Lo que la cámara del bosque grabó esa noche
La práctica de campo era obligatoria para los de tercer año. Los de geología y los de biología compartíamos transporte y campamento, aunque cada carrera tenía sus propias actividades. A mí me tocaba con los geólogos, lo cual significaba caminar todo el día con un martillo, una libreta y un GPS, anotando estratigrafías y recogiendo muestras que nadie volvería a mirar después.
Iba vestida como si me hubieran sacado de una película de aventuras. Pantalón corto color caqui, blusa beige, chaleco con bolsillos por todos lados y un sombrero de ala ancha que me había regalado mi tío. En la pernera del muslo llevaba lo esencial: encendedor, una linterna pequeña, toallitas húmedas, toallas femeninas y un labial para el frío. Tomé precauciones días antes de salir. Como sabía que iba a tener que orinar al aire libre y como acababa de terminar mi periodo, decidí no depilarme. No pensaba enseñarle el sexo a nadie, así que para qué.
Ese consejo me lo dio una amiga bióloga. Para una chica el bosque es más complicado que para un hombre, que solo tiene que sacar la manguera y dejar que todo salga.
También cargaba una mochila enorme con el resto de las cosas, pero esa parte no importa.
La práctica era sobre impacto ambiental, ecología o algo parecido. La verdad no recuerdo bien el título del trabajo. Nos dividieron en equipos: los biólogos a buscar huellas, recolectar hierbas, identificar hongos y colocar cámaras de fototrampeo para registrar fauna nocturna. Los geólogos a martillar piedras y discutir si una formación era del Cretácico o del Jurásico, como si alguien fuera a calificarnos por eso.
El día transcurrió sin sobresaltos. Cuando empezó a oscurecer, levantamos los puntos de monitoreo y volvimos al campamento. Los biólogos venían radiantes, mostrándose fotos de un zorro que casi tocaron. Mis compañeros geólogos, en cambio, se quejaban del frío, del cansancio y de las ampollas. A mí me parecía divertido, aunque no extraordinario. Armé mi tienda, me cambié los zapatos por unas botas más livianas y me acerqué a una de las fogatas.
Era el ambiente clásico de universitarios en el bosque por la noche. Guitarras desafinadas, cigarrillos de dudosa procedencia y mucho, mucho alcohol. Los profesores estaban en su propia cabaña y solo intervendrían si alguien intentaba prenderle fuego al monte. Lo demás les era indiferente.
Yo bebí una. O tal vez cuatro. A esas alturas ya no llevaba la cuenta.
Medio mareada y con la vejiga reclamando, fui a mi tienda a buscar la linterna. La luna estaba casi llena y daba luz suficiente para no necesitarla, pero la costumbre es la costumbre. Me alejé del círculo de tiendas, caminé entre los pinos buscando un lugar discreto y terminé cerca del arroyo que habíamos visitado por la tarde. La corriente apenas se oía. En la orilla, sobre las hierbas mojadas de rocío, brillaban algunas luciérnagas. Cada vez se ven menos. Me quedé un instante mirándolas antes de acordarme de para qué había bajado.
Me agaché detrás de una piedra grande, me bajé el pantalón corto y la ropa interior, y dejé que el cuerpo hiciera lo suyo. El alivio fue inmediato. Cuando terminé, busqué las toallitas húmedas en la pernera. No estaban donde debían. Me incorporé con el trasero todavía al aire, levanté la solapa del bolsillo, hurgué entre los objetos. La linterna pequeña, el encendedor, el labial. No, espera. No era el labial.
Era el labial.
Las chicas que estén leyendo ya saben de qué hablo. A los lectores hombres les paso un secreto: muchas mujeres, cuando viajamos, llevamos un artículo especial. Sin rodeos, un vibrador. El tamaño y el modelo dependen de cada una, pero solemos elegir versiones discretas. El mío estaba disfrazado de labial. Lo había comprado precisamente porque era casi indistinguible de uno real. Tan parecido que esa noche, al armar la pernera, los confundí.
Lo saqué riéndome sola. La risa de alguien medio borracho en medio del bosque suena rara, pero ahí no había quién me escuchara. Y entonces se me ocurrió la idea.
***
Encendí el aparato. La vibración era discreta, casi un cosquilleo, pero suficiente. Volví a mirar alrededor. Nadie. Solo el arroyo, las luciérnagas y yo. Me senté sobre la piedra. La superficie estaba fría incluso a través del pantalón, así que me lo bajé del todo y lo dejé enrollado en los tobillos, junto con la ropa interior. La piedra contra mi piel desnuda fue una descarga.
Apoyé la punta del vibrador sobre el pecho, encima de la blusa. La tela y el sostén bloqueaban casi toda la sensación. Me deshice del sostén sin sacarme la blusa, lo dejé colgado de una rama baja al lado y volví a empezar. Ahora sí. La vibración pasaba a través del algodón fino y me llegaba directa al pezón.
La escena, lo digo yo misma, era cinematográfica. Una chica medio desnuda en una roca a la orilla de un arroyo, iluminada por la luna y rodeada de luciérnagas, jugando con un vibrador disfrazado de cosmético. Me sentí una ninfa de las que aparecen en los cuadros antiguos.
Bajé la punta del aparato hasta el pezón izquierdo. Estaba duro, no sé si por el frío o por el alcohol o por todo a la vez. Me arqueé un poco. Pasé al derecho, lo froté en círculos, apenas tocando, dejando que la vibración hiciera el trabajo. Siempre me pongo caliente cuando bebo. Por eso intento beber poco. Pero esa noche había bebido más de la cuenta y, además, estaba en un bosque, sola, con la luna pegándome de lleno en la cara. No recordaba haberme sentido tan despierta nunca.
Bajé la mano libre por la blusa, por el vientre, hasta la entrepierna. Mi sexo, normalmente depilado, estaba cubierto de vello. No me molestó. Al contrario. Tiré un poco del vello con los dedos, suavemente al principio, después con más fuerza. Es una costumbre que me quedó de un novio que tuve, al que le gustaba tirarme del pelo del pubis cuando me penetraba. Esa mezcla de dolor y placer me había marcado para siempre.
Separé los labios con dos dedos y bajé el vibrador hasta la entrada. La vibración ahí era otra cosa. Una corriente que subía hasta el ombligo, que me hacía apretar los muslos sin querer y que tenía que contener a propósito para no terminar demasiado pronto. No podía meterme el aparato más de un par de centímetros, era demasiado fino y se resbalaba, pero el contacto con los labios menores y la entrada bastaba.
Me sentía libre como nunca. No había nadie alrededor. Solo yo, la luna, el agua corriendo y aquellas luciérnagas que parecían interesadas en ver el espectáculo. Nunca me había desnudado al aire libre. Nunca, mucho menos, me había masturbado fuera de cuatro paredes. La idea de que alguien pudiera aparecer en cualquier momento me ponía más, no menos.
Empecé a deslizar el vibrador desde el perineo hasta el clítoris, lentamente, como dibujando una línea. Subir, bajar, volver a subir. Con la otra mano seguía tirando del vello del pubis, cada vez más fuerte. Mi respiración se aceleró. Podía ver el vaho saliendo de mi boca contra la luz de la luna, una nube pequeña que aparecía y desaparecía con cada exhalación.
Estaba cerca. Lo sabía por el cosquilleo en las plantas de los pies, por el pulso en las orejas, por las ganas de cerrar las piernas que tuve que reprimir a propósito. Apreté el vibrador contra el clítoris y empujé al mismo tiempo que tiraba del vello con fuerza. Solté un quejido que sonó más alto de lo que había planeado. El orgasmo me llegó como una ola larga, larga, que terminó con un pequeño chorro caliente que me cayó sobre las botas.
***
Me quedé un instante con la mirada en blanco, la cabeza echada hacia atrás, sintiendo cómo el frío volvía. El alcohol y la adrenalina ya no alcanzaban para taparlo. Me sequé como pude con la ropa interior, me subí los pantalones a toda prisa y volví hacia el campamento. Solo cuando me metí al saco de dormir noté que el sostén ya no estaba en la rama. Pensé que se había caído. Pensé que lo recogería al amanecer. Me dormí temblando, con el vibrador todavía en la pernera y la sensación de haber hecho algo que no podía contarle a nadie.
Me despertó el escándalo. Voces, risas, alguien aullando como un coyote. Salí de la tienda con el pelo revuelto y la cabeza pesada, todavía vestida con la ropa de la noche anterior. Mis compañeros se habían reunido en círculo alrededor de la mesa plegable. Uno de los biólogos sostenía en la mano un cable que conectaba una de las cámaras de fototrampeo a un portátil.
—¿Qué pasa? —pregunté, frotándome los ojos.
—Por fin llegó la bella durmiente —contestó alguien.
—La velluda durmiente —corrigió otro, y los demás se rieron.
—Lindo labial, Mariana. ¿Me pasas el link de compra? Mi novia se vuelve loca con cosas así.
Me acerqué sin entender. Cuando vi la pantalla del portátil, se me cayó el alma. Era yo. Sin lugar a dudas era yo. Una de las cámaras que los biólogos colocaron por la tarde había quedado apuntando justo a la piedra grande junto al arroyo. La luz de la luna, el infrarrojo de la cámara, mi cara, mi cuerpo, el vibrador. Todo. Cada segundo de mi pequeña ceremonia privada estaba ahí, en alta resolución, con sonido incluido.
—Encontré un tesoro —dijo otro de los chicos, agitando algo en el aire.
Era mi sostén.
—¿Cuánta es la talla? —preguntó—. Hace frío y, por lo que veo, ella va más cómoda así.
Sentí que me ardía la cara. Me crucé de brazos. Por debajo de la blusa los pezones, otra vez, traicioneros. El frío de la mañana los había puesto duros y se notaban incluso a través de dos capas. Algunos miraron, otros fingieron no mirar, y los más sinvergüenzas se me quedaron clavados con una sonrisa.
No fue la vergüenza lo que me hundió. Fue el miedo. Pensé en las redes. En lo que tardarían esos vídeos en circular por los grupos de la facultad. Pensé en mi familia, en mi tesis, en la entrevista de pasantías que tenía el mes siguiente. Pensé que mi vida había terminado a las nueve y media de la mañana en un bosque, frente a una mesa plegable y un portátil con la batería al diez por ciento.
Estaba a punto de pedirles que borraran todo cuando escuché pasos pesados detrás de mí.
—¿A qué viene tanto ruido? ¿Ya recogieron las cámaras? —era el profesor Salgado, el de geología, que venía con el café en la mano.
Miró la pantalla. Luego me miró a mí. Después otra vez la pantalla, después a mí.
—Mariana —dijo, en un tono que dejó callados a todos los demás—. Creo que tú y yo tenemos que hablar.
Tomó el portátil con calma, sin perder los modales.
—Cámbiate y ven a la cabaña.
Antes de irse bajó la mirada un segundo, no más, hasta mi pecho. No fue obvio, pero lo noté.
Lo seguí veinte minutos después, con otra blusa, el chaleco cerrado hasta el cuello y el corazón en la garganta. La conversación que tuvimos en la cabaña fue, por decirlo de algún modo, interesante. Pero esa parte va a tener que esperar a otro día.