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Relatos Ardientes

Dos mecánicos maduros me encontraron sola esa noche

Llevo semanas intentando escribir esto sin que me tiemble la mano. No porque me arrepienta —no me arrepiento de nada— sino porque cada vez que lo recuerdo me parece demasiado intenso para creer que fue real.

Rodrigo y Ernesto tenían su taller mecánico en la avenida que separaba mi colonia de la siguiente. Yo pasaba por ahí casi todas las tardes y ellos siempre me miraban. No con insolencia, sino con esa atención lenta y segura que tienen los hombres que ya saben lo que quieren. Los dos rondaban los cuarenta y tantos: manos ásperas, brazos curtidos por años de trabajo, y esa manera de apoyarse contra el cofre de un coche que hace que cualquier postura parezca cómoda.

Los había visto durante meses sin que pasara nada. Solo miradas. Solo esa tensión que se acumula en silencio y que una aprende a reconocer cuando ya lleva tiempo sintiéndola. A veces me descubría pensando en ellos mientras me tocaba en la cama, imaginando esas manos grandes en mis tetas, esa boca dura contra mi coño. Llegaba al orgasmo mordiéndome el labio, y al día siguiente pasaba por el taller sabiendo que ellos no tenían ni idea de lo que había hecho pensando en ellos.

Esa tarde salí de casa más cansada de lo que hubiera querido. Había sido un día largo y lo que menos necesitaba era una fiesta, pero Camila había insistido tanto que al final me vestí: un short de mezclilla cortísimo, ombliguera blanca sin sujetador y sandalias. Dejé la chamarra doblada sobre el brazo porque el calor era de esos que no ceden ni de noche.

La fiesta era en casa de Marcos, a unas quince cuadras. El plan era ir, tomar algo, bailar un poco y volver antes de las once. Las cosas raramente salen como uno planea.

La fiesta resultó ser exactamente lo que temía: demasiadas personas en un espacio pequeño, música a un volumen que impedía pensar y chicos en ese estado entre la cerveza y la inmadurez que hace insoportable cualquier conversación. Camila desapareció con su novio a la media hora. Intenté quedarme un rato más, me tomé dos cervezas, bailé con unas amigas, hablé de cosas que no me importaban.

A las nueve me rendí.

Salí sin avisar a nadie y caminé entre las calles del barrio viejo, dejando que el aire tibio de la noche me despejara la cabeza. Las cervezas me habían dado ese zumbido suave que hace que caminar se sienta fácil. Sin darme cuenta tomé un camino más largo del que debería haber tomado y terminé en la avenida del taller, que no era exactamente la ruta directa a mi casa.

Fue entonces cuando vi el camión.

Ese autobús blanco enorme al que Rodrigo y Ernesto llevaban semanas dándole mantenimiento. Estaba estacionado en la misma esquina de siempre, con las luces del interior encendidas. Iba a pasar de largo. Lo tenía decidido.

—Lucía.

Me detuve. La voz vino de adentro. Ernesto se asomaba por una ventana lateral con esa sonrisa ancha que le hacía arrugas alrededor de los ojos.

—¿Qué andas haciendo sola a estas horas? —preguntó.

—Voy a mi casa —dije.

—¿Tomaste algo?

Dudé un segundo de más antes de contestar.

—Un poco —admití.

Bajó del camión en tres pasos. Era más alto de lo que parecía desde la calle. Me miró de arriba abajo sin ningún pudor, con esa calma de quien no necesita disimular lo que piensa. Sentí cómo se le detenían los ojos en mis pezones marcados contra la tela blanca de la ombliguera, y no me tapé.

—Entonces no te vas todavía —dijo—. Ven, tómate algo con nosotros.

Rodrigo apareció detrás de él, secándose las manos con un trapo manchado de grasa. Me miró con la misma expresión de siempre: directa, sin prisa, sin disculparse por lo que era.

—Tenemos pizza y cerveza —dijo—. Está mejor que caminar sola a esta hora.

Debí decir que no. Debí seguir caminando. En cambio, los seguí.

El interior del autobús olía a aceite de motor y a la pizza que no mentían. Al fondo había un par de asientos largos y una caja de cervezas casi vacía. Sobre una de las sillas había una baraja tirada, como si la hubieran abandonado cuando me vieron llegar.

—¿Sabes jugar? —preguntó Ernesto.

—Mi abuelo me enseñó desde chica —dije.

Se miraron entre sí. En ese intercambio de miradas había algo que no supe leer todavía.

Jugamos tres manos. La primera la gané yo, casi por accidente. La segunda fue de Rodrigo. En la tercera, Ernesto propuso apostar, y cuando le pregunté qué se apostaba, me miró con esa sonrisa lenta y me dijo que lo fuéramos descubriendo. Tenía esa manera de hablar donde las palabras pesan más de lo que dicen. Acepté.

Perdí dos manos seguidas y cumplí lo pactado sin que nadie tuviera que pedírmelo dos veces. Me levanté del asiento, tomé el borde de la ombliguera y la subí despacio. Debajo no había nada. Mis tetas quedaron al aire bajo la luz amarilla del camión, con los pezones ya duros de puro adivinar lo que venía. Rodrigo soltó un silbido suave entre los dientes. Ernesto no dijo nada, solo siguió mirando, y ese silencio me encendió más que cualquier palabra que hubiera podido decir.

—Ahora el short —dijo Rodrigo, con esa voz grave que no era una pregunta.

Me desabroché el botón, bajé el cierre y dejé que la mezclilla cayera sola. Me quedé de pie frente a los dos con el tanga blanco pegado al coño ya mojado, y Ernesto se rió bajito al ver la mancha oscura en la tela.

—Está empapada, cabrón —le dijo a Rodrigo, sin dejar de mirarme.

Fue él quien se acercó primero.

Me tomó de la cintura con las dos manos y me jaló hacia él sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me besó despacio, con esa firmeza que ya me había imaginado en alguien como él. Tenía la boca de un hombre acostumbrado a tomar lo que quiere sin pedir permiso, pero sin brutalidad. Su lengua se metió entre mis labios buscando la mía, y mientras me besaba una de sus manos subió por mi costado hasta agarrarme una teta entera, pellizcándome el pezón con dos dedos hasta que gemí dentro de su boca. Rodrigo se levantó y se acercó por detrás, sus manos grandes en mis hombros, después bajando por la espalda hasta apretarme el culo con las dos palmas abiertas. Los dos se repartieron mi cuerpo con una coordinación que parecía natural.

Ernesto derramó un poco de cerveza fría sobre mi pecho y lo limpió con la boca, tomándose su tiempo, chupándome un pezón y luego el otro mientras sus manos me abrían el short que ya estaba en el suelo. Sus labios eran cálidos contra mi piel enfriada por la cerveza, y ese contraste me hizo cerrar los ojos. Rodrigo me tomó del cabello por detrás con suficiente firmeza para dejarme claro lo que quería. Sentí su verga durísima contra mi culo a través del pantalón de mezclilla, y esa señal directa me encendió más que cualquier caricia suave.

—De rodillas —me dijo al oído, sin soltarme el pelo.

Me dejé caer entre los dos. Ernesto ya se estaba desabrochando el cinturón, y cuando bajó los pantalones se le salió la polla de golpe, gruesa, dura, con la punta brillante. La agarré con la mano y me la metí a la boca sin pensarlo, hasta el fondo, hasta que se me clavó en la garganta y tuve que respirar por la nariz. Él soltó un gruñido y me puso la mano en la nuca para que no me apartara.

—Así, chiquita, así —murmuró—. Chupa despacio primero.

Rodrigo se puso a mi lado, sacando la suya, un poco más corta pero más gorda, con la piel oscura y las venas marcadas. Me pasé de una a la otra sin dejar de mamar, chupando la de Ernesto hasta el fondo, después la de Rodrigo, lamiéndolas por debajo, escupiendo saliva en las dos para que quedaran empapadas. Me metieron la polla al mismo tiempo, una en cada mejilla, y me hicieron abrir la boca para lamerles las dos cabezas juntas mientras yo los miraba desde abajo.

—Mira cómo le gusta, hijo de puta —le decía Ernesto a Rodrigo, con la voz cortada—. Mira cómo la putita se las come a las dos.

Yo no contestaba. Solo chupaba más fuerte, tragaba, escupía, les lamía los huevos por turnos mientras la otra polla me golpeaba la cara. Ernesto me agarraba del cabello marcando el ritmo cuando volvía a metérmela hasta el fondo, y yo lo seguía porque era exactamente lo que necesitaba: que me la clavara hasta hacerme llorar, que me la usara como se le antojara. Se me caía la saliva por la barbilla y me chorreaba entre las tetas, y a ellos les gustaba verlo.

—Levántala —dijo Rodrigo.

Ernesto me subió de los brazos y me acomodó sobre el asiento largo, boca arriba. Me arrancó el tanga de un tirón y me abrió las piernas con las dos manos. Se agachó y me metió la lengua en el coño de golpe, sin preámbulos, chupándome los labios, la entrada, el clítoris con esa paciencia que desespera en el buen sentido. Mientras tanto Rodrigo se puso encima de mí a horcajadas y me metió su polla en la boca desde arriba, cogiéndome la cara mientras me embestía despacio la garganta.

Ernesto sabía lo que hacía con la boca. Me chupaba el clítoris con los labios cerrados como si me estuviera mamando otra polla, después me metía dos dedos gruesos y los curvaba hacia arriba, buscándome ese punto que me hacía arquear la espalda. Yo gemía con la polla de Rodrigo en la boca, ahogada, y Ernesto se reía contra mi coño.

—Se va a venir en mi boca esta guarra —dijo, y volvió a bajar la cabeza.

Me vine sobre su lengua a los pocos segundos, con las piernas temblando y las caderas subidas del asiento. Él no paró. Me siguió chupando el clítoris ya hinchado hasta que me dolía y me daba gusto al mismo tiempo, hasta que le pedí que me la metiera de una puta vez.

—¿Qué te meta qué? —preguntó, sin dejar de lamerme.

—La polla —dije—. Métemela.

—¿Dónde?

—En el coño, cabrón, métemela en el coño.

Rodrigo se rió arriba de mí y me sacó la polla de la boca para que pudiera contestar bien. Ernesto se enderezó, se escupió en la mano, se pasó la saliva por la verga y me la metió de una sola vez, hasta el fondo, hasta que sentí sus huevos golpearme el culo. Grité contra la polla de Rodrigo, que volvió a metérmela en la boca para callarme.

Ernesto me cogió duro desde el principio. No hubo entrada suave, no hubo tanteo. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestirme con toda su fuerza, sacándomela casi entera y volviéndomela a clavar hasta el tope, una y otra vez, mientras yo mamaba a Rodrigo desde abajo con la baba corriéndome hasta las orejas.

—Qué coño tan rico, cabrón —le decía a Rodrigo entre embestidas—. Está apretadísima. Ven a probarla.

Cambiaron sin sacarme de encima. Rodrigo se acomodó en el asiento y me montaron sobre él a horcajadas, mirándolo. Lo sentí entrar despacio, con esa gordura suya que me abría de otra manera, sus manos en mis caderas guiando cada movimiento con una seguridad que solo da la experiencia. Empecé a moverme sobre él, restregándome el clítoris contra su pubis en cada bajada, y él me chupaba los pezones mientras yo cabalgaba.

Ernesto se incorporó detrás de mí. Me empujó despacio hacia adelante, para que quedara pegada al pecho de Rodrigo, y sentí cómo se escupía en la mano y me embarraba la saliva entre las nalgas. Un dedo suyo, grueso, me entró en el culo despacito.

—¿Te la meto por atrás? —preguntó al oído.

—Sí —dije, sin pensarlo—. Métemela.

Me la metió con paciencia, poco a poco, mientras Rodrigo seguía cogiéndome por delante. Cuando la tuvo hasta el fondo los dos se quedaron quietos un momento, dejándome sentir esa plenitud absoluta, esa sensación de estar completamente llena por los dos. Después empezaron a moverse, primero uno, después el otro, encontrando un ritmo alternado que me volvió loca. Cuando uno entraba, el otro salía. Yo estaba abierta entre los dos, gimiendo cosas que no recuerdo bien.

Los dos me tuvieron durante casi una hora, cambiando de posición cuando alguno lo pedía, sin prisa y sin que ninguno cediera antes de tiempo. Hubo momentos en que no sabía bien dónde terminaba uno y empezaba el otro, y en esos momentos lo único que me importaba era no detenerme.

Me vine una segunda vez en ese camión, con la cara contra el vidrio empañado de la ventana y las manos de Ernesto en mis caderas mientras me embestía desde atrás, y Rodrigo debajo de mí frotándome el clítoris con dos dedos. Fue largo e intenso, y los dos lo recibieron como si fuera exactamente lo que esperaban. Cuando terminó de correrme, seguí gimiendo mientras los dos me seguían cogiendo hasta que Ernesto salió, se sacó la polla del culo, y se sentó en el asiento a respirar.

Cuando terminamos, los tres quedamos tirados en los asientos, sudados y en silencio durante un minuto entero. Ellos no se habían venido. Yo lo sabía y ellos también.

—¿Tienes hambre? —preguntó Ernesto.

—Mucha —dije.

***

Fuimos a una taquería que Rodrigo conocía, a tres cuadras del taller. Pedimos tacos y los comimos parados en la banqueta, sin hablar de lo que había pasado, como si fuera algo que no necesitaba nombrarse. El aire de la noche ya era más fresco y esa calma física que solo llega después de algo que valió la pena me tenía los hombros sueltos y la mente tranquila. Todavía sentía el semen de nadie dentro porque no se habían venido, pero sí sentía el coño hinchado, el culo abierto, los pezones adoloridos contra la ombliguera.

Rodrigo preguntó si tenía tiempo todavía.

—Un poco —dije, que era la misma respuesta que le había dado a Ernesto esa noche y que siempre significaba lo mismo.

Su departamento estaba a cinco minutos del taller. Pequeño pero ordenado, con un sillón largo frente a una tele vieja y una mesa repleta de herramientas que nadie había tocado en días. Puso música desde el teléfono y Ernesto abrió las últimas cervezas. Los dos me miraron de una manera que me dejó claro que la noche no había terminado.

Esta vez fue diferente.

En el camión todo había sido urgente e improvisado, sin espacio suficiente para moverse bien. En el sillón de Rodrigo había luz y lugar y tiempo para decidir a qué ritmo quería que fueran las cosas. Ernesto me pidió que me desnudara despacio para ellos, parada frente al sillón mientras los dos se acomodaban con la cerveza en la mano. Me quité la ombliguera, el short, y me quedé desnuda porque ya no tenía tanga. Me pidió que me tocara.

Me senté en el brazo del sillón, abrí las piernas y empecé a acariciarme el coño frente a ellos. Metí dos dedos, los saqué mojados, me chupé los dedos mirándolos. Ernesto se sacó la polla del pantalón y empezó a masturbarse despacio mirándome. Rodrigo hizo lo mismo. Los tres nos tocamos así un rato, sin hablar, hasta que Ernesto me pidió que me sentara sobre él mirándolo, y esa instrucción tan simple —esa sola palabra, mirándolo— me puso más nerviosa que cualquier cosa que hubiera pasado antes esa noche.

Lo hice. No aparté los ojos. Me monté sobre él, agarré su polla con la mano y me la metí despacio, sintiéndola abrirme centímetro a centímetro hasta que me senté encima del todo. Él me tomó la cara con las dos manos y me obligó a seguir mirándolo mientras yo subía y bajaba lentamente, sintiendo cada vena de su verga contra las paredes de mi coño.

Rodrigo se acomodó detrás de mí con sus manos en mis caderas. Esta vez no me la metió por el culo. Se acostó debajo, en el borde del sillón, y me pidió que me inclinara hacia adelante sobre Ernesto. Cuando lo hice, sentí su lengua abrirme las nalgas y meterse ahí donde acababa de estar su polla horas antes. Me lamió despacio, con paciencia, mientras Ernesto seguía embistiéndome desde abajo.

Los tres encontramos un ritmo que se ajustó solo, sin necesidad de hablar demasiado. A veces Ernesto me decía algo al oído en voz muy baja mientras yo me movía sobre él, cosas que me quedo para mí. Rodrigo callaba casi siempre, pero compensaba de otras formas, con esas manos grandes que sabían exactamente dónde quedarse y cuánto tiempo, y con esa lengua que me tenía a punto de derretirme.

Después Rodrigo se levantó, se volvió a poner detrás de mí, y me la metió otra vez por el culo mientras Ernesto seguía dentro de mi coño. Los dos me cogieron así, sándwich entre los dos, embistiéndome alternado, moviéndome como querían mientras yo apoyaba las manos en el pecho de Ernesto para sostenerme. Sentía las dos vergas separadas solo por una pared fina de carne, rozándose adentro de mí, y esa sensación me llevó rápidamente al borde.

Tuve dos orgasmos en ese sillón. El primero me sorprendió, me vino de golpe con Rodrigo mordiéndome el hombro por detrás y Ernesto sujetándome las caderas para que no me escapara. El segundo lo busqué yo sin ninguna vergüenza, moviéndome exactamente como quería y diciéndole a Rodrigo que no parara, que me la clavara más fuerte, que me diera duro por el culo, y él no paró hasta que yo se lo pedí.

Los dos terminaron poco después, uno detrás del otro. Ernesto fue el primero. Me sacó de encima, se levantó y me llevó al piso. Me puse de rodillas frente a él con la boca abierta y él se corrió sobre mi lengua después de tres o cuatro tirones, chorros gruesos que me llenaron la boca y me chorrearon por la barbilla hasta las tetas. Yo lo vi hacerlo de cerca, sin apartar los ojos, con la lengua afuera. Tragué lo que pude y me limpié el resto con los dedos, chupándomelos después.

Rodrigo fue el segundo y fue más ruidoso. Me tomó del pelo, me acomodó frente a él y se corrió a chorros sobre mis tetas, apretándose la polla con la mano libre para sacar hasta la última gota. Me embarré su semen por los pezones con los dedos mientras él me miraba, y él soltó un gruñido bajo de aprobación al verlo.

***

Pasada la medianoche, Rodrigo preguntó si quería bañarme antes de irme. Los tres entramos al baño, que era demasiado pequeño para tres personas, y eso también acabó siendo parte de la noche aunque nadie lo hubiera planeado. Sus manos callosas se sentían distintas sobre la piel mojada, más lentas, y los dos me lavaron el cabello con esa misma calma que habían tenido durante toda la noche. Ernesto me enjabonó las tetas, el vientre, entre las piernas, con los dedos entrándome despacio en el coño hinchado. Rodrigo me lavó la espalda y el culo, metiendo un dedo enjabonado para limpiarme por dentro. Ninguno intentó cogerme otra vez —no hubiera podido soportarlo—, pero los dos me tocaron todo el cuerpo con esa familiaridad que ya se habían ganado.

Cuando salí ya era la una y cuarto. Rodrigo buscó las llaves del coche.

El camino de vuelta fue corto y silencioso. Me dejaron en la esquina de mi calle porque yo se lo pedí así. Me despedí de los dos con un beso cada uno y caminé hasta la puerta de mi casa sin mirar atrás, aunque sabía que me estaban mirando.

Adentro, todo estaba en silencio. Subí las escaleras, me lavé la cara, me miré un momento en el espejo del baño.

Tenía los ojos brillantes. El cuerpo entero me dolía de esa manera que no es del todo desagradable, esa mezcla de cansancio y satisfacción que te recuerda que estuviste completamente presente en algo. Me metí la mano entre las piernas y sentí el coño todavía caliente, todavía sensible.

Me acosté con la ventana abierta y tardé en dormirme, no porque estuviera inquieta, sino porque no quería que ese estado terminara todavía.

***

A la mañana siguiente me levanté adolorida. Me estiré un buen rato, me preparé, y antes de las nueve ya estaba en la calle. Tomé la ruta de siempre, la que pasa por la avenida del taller. Me dije que era por costumbre.

Rodrigo estaba bajo el cofre de un coche cuando pasé por la entrada. Ernesto me vio primero y levantó la mano. Los dos sonrieron de esa manera que no necesita palabras.

Me detuve en la puerta.

—La semana que viene —dije—. Cuando quieran.

Ernesto se limpió las manos en el trapo y asintió despacio.

—Cuando quieras tú —dijo.

Y siguió trabajando.

Yo continué mi camino con el sol de la mañana en la cara y esa certeza tranquila de que las cosas buenas tienen la ventaja de poder repetirse.

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Comentarios(9)

MarcosBsAs

Genial!!! de los mejores que lei ultimamente, me dejo con ganas de mas

Tomas_2k

Espero que haya segunda parte, termino demasiado rapido para mi gusto jajaja

DanteRios77

Me hizo acordar a una situacion parecida que tuve hace unos años... esas casualidades que uno no se espera y te cambian la noche entera

Valentina_ok

Esto es real? porque si es ficcion lo escribiste muy bien, se siente totalmente creible

Iker_R

Lo de Ernesto sabiendo el nombre desde el camion... ahi ya sabia yo que ella no iba a poder seguir de largo jaja. Muy bueno

Lula_87

Que bien contado. El comienzo te atrapa y ya no podes soltar. Hacia tiempo que no leia algo que me tuviera tan atenta de principio a fin

gaston

buenisimo!!!

SofiaKB

Me encanto como lo fuiste desarrollando, sin apuros, dejando que todo fluya. Sigue escribiendo por favor, tienes buen estilo

RobertoSM

tremendo relato, lo lei dos veces y la segunda mejor que la primera

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