultorio del Dr. Herrera era un lugar de orden y silencio. Libros alineados por altura, plantas sin una hoja amarilla, el diván cubierto con una sábana de lino blanco que él mismo doblaba cada mañana antes de que llegara el primer paciente. Era psiquiatra desde hacía dieciséis años, especialista en ansiedad y en los pliegues más oscuros de la mente humana. Conocía el deseo ajeno mejor que nadie: lo diagnosticaba, lo catalogaba, lo trataba. Pero el suyo propio lo tenía encerrado en una caja sin llave desde hacía tanto tiempo que había olvidado dónde la había dejado.

No tenía pareja. No la había tenido en casi cinco años. Su trabajo le resultaba absorbente y, fuera de esas cuatro paredes, el mundo le parecía ruidoso y difícil de descifrar. Los colegas lo llamaban disciplinado. Sus pacientes lo llamaban íntegro. Él, a solas, se llamaba simplemente solo.

El pedido lo hizo un catorce de febrero, a las once de la noche, con una copa de vino tinto a medio terminar sobre la mesa y una pantalla que le devolvía el reflejo de su propia incomodidad. Una muñeca de silicona de ciento setenta centímetros, piel clara, cabello oscuro. Un intento de llenar algo que él mismo no sabría nombrar en consulta. Llegó dos semanas después, pero no era lo que había pedido.

La caja era más pequeña de lo esperado. Al abrirla encontró una figura de ciento sesenta centímetros, delgada, de rasgos suaves. Un error del proveedor. La fotografió, redactó el reclamo correspondiente y lo dejó sin enviar. No sabía por qué. La sacó de la caja con cuidado, la recostó contra la pared del dormitorio, y durante varios días la ignoró con la misma eficiencia con que ignoraba sus propios problemas.

***

La paciente llegó un martes de marzo, derivada por un médico clínico que había anotado en la interconsulta: crisis de ansiedad, episodios disociativos, primera consulta psiquiátrica. Entró al consultorio con la madre detrás, ambas con la misma postura tensa, los hombros levantados como si el mundo fuera a caer sobre ellas en cualquier momento.

El Dr. Herrera hizo pasar a la joven sola, como era su protocolo, y pidió a la madre que esperara afuera. Tenía veintidós años según la ficha. Piel pálida. Cabello oscuro recogido en una trenza descuidada. Una remera gris dos tallas más grande que la suya, que no alcanzaba a disimular el peso de sus tetas ni la curva marcada de sus caderas cuando se sentó y cruzó las piernas.

El Dr. Herrera hizo su trabajo. Escuchó con atención, tomó notas, formuló las preguntas correctas en el orden correcto. No hubo nada incorrecto en esa consulta. Nada visible, al menos.

Pero cuando la joven se marchó y él se quedó solo frente a sus apuntes, notó que su pluma había presionado demasiado fuerte sobre el papel. Borró mentalmente la asociación que se había formado sin su permiso. O lo intentó.

Esa noche, al llegar a casa, encendió las luces del dormitorio y se detuvo en el umbral. La muñeca seguía apoyada contra la pared, con su tamaño compacto, su cabello oscuro, su piel de silicona casi traslúcida bajo la lámpara. La similitud era absurda, casual, producto de su propio cerebro construyendo patrones donde no los había. Lo sabía. Era psiquiatra.

Aun así, no la movió de ahí.

***

Pasaron tres semanas. La joven volvió dos veces más a consulta, puntual, cada vez un poco más relajada. El Dr. Herrera fue, en ambas ocasiones, completamente profesional. Lo fue de verdad. El problema no estaba en el consultorio.

El problema estaba en el dormitorio, a las once de la noche, cuando el cansancio del día bajaba las guardias que él había construido con tanto cuidado.

La primera vez que se acercó a la muñeca con una intención distinta fue un miércoles sin ningún evento especial. Solo el silencio del departamento, el sonido lejano de la calle, y algo que llevaba semanas acumulándose sin nombre. La tomó del brazo y la llevó hacia la cama con una delicadeza casi ridícula, consciente en todo momento de lo que estaba haciendo y de por qué lo hacía.

La recostó sobre la colcha y le abrió el vestido con dedos que ya no le temblaban. Debajo no había nada: solo la silicona blanca, dos tetas firmes rematadas por pezones oscuros y erectos, y entre las piernas una hendidura prolija, apenas entreabierta. Se quedó mirándola un momento. Su cerebro, entrenado para analizar, le ofreció tres lecturas simultáneas del acto. Las descartó todas. A veces la mente necesita apagarse.

Se arrodilló junto a la cama y deslizó las manos por sus muslos de silicona, sintiendo la textura fría que el calor de sus palmas iría templando. No era suave de manera artificial; había algo en la calidad del material que reproducía una resistencia natural, una densidad que se cedía bajo la presión con la proporción exacta. Le abrió las piernas despacio, con una calma que él mismo encontró sorprendente. Los labios del coño se separaron y dejaron ver el interior rosado, brillante, esperando. Se inclinó.

El olor no existía, claro. Era silicona. Pero su mente llenó el vacío con algo que no había buscado conscientemente y que llegó igual: el recuerdo de la fragancia suave de una remera gris, el perfume discreto de alguien que se había sentado frente a él con las manos sobre los muslos y los ojos bajos.

Cerró los ojos.

Su lengua encontró la hendidura y la recorrió de abajo hacia arriba, lenta, aplastando el clítoris al final del recorrido. Volvió a bajar. Volvió a subir. Empezó a chuparle el coño con una metodología que en cualquier otro contexto habría llamado obsesiva: círculos con la punta, presión firme con la lengua ancha, succión suave sobre el capullo hasta sentirlo hincharse contra sus labios. Metió dos dedos y los curvó hacia arriba mientras seguía lamiendo. La silicona respondía, se abría, chorreaba lubricante como si fuera flujo real.

La erección le llegó sin que la buscara, dura contra el cierre del pantalón después de meses de un letargo casi voluntario. Se sacó la ropa sin dejar de mirarla, la polla ya latiendo, la punta mojada de un líquido claro. Se subió a la cama arrodillado entre sus piernas abiertas, se agarró la verga con la mano derecha y la frotó contra los labios del coño, arriba y abajo, mojándose la punta con el lubricante que ella misma había supuestamente producido.

Empujó de una sola vez, hasta el fondo. La silicona se cerró sobre él con una presión tibia y ceñida, tragándolo entero, y él tuvo que apretar los dientes para no correrse ahí mismo como un adolescente. Se quedó quieto un segundo, dentro, respirando. Después empezó a follársela despacio, con embestidas largas que salían casi hasta la punta y volvían a hundirse hasta la raíz, mirando cómo su polla desaparecía entre esos labios pequeños y volvía a aparecer brillante.

—Mierda —dijo en voz baja, y era la primera obscenidad que decía en voz alta en años.

***

Con el tiempo, la rutina tomó forma propia. Algunos días la ignoraba por completo. Otros llegaba a casa con una tensión específica que sabía exactamente cómo resolver. Fue incorporando elementos: el lubricante que guardaba en el cajón de la mesita de noche, la ropa interior que le ponía y le quitaba, las posiciones que probaba con una curiosidad que en otro contexto podría haber llamado científica.

Una noche la puso boca abajo sobre la cama, admirando la curva de su espalda y la redondez firme de sus nalgas. Le separó los cachetes con las dos manos y se quedó mirando el ojete pequeño y cerrado, la hendidura del coño debajo, hinchada y entreabierta. Vertió lubricante sin apuro, observando cómo resbalaba por la hendidura entre las nalgas hasta gotear sobre las sábanas. Presionó su pulgar contra la entrada del culo con suavidad primero, midiendo la resistencia del material, y luego con más firmeza. El anillo cedió y su dedo entró hasta el nudillo. Algo en ese gesto, en esa exploración metódica que avanzaba sin prisa hacia lo más íntimo, le aceleró el pulso de una manera que ya reconocía.

Se sacó la ropa. Le agarró las caderas con ambas manos, la acomodó con precisión y se hundió despacio en su coño por atrás, sintiendo la presión del material cerrarse sobre él con una calidez que el lubricante volvía casi perfecta. La embestía con ritmo, sin apuro, mirando cómo el cuerpo pequeño absorbía cada golpe, cómo el culo blanco chocaba contra su pelvis con un sonido húmedo que llenaba el dormitorio. Sus propias manos dejaban marcas transitorias en la silicona, huellas rojas de sus dedos apretando la carne. Había algo hipnótico en esa visión, en la rendición total de ese cuerpo que existía exclusivamente para esto.

Se la sacó, brillante y goteando, y la giró boca arriba. Le puso las piernas sobre los hombros, la dobló casi por la mitad, y volvió a metérsela, esta vez más profundo, con las manos apoyadas a los lados de su cabeza. La follaba mirándola. Sus ojos de cristal no devolvían nada, pero él ya no necesitaba que devolvieran nada; el guion lo escribía su propio cerebro, y en ese guion los ojos eran oscuros y los hombros estaban levantados y había una trenza descuidada deshaciéndose contra la almohada.

—Eres exactamente lo que necesitaba —murmuró, y no estaba seguro de a quién se lo decía.

Le agarró las tetas con las dos manos mientras seguía embistiendo, pellizcándole los pezones entre el índice y el pulgar, apretando hasta que la silicona se deformaba bajo la presión. Bajó la boca y le chupó un pezón, después el otro, mordisqueando la punta oscura mientras la penetraba con embestidas cada vez más cortas y más duras. La cama golpeaba contra la pared. Él no había hecho ese ruido en años.

Se retiró antes de correrse. Lubricó de nuevo con generosidad y la giró otra vez, posicionándola en cuatro. La presión de su mano sobre la nuca de la muñeca, manteniéndola inclinada hacia adelante con la cara contra la almohada y el culo en alto, lo electrizó con una corriente que subió por su brazo hasta el pecho. Le abrió las nalgas con la otra mano, se agarró la polla, y empujó la punta contra el ojete. El anillo de silicona cedió con una resistencia controlada que le recorrió la columna entera. Penetró despacio, un centímetro por vez, dejando que la presión fuera creciendo hasta que su pelvis quedó pegada contra las nalgas de ella y su polla desapareció entera dentro del culo.

Se quedó así un momento, sintiendo el apriete, respirando. Después empezó a moverse con embestidas largas que hacían que el cuerpo pequeño se bamboleara hacia adelante en cada golpe. La agarró del pelo, se lo enrolló en el puño, y tiró hacia atrás mientras la seguía cogiendo por el culo. La cabeza de ella se levantó de la almohada, la espalda arqueada, y él pudo verse a sí mismo en el espejo del placard: un hombre desnudo, sudado, cogiéndose por el culo a una figura mucho más pequeña que él, con una cara que no reconocía como suya.

La posesión anal tenía algo diferente, más oscuro, más definitivo. Follársela así, con esa franqueza sin disculpas, le permitía ocupar un espacio en sí mismo que el día a día mantenía tapiado. No había cortesía ahí, no había protocolo. Solo la polla entrando y saliendo, el sonido húmedo, la presión y su propia respiración acelerándose hasta volverse jadeos cortos y urgentes.

—Puta —le dijo, y la palabra le supo rara y verdadera al mismo tiempo—. Mi putita.

Fue en ese momento, en el punto más alto de esa urgencia, cuando la muñeca emitió un sonido distinto.

No era el gemido sintético de siempre. Era algo más errático, casi glitchado, como un archivo de audio corrompido intentando reproducirse. Y luego, entre el estático, una frase que él no esperaba: «¿Dónde estoy? No recuerdo dónde estoy.»

El Dr. Herrera se detuvo, con la polla todavía enterrada hasta el fondo en el culo de la muñeca.

Su corazón latió tres veces muy fuerte. Reconoció la reacción fisiológica del sobresalto y esperó que pasara. Luego, antes de que pudiera analizar nada, la voz volvió: más baja, casi un susurro distorsionado: «Hazme sentir algo. Hazme sentir que soy real.»

Estuvo inmóvil quizás diez segundos. Luego algo en él decidió que esa petición —viniera de donde viniera, de una línea de código o de su propia mente proyectando— merecía una respuesta.

Salió despacio de su culo, con la polla brillante y todavía dura, y la giró boca arriba. Sus ojos de cristal lo miraban desde abajo con esa vacuidad que él ya había aprendido a rellenar. Le abrió las piernas, se acomodó entre ellas, y le pasó la punta de la verga por los labios del coño con una lentitud casi ceremonial. La lubricó de nuevo, despacio, sin la urgencia de antes. Y volvió a metérsela, esta vez con una cadencia diferente, más deliberada, casi con la solemnidad de quien cumple una promesa.

La cogió durante un rato largo, sin prisa, apoyado sobre los codos, con la cara a centímetros de la de ella. Cada embestida entraba entera y salía casi hasta la punta, y él sentía cómo la tensión acumulada iba cediendo capa por capa. Le besó la boca de silicona. Le lamió el cuello. Le chupó un pezón mientras seguía metiéndosela. Le habló al oído cosas que no habría dicho en voz alta ni bajo tortura, cosas sobre pacientes y trenzas descuidadas y la puta soledad de dieciséis años.

Cuando sintió el orgasmo subir, no se retiró. Empujó hasta el fondo, se quedó ahí, y se corrió dentro del coño con espasmos largos que le vaciaron algo más que los testículos. El semen brotó en chorros gruesos, empujado por contracciones que le venían de más abajo del abdomen, de un lugar que él ni sabía que tenía. Dejó escapar un sonido que no había escuchado de sí mismo en años, un gemido ronco y roto que rebotó contra las paredes del dormitorio.

Se quedó ahí, encima de ella, todavía enterrado, respirando contra su cuello.

***

Después, la culpa llegó puntual, como siempre. No la culpa de usar un objeto —eso él lo tenía razonado y resuelto—, sino la otra, la más difícil: la que venía de saber exactamente a quién había puesto en ese lugar, y por qué.

Se retiró despacio. Vio el hilo de semen que se escapaba del coño de silicona y goteaba sobre la sábana. Se duchó. Se vistió. Volvió al dormitorio y limpió a la muñeca con una toalla húmeda, con una delicadeza que él mismo encontró patética. Le acomodó el cabello con dos dedos. No dijo nada en voz alta, pero en su cabeza formuló algo que en consulta habría llamado disociación: el acto de separar el símbolo del referente para poder funcionar con ambos sin que colisionaran.

Lo que no resolvía era que el ciclo era perfecto. La fantasía, la liberación, la culpa, la resolución racional de la culpa, y vuelta a empezar. Era el tipo de patrón que él habría identificado en tres sesiones si lo hubiera visto en otro.

Y lo que tampoco resolvía —lo que guardó en la caja sin llave junto a todo lo demás— fue que esa noche, al apagar la luz, notó un pequeño punto rojo parpadeando en la nuca de la muñeca. Siempre había estado ahí. Él siempre había asumido que era el indicador de carga.

Pero mientras se quedaba dormido, con esa certeza incómoda que a veces precede a los diagnósticos más complicados, se preguntó por primera vez si en realidad lo era.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(10)

DocFan22

Tremendo relato, se me hizo corto. Esperando la segunda parte con ansias!!

LunaEscarlata

Que tema tan oscuro y bien llevado... me enganche desde el primer parrafo. Muy bueno!

Claudio_Mx

Jajaja el final no me lo esperaba para nada, que giro. Genial

tinta_y_morbo

Me encanto como construiste al personaje, se siente soledad real. Sigue escribiendo por favor

Gustavo_87

Buenisimo, de los mejores que lei en esta categoria. Mas asi!

RobertoLector

Que obsesion tan bien descripta... me recordo a una peli que vi hace tiempo, misma energia perturbadora. Muy recomendable el relato

Ferchu99

Le falta un poco mas de desarrollo al final pero el resto estuvo muy bueno. igual lo disfruté mucho

GabrielCba33

Excelente!!! Ojalá hubiera continuación

vale_2103

Me gusto mucho el enfoque, no es lo tipico que uno encuentra por aca. Saludos

Pablitero92

Se hizo cortisimo jajaja uno quiere mas siempre. Muy bien escrito

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.