Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Llamé a mi hermano y escuché lo que no debía

Lo llamé por una tontería, por confirmar un plan de fin de semana, y tardó más de la cuenta en cogerlo. Cuando por fin descolgó, lo hizo con la respiración entrecortada, como si acabara de subir cuatro pisos corriendo. Entre palabra y palabra se le escapaba algún gemido y, de fondo, llegaba un jadeo suave que desde luego no era suyo.

—¡Hola, hermanito! —dije, fingiendo no notar nada.

—¿Ah… sí? ¡Uff!

—Te llamaba para saber si mi preciosa cuñada y tú vais a venir este finde a la casa de la playa.

Sospechaba qué tipo de actividad física se estaba desarrollando al otro lado de la línea, y desde luego no era una sesión de gimnasio. Me imaginé que ninguno de los dos tenía mucha ropa encima. Y que estarían en su dormitorio, o en el sofá del salón, o quizá sobre la encimera de la cocina.

—No teníamos nada pensado —contestó Adrián, tragando saliva—. Pero le pregunto a Lucía a ver si le apetece. ¡Mmmm!

Aquello, en lugar de incomodarme, empezó a calentarme a mí también. Pensar que lo había pillado en un momento tan íntimo me provocaba un cosquilleo que no esperaba. Y lo curioso era que ninguno de los dos cortaba la llamada. Mientras el coro de gemidos seguía sonando de fondo, la conversación continuaba como si tal cosa.

Me quedé un momento callada, escuchando. El roce de la tela, una respiración que se aceleraba, el chasquido húmedo de dos cuerpos que se buscaban. Cerré los ojos y, sin darme cuenta, me mordí el labio. Era la primera vez en mi vida que escuchaba a mi hermano de esa manera, y lo último que sentía era vergüenza.

—¿Y si no venís, qué pensáis hacer? —insistí—. ¿Pasaros el puente entero metidos en la cama?

—Pues no sería mala idea —dijo, y oí cómo el colchón crujía.

—Oye, que yo no os juzgo. Más bien me dais envidia.

Nunca había tenido tanta confianza con mi hermano como para meterme en terreno sexual. Los dos disimulábamos, esforzándonos por no mencionar lo que de verdad estaba pasando, pero a la vez tirábamos de la cuerda para que la charla se volviera picante. Y si había un buen momento para empezar, era ese.

—¿Nosotros? ¿Y eso por qué? —preguntó con cierta ironía.

Por un instante llegué a sospechar que quizá fuera una película puesta en la tele y que él estuviera solo, masturbándose tranquilamente. Entre tanto, yo me iba excitando y pensando en hacer exactamente lo mismo, porque estaba sola en casa.

—Bueno, todavía no me habéis dado un sobrino —solté—. Así que podríais poneros a la faena.

—Ya pensaremos en eso. Somos jóvenes y queremos disfrutar. Estamos disfrutando.

—De eso no me cabe duda. Con lo buenos que estáis los dos…

—¡Bah! Tata, y tú, con ese cuerpazo, tendrás en tu cama a quien quieras.

***

Para entonces yo ya estaba tumbada en el sofá, y supuse que ellos estaban en plena tarea en ese preciso momento. Despacio, la mano que no sujetaba el móvil empezó a bajar por mi cuerpo. Pellizqué un pezón. Acaricié la piel suave de mi vientre liso, las yemas de los dedos apenas rozando, hasta llegar a la cinturilla de las bragas.

Los dedos pasearon por mi pubis, por el monte de Venus, acercándose poco a poco a la humedad de los labios. Dos dedos entre ellos, el clítoris ya despierto subiendo la temperatura de todo mi cuerpo. Y todo eso mientras escuchaba cómo alguien cabalgaba al otro lado, el sonido inconfundible de unas nalgas golpeando contra unos muslos.

—No me puedo quejar —seguí, con la voz un poco más ronca—. Y alguna vez incluso de dos en dos. No solo chicos, claro.

—Vaya con la pervertida que me has salido. No sabía yo eso de mi hermanita.

Tenía curiosidad y mucho morbo.

—¿Y vosotros? ¿Habéis hecho algún trío? —pregunté sin rodeos.

—Nos lo podríamos plantear. Con la persona adecuada, claro.

—Uff…

Se me escapó un gemido que él tuvo que oír perfectamente. Y de fondo me contestó otro, agudo, que parecía salir de la preciosa garganta de mi cuñada.

Por un momento pensé que quizá fuera al revés, que fuera él quien estuviera montando sobre el cuerpo de un amante. Sabía de sobra que mi querido hermano era bisexual. Más de una vez, años atrás, lo había visto besándose con alguno de sus amigos. Y puede que hubiera habido algo más que besos.

—Por cierto —dijo de repente—, Lucía dice que le encantaría «estar» contigo este finde.

Me había equivocado pensando tan mal. Con quien estaba follando era con su mujercita.

A mí también me gustaban las chicas y hacía lo mismo con algunas amigas, aunque siempre había sido más discreta. Lo seguía haciendo a día de hoy. Y, por qué no admitirlo, mi cuñada me gustaba mucho. Estaba tremenda.

—Dile que yo también quiero darle un buen abrazo y un montón de besos —respondí—. Que tengo muchas «ganas» de «estar» con ella.

Quizá debería haberle pedido que dijera la verdad de lo que estaba ocurriendo y con quién. Pero lo cierto es que me estaba poniendo muchísimo, y el misterio le añadía un punto más de morbo.

***

Estaba muy cachonda, así que ¿por qué no aprovechar? Mi sexo chorreaba y ni él ni yo queríamos cortar la comunicación. La persona que estuviera encima o debajo de él parecía no tener ni voz ni voto, pero seguía dándole placer. O quizá había sido ella la que insistió en seguir con la charla.

Al menos yo no había oído de ella más que gemidos suaves. Ni una sola palabra. Aunque ellos también tenían que haber captado más de uno de mis suspiros. Parecía que el teléfono estaba en manos libres.

A esas alturas ya tenía dos dedos acariciando el clítoris por debajo del tanga. Lo tenía todo encharcado.

Cada sonido que me llegaba por el auricular me empujaba un poco más. El crujido del colchón, una palabra a medias, ese ritmo constante de caderas que no daba tregua. Yo seguía el mismo compás con la mano, como si los tres estuviéramos tocando la misma música a kilómetros de distancia. Nunca me había imaginado en una situación así, y sin embargo no quería que terminara.

—Yo también la quiero mucho —dije—. No se te olvide decírselo.

De pronto, de fondo, se oyó una voz nueva. Y juraría que tuvo que apartar la boca de algo para poder hablar.

—Yo también te quiero, cuñi.

En ese momento yo solo pensaba en que el sitio donde de verdad la quería era entre mis piernas.

—¡Ah! Pero si estás ahí —exclamé con falsa sorpresa—. Pensaba que mi tato estaba solito.

Eso no se lo creía nadie, no con todo lo que había escuchado. Pero decidí seguir con la comedia mientras me seguía tocando. Imaginé que se habrían cambiado los papeles y que ahora era mi hermano el que tenía la boca ocupada, porque la que me contestaba era ella.

—No, cielo, estoy aquí, pero estaba comiendo y no podía contestar.

Comiendo, claro. Aunque no dije en voz alta lo que pensaba.

—Cuñi, tenemos que salir de compras juntas —dijo Lucía, recuperando el aliento—. He visto una tienda nueva de lencería para chicas malas. Tienen cosas muy sexis.

—Tu hermano no necesita lencería para que se le levante.

¿Dónde la tendría levantada en ese momento? Ya no hablaba como si tuviera la boca llena, así que tenía que habérsela metido en otro sitio.

—Con lo rica que estás, no me extraña nada. Seguro que solo con verte ya se pone duro.

—Hago lo que puedo —rio ella—. Pero él también me pone muy cachonda a mí.

—No será porque sea mi hermano, pero sí que está muy bueno.

Adrián separó la boca de lo que estaba lamiendo para protestar.

—Que sigo aquí, ¿eh? Y no soy un trozo de carne. ¿Habláis así de mí cuando no estoy?

—Si fueras un solomillo, ya te habríamos comido —contestó ella—. Pero sigue, sigue. Mmmm…

Me dio que tuvo que empujarle la cabeza entre los muslos para que continuara con su placentera tarea. Mientras tanto, yo ya tenía dos dedos dentro. Para usar las dos manos, puse el altavoz y dejé el móvil a mi lado, en el brazo del sofá.

***

—Al final no me habéis dicho si habéis encontrado a esa persona especial para el trío —comenté, jadeando un poco.

—Tenemos a alguien en mente —dijo Adrián—. Pero no sabemos si ella querrá.

—Estoy convencida de que, en cuanto os conozca de verdad, se derretirá y caerá en vuestros brazos. O entre vuestros muslos.

Llevé la mano que me había quedado libre hasta los pechos. Pellizqué un pezón con suavidad y un calambrazo de placer me subió directo a la cabeza. El jadeo que solté tuvo que ser perfectamente audible para los dos.

—Uff…

—Tata, ¿estás bien? —preguntó él.

—Genial, hermanito. En la gloria.

—Estupendo. Nosotros también estamos muy bien.

Esa mano traviesa bajó por mi vientre, por el ombligo, por el monte de Venus, hasta colaborar en la masturbación acariciando el clítoris. Sabía que estaba manchando la tapicería del sofá y me importaba un comino.

—Hermanita —dijo entonces, y noté el cambio en su tono—. ¿Tú te pondrías entre nuestros muslos?

Fue esa pregunta, tan directa, la que por fin desató mi orgasmo. No esperaba que me lo propusiera de esa forma tan cruda. Pero la sorpresa y el morbo se juntaron y me corrí soltando un gemido largo, profundo, imposible de disimular.

—¡Mmmmm!

Jamás había tenido un orgasmo así, sola, masturbándome con el móvil al lado. Me dejó completamente floja, incapaz de seguir la conversación durante unos segundos.

—Venid este fin de semana a la playa —dije al fin, todavía sin aliento— y lo comprobaréis vosotros mismos.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio cómplice, roto solo por una risa ahogada. Ninguno de los tres dijo en voz alta lo que los tres estábamos pensando. No hacía falta. El plan del fin de semana acababa de cambiar por completo, y los tres lo sabíamos.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (6)

Pablogzz

jajaja que situacion mas incomoda, me muero. Excelente relato!!!

NocheLarga22

Necesito la segunda parte ya, me quede con muchisimas ganas de saber como termina esto

Caro_1984

Me recordo tanto a una llamada rara que tuve una vez... uno nunca sabe lo que pasa al otro lado del telefono jaja. Muy bueno

Carlos_Midnight

Como lo narraste fue increible, se siente real y te mantiene enganchado hasta el final

Mariela_cba

La tension que se siente leyendolo es brutal. Me encanto la idea, nunca pense en ese tipo de fantasias

LucasMar_88

genail, sigue asi!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.