Trío y sumisión en la fiesta secreta de una boda
Entramos encadenados para animar una fiesta privada, pero en cuanto me soltaron el collar supe que aquella noche iba a perder mucho más que la vergüenza.
Entramos encadenados para animar una fiesta privada, pero en cuanto me soltaron el collar supe que aquella noche iba a perder mucho más que la vergüenza.
He probado muchas formas de follar, pero nada me enciende tanto como quedar en medio de dos cuerpos decididos a usarme y complacerme a la vez.
Bajamos del escenario riéndonos, pero en cuanto cerraron la puerta del apartamento nadie tenía ganas de seguir fingiendo.
Cuando llegué a esa casa, no imaginaba que terminaría desnuda entre mujeres maduras, lenguas expertas y una invitada mirando desde la puerta.
Primero fue la jaula; después, las cadenas, las órdenes y un colchón sucio donde aprendí hasta dónde podía aguantar mi cuerpo.
Abrí las piernas bajo la mesa para provocar miradas, pero no imaginé hasta dónde iba a llegar esa noche en aquel restaurante.
Pensé que iba a compartirla con un hombre una sola noche, pero cuando abrió la puerta y vi a la otra mujer, ya era demasiado tarde para echarme atrás.
Desperté desnudo entre amigos y una desconocida tatuada; cuando abrí la ventana, entendí que lo más sucio todavía no había terminado.
Bajé las escaleras del vapor con las ganas al cien y el culo ya palpitando. No esperaba que tres desconocidos me fueran a partir en dos esa misma tarde.
Mi vecina volvió al amanecer con las piernas temblando y una sonrisa indecente; cuando me contó lo del club, no pude dejar de imaginarlo.
Creí que íbamos a una carne asada con amigos, pero cuando vi a mi marido besar a otra frente a mí, entendí que esa noche iba a cruzar un límite.
Fui por veinte euros y por el morbo de dejarme usar, pero cuando reconocí aquella furgoneta supe que esa noche iba a salir de control.
Éramos pocos en la oficina, demasiado cachondos y con una costumbre peligrosa para los viernes. Aquella mañana nadie iba a salir vestido.
Nuria me escribió a media tarde: «Elena viene un par de días desde Bilbao. Cena en casa. Creo que te gustaría conocerla.» No hizo falta preguntar más.
Cuando la vimos subir al escenario con aquel vestido pegado al cuerpo, supe que íbamos a pujar hasta el límite para tenerla entre los tres.
Volví al taller con una excusa torpe y una falda demasiado corta; ellos entendieron enseguida que no iba por el coche.
Salí del baño todavía mojada entre las piernas, y él supo por mi cara que recordar a otros hombres me había puesto a temblar.
Camila me esperaba con una fiesta de treinta íntimos. Lo que no me esperaba era encontrar a una rubia en la ducha ni terminar la noche entre dos cuerpos que no conocía.
Cuando le bajamos los pantalones delante de todos, J aún no sabía que esa visita iba a ponerlo de rodillas entre gemidos, culos y una sorpresa inolvidable.
Mi amiga cerró la puerta, miró a los hombres del salón y dijo que quien quisiera follar, fuera pasando. Yo ya estaba mojada antes de empezar.