Una mujer madura, dos mecánicos y una noche de julio
Rodrigo y Damián llevaban meses mirándome cada vez que pasaba frente a su taller. Yo lo sabía. También sabía que ellos sabían que yo lo sabía. Ese juego silencioso se había vuelto parte de mi rutina: salir a caminar al atardecer, pasar por esa calle, sentir sus ojos encima. Tenía cuarenta y dos años, las caderas más generosas que a los veinte y una forma de caminar que, según mi ex marido, «no pasaba desapercibida». Supongo que en algo tenía razón.
Esa noche de julio había salido antes de lo previsto de una reunión en casa de mi cuñada Sandra. Demasiado vino, demasiadas conversaciones sobre hijos y maridos que ya no me incumbían, demasiado calor en ese departamento sin ventilación. Decidí caminar de vuelta a casa. No era tarde, quizás las nueve y media, y la noche seguía caliente como si el sol no se hubiera ido del todo.
Llevaba un vestido liviano, de esos que se pegan a la piel cuando hace calor. No era mi intención provocar nada. O eso me dije mientras elegía el camino más largo, el que pasaba por la calle del taller. La bombacha ya la sentía húmeda antes de llegar a la esquina, y no era por el calor.
Desde la esquina vi el camión blanco estacionado a la derecha del local. Las puertas metálicas del taller estaban cerradas, pero había luz encendida adentro. Pensé que ya se habían ido. Caminé despacio, disfrutando la brisa escasa que llegaba de vez en cuando, hasta que escuché una voz desde arriba.
—Lorena. ¿A estas horas, sola?
Era Damián, asomado por una de las ventanillas del camión con el torso descubierto y una cerveza en la mano. Lo había escuchado hablar antes, cuando pasaba y ellos intercambiaban algún comentario en voz baja, pero nunca directamente conmigo.
Me detuve. Debí haber seguido caminando.
—Vengo de lo de mi cuñada —dije—. Vive a unas calles.
—¿Quiere una cerveza? Está helada. Hace un calor del demonio esta noche.
Rodrigo apareció en ese momento desde la puerta lateral del taller, limpiándose las manos con un trapo. Era más alto que Damián, con los brazos marcados por años de trabajo y una sonrisa tranquila que no prometía nada en particular. Eso fue lo que me decidió, creo. Que no parecía estar prometiendo nada.
—Solo una —respondí.
***
El interior del camión era más amplio de lo que imaginaba. Habían improvisado un espacio en la parte trasera: un par de asientos largos, una hielera con cervezas, un parlante pequeño con música a volumen discreto. Olía a metal y a jabón industrial, y el calor de afuera se había colado sin misericordia.
Damián me alcanzó una cerveza sin preguntar qué quería. La tomé y le di un trago largo. Estaba perfecta.
—Llevamos meses viéndola pasar —dijo Rodrigo, sentado frente a mí con los codos apoyados en las rodillas—. No sé si sabe el efecto que tiene en este barrio.
—Me lo imagino —dije.
—¿Y nunca le dio curiosidad? —preguntó Damián.
Lo miré. Tenía unos treinta y pocos, la mandíbula cubierta de barba de varios días y los ojos oscuros y directos. No estaba siendo impertinente. Estaba siendo honesto, que es algo muy distinto.
—La curiosidad siempre existió —respondí—. La cordura también.
Rodrigo sonrió. Damián tomó un trago de su cerveza sin apartar los ojos de mí.
No recuerdo en qué momento exacto el espacio entre nosotros empezó a achicarse. Fue gradual, como esas cosas que ocurren cuando nadie quiere ser el primero en nombrarlas. Hablamos de cosas sin importancia: el calor, el barrio, un cliente difícil que les había traído un motor destrozado. Yo tomaba mi cerveza despacio y los escuchaba, y en algún momento Damián se había sentado a mi lado y su rodilla rozaba la mía sin que ninguno lo mencionara.
Fue Rodrigo quien rompió el equilibrio. Se inclinó hacia adelante y apoyó su mano sobre mi rodilla, sin presión, sin apuro. Solo la puso ahí y me miró.
—¿Seguimos hablando de motores? —preguntó.
Tres años divorciada. Una cama grande y vacía esperándome a seis cuadras. Cuarenta y dos años que de repente pesaban muy poco.
—No —dije.
***
Rodrigo se acercó primero. Me tomó la cara con las dos manos, con esa calma que me había llamado la atención desde el principio, y me besó despacio. Sabía a cerveza y a algo más difícil de nombrar. Damián se corrió un poco hacia el costado para darle espacio, pero no se fue a ningún lado: su mano recorría mi espalda de arriba abajo mientras yo me inclinaba hacia Rodrigo.
Cuando nos separamos, Damián giró mi cabeza hacia él y me besó de otra manera: con más urgencia, con la mano enredada en mi cabello y la lengua metida hasta el fondo de mi boca. Yo tenía las palmas apoyadas en el pecho de Rodrigo, sintiendo cómo respiraba, y sentí también que su mano bajaba desde mi rodilla y se metía por debajo del vestido, subiendo por el muslo hasta rozar la tela empapada de la bombacha.
—Está mojadísima —le dijo Rodrigo a Damián, sin dejar de tocarme—. Toca.
Damián soltó mi boca y llevó la mano al mismo lugar. Metió dos dedos por el costado de la bombacha y los hundió en mi coño de una sola vez. Se me escapó un gemido que ni intenté disimular.
—Hace mucho que no hacía esto —admití, sin saber bien a quién le hablaba.
—Se nota que no —dijo Damián, moviendo los dedos adentro con una lentitud que era casi una tortura—. Se nota cuánto lo necesita, Lorena.
Rodrigo me bajó los tirantes del vestido con paciencia. La tela cedió y las tetas quedaron al aire, los pezones ya duros antes de que ninguno los tocara. Damián se ocupó del resto: me sacó el vestido por la cintura mientras Rodrigo bajaba la boca a un pezón y lo chupaba fuerte, mordiendo apenas. Yo había dejado de pensar en consecuencias hacía varios minutos. Lo que quedaba era el calor del camión, sus manos ásperas, el sonido de la música desde el parlante y mi propia respiración cada vez más entrecortada.
—Sacate esto —dijo Damián, tirando del elástico de la bombacha.
Levanté las caderas y él la deslizó por las piernas de un tirón. Me quedé desnuda entre los dos, con el vestido arrugado en la cintura, y no sentí ni una gota de pudor. Al contrario. Abrí las piernas un poco más de lo necesario para que me miraran bien.
Damián se arrodilló frente a mí. No me preguntó nada. Separó mis rodillas del todo con las manos, me acomodó al borde del asiento y apoyó la boca donde yo ya necesitaba que la pusiera. La lengua entró de una, larga y plana, lamiéndome de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris con una precisión que me hizo arquear la espalda. Me recosté contra el respaldo del asiento y aferré el cabello de Rodrigo mientras él seguía besándome el cuello, los hombros, la clavícula, la teta libre.
—Dios —dije en voz alta, sin poder evitarlo—. Así, así.
Damián era metódico de una manera que me sorprendió. No tenía apuro. Chupaba el clítoris con los labios cerrados a su alrededor, después soltaba y bajaba a lamer la entrada del coño, metía la lengua adentro todo lo que podía, y volvía a subir. Cuando sentía que me tensaba demasiado, aflojaba y me dejaba respirar. Subía la intensidad y la bajaba, me dejaba casi al límite y volvía a empezar. Metió dos dedos mientras seguía chupándome y los curvó buscando adentro. Los encontró. Yo grité.
Rodrigo aprovechó la distracción para quitarse la remera y bajarse los pantalones. La verga le saltó afuera, dura, gruesa, más grande de lo que había imaginado. Me la puso en la mano sin decir nada. La agarré con ganas y empecé a pajearlo, tocando la punta con el pulgar, sintiendo cómo se ponía todavía más dura entre mis dedos.
—Chupámela —dijo, con la voz ronca.
Giré la cabeza y me la metí en la boca. Estaba caliente, con ese sabor salado del principio, y él me sostuvo la nuca con la mano sin forzarme, dejando que fuera yo quien marcara el ritmo. La chupé despacio primero, envolviéndola con la lengua, después más adentro, hasta que me atraganté un poco y me tuve que retirar para respirar. Damián no aflojaba abajo. Tenía los dedos hundidos hasta el fondo y la lengua trabajando el clítoris sin descanso.
Cuando llegué, lo hice con una intensidad que me dejó sin palabras un momento. Se me cerraron las piernas alrededor de la cabeza de Damián y sentí las contracciones agarrarle los dedos por dentro. Solté la polla de Rodrigo con un gemido largo y me caí hacia atrás, temblando. Rodrigo me sostuvo por los hombros. Damián levantó la cabeza con la boca brillante y me miró con una sonrisa tranquila, como si acabara de resolver un problema sencillo.
—¿Bien? —preguntó, pasándose el dorso de la mano por los labios.
—Muy bien —respondí, todavía recuperando el aliento.
***
Rodrigo me recostó en el asiento largo y se acomodó encima de mí. Tenía las manos callosas, el tipo de manos que saben lo que hacen, y las usó con criterio. Me abrió las piernas con las rodillas, se acomodó en el medio, se agarró la polla y la pasó por toda la raja mojada antes de meterla, empapándola en mi propio flujo. Cuando entró, lo hizo despacio, midiendo mi reacción, hundiéndose de a poco hasta el fondo, dejándome sentir cada centímetro. Yo lo envolví con las piernas en la cintura y lo acerqué más, hasta que me tocó el hueso.
—Estás apretadísima —murmuró, pegado a mi oído—. No te aflojes.
Empezó a moverse. Salidas casi enteras, entradas de un golpe seco, un ritmo que me hacía subir el culo del asiento a cada embestida. El asiento crujía debajo. Yo le clavaba las uñas en la espalda y le mordía el hombro para no gritar demasiado.
Damián observaba desde el otro asiento, con la espalda contra la pared del camión y una cerveza en la mano, la verga afuera y la mano encima moviéndose despacio. Había algo casi cinematográfico en esa imagen que me resultó más excitante de lo que esperaba: ser vista, ser deseada desde esa distancia calculada, tener a un tipo pajeándose mientras el otro me cogía.
—Acércate —le dije.
No se hizo rogar. Se paró de rodillas al lado de mi cabeza y yo extendí la mano hacia él, se la agarré y me la puse otra vez en la boca. Rodrigo no aflojó el ritmo, al contrario, empezó a coger más fuerte al ver a su amigo metiéndomela en la boca. Damián se dejó hacer mientras me miraba la cara, atento a cada cosa, sin perderse nada: cómo se me llenaba la boca de saliva, cómo se me marcaba el cuello cada vez que Rodrigo empujaba hasta el fondo, cómo se me sacudían las tetas al ritmo de las embestidas.
—Mírenla —dijo Damián, más para Rodrigo que para mí—. Le encanta.
Rodrigo no contestó. Se retiró un momento, me dio vuelta sobre el asiento y me puso en cuatro, con las rodillas separadas y el culo en el aire. Me agarró de las caderas y volvió a meterla de un solo empuje, entera, hasta las bolas. El grito se me escapó entero. Damián se acomodó adelante y me la volvió a poner en la boca, y yo quedé en el medio, ensartada por los dos, empujada de atrás y tirando de mí misma hacia adelante para chupar a Damián más profundo.
Así estuvimos, cambiando de posición cuando alguno lo pedía, sin prisa, construyendo algo que ninguno de los tres había planeado esa noche. Llegué por segunda vez cuando Rodrigo cambió el ángulo y aceleró sin previo aviso, dándome una nalgada seca que me hizo apretarlo por dentro con un espasmo largo. Se lo hice saber sin disimulo, gimiendo con la boca todavía llena.
Después fue Damián quien tomó su lugar. Rodrigo se retiró con un gruñido y Damián se acomodó atrás. Era diferente: más intenso desde el principio, con las manos firmes en mis caderas y un ritmo que no negociaba, cogiendo como si tuviera algo que demostrar. Me metió la polla de una y empezó a bombear duro, chocando pelvis contra culo con un ruido sordo que llenaba el camión. Yo apoyé la palma contra la pared para sostenerme y lo dejé hacer. Rodrigo se sentó cerca en el otro asiento, me pasó una mano por la mandíbula y giró mi cara hacia su verga, todavía dura, todavía brillante de mí. Me la volví a meter en la boca sin dejar de moverme atrás.
—Eres increíble —dijo Damián entre dientes, más para sí mismo que para mí—. Qué culo, la puta madre.
Me agarró de las tetas desde atrás, con las dos manos, pellizcándome los pezones, y aceleró todavía más. Me hizo llegar por tercera vez ahí, con la boca llena de Rodrigo y la polla de Damián partiéndome de atrás. Sentí las piernas temblar y estuve a punto de caerme de bruces, pero Rodrigo me sostuvo la cabeza y Damián las caderas.
—Me vengo —anunció Damián—. ¿Adónde?
—Afuera —dije, cuando pude soltar la polla de Rodrigo—. Encima.
Se retiró justo a tiempo, se pajeó dos veces y se corrió sobre la espalda baja y el culo, chorros gruesos y calientes que sentí caer y resbalar hacia abajo. Rodrigo lo miró y se pajeó también, apuntando a mi cara, y terminó en la boca abierta y sobre las tetas con un gemido bajo. Tragué lo que me cayó adentro sin pensarlo demasiado.
Damián terminó recostado hacia atrás y miró el techo del camión durante un minuto largo, respirando fuerte. Rodrigo me pasó el brazo por los hombros y yo apoyé la cabeza en su pecho sin decir nada, sintiendo su semen todavía tibio en la piel. El parlante seguía sonando. Afuera, la noche seguía caliente.
***
Rodrigo vivía a pocas cuadras. Fue él quien lo propuso, con la misma calma de siempre, sin presionar. Damián ya estaba vistiéndose cuando yo acepté.
La casa era chica pero ordenada. Rodrigo puso música, Damián trajo cervezas de la cocina. Me senté en el sillón y los miré moverse por ese espacio como si yo hubiera estado ahí antes, como si no hubiera nada extraño en la situación. Quizás no lo había.
Lo que pasó esa segunda vez fue diferente. Más lento, más deliberado. Nos tomamos el tiempo que el calor del camión no había permitido. Me tendí entre los dos en la cama de Rodrigo y dejé que me desvistieran de nuevo, esta vez sin apuro, con las manos y la boca de los dos recorriéndome entera. Damián me lamió despacio desde el cuello hasta el ombligo, Rodrigo me abrió las piernas y volvió a metérmela, y esta vez me montó él, con Damián arrodillado al lado ofreciéndome la polla otra vez para que la chupara. Cambiamos de posición varias veces. Me la metieron por turnos, después los dos a la vez, Rodrigo abajo y Damián de pie al costado. Me hicieron llegar una vez más antes de que ellos terminaran, esta vez adentro, uno después del otro, con la promesa de que estaba controlado.
Hubo un momento, cerca de la medianoche, en que los tres estábamos quietos y en silencio, y me di cuenta de que no sentía vergüenza ni arrepentimiento. Solo ese cansancio satisfecho que no tiene ningún equivalente, con los muslos pegajosos y la piel oliendo a los dos.
—¿Cuándo volvés a pasar por el taller? —preguntó Damián, con los ojos ya casi cerrados.
—Mañana, supongo —respondí.
Rodrigo se rió en voz baja.
***
Me duché en el baño de Rodrigo. Me prestó una toalla grande y no hizo preguntas. Cuando salí, Damián dormitaba en el sillón y Rodrigo estaba en la cocina con dos tazas de café.
—Son las doce y media —dijo, alcanzándome una taza—. ¿Querés que te lleve?
—No hace falta. Camino.
Me miró con esa expresión seria que tenía cuando no estaba sonriendo.
—Lorena.
—¿Qué?
—Nada. Solo que me alegra que hayas aceptado la cerveza.
Tomé el café de pie, junto a la mesada. Antes de irme, me asomé al sillón y miré a Damián dormido, con el brazo colgando hacia el piso. Me dio ternura, de ese tipo inesperado que aparece después de la intimidad con desconocidos.
Salí a la calle con el bolso cruzado y caminé despacio hacia casa. El barrio estaba tranquilo. Los negocios cerrados, algún perro dormido en un umbral. Tardé diez minutos en llegar. Subí la escalera sin encender la luz, me saqué los zapatos en el rellano y entré al dormitorio.
Me recosté en la cama sin desnudarme. Tenía el cuerpo cansado de una manera que hacía tiempo no sentía. No el cansancio del trabajo ni el del estrés, sino ese otro: el de haber usado el cuerpo para algo que lo merecía.
Cerré los ojos y pensé en las manos ásperas de Rodrigo, en la lengua paciente de Damián, en el calor del camión y en cómo, durante unas pocas horas, cuarenta y dos años habían sido exactamente la edad correcta para estar donde estuve.
Al día siguiente, a las seis de la tarde, volví a pasar por esa calle.
Los dos estaban ahí.
Ninguno fingió sorpresa.





