El fuego que no se apaga aunque quiera
Andrés duerme boca abajo, la sábana a media altura, los hombros anchos a la vista. La luz que entra por la persiana le corta la espalda en franjas doradas. Es un hombre guapo. Un buen hombre. Eso lo sé y no lo pongo en duda.
Pero lo primero que siento al verlo no es amor.
Es hambre. Un calor denso que me nace en el vientre y baja despacio, sin prisa, como si supiera que va a quedarse todo el día. No es nuevo. Lleva semanas instalado en mí como un inquilino que no paga y no se va. Anoche intentamos algo, pero él se quedó dormido a mitad, exhausto de una semana larga, y yo me quedé con ese nudo en el estómago que no sé cómo desatar.
Podría despertarlo ahora. Podría apoyar la mano en su espalda y presionar despacio hasta que reaccionara. La idea me provoca una sonrisa que no llega a cuajar.
Pero ya sé cómo termina eso casi siempre: un beso distraído, algo mecánico y breve, y después él cerrando los ojos de nuevo satisfecho mientras yo me quedo mirando el techo, más encendida que antes. Prefiero no arriesgarme. Prefiero levantarme antes de tocarlo, antes de enfrentarme a ese posible «ahora no, cariño» que dolería más que el deseo mismo.
Me levanto sin hacer ruido. Recojo del suelo la ropa que dejé al lado de la cama y salgo de la habitación.
***
La ducha está demasiado caliente. Lo sé y no la bajo.
El agua me cae encima y cierro los ojos. No pienso en Andrés. Pienso en Roberto, el electricista que vino hace tres días a cambiar el cuadro de luces del pasillo. Tenía las manos grandes, unas venas que subían por los antebrazos hasta perderse bajo la manga de la camiseta. Me explicó algo del diferencial con una paciencia que no había pedido, y yo asentía sin escuchar, mirando sus dedos moverse sobre el panel. Me preguntó si tenía un destornillador de estrella. Fui a buscarlo a la cocina. Cuando volví, él me estaba mirando desde el pasillo con una expresión que no supe leer del todo.
No hizo nada. No dijo nada. Solo era un electricista haciendo su trabajo.
Y aun así, aquí estoy.
Apoyo una mano en los azulejos y con la otra me toco, rápido, sin ceremonias. No es un momento de placer, es una válvula de escape. Dos minutos. Un alivio cortito y funcional que no resuelve nada de fondo pero me permite salir de la ducha sin sentir que voy a estallar. Respiro hondo. Salgo. Me seco.
La misma rutina de siempre.
***
Desayuno sola en la cocina. Andrés ya se ha marchado; escucho el ascensor cerrarse y los pasos en el rellano y luego nada, el silencio limpio de una mañana entre semana. Los niños —Sofía y Mateo— siguen durmiendo. Tengo veinte minutos que son completamente míos.
Me preparo el café con calma. El sonido del agua hirviendo, el olor que llena la cocina, el primer sorbo que me calienta desde dentro. Estos instantes pequeños son lo más parecido a la paz que tengo.
Pero incluso aquí mi cabeza no para.
Mientras miro por la ventana hacia el edificio de enfrente, recuerdo al monitor de pilates del jueves. David. Treinta y pocos, pelo oscuro, una forma de hablar pausada que contrasta con lo preciso que es cuando te corrige la postura. Sus manos en mis caderas para alinearlas. Sus dedos ajustando el ángulo de mis hombros, un contacto que duraba dos o tres segundos y que era completamente profesional y neutral. Correcto.
Pero yo me pasé el resto de la clase sin poder concentrarme en otra cosa.
Me llevo la taza a los labios y me doy cuenta de que me he ruborizado sola, aquí, sin nadie mirando. Eso me hace más gracia que vergüenza. O quizás las dos cosas a la vez. Bajo la vista al café. Muerdo el borde de la tostada. La casa sigue en silencio.
¿Por qué no puedo parar? ¿Por qué mi cabeza insiste en volver ahí?
Me llevo la mano al escote casi por inercia. Me imagino que él está aquí, en la cocina, apoyado contra la encimera, mirándome con una intensidad que no sé si fue real o inventada. En la fantasía no hace nada, solo observa. Y esa mirada imaginada basta para que el silencio pese más, para que el aire se vuelva denso.
Me levanto. Subo al baño de invitados —ese que nadie usa, que huele a desuso y a jabón seco— y me masturbo de nuevo. Esta vez más despacio. Me permito la fantasía completa: David, sus manos, su voz diciéndome que me corrija, que no me mueva. El orgasmo es más hondo, me deja temblando un momento sobre el lavabo frío. Me limpio, me arreglo la ropa, bajo de nuevo como si nada.
La tostada está helada.
***
Las once. Intento ordenar la casa. Barrer, doblar ropa, pasar el aspirador por el pasillo. La rutina debería ocuparme la cabeza. No lo hace.
Me agacho para recoger algo del suelo y pienso en el vecino del quinto. Héctor. Cuarenta y tantos, siempre con esa expresión de alguien que tiene todo bajo control. El martes en el ascensor me miró dos segundos más de lo necesario cuando le pregunté si había llegado el paquete de la comunidad. Solo dos segundos. Pero yo llevo tres días dándole vueltas, construyendo sobre esos dos segundos una historia entera que no existe.
Paso el trapo por la estantería del salón y mi mente salta a una escena de la serie que vimos anoche, ese momento entre los dos protagonistas que nadie esperaba y que me dejó el estómago revuelto de una forma que no tenía nada que ver con el argumento. Intento apartarla. Se instala igual.
Mi cabeza es un torbellino constante. No hay descanso. Lo que debería ser una mañana productiva se convierte en una sucesión de imágenes, suposiciones y deseos que aparecen sin permiso. Y lo peor no es que surjan, sino que vuelven una y otra vez, cada vez con más detalle.
Me dejo caer en el sofá un momento. Solo un momento, me digo. Cierro los ojos y apoyo la cabeza hacia atrás. Mi mano se desliza dentro del chándal casi antes de que me dé cuenta. La tercera vez hoy. No hay fantasía concreta, solo la necesidad de reducir la presión, como abrir una ventana cuando el aire está demasiado cargado. Es mecánico. Rápido. Un orgasmo pequeño que no satisface nada de fondo pero me permite levantarme y terminar de barrer.
Es agotador. Más que el trabajo de la casa, más que la falta de sueño. Es como si viviera acompañada por un impulso constante que no me deja estar en paz. Y lo único que realmente quiero, por un instante, es silencio. Dentro y fuera de mí.
***
El supermercado. Cuarenta minutos de tortura callada.
No porque pase nada. Precisamente porque no pasa nada y yo, de todas formas, lo vivo como si pasara todo.
El chico del mostrador de pescadería me pregunta si quiero que le quite la piel al salmón y yo necesito un segundo de más para responder porque mientras habla estoy mirando su cuello, la línea de su mandíbula, algo en la forma en que sostiene el cuchillo que me distrae por completo. Él no lo sabe. Me sonríe con educación profesional y yo le digo que sí, gracias, y empujo el carrito hacia los lácteos con la sensación de haber hecho algo indecente.
No he hecho nada.
Esa es la parte más difícil de explicar: que todo ocurre solo dentro de mí. Nadie me toca, nadie me dice nada. El hombre de la frutería me pregunta qué quiero y yo contesto con normalidad, pero por dentro hay un cortocircuito constante que convierte cada interacción en algo que no es. Es automático. No lo busco. O quizás sí, en algún rincón que no quiero reconocer.
Salgo de allí con el corazón acelerado, abrumada por la intensidad de mis propias reacciones. Me siento invadida por sensaciones que no encajan con la escena anodina que acabo de vivir: fluorescentes, ofertas en los altavoces, carritos chocando entre sí. Tengo que sentarme en el coche unos minutos antes de arrancar. Apoyo las manos en el volante y respiro hondo, una y otra vez, esperando que el pulso vuelva a su sitio.
Me siento avergonzada. Exagerada. Como si hubiera hecho algo mal cuando en realidad todo ha ocurrido solo en mi cabeza. Esa es la parte más difícil: nadie ha visto nada, nadie sabe nada... y, sin embargo, salgo de allí con una culpa que pesa como si fuera real.
Arranco. Conduzco despacio.
***
Los niños vuelven del colegio y la casa cambia de temperatura. Sofía necesita ayuda con un trabajo de ciencias. Mateo quiere que le escuche hablar de sus cromos durante veinte minutos. La cocina huele a guiso y a pan calentado en el microondas.
Soy otra persona en estas horas. O la misma persona haciendo otras cosas.
Pruebo la salsa, pregunto por el día, corrijo una letra que Mateo ha escrito del revés, felicito a Sofía por una nota que no esperaba. Estoy presente. No finjo estarlo. Los quiero y eso es real, no tiene trampa ni doblez.
Pero el deseo no desaparece porque haya niños en la cocina. Solo cambia de forma. Se hace más quieto, más contenido, como un fuego al que cierras el tiro para que no se propague, pero que sigue ardiendo ahí dentro. Late en segundo plano mientras remuevo el guiso, mientras escucho un relato entusiasmado sobre el recreo, mientras pongo la mesa.
Por fuera, todo encaja. Por dentro, cuento los minutos. No con impaciencia cruel, no queriendo que el tiempo pase más rápido de lo que debería... pero sí consciente de que, cuando la casa vuelva a quedar en silencio, esa corriente dejará de fingir que no existe.
***
Andrés y yo en el sofá. Una serie que ninguno de los dos está siguiendo del todo. La luz azulada de la televisión nos baña el rostro. Tiene mi mano entre la suya, entrelaza los dedos con naturalidad, un gesto tierno, cotidiano. Familiar.
Yo no siento solo ternura.
Siento una urgencia que me sube desde el estómago hasta la garganta, una tensión que me obliga a mover la pierna sin darme cuenta. Intento concentrarme en la trama, en los diálogos, en cualquier cosa que me saque de mi propia cabeza. Es inútil. Apenas sé qué está pasando en la pantalla.
Mi mente fabrica escenas que no se parecen en nada a la calma del salón. Me imagino interrumpir la rutina, tirar el mando al suelo, subirme encima de él sin pedirle permiso, sin preguntar. La fantasía es impulsiva, casi violenta en su intensidad, como si necesitara que algo estalle para liberar la presión acumulada del día entero.
Pero también imagino la otra posibilidad. Que me mire sorprendido. Que sonría con cansancio. Que diga «ahora no» con suavidad. Y esa frase, tan sencilla, pesa más que cualquier otra cosa.
Aprieto la mano contra mi propia pierna para anclarme al presente. Él sigue mirando la pantalla, ajeno a la tormenta que me atraviesa. Yo asiento cuando comenta una escena, sonrío cuando toca reír. Por fuera, somos una pareja tranquila compartiendo una serie. Por dentro, soy un pulso acelerado esperando no volver a escuchar un «no» que me deje, otra vez, sola con esta urgencia.
—Voy a por agua —digo.
—¿Me traes algo? —pregunta sin apartar los ojos de la pantalla.
—Claro.
Subo las escaleras. Entro en el dormitorio. Cierro con llave.
Me tumbo en la cama con la ropa puesta y me masturbo con una urgencia que me asusta un poco. No pienso en nadie concreto, o pienso en todos a la vez: Roberto, David, Héctor, alguien sin cara que me mira como si supiera exactamente lo que necesito. El orgasmo me sacude entera. Muerdo la almohada. Me quedo unos segundos sin respirar bien.
Después, silencio.
Abro los ojos en el techo oscuro. Me bajo la camiseta, que se había subido sin que me diera cuenta. Me paso una mano por el pelo.
Bajo a por el agua. Le doy el vaso. Me siento a su lado. Él me rodea los hombros con un brazo sin mirarme.
***
Ahora son las doce pasadas y estoy escribiendo esto mientras Andrés duerme. Su respiración es lenta, tranquila. No sabe nada. Nadie sabe nada.
He llegado a contar: cuatro veces hoy. Cuatro. Y sigo sintiendo ese cosquilleo de fondo que no termina de apagarse, como las brasas que quedan cuando el fuego ya no tiene llama pero el calor sigue ahí dentro, esperando.
No sé si esto tiene nombre. He buscado cosas en internet que prefiero no repetir aquí. He cerrado las pestañas antes de leer el final de los artículos, porque a veces no quieres que te pongan una etiqueta, quieres solo saber que no estás completamente sola en esto.
Lo que sí sé es que no me siento rota. Tampoco entera. Me siento como alguien que carga con algo demasiado pesado para llevarlo sola pero que no encuentra la forma de posarlo en el suelo sin que todo lo demás se rompa también.
Andrés es un buen hombre. Eso no lo dudo. Pero entre lo que yo necesito y lo que él da hay una distancia que ninguno de los dos ha nombrado todavía. Quizás porque nombrarlo haría que fuera real de una manera que ahora todavía no lo es del todo.
Mañana volverá a empezar. El sol entrará por las persianas. Él roncará suavemente. Y ese calor denso se instalará de nuevo antes de que me haya terminado de despertar, puntual como siempre, sin esperar invitación.
No tengo solución. Solo tengo este cuaderno y la certeza de que, al menos por esta noche, ya no tengo que fingir que todo está bien.
Con eso me conformo.