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Relatos Ardientes

Lo que no debía pasar en aquella casa de la playa

El sol caía a plomo sobre la arena cuando Mateo se incorporó de golpe en la toalla y se sacudió las manos.

—Voy a por otra cerveza —dijo, levantando la lata casi vacía—. Esta ya está caliente.

Diego lo miró desde abajo, con un brazo cruzado sobre los ojos para protegerse de la luz.

—¿Otra ya?

—Llevamos aquí dos horas, genio.

Diego dudó apenas un segundo antes de incorporarse también. Se sacudió la espalda y buscó la camiseta enredada en el borde de la sombrilla.

—Voy contigo.

Los dos miraron hacia el agua al mismo tiempo. Laura y Sofía seguían mar adentro, ahora un poco más lejos, dejándose mecer por las olas mientras hablaban entre ellas con esa complicidad antigua que no necesitaba testigos. A lo lejos solo se distinguían sus cabezas y, de vez en cuando, un brazo que se alzaba para apartarse el pelo mojado de la cara.

—No tardamos —murmuró Diego, más para sí mismo que para su amigo.

Mateo ya estaba de pie.

—No creo que nos echen de menos.

Caminaron sobre la arena en dirección al chiringuito, con ese paso tranquilo de quien no tiene prisa pero sí una intención clara. El cartel era sencillo: «Chiringuito El Farol». Una construcción de madera abierta al mar, con mesas altas y una barra donde se acumulaban botellines recién sacados del hielo. Al fondo, un ventilador industrial intentaba disimular el calor.

—Dos cervezas bien frías —pidió Mateo nada más apoyarse en la barra.

El camarero, un hombre de unos sesenta años, moreno, con camiseta oscura y gesto atento, asintió.

—Marchando.

Se llamaba Ernesto, según la chapa que llevaba prendida al pecho, y tenía ese aire de quien ha pasado demasiados veranos viendo cómo se comportan los demás cuando creen que nadie los observa.

Les dejó los botellines delante, con dos vasos bajos al lado.

—Aquí tenéis.

Mateo dio un trago largo, casi inmediato.

—Así sí.

Diego bebió más despacio, apoyando los codos en la barra mientras miraba de reojo hacia la playa. Desde allí aún podían verlas. Pequeñas figuras entre el movimiento del agua.

—No están mal, ¿eh? —dijo Mateo de repente.

Diego no necesitó preguntar.

—Nunca lo han estado.

Mateo sonrió con la botella a medio camino.

—Pero hoy…

Dejó la frase flotando.

—Hoy es distinto —completó Diego sin mirarlo.

—El contexto.

Diego soltó una risa seca.

—Otra vez con eso.

—Es que es verdad —insistió Mateo—. Aquí todo se ve de otra manera.

—O se permite ver de otra manera.

Mateo lo miró con interés.

—Exacto.

Hubo una pausa breve. Fuera, el viento levantó un poco de arena contra los tablones del suelo.

—¿Te has fijado en cómo iba Laura esta mañana? —preguntó Mateo.

Diego tardó un instante en responder.

—Sí.

—Ese bikini no es casual.

Diego entrecerró los ojos, como si reconstruyera la imagen.

—No.

—Tu mujer sabe perfectamente lo que hace.

Diego no lo negó.

—Siempre lo ha sabido.

Mateo soltó una pequeña risa, casi cómplice.

—Y Sofía…

Diego giró ligeramente la cabeza hacia él.

—¿Qué pasa con Sofía?

Mateo se encogió de hombros.

—Que parece que no, pero también. Ese cuerpo, Diego. Perdona que te diga.

Diego frunció levemente el ceño, aunque le costó disimular la media sonrisa.

—Joder, qué directo eres.

—Somos amigos desde los catorce. ¿Qué quieres, que te mienta?

El silencio se instaló un segundo. Diego dio un trago más largo esta vez. Mateo se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz aunque sin demasiada intención de ocultarse.

—¿Tú crees que Laura no se da cuenta de cómo la miras tú mismo?

Diego sostuvo su mirada.

—Laura siempre se da cuenta de todo. Es demasiado lista para no hacerlo.

Detrás de la barra, Ernesto fingía ordenar vasos, pero no podía evitar escuchar fragmentos. Levantó una ceja sin intervenir, como quien ya ha visto este mismo guion demasiadas veces.

—Te voy a decir una cosa —continuó Mateo, ya con ese tono más suelto que da la segunda cerveza—. A mí me parece que estamos siendo demasiado… educados.

Diego dejó la botella sobre la barra.

—¿Educados?

—Sí. Todo miradas, todo silencios, todo contenido. —Hizo un gesto impreciso con la mano—. Toda la vida así.

Diego esbozó una media sonrisa.

—No todo el mundo funciona como tú.

—No, claro. —Mateo se inclinó un poco más—. Pero dime que tú no lo has imaginado…

Se detuvo, buscando las palabras.

—¿Qué? —preguntó Diego.

—Cómo sería todo esto… sin tanto filtro.

Diego no respondió de inmediato. Miró hacia el mar otra vez. Las olas, la distancia, las dos figuras moviéndose en el agua. Sofía acababa de subirse a los hombros de Laura y las dos reían a carcajadas.

Claro que lo he imaginado. Más veces de las que debería.

—Lo he imaginado —dijo al fin.

Mateo asintió, satisfecho.

—Claro que sí.

Ernesto carraspeó al otro lado de la barra.

—¿Otra ronda?

Mateo levantó la botella vacía.

—Sí, venga.

Diego asintió. Ernesto sirvió las cervezas sin comentar nada más, aunque su expresión decía lo suficiente.

—Hay cosas —murmuró mientras dejaba los botellines— que es mejor no pensar demasiado.

Mateo lo miró, divertido.

—¿Ah, sí?

Ernesto se encogió de hombros.

—O, al menos, no decirlas en voz alta.

Diego soltó una risa breve. Mateo, en cambio, alzó su cerveza.

—Nosotros somos de los que hablan.

Ernesto negó con la cabeza, medio sonriente.

—Ya lo veo.

Se alejó unos pasos, dejándolos a solas otra vez.

—Me cae bien este sitio —dijo Mateo.

Diego también bebió.

—Sí. Pero no podemos tardar mucho.

—No.

Sus miradas volvieron a cruzarse.

—Además —añadió Mateo, echándose hacia atrás—, lo interesante no está aquí.

***

Cuando llegaron a la casa, el cielo se había vuelto de ese color cobre que solo se ve en agosto, cuando el sol tarda una eternidad en caer. Habían alquilado un chalet a dos calles de la playa, con terraza y una piscina pequeña. Las llaves las llevaba Laura.

—Ducha, ya —anunció Sofía nada más cruzar la puerta, dejando la cesta en el suelo.

—Primero yo —rio Laura.

—Primero las dos —respondió ella, también riéndose—. La de abajo tiene mampara grande.

Diego y Mateo se miraron un segundo. Un segundo largo.

—Nosotros… abrimos una botella —dijo Diego.

Laura pasó a su lado y, al hacerlo, le rozó el brazo con dos dedos. Un gesto mínimo, casi inocente. Casi.

—Luego bajamos.

Cuando desaparecieron por el pasillo, Mateo fue directo a la cocina, abrió la nevera y sacó una botella de vino blanco sin preguntar. Diego apoyó las manos en la encimera, respirando despacio.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo sin mirarlo.

—No sé.

—Muy sincero.

Diego levantó la cabeza.

—Es que… lo del chiringuito.

Mateo dejó la botella sobre la mesa.

—Lo del chiringuito era real.

—Ya.

—Y tú también lo has imaginado. No te inventes ahora que no.

Diego no contestó. Desde el piso de arriba se oyó el agua de la ducha y, un segundo después, una risa apagada de Sofía. Una risa y otra risa, superpuestas.

Mateo sirvió dos copas.

—Si suben solas, no ha pasado nada. Si bajan las dos juntas… decidimos.

—¿Decidimos qué?

—Hasta dónde llegamos.

Diego cogió su copa. Le temblaba ligeramente la mano, y se molestó consigo mismo por eso.

—¿Y ellas?

Mateo lo miró con ese aire de quien lleva años pensándolo y solo esperaba el momento.

—Ellas llevan todo el día diciéndonoslo, Diego. Las miradas, las posturas, el bikini de Laura, el pareo de Sofía. Esto no empieza ahora.

Diego bebió.

—Entonces que decidan ellas.

—Entonces que decidan ellas —repitió Mateo.

El agua paró arriba. Hubo un silencio de esos que parecen durar minutos y, por fin, pasos descalzos en la escalera. No unos pasos. Dos pares.

Laura apareció primero, con una toalla blanca atada al pecho y el pelo mojado cayéndole sobre un hombro. Sofía detrás, en una camiseta de Mateo que le llegaba hasta medio muslo y que, salta a la vista, no llevaba nada debajo.

Se quedaron las dos en el umbral.

—¿Habéis abierto vino? —preguntó Laura, como si acabara de entrar en cualquier salón cualquier tarde.

—Acabamos —respondió Mateo.

Diego no pudo decir nada.

Sofía se acercó a la mesa, cogió la copa que Mateo le tendía y, sin dejar de mirar a Diego, bebió el primer sorbo despacio. Muy despacio.

—¿De qué hablabais en el chiringuito? —preguntó, limpiándose una gota del labio con el pulgar.

Mateo arqueó una ceja.

—¿Por qué lo preguntas?

Laura cruzó los brazos bajo el pecho. La toalla subió un poco.

—Porque Ernesto nos ha saludado al pasar y se ha reído. Solo se ha reído.

Diego notó el cuello ardiendo.

—No hablábamos de nada.

—Diego —dijo Laura, sin levantar la voz—. Llevamos quince años juntos.

—Y yo contigo diez —añadió Sofía, girándose hacia Mateo—. Así que ahorráosla.

Mateo fue el primero en reírse. Una risa corta, casi de alivio.

—¿Queréis la versión larga o la corta?

—La honesta —respondió Laura.

Mateo apoyó la copa en la mesa.

—Hablábamos de vosotras. De cómo os movéis juntas. De que hoy parecía que estabais jugando con nosotros desde el agua.

Sofía sonrió.

—Estábamos jugando.

Laura giró la cara hacia Diego.

—¿Y tú qué decías?

—Escuchaba más que hablaba.

—Siempre escuchas más que hablas.

—Esta vez también lo he dicho.

Laura dio un paso hacia él. La toalla rozó el borde de la encimera.

—¿Qué has dicho?

—Que lo había imaginado.

Un silencio distinto. Más cargado. Sofía dejó la copa sobre la mesa y se sentó en una silla con una pierna encima de la otra.

—¿Y cómo lo imaginabais? —preguntó, sin mirar a nadie en concreto.

Mateo cogió aire.

—Así, más o menos. Las dos bajando juntas. Nosotros sin saber qué decir.

—¿Y qué queréis que hagamos? —preguntó Laura.

—Lo que queráis —respondió él.

Ella dejó pasar un segundo.

—Yo quiero quedarme.

—Yo también —dijo Sofía.

Se miraron entre ellas. Una mirada rápida, cómplice, casi divertida. Diego comprendió, de golpe, que ellas ya lo habían hablado en la ducha. Que llevaban horas, quizá días, esperando este momento. Que él y Mateo habían sido los últimos en enterarse de algo que se estaba decidiendo sin ellos.

Laura soltó el nudo de la toalla con un gesto tranquilo, como quien se quita un abrigo en su propia casa, y la toalla cayó al suelo sin ruido.

—Entonces decidamos quién se queda con quién —dijo—. O si no hace falta decidir nada.

Mateo dejó la copa. Diego también. Sofía se levantó de la silla con la camiseta todavía puesta y, al pasar junto a su marido, le besó en la comisura de los labios antes de acercarse a Diego.

—Hoy no, Mateo —murmuró contra su oreja—. Hoy nos cruzamos.

Laura cruzó la cocina hacia Mateo con la seguridad de quien camina por su propia piel.

—No te importa, ¿verdad? —preguntó, más afirmación que pregunta.

Mateo tardó un segundo en contestar. Solo un segundo.

—No.

Diego sintió la mano de Sofía en la nuca antes de ver su cara. El primer beso fue despacio, casi de prueba, como quien comprueba que el suelo aguanta el peso. Duró apenas unos segundos y, cuando se separaron, los dos se miraron como si acabaran de reconocer algo que llevaban años evitando.

—Arriba —dijo Sofía—. En la habitación de invitados. No en la nuestra.

Diego asintió. Detrás, Laura ya tenía la mano en el pecho de Mateo y lo empujaba suavemente contra la encimera donde, hacía una hora, Diego había apoyado las suyas para tranquilizarse.

Subieron las escaleras. Sofía delante, él detrás. A mitad de camino, ella se giró y lo miró desde un escalón más arriba, sin prisa.

—Si algo no te gusta, lo paramos.

—Lo mismo digo.

—Pero no se lo cuentas a nadie.

—Jamás.

—Ni a Mateo ni a Laura después. Lo que pase aquí, aquí se queda.

—Te lo juro.

Ella tiró de él hacia arriba cogiéndolo por la muñeca, con una fuerza que lo sorprendió. En el pasillo, desde la cocina, ya se oía la voz baja de Laura riendo entre dientes y la respiración de Mateo respondiéndole sin palabras.

Diego cerró la puerta de la habitación de invitados detrás de ellos y, por primera vez en veinte años de amistad con Mateo y quince de matrimonio con Laura, entendió que el contexto, tal como había dicho su amigo hacía solo un par de horas en la barra del chiringuito, lo cambia todo.

La playa, el calor, las dos cervezas de más, Ernesto fingiendo no escuchar, las risas desde el agua. Todo conducía, aunque ninguno lo hubiera dicho en voz alta, a ese momento exacto en una habitación de una casa alquilada.

Sofía se quitó la camiseta por encima de la cabeza sin dejar de mirarlo. Debajo, solo tenía la piel aún húmeda de la ducha y una cadena fina con una medalla que nunca le había visto de cerca.

—Ven aquí.

Y Diego fue.

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Comentarios (7)

Rulo_BA

excelente relato!!!

SolEdith_77

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo para ellos despues de esa noche

Facundo_bsas

Me recordo unas vacaciones hace como diez años con un grupo de amigos. Hay tensiones que uno nota pero nadie se anima a nombrar. Muy bien capturado eso.

Inquieto68

cuanto hay de real en esto? porque se siente demasiado autentico para ser inventado jaja

martu_rio

veinte años de amistad y el chiringuito lo termina de arruinar todo... clasico jajajaja

LectoraNocturna

Muy buen ritmo, no se hace largo en ningun momento. Se nota que saben narrar. Espero leer mas cosas asi

TomasRiv88

Lo que mas me gusto fue el arranque, esa confesion en la barra. Muy natural, nada forzado. Sigue escribiendo!

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