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Relatos Ardientes

La noche que dejamos que los desconocidos miraran

Esa temporada, Mateo se había convertido en el eje de nuestras aventuras. Era él quien lanzaba las ideas, y nosotros quienes decidíamos cuáles llevar a cabo y cuáles dejar pasar. La dinámica funcionaba bien: él proponía, nosotros filtrábamos. Pero cada vez filtrábamos menos.

Una tarde llegó con una propuesta que mezcló el nerviosismo con la risa. Laura —mi mujer— tenía un uniforme blanco de pantalón y chaqueta de su antigua clínica. La idea era sencilla: ponérselo sin ropa interior, aprovechar que esa tela suele transparentar con la luz justa, y subirse a los autobuses de la ciudad.

Era una locura calculada. Arriesgada, pero con ese punto de adrenalina que últimamente buscábamos.

Laura tardó cinco segundos en añadir su condición: mascarilla y gafas normales. Anonimato de mínimos. Mateo asintió y empezamos a trazar la ruta: qué líneas tomar, dónde bajarnos si la cosa se complicaba. Ella iría sola. Nosotros la seguiríamos a veinte metros de distancia, sin intervenir, solo para ver el espectáculo.

Salimos al filo de la tarde, con el sol ya inclinado pero todavía tibio. Nos separamos en cuanto bajamos del coche. Laura caminó sola hacia la primera parada. Mateo y yo nos quedamos atrás, intentando parecer dos amigos sin ningún plan en particular.

La primera parada estaba vacía. El primer autobús tenía asientos libres de sobra. Fuimos obligados a sentarnos y nadie miró a Laura. Primer intento: fracaso total.

En la segunda parada había más gente, pero tampoco picó nadie. Mateo me daba codazos disimulados. Laura nos miraba de reojo con una mezcla de frustración y alivio. Los tres sabíamos que algo no funcionaba, aunque ninguno sabía exactamente qué.

Fue en el cuarto autobús cuando algo cambió. Un hombre de unos cuarenta años, parado al fondo, la miró una vez y luego otra. Se fue desplazando hacia donde estaba Laura. Vi cómo ella tensó los hombros —su reacción natural era rechazar— pero algo la hizo recordar en qué andábamos. Se relajó. Sonrió. El tipo puso la mano en una de sus nalgas, suave, como probando el terreno. Ella se rio en voz baja.

Bajamos en la siguiente parada y nos tomamos un descanso. Yo sugerí que cambiara la ropa interior por una tanga; así la silueta sería más evidente. Laura asintió y fue al baño de un bar cercano.

El efecto fue inmediato. Las señoras la miraban con desaprobación. Los hombres, en cambio, la miraban como si no pudieran evitarlo. Uno sacó el teléfono con demasiada discreción. Otro intentó hablarle pero solo sonreía sin articular nada, y ella pasó de él sin detenerse.

El momento bueno llegó dentro de un autobús, con un tipo de nuestra edad que llevaba mascarilla. Fue directo: se acercó, coqueteó sin rodeos, y en un momento dado le metió el dedo por la cintura del pantalón para estirar la tanga. Discreto, calculado. Al bajar la invitó a «un lugar más tranquilo». Laura lo rechazó con una sonrisa y él no insistió.

Mientras yo lo seguía todo desde la distancia, sentía que me faltaba el aire. Mateo, a mi lado, no disimulaba lo más mínimo. Estaba disfrutando cada segundo con una intensidad que me recordó que él no era un espectador neutral.

***

Esa misma noche, los tres cenamos algo rápido y Mateo siguió con nosotros. No tardó en proponer la segunda parte.

—¿Y si buscamos a alguien que quiera que Laura le haga una mamada?

Mi mujer y yo nos miramos. La idea era más directa que todo lo anterior. Más arriesgada también. Dudamos en voz alta y Mateo esperó, sin presionar.

—Espera —dijo Laura—. Necesito cambiarme de ropa.

—No hace falta mucho —dijo Mateo—. Con lencería y un abrigo encima es suficiente. ¿No tienes ese sujetador de media copa que deja los pezones al aire?

—Ese exactamente —añadí, sin poder evitarlo.

Laura tardó diez minutos. Salió con el conjunto en granate oscuro —perfecto sobre su piel clara— y el abrigo largo cerrado hasta el cuello. Subimos al coche de Mateo. Yo conduje. Laura se sentó atrás con él.

—¿Adónde vamos? —pregunté sin girarme.

—Conozco un sitio —dijo Mateo.

Claro que lo conocía, pensé. Mateo siempre sabía adónde ir. Era difícil no preguntarse cuánta experiencia real tenía en este mundo y simplemente no nos la había contado.

Llevábamos unos diez minutos en marcha cuando él le dijo algo a Laura en voz baja. No escuché las palabras, pero el efecto fue inmediato. En el interior del coche empezó a escucharse ese sonido inconfundible. En un semáforo en rojo metí el cambio en punto muerto y me giré un segundo. El culo de Laura, levantado en el asiento trasero, estaba húmedo a la vista. El semáforo se puso en verde y tuve que seguir conduciendo.

Llegamos unos cuarenta minutos después a una zona alejada del centro, en dirección contraria a los barrios conocidos. Era un parque pequeño rodeado de arquitectura gris y farolas poco frecuentes. Relativamente tranquilo. Relativamente oscuro.

Mateo explicó lo que había «leído» sobre ese tipo de lugares: hombres que caminan cerca de los bordes, coches aparcados con la luz interior encendida, puertas que se abren como invitación. Si quien se acerca sabe de qué va, actúa solo.

Encendimos la luz del habitáculo y dimos un par de vueltas despacio. Un hombre con una chaqueta oscura caminaba por la acera del parque. Al vernos, hizo un gesto mínimo con la cremallera del bolsillo. Mateo dijo que era señal suficiente. Aparqué junto a la acera. Laura abrió la puerta trasera.

El hombre cruzó la calle despacio y se asomó al interior. Miró a Laura, miró el anillo en su mano, me miró a mí.

—Apaga eso —dijo señalando los intermitentes que yo había puesto por instinto.

—¿Quién es el que mira? —preguntó después, sin esperar respuesta.

Laura bajó la cremallera del pantalón del desconocido con más calma de la que yo esperaba. Empezó con la punta de la lengua, tanteando. Luego fue tomando ritmo. Mateo miraba desde el otro extremo del asiento trasero con las pupilas muy abiertas. Yo apenas respiraba.

El hombre no tardó mucho. La agarró del cabello, un solo pujido contenido, y acabó. Laura tosió levemente. Tenía los ojos húmedos cuando levantó la cabeza.

—Estoy bien —me dijo antes de que yo preguntara.

Mateo cerró la puerta y yo volví a conducir, despacio, por la misma zona.

El segundo hombre caminaba solo con las manos en los bolsillos, al borde opuesto del parque. Hicimos el mismo procedimiento. Esta vez Laura entró sin dudar, con más ritmo desde el principio, como si la primera vez hubiera sido el ensayo. El hombre apoyó la cabeza en el marco superior de la puerta y se quedó quieto, los ojos cerrados. Cuando acabó lo dijo en voz baja y ella abrió la boca.

Partimos de nuevo. Yo miraba la carretera. Laura se limpió la comisura con el dorso de la mano.

—¿Quieres seguir? —pregunté.

—Sí —dijo—. Una vez más.

***

Dimos varias vueltas pero no vimos a nadie más desde el coche. Mateo dijo que en esas zonas también había gente adentro, entre los árboles. Dejamos el coche aparcado a media manzana. Laura se abrochó el abrigo y los tres entramos al parque.

Era más grande de lo que parecía desde fuera. Los árboles formaban corredores oscuros y el suelo de gravilla amortiguaba los pasos. En un banco lejano había un par de siluetas inmóviles. Mateo nos llevó hacia un grupo de arbustos densos y desapareció entre ellos un momento. Cuando salió, nos hizo señas de que nos acercáramos.

Entre los matorrales había un hombre de mediana edad. Nos miró a los tres sin sorprenderse.

—¿Esta es la chica que anda buscando compañía? —dijo, dirigiéndose a Laura.

Le quitó el abrigo con una calma que no admitía discusión. Pasó el dedo por el borde del sujetador. Le preguntó si le gustaba hacerlo con su marido mirando. Laura dijo que sí sin vacilar. Él le pidió que lo repitiera bien. Ella lo repitió, ya sin vergüenza, mirándole a los ojos.

Se arrodilló ante él. Le bajó la cremallera. Lo que siguió fue largo y metódico: lengüetazos desde la base hasta la punta, los ojos levantados hacia él, los dedos trabajando con cuidado. Mateo se había alejado unos metros para vigilar los alrededores. Yo me quedé donde estaba, sin moverme, con el corazón golpeándome por dentro.

Cuando el hombre acabó, se quedó un momento en silencio.

—¿Te importa si llamo a un amigo que anda por aquí cerca?

Laura dijo que no con la cabeza.

Cinco minutos después apareció otro hombre. Fornido, camisa entreabierta, movimientos tranquilos. El primero se lo explicó todo en tres palabras. El recién llegado miró a Laura, que seguía de rodillas en el suelo, y luego nos miró a nosotros.

—Sácalo —le dijo el primero, riéndose en voz baja.

Lo que Laura vio cuando él obedeció le cambió la expresión de golpe. Abrió los ojos. Era una verga larga y gruesa, simétrica en grosor y en largo, de las que detienen el pensamiento. Sin decir nada, el tipo acercó las caderas. Ella lo tomó con las dos manos y empezó.

Pero duró poco así.

Laura se separó, me miró directamente a los ojos, y se puso en cuatro sobre el abrigo que había extendido en el suelo.

—Fóllame —le dijo al desconocido—. Por favor. Quiero sentirlo todo.

Nunca la había escuchado pedirlo así, con esa mezcla de súplica y exigencia.

El hombre se colocó detrás de ella. La entrada fue lenta, dejando que el cuerpo de Laura se acostumbrara. Ella exhaló largo y despacio. Luego él empezó a moverse, primero con cuidado, después sin ninguno. Las embestidas la sacudían entera y ella aguantaba con los brazos firmes, empujando hacia atrás para encontrarle el ritmo.

Las siluetas de los bancos lejanos levantaron la cabeza. Mateo se encargó de alejarlos con calma.

El desconocido metió el pulgar en el culo de Laura. Ella, en vez de tensarse, empezó a moverse sola hacia atrás, buscándolo. Él se detuvo y la dejó hacer. La vio rebotar una vez, dos, tres, y entonces la tumbó en el suelo con suavidad, acomodó su verga de nuevo y la penetró en misionero. Le lamía los pezones mientras se movía. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta.

Yo no podía moverme. Me quedé de pie, mirando, con la ropa húmeda y un deseo que no sabía muy bien cómo clasificar.

Laura llegó al orgasmo con esa vibración característica en los muslos que reconozco de sobra. El tipo también acabó, adentro, con un pujido sordo. Se separó, se abrochó el pantalón en silencio y se marchó entre los árboles sin mirar atrás.

Laura se incorporó despacio. Por su muslo corría un hilo fino. Se buscó el abrigo con la mano y tardó un segundo en darse cuenta.

—Se lo ha llevado —dijo, con una carcajada sin fuerza.

El desconocido se había llevado la prenda. Sin avisarla. Un recuerdo, supusimos, o simplemente descuido. En cualquier caso, ya no estaba.

—Ni modo —dijo ella, y empezó a caminar hacia la salida del parque tal como estaba.

Desde los bancos del fondo se escucharon silbidos. Luego el destello azulado de un teléfono, otro más. Nos habían fotografiado desde lejos. Eso aceleró el paso de los tres hasta el coche.

Arrancamos en silencio. Mateo iba con la cabeza apoyada en el cristal, sonriendo para sí mismo. Laura tenía los ojos cerrados y la respiración todavía entrecortada. Yo conduje de vuelta a casa sin decir nada.

Cuando llegamos, Mateo se despidió en la puerta. Laura y yo entramos. Queríamos hacerlo, era obvio, pero los dos estábamos agotados de una forma que iba más allá del cuerpo.

Nos duchamos juntos bajo el agua caliente, en silencio. Luego nos fuimos a dormir.

No dijimos nada esa noche. No hizo falta. Algunas cosas son mejores cuando se dejan sin palabras, al menos por unas horas, hasta que el cuerpo entiende del todo lo que acaba de vivir.

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Comentarios (8)

NocheAzul77

Increible!!! de los mejores que lei por aca

Valentina_03

Quede con ganas de mas, necesito una segunda parte por favor. Muy bueno!

Rafa_Bsas

Me recordo a algo que vivi hace unos años en un viaje, esa mezcla de verguenza y adrenalina es imposible de describir. Muy buen relato

DiegoMar92

Esta buenísimo! Una pregunta, es una historia real o inventada? Se siente muy autentico todo

MarceloRP

excelente, se hace cortisimo

LunaK_86

jaja la parte del autobus me mato, tremendo. Mas relatos asi por favor!

Marta_Lp

Muy bien narrado, la tension que se arma desde el principio te atrapa. Sigue escribiendo asi!

GonzaFl

Wow, que manera de contar una historia. Cada detalle perfectamente medido, sin caer en lo vulgar. Es raro encontrar relatos que te mantengan con esa intriga hasta el final. Esperando con ansias el proximo. Saludos

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