Lo que no debía pasar en aquella casa de la playa
El sol caía a plomo sobre la arena cuando Mateo se incorporó de golpe en la toalla y se sacudió las manos.
—Voy a por otra cerveza —dijo, levantando la lata casi vacía—. Esta ya está caliente.
Diego lo miró desde abajo, con un brazo cruzado sobre los ojos para protegerse de la luz.
—¿Otra ya?
—Llevamos aquí dos horas, genio.
Diego dudó apenas un segundo antes de incorporarse también. Se sacudió la espalda y buscó la camiseta enredada en el borde de la sombrilla.
—Voy contigo.
Los dos miraron hacia el agua al mismo tiempo. Laura y Sofía seguían mar adentro, ahora un poco más lejos, dejándose mecer por las olas mientras hablaban entre ellas con esa complicidad antigua que no necesitaba testigos. A lo lejos solo se distinguían sus cabezas y, de vez en cuando, un brazo que se alzaba para apartarse el pelo mojado de la cara.
—No tardamos —murmuró Diego, más para sí mismo que para su amigo.
Mateo ya estaba de pie.
—No creo que nos echen de menos.
Caminaron sobre la arena en dirección al chiringuito, con ese paso tranquilo de quien no tiene prisa pero sí una intención clara. El cartel era sencillo: «Chiringuito El Farol». Una construcción de madera abierta al mar, con mesas altas y una barra donde se acumulaban botellines recién sacados del hielo. Al fondo, un ventilador industrial intentaba disimular el calor.
—Dos cervezas bien frías —pidió Mateo nada más apoyarse en la barra.
El camarero, un hombre de unos sesenta años, moreno, con camiseta oscura y gesto atento, asintió.
—Marchando.
Se llamaba Ernesto, según la chapa que llevaba prendida al pecho, y tenía ese aire de quien ha pasado demasiados veranos viendo cómo se comportan los demás cuando creen que nadie los observa.
Les dejó los botellines delante, con dos vasos bajos al lado.
—Aquí tenéis.
Mateo dio un trago largo, casi inmediato.
—Así sí.
Diego bebió más despacio, apoyando los codos en la barra mientras miraba de reojo hacia la playa. Desde allí aún podían verlas. Pequeñas figuras entre el movimiento del agua.
—No están mal, ¿eh? —dijo Mateo de repente.
Diego no necesitó preguntar.
—Nunca lo han estado.
Mateo sonrió con la botella a medio camino.
—Pero hoy…
Dejó la frase flotando.
—Hoy es distinto —completó Diego sin mirarlo.
—El contexto.
Diego soltó una risa seca.
—Otra vez con eso.
—Es que es verdad —insistió Mateo—. Aquí todo se ve de otra manera.
—O se permite ver de otra manera.
Mateo lo miró con interés.
—Exacto.
Hubo una pausa breve. Fuera, el viento levantó un poco de arena contra los tablones del suelo.
—¿Te has fijado en cómo iba Laura esta mañana? —preguntó Mateo.
Diego tardó un instante en responder.
—Sí.
—Ese bikini no es casual.
Diego entrecerró los ojos, como si reconstruyera la imagen.
—No.
—Tu mujer sabe perfectamente lo que hace.
Diego no lo negó.
—Siempre lo ha sabido.
Mateo soltó una pequeña risa, casi cómplice.
—Y Sofía…
Diego giró ligeramente la cabeza hacia él.
—¿Qué pasa con Sofía?
Mateo se encogió de hombros.
—Que parece que no, pero también. Ese cuerpo, Diego. Perdona que te diga.
Diego frunció levemente el ceño, aunque le costó disimular la media sonrisa.
—Joder, qué directo eres.
—Somos amigos desde los catorce. ¿Qué quieres, que te mienta?
El silencio se instaló un segundo. Diego dio un trago más largo esta vez. Mateo se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz aunque sin demasiada intención de ocultarse.
—¿Tú crees que Laura no se da cuenta de cómo la miras tú mismo?
Diego sostuvo su mirada.
—Laura siempre se da cuenta de todo. Es demasiado lista para no hacerlo.
Detrás de la barra, Ernesto fingía ordenar vasos, pero no podía evitar escuchar fragmentos. Levantó una ceja sin intervenir, como quien ya ha visto este mismo guion demasiadas veces.
—Te voy a decir una cosa —continuó Mateo, ya con ese tono más suelto que da la segunda cerveza—. A mí me parece que estamos siendo demasiado… educados.
Diego dejó la botella sobre la barra.
—¿Educados?
—Sí. Todo miradas, todo silencios, todo contenido. —Hizo un gesto impreciso con la mano—. Toda la vida así.
Diego esbozó una media sonrisa.
—No todo el mundo funciona como tú.
—No, claro. —Mateo se inclinó un poco más—. Pero dime que tú no lo has imaginado…
Se detuvo, buscando las palabras.
—¿Qué? —preguntó Diego.
—Cómo sería todo esto… sin tanto filtro.
Diego no respondió de inmediato. Miró hacia el mar otra vez. Las olas, la distancia, las dos figuras moviéndose en el agua. Sofía acababa de subirse a los hombros de Laura y las dos reían a carcajadas.
Claro que lo he imaginado. Más veces de las que debería.
—Lo he imaginado —dijo al fin.
Mateo asintió, satisfecho.
—Claro que sí.
Ernesto carraspeó al otro lado de la barra.
—¿Otra ronda?
Mateo levantó la botella vacía.
—Sí, venga.
Diego asintió. Ernesto sirvió las cervezas sin comentar nada más, aunque su expresión decía lo suficiente.
—Hay cosas —murmuró mientras dejaba los botellines— que es mejor no pensar demasiado.
Mateo lo miró, divertido.
—¿Ah, sí?
Ernesto se encogió de hombros.
—O, al menos, no decirlas en voz alta.
Diego soltó una risa breve. Mateo, en cambio, alzó su cerveza.
—Nosotros somos de los que hablan.
Ernesto negó con la cabeza, medio sonriente.
—Ya lo veo.
Se alejó unos pasos, dejándolos a solas otra vez.
—Me cae bien este sitio —dijo Mateo.
Diego también bebió.
—Sí. Pero no podemos tardar mucho.
—No.
Sus miradas volvieron a cruzarse.
—Además —añadió Mateo, echándose hacia atrás—, lo interesante no está aquí.
***
Cuando llegaron a la casa, el cielo se había vuelto de ese color cobre que solo se ve en agosto, cuando el sol tarda una eternidad en caer. Habían alquilado un chalet a dos calles de la playa, con terraza y una piscina pequeña. Las llaves las llevaba Laura.
—Ducha, ya —anunció Sofía nada más cruzar la puerta, dejando la cesta en el suelo.
—Primero yo —rio Laura.
—Primero las dos —respondió ella, también riéndose—. La de abajo tiene mampara grande.
Diego y Mateo se miraron un segundo. Un segundo largo.
—Nosotros… abrimos una botella —dijo Diego.
Laura pasó a su lado y, al hacerlo, le rozó el brazo con dos dedos. Un gesto mínimo, casi inocente. Casi.
—Luego bajamos.
Cuando desaparecieron por el pasillo, Mateo fue directo a la cocina, abrió la nevera y sacó una botella de vino blanco sin preguntar. Diego apoyó las manos en la encimera, respirando despacio.
—¿Estás bien? —preguntó Mateo sin mirarlo.
—No sé.
—Muy sincero.
Diego levantó la cabeza.
—Es que… lo del chiringuito.
Mateo dejó la botella sobre la mesa.
—Lo del chiringuito era real.
—Ya.
—Y tú también lo has imaginado. No te inventes ahora que no.
Diego no contestó. Desde el piso de arriba se oyó el agua de la ducha y, un segundo después, una risa apagada de Sofía. Una risa y otra risa, superpuestas.
Mateo sirvió dos copas.
—Si suben solas, no ha pasado nada. Si bajan las dos juntas… decidimos.
—¿Decidimos qué?
—Hasta dónde llegamos.
Diego cogió su copa. Le temblaba ligeramente la mano, y se molestó consigo mismo por eso.
—¿Y ellas?
Mateo lo miró con ese aire de quien lleva años pensándolo y solo esperaba el momento.
—Ellas llevan todo el día diciéndonoslo, Diego. Las miradas, las posturas, el bikini de Laura, el pareo de Sofía. Esto no empieza ahora.
Diego bebió.
—Entonces que decidan ellas.
—Entonces que decidan ellas —repitió Mateo.
El agua paró arriba. Hubo un silencio de esos que parecen durar minutos y, por fin, pasos descalzos en la escalera. No unos pasos. Dos pares.
Laura apareció primero, con una toalla blanca atada al pecho y el pelo mojado cayéndole sobre un hombro. Sofía detrás, en una camiseta de Mateo que le llegaba hasta medio muslo y que, saltaba a la vista, no llevaba nada debajo.
Se quedaron las dos en el umbral.
—¿Habéis abierto vino? —preguntó Laura, como si acabara de entrar en cualquier salón cualquier tarde.
—Acabamos —respondió Mateo.
Diego no pudo decir nada.
Sofía se acercó a la mesa, cogió la copa que Mateo le tendía y, sin dejar de mirar a Diego, bebió el primer sorbo despacio. Muy despacio.
—¿De qué hablabais en el chiringuito? —preguntó, limpiándose una gota del labio con el pulgar.
Mateo arqueó una ceja.
—¿Por qué lo preguntas?
Laura cruzó los brazos bajo el pecho. La toalla subió un poco.
—Porque Ernesto nos ha saludado al pasar y se ha reído. Solo se ha reído.
Diego notó el cuello ardiendo.
—No hablábamos de nada.
—Diego —dijo Laura, sin levantar la voz—. Llevamos quince años juntos.
—Y yo contigo diez —añadió Sofía, girándose hacia Mateo—. Así que ahorráosla.
Mateo fue el primero en reírse. Una risa corta, casi de alivio.
—¿Queréis la versión larga o la corta?
—La honesta —respondió Laura.
Mateo apoyó la copa en la mesa.
—Hablábamos de vosotras. De cómo os movéis juntas. De que hoy parecía que estabais jugando con nosotros desde el agua.
Sofía sonrió.
—Estábamos jugando.
Laura giró la cara hacia Diego.
—¿Y tú qué decías?
—Escuchaba más que hablaba.
—Siempre escuchas más que hablas.
—Esta vez también lo he dicho.
Laura dio un paso hacia él. La toalla rozó el borde de la encimera.
—¿Qué has dicho?
—Que lo había imaginado.
Un silencio distinto. Más cargado. Sofía dejó la copa sobre la mesa y se sentó en una silla con una pierna encima de la otra.
—¿Y cómo lo imaginabais? —preguntó, sin mirar a nadie en concreto.
Mateo cogió aire.
—Así, más o menos. Las dos bajando juntas. Nosotros sin saber qué decir.
—¿Y qué queréis que hagamos? —preguntó Laura.
—Lo que queráis —respondió él.
Ella dejó pasar un segundo.
—Yo quiero quedarme.
—Yo también —dijo Sofía.
Se miraron entre ellas. Una mirada rápida, cómplice, casi divertida. Diego comprendió, de golpe, que ellas ya lo habían hablado en la ducha. Que llevaban horas, quizá días, esperando este momento. Que él y Mateo habían sido los últimos en enterarse de algo que se estaba decidiendo sin ellos.
Laura soltó el nudo de la toalla con un gesto tranquilo, como quien se quita un abrigo en su propia casa, y la toalla cayó al suelo sin ruido.
—Entonces decidamos quién se queda con quién —dijo—. O si no hace falta decidir nada.
Mateo dejó la copa. Diego también. Sofía se levantó de la silla con la camiseta todavía puesta y, al pasar junto a su marido, le besó en la comisura de los labios antes de acercarse a Diego.
—Hoy no, Mateo —murmuró contra su oreja—. Hoy nos cruzamos.
Laura cruzó la cocina hacia Mateo con la seguridad de quien camina por su propia piel.
—No te importa, ¿verdad? —preguntó, más afirmación que pregunta.
Mateo tardó un segundo en contestar. Solo un segundo.
—No.
Diego sintió la mano de Sofía en la nuca antes de ver su cara. El primer beso fue despacio, casi de prueba, como quien comprueba que el suelo aguanta el peso. Duró apenas unos segundos y, cuando se separaron, los dos se miraron como si acabaran de reconocer algo que llevaban años evitando.
—Arriba —dijo Sofía—. En la habitación de invitados. No en la nuestra.
Diego asintió. Detrás, Laura ya tenía la mano en el pecho de Mateo y lo empujaba suavemente contra la encimera donde, hacía una hora, Diego había apoyado las suyas para tranquilizarse.
Subieron las escaleras. Sofía delante, él detrás. A mitad de camino, ella se giró y lo miró desde un escalón más arriba, sin prisa.
—Si algo no te gusta, lo paramos.
—Lo mismo digo.
—Pero no se lo cuentas a nadie.
—Jamás.
—Ni a Mateo ni a Laura después. Lo que pase aquí, aquí se queda.
—Te lo juro.
Ella tiró de él hacia arriba cogiéndolo por la muñeca, con una fuerza que lo sorprendió. En el pasillo, desde la cocina, ya se oía la voz baja de Laura riendo entre dientes y la respiración de Mateo respondiéndole sin palabras.
Diego cerró la puerta de la habitación de invitados detrás de ellos y, por primera vez en veinte años de amistad con Mateo y quince de matrimonio con Laura, entendió que el contexto, tal como había dicho su amigo hacía solo un par de horas en la barra del chiringuito, lo cambia todo.
La playa, el calor, las dos cervezas de más, Ernesto fingiendo no escuchar, las risas desde el agua. Todo conducía, aunque ninguno lo hubiera dicho en voz alta, a ese momento exacto en una habitación de una casa alquilada.
Sofía se quitó la camiseta por encima de la cabeza sin dejar de mirarlo. Debajo, solo tenía la piel aún húmeda de la ducha y una cadena fina con una medalla que nunca le había visto de cerca.
—Ven aquí.
Y Diego fue.
La puerta quedó entornada y el aire de la casa, caliente y espeso, se mezcló con el olor tenue a sal que todavía traían encima. Sofía se acercó primero sin apuro, plantándose frente a él con esa sonrisa breve, ladeada, de mujer que sabe exactamente lo que está haciendo y no piensa pedir permiso por respirar. Diego le rodeó la cintura con las manos, notando la piel tibia y la ligera humedad que aún le quedaba en la espalda después de la ducha. Ella se pegó más, lo justo para que él sintiera el peso de su cuerpo y la presión firme de sus pechos contra su camiseta.
—Llevas toda la tarde mirándome —susurró ella.
—Y tú lo sabías.
—Claro que lo sabía.
Lo besó otra vez, ahora sin prueba ni cortesía. Abrió la boca con hambre, metiéndole la lengua con una seguridad que le aflojó la nuca de golpe. Diego respondió igual de rápido, sintiendo cómo se le endurecía la polla contra el tejido del bañador, una tensión inmediata y casi dolorosa que le hizo soltar un gemido bajo contra sus labios. Sofía sonrió dentro del beso, satisfecha, y le pasó los dedos por el pelo, tirando apenas de él para obligarlo a inclinar la cabeza y ofrecerle mejor la boca.
—Eso es —murmuró—. Así.
Él bajó las manos hasta el borde de la camiseta que llevaba ella y la levantó despacio, sin quitarle la vista de encima. Al quitarle la prenda, la cadena fina le quedó colgando entre los pechos y la luz cálida de la lámpara le dibujó los pezones endurecidos por el aire. Sofía levantó los brazos sin dejar de retarlo con la mirada, y Diego se quedó un segundo entero mirando ese cuerpo conocido y nuevo a la vez: el vientre liso, las caderas redondeadas, la marca pálida del bikini, las piernas largas todavía húmedas.
—Mírame bien —dijo ella.
—Te estoy mirando.
—No. Bien.
Él tragó saliva y le recorrió el pecho con la boca, primero un beso lento entre los pechos, luego otro en el borde de un pezón. Sofía arqueó la espalda con un jadeo corto, y cuando él le chupó con más fuerza se le escapó un gemido más claro, descarado, sin ninguna intención de esconderlo. Diego la sostuvo por las caderas, notando cómo se le apretaba el cuerpo entero alrededor de la polla cada vez más dura. Ella lo agarró del pelo, guiándolo donde quería, y él pasó la lengua por el pezón antes de morderlo apenas, solo lo suficiente para escucharla respirar más hondo.
—Joder, Diego...
—¿Así te gusta?
—No hables tanto y sigue.
La sentó al borde de la cama con una mano firme en la cintura, empujándola hacia atrás hasta que quedó recostada sobre el colchón. La camiseta cayó al suelo. Sofía abrió las piernas sin ceremonia, invitándolo con una naturalidad obscena, el coño cubierto solo por un triángulo de tela fina que él apartó con dos dedos. Estaba caliente, húmeda ya, y cuando rozó los labios de su coño con la punta de los dedos, ella se estremeció entera.
—Así de mojada ya —dijo él, más para sí mismo que para ella.
—Por tu culpa.
—¿Sí?
—Sí. Y por la cara que pones cuando me miras.
Diego bajó la cabeza y la lamió por encima de la ropa interior, notando el sabor salado mezclado con el calor de su piel. Sofía echó la cabeza atrás y abrió más las piernas, atrapándolo contra su cara con una mano en la nuca. Él apartó la tela con los dedos y se encontró con el coño desnudo, brillante, palpitante de ganas. Entonces la lamió de verdad, despacio al principio, recorriéndole el centro con la lengua antes de hundirse entre sus labios y chuparle el clítoris con presión firme. Sofía soltó un grito pequeño, agudo, y después otro, ya sin control, apretándole la cabeza contra sí mientras se retorcía sobre el colchón.
—Ahí... ahí... no pares...
Diego siguió, ensañándose con la lengua, metiéndosela entre los pliegues húmedos, chupando, lamiendo, separando con los dedos para verla aún más abierta. El sonido era obsceno, húmedo, y la respiración de ella se fue rompiendo en jadeos cortos, cada vez más desesperados. Cuando le metió dos dedos dentro, ella se arqueó con violencia y le clavó las uñas en los hombros.
—Me vas a hacer correr —murmuró entrecortada.
—Eso quiero.
—Entonces hazlo bien.
Él aumentó el ritmo de la mano y volvió a chuparle el clítoris con hambre, duro, sin delicadeza. Sofía tembló contra las sábanas, comenzó a gemir de forma más abierta y, al cabo de unos segundos de puro castigo dulce, se corrió con una sacudida profunda de caderas que le dejó el coño latiendo contra la boca. Diego siguió lamiéndola mientras se vaciaba, tragándose su corrida con la lengua y sin apartarse hasta que ella dejó de temblar.
—Mierda... —dijo ella, todavía con la respiración rota—. Ven aquí.
Se incorporó y lo agarró por la cintura para desabrocharle el bañador con una urgencia que ya no tenía nada de juego. El plástico cayó al suelo y la polla de Diego saltó libre, gruesa, tensa, con la cabeza ya húmeda de preseminal. Sofía la sostuvo con una mano y la acarició despacio de arriba abajo, notando el peso y la dureza con una sonrisa que se le ensanchó en la cara.
—Joder —susurró—. Así de puesto me tenías.
—No me hagas hablar.
—Quiero oírte.
Ella se inclinó y le lamió la punta, probando el sabor con una lentitud que lo hizo cerrar los ojos un segundo. Después le metió la polla en la boca, tragándosela hasta la mitad, y Diego soltó una maldición en voz baja, echando las caderas hacia delante por instinto. Sofía le sujetó los muslos para marcar el ritmo, chupando con fuerza, humedeciéndole todo el tronco con la lengua y los labios, sacándolo y volviéndolo a meter con una precisión obscena. El sonido de su boca alrededor de la verga llenó la habitación.
—Mierda, Sofía... así, sí... —jadeó él.
Ella soltó la polla un momento solo para hablar.
—¿Quieres follarme o vas a quedarte mirándome toda la noche?
—Quiero correrte otra vez.
Sofía rio, ronca, y se incorporó para empujarlo hacia la cama con ambas manos en el pecho. Diego se dejó caer sobre el colchón, y ella se colocó encima a horcajadas, guiando la punta de su polla hasta la entrada del coño con una lentitud que era una provocación abierta. Bajó apenas unos centímetros, lo suficiente para que él sintiera el calor apretado alrededor del glande, y después se detuvo.
—Pídemelo.
—Joder...
—Pídemelo bien.
Diego la agarró por las caderas y la atrajo hacia sí hasta que la punta le abrió del todo el coño. Sofía soltó un gemido largo, grave, y comenzó a bajar despacio, tragándose la polla centímetro a centímetro hasta que la tuvo entera dentro. El choque de su cuerpo encima le arrancó a él un gruñido bajo. Se quedaron inmóviles un segundo, mirándose de cerca, sintiendo cómo la respiración de ambos se mezclaba.
—Así —dijo ella, ronca—. Así me gustas.
Entonces empezó a moverse. Al principio fueron subidas y bajadas cortas, controladas, el coño apretándolo con una fricción húmeda que le sacó un gemido tenso. Luego fue ganando ritmo, clavándose sobre la polla con una determinación casi cruel, rebotando en él con cada embestida hasta que la cama empezó a quejarse. Diego la sujetó por las caderas, ayudándola a cabalgarlo, sintiendo cómo el glande le rozaba el fondo una y otra vez mientras ella se inclinaba hacia delante y le mordía el cuello.
—Más fuerte —le pidió ella al oído.
Y él se la dio. Levantó las caderas y la embistió desde abajo con golpes secos, profundos, que la hicieron gritar sin freno. El coño le apretaba de una manera brutal, resbaladizo, caliente, como si lo tragara entero cada vez que entraba. Diego la miró encima de él, con el pelo revuelto, la boca abierta, los pechos rebotando en el vaivén, y la imagen le disparó un calor salvaje en las tripas. La agarró por la nuca y la besó con rabia, metiéndole la lengua hasta hacerla jadear contra su boca.
—Eso, joder... dame esa polla —murmuró ella, ya sin ninguna vergüenza.
—Te la doy entera.
—Entonces no pares.
Las palabras rebotaban entre los jadeos, sucias, directas, sin adornos. La cama golpeaba contra la pared, el aire se llenó de respiraciones rotas y de piel contra piel. Sofía dejó caer una mano entre ambos, se envolvió los dedos en su polla y empezó a acariciarla al mismo tiempo que se movía sobre él, llevando el ritmo hasta el límite. Diego sintió que se acercaba al borde con una rapidez brutal, la corrida subiéndole desde los huevos, espesa, inevitable. Sofía lo notó enseguida.
—Te estás viniendo, ¿verdad?
—Sí... joder, sí.
—Pues aguanta un poco más.
Le apretó la polla con más fuerza y lo besó con los labios hinchados, chupando su lengua como si quisiera robarle el último aire. Diego aguantó lo que pudo, con los músculos duros, el vientre en tensión, hasta que ella arqueó las caderas por última vez y se corrió de nuevo alrededor de él, temblando y gimiendo con una violencia que le arrancó el control del todo. Entonces Diego soltó un gruñido profundo, clavó las manos en sus nalgas y se vació dentro con una corrida caliente, espesa, brutal, llenándole el coño mientras el cuerpo entero le daba un espasmo tras otro.
Sofía se quedó encima unos segundos, notando cómo la polla seguía latiendo dentro de ella y cómo el semen le llenaba el interior con una sensación cálida que la hizo cerrar los ojos y sonreír contra su cuello.
—Eso era —susurró—. Eso quería.
Diego la abrazó con fuerza, todavía jadeando, mientras ella se deslizaba poco a poco hacia un lado sin sacarse del todo la polla enseguida. Se quedaron tendidos, desnudos, sudados, escuchando el zumbido lejano de la casa y las voces amortiguadas del pasillo. Pasaron unos segundos antes de que Sofía le diera un beso lento en el pecho.
—No ha estado mal —dijo, con esa sonrisa de mujer satisfecha que ya no intentaba esconder.
—Eso es quedarte corto.
Ella rio por lo bajo y, al incorporarse, le soltó una mirada cargada de promesa antes de recoger la camiseta del suelo y volver a mirarlo de arriba abajo.
—Nos toca bajar. Si tardamos mucho, van a pensar que nos hemos matado.
Diego se pasó una mano por la cara y soltó una risa seca, todavía con la respiración desordenada.
—Mateo y Laura seguro que están bastante ocupados para preocuparse.
—Precisamente.
Se vistieron sin apuro, con esa calma extraña que queda después de una sacudida de verdad. Cuando abrieron la puerta, el pasillo seguía en penumbra y desde abajo llegaban, todavía, el murmullo bajo de dos voces, una carcajada ahogada y el golpe suave de algo contra la encimera. Laura y Mateo seguían en su guerra particular al otro lado de la casa.
Sofía se volvió una última vez hacia Diego antes de bajar.
—Recuerda lo que te he dicho.
—Lo recuerdo todo.
—Más te vale.
Y él la siguió escaleras abajo, todavía con el cuerpo ardiendo y el sabor de su coño en la boca, sabiendo que aquella noche nada volvería a ser lo mismo.