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Relatos Ardientes

Lo que nos confesamos esa noche en la playa

4.6 (7)

La arena estaba fría cuando nos quitamos las sandalias. Era tarde, pasada la medianoche, y la playa había quedado vacía hacía horas. Las otras parejas del hotel ya habían vuelto a sus habitaciones, los vendedores ambulantes habían recogido sus cosas, y solo quedaba el sonido del mar rompiendo contra la orilla y una luna enorme que lo iluminaba todo con una claridad extraña, casi irreal.

Rodrigo me tomó de la mano y caminamos sin apuro hacia donde el agua nos alcanzara los pies. Estábamos en la costa para celebrar nuestro tercer aniversario. Habíamos cenado bien, bebido lo justo, y cuando él propuso salir a caminar bajo la luna dije que sí sin pensarlo dos veces. Era ese tipo de noche que uno no quiere desperdiciar adentro.

—¿En qué pensás? —me preguntó, apretando mi mano.

—En que hace tres años no sabía que esto era posible —dije. Y lo decía en serio.

Él no respondió, pero me apretó la mano con más fuerza.

Nos sentamos en la arena húmeda, cerca del agua. La brisa olía a sal y a yodo. Yo tenía la cabeza apoyada en su hombro y miraba el horizonte, ese lugar donde el negro del cielo se confunde con el negro del mar, cuando se me ocurrió el juego.

Fue una idea que llegó de golpe, de esas que uno no planea y después no puede dejar de seguir.

—Quiero que nos digamos algo real esta noche —le dije—. Algo que el otro no sepa todavía.

Rodrigo tardó un momento en responder.

—¿Cómo qué?

—Una fantasía. La que más te costaría contarme.

Silencio. Solo el mar, constante, paciente.

—Eso es peligroso —dijo al fin.

—Lo sé.

—¿Y vas primero vos?

—Sí.

***

Respiré hondo antes de empezar. Nunca había contado esto en voz alta, ni siquiera a las amigas con las que hablo de todo y no me guardo nada. Había algo en la noche, en el sonido constante del agua, en la oscuridad cálida que nos rodeaba, que hacía que todo pareciera más fácil de decir.

—Todo empezó cuando tenía catorce años —dije—. Era verano, estábamos en la casa de mi abuela. Mi primo Nicolás tenía quince. Una tarde nos quedamos solos en el cuarto del fondo, jugando a las cartas. Estábamos tirados en la cama y en algún momento dejamos de jugar. Él empezó a besarme en el cuello, casi sin querer, muy despacio. Yo no dije nada. Ninguno de los dos dijo nada. Y él siguió, y yo me dejé.

Hice una pausa. Rodrigo escuchaba sin moverse.

—No pasó nada más que eso —aclaré—. Un beso en el cuello, una mano que me rozó la cintura antes de detenerse. Pero algo se despertó ahí que no existía antes. Una sensación que tardé años en saber cómo nombrar. Un calor que no venía del sol.

Miré las olas. El agua llegaba hasta nuestros pies y se retiraba.

—Después, ya de grande, con Sebastián, mi ex... la primera vez fue en el baño de su trabajo. Fue algo rápido, muy tenso, con la puerta mal cerrada y los dos tratando de no hacer ruido. Y luego otra vez en su auto, estacionado en un mirador de la ruta, de noche. Lo que empecé a entender ahí era que lo que me ponía no era tanto la persona, sino el lugar. El momento. La posibilidad de que algo interrumpiera y, sin embargo, seguir igual.

Rodrigo asintió levemente sin decir nada.

—Pero lo que realmente marcó mi fantasía fue algo que pasó con vos. —Giré la cabeza para mirarlo—. ¿Te acordás de aquella tarde de fútbol, con tus amigos en el departamento?

Él sonrió apenas, una sonrisa chica que reconocí bien.

—La tarde del partido. Me acuerdo.

—Yo estaba en la cocina cuando entraste. Tus amigos gritaban en el salón, el televisor estaba a todo volumen. Me apoyaste contra la mesada sin decir nada. Me besaste muy despacio, como si tuvieras todo el tiempo del mundo. Y yo pensaba: en cualquier momento entra alguien. Y eso, que debería haberme frenado, era exactamente lo que me encendía.

—No lo sabía —dijo él.

—Ese día, mientras estaba arrodillada frente a vos y te tenía en mi boca, me vino una imagen por primera vez. Pensé en lo que sería que al mismo tiempo vos me tuvieras a mí. Que nuestras bocas y nuestros cuerpos estuvieran en un circuito cerrado, dándonos placer en simultáneo, sin que ninguno de los dos tuviera que esperar su turno.

Apreté su mano con fuerza.

—Desde entonces fantaseo con eso casi todas las noches. La idea de estar así entrelazados, sin apuro, sin parar, dándonos placer al mismo tiempo hasta que ninguno pueda más. —Bajé la voz—. Sé que es algo simple, comparado con otras cosas. Pero es la imagen que siempre vuelve.

***

Rodrigo no habló durante un rato largo. La luna había avanzado en el cielo y la playa se veía más clara, más blanca que antes. Una ola rompió más fuerte que las otras y nos mojó las rodillas. Ninguno de los dos se movió.

—No es simple —dijo al fin—. Es una de las cosas más eróticas que me contaste en tu vida.

Me miró. La luz de la luna le iluminaba la mitad de la cara.

—Ahora me toca a mí.

Su voz había cambiado. Más grave, más pausada, como si midiera cada palabra antes de soltarla.

—Mi fantasía involucra verte a vos —dijo—. Con otra persona.

Sentí algo moverse en el pecho. No era exactamente miedo. Era otra cosa que no supe nombrar en el momento.

—Contame —dije.

—Empezó con Camila, mi ex. Era muy expresiva cuando estábamos juntos. Hablaba mucho, decía cosas que en el momento me parecían raras pero que después se me quedaban dando vueltas durante días.

—¿Qué tipo de cosas?

—Que le gustaba cómo me sabía. Que se imaginaba hacérselo a dos al mismo tiempo. —Hizo una pausa breve—. Al principio no supe qué hacer con eso. Pero la imagen se instaló. Y con el tiempo la imagen dejó de tener su cara y empezó a tener la tuya.

No dije nada. Esperé.

—En mi fantasía sos vos, Luciana. Arrodillada. Con dos hombres delante. Dándoles placer a los dos, alternando, tomándote el tiempo. —Su respiración se había vuelto distinta, más corta—. Y yo soy uno de los dos. Te estoy mirando, te estoy viendo disfrutar. Y eso es exactamente lo que me vuelve loco: que lo disfrutés. Que no sea algo que hacés por obligación sino algo que querés de verdad.

—¿Y el otro? —pregunté—. ¿Quién es el otro en tu fantasía?

—No lo sé. Eso es lo que nunca pude resolver. —Soltó una especie de risa tensa—. A veces es un desconocido. A veces es alguien que no consigo ver bien. La cara siempre está borrosa, como cuando tratás de recordar un sueño que ya se está yendo.

—¿Y eso te molesta?

—No. Al revés. Creo que la borroneé a propósito. —Hizo una pausa—. Lo único que tengo claro es que sos vos. Que en el centro de todo eso estás vos. Y que lo que me excita es que estés ahí por elección, no por ninguna otra razón.

***

Nos quedamos en silencio durante un rato que no supe medir. El mar seguía haciendo su trabajo, constante, sin prisa. Y entre nosotros había algo que no estaba antes de esa noche, algo que no tenía nombre todavía pero que se sentía con claridad.

No era incomodidad. Era más bien como cuando abrís una ventana que llevaba mucho tiempo cerrada: el aire entra diferente, y el cuarto ya no vuelve a ser exactamente igual.

—¿Sabés qué me pasa? —dije.

—¿Qué?

—Que no me sorprendió tanto como pensé que me iba a sorprender.

Rodrigo me miró.

—¿No?

—Hubo una noche, hace unos meses, que te escuché murmurar algo mientras dormías. No entendí bien qué decías, pero había algo en el tono, en la manera... No le di importancia en ese momento. Ahora encaja.

Él exhaló lentamente.

—¿Y cómo lo tomás?

—No lo sé todavía —dije, siendo honesta—. Creo que me excita que me lo hayas dicho. El solo hecho de que me lo hayas contado en lugar de guardártelo.

—¿Por qué?

—Porque es la primera vez que siento que realmente no me estabas guardando nada.

Rodrigo me giró la cara con dos dedos en el mentón y me besó despacio, con mucha calma, como aquella tarde en la cocina, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando nos separamos, la luna ya estaba más baja en el cielo.

—¿Sabés qué es lo raro? —dijo él—. Que mi fantasía y la tuya se tocan. Literalmente.

Me reí. Una carcajada genuina, de las que salen cuando no esperás que algo sea gracioso.

—Sí —dije—. Se tocan.

—La diferencia es que en la mía hay tres.

—Y en la mía somos dos.

—Pero las dos son sobre lo mismo —dijo—. Sobre darnos placer sin que haya un turno. Sin que uno espere mientras el otro termina.

Lo pensé un momento.

—Sí —admití—. Creo que es eso. Que no haya jerarquía. Que los dos estemos en el mismo lugar al mismo tiempo, dando y recibiendo sin orden, sin protocolo.

Rodrigo asintió. Y en ese gesto pequeño entendí que estábamos hablando de algo más grande que una fantasía. Estábamos hablando de cómo nos mirábamos el uno al otro.

***

Esa noche, de vuelta en el hotel, no hablamos más del tema. No hizo falta. Nos metimos en la cama y fue diferente a las otras veces: más lento, más atento, con esa curiosidad que da saber algo nuevo del otro. Como si lo que nos habíamos dicho en la playa hubiera abierto una puerta y, aunque no entramos todavía, los dos estábamos parados frente a ella.

No hubo apuro. No hubo nada fuera de lo habitual. Solo que todo era un poco más intenso, un poco más presente. Como si cada detalle tuviera más peso del habitual.

A la mañana siguiente desayunamos en la terraza con vista al mar. Él pidió café negro, yo jugo de naranja y tostadas. No mencionamos la playa. Hablamos del plan para el día, de que queríamos alquilar kayaks, de que había un mercado artesanal cerca del puerto que valía la pena recorrer.

Pero cuando él me alcanzó la sal para el huevo, nuestras manos se rozaron un segundo más de lo necesario. Y los dos lo notamos. Y los dos sonreímos sin decir nada.

Hay confesiones que cambian las cosas para siempre. No porque sean revelaciones monstruosas ni porque expongan algo terrible. Sino porque abren una puerta que no sabías que existía y, una vez abierta, ya no podés actuar como si no supieras que está ahí.

Todavía no sé qué vamos a hacer con todo esto. Si algo. Si nada. Si algún día convertimos esas palabras en algo más concreto o si se quedan en esa playa, en esa noche con el agua fría en los pies, como un secreto compartido que nos pertenece solo a nosotros dos.

Lo que sí sé es que esa noche en la arena, Rodrigo y yo nos dijimos algo que nos costó años decir. Y que ninguno de los dos se arrepiente de haberlo dicho.

—Lo único que sé con certeza —me dijo, antes de que nos levantáramos de la arena— es que te amo.

Y eso, al final, es lo que hace que el resto valga la pena contarlo.

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4.6 (7)

Comentarios (10)

Fercho22

increible!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Rosario_BA

Que hermoso relato, me llego directo al alma. Pocas veces algo me mueve tanto.

Paty_23

Por favor continua, quede con mil preguntas sin respuesta! Necesito saber que paso despues de esa noche

SantiMH

Me recordo a una conversacion que tuve hace años con alguien muy especial. Algunas confesiones cambian todo, muy cierto lo que decis.

MikelR

Y despues de esa noche, como cambio todo entre ustedes? La curiosidad me mata jaja

RiojaLibre

quiero mas!!! segui escribiendo por favor

LectorNocturno

Hay algo muy verdadero en esto. Las palabras que nos guardamos son las que mas pesan. Gracias por animarte a contarlo.

taxi_fan99

la tension que se siente leyendo esto... muy bien logrado, en serio

Nocturna_33

Muy bien escrito, se siente que es real. Ese tipo de confesiones bajo las estrellas tienen algo magico que no se puede explicar.

briqueto

tremendo final, no me lo esperaba asi. aplausos

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