Mi amiga me enseñó que el deseo no tiene género
Tenía veintisiete años y creía que me conocía bien. Tres novios, varios encuentros que no llegaron a ser nada, y una relación que duró casi dos años y terminó en buenos términos. Todos hombres. Siempre hombres. No porque lo hubiera elegido conscientemente, sino porque nunca tuve razón para cuestionarlo.
Conocí a Nadia en el trabajo. Ella coordinaba los proyectos editoriales; yo llevaba el área de marketing digital. Nuestros caminos se cruzaban a diario de ese modo funcional que es casi invisible: saludos al pasar, preguntas breves sobre plazos, correos con copia a toda la cadena. Era callada de una manera que no transmitía frialdad, sino una especie de presencia sólida. Pelo oscuro, siempre trenzado, que se iba deshaciendo a medida que avanzaba el día. La costumbre de morderse el labio inferior cuando pensaba.
La primera vez que me senté a solas con ella fue para revisar una campaña conjunta. Era tarde. La oficina estaba casi vacía. Ella tenía el monitor girado hacia mí y señalaba la pantalla mientras explicaba algo sobre tipografías y márgenes. Yo seguía su voz sin terminar de procesar las palabras. Solo veía el perfil de su cara, la línea de su mandíbula, la forma en que sus labios se movían al hablar. Y más abajo, el escote de la blusa abierta un botón de más, la sombra entre sus tetas que subía y bajaba con la respiración. Sentí el coño humedecerse contra la silla y me removí, incómoda, con la certeza absurda de que ella se iba a dar cuenta.
¿Qué me está pasando?
Me convencí de que era cansancio. O ese estado extraño que da cuando llevas demasiadas horas sin moverse del escritorio. Recogí mis cosas, le di las gracias y salí al frío de la calle convencida de que eso era todo lo que había.
***
Los meses siguientes los viví con esa chispa enterrada, convencida de que se apagaría sola. En parte funcionó: aprendí a redirigir la conversación cuando me ponía nerviosa cerca de ella, a no quedarme mirando demasiado tiempo, a llenar los silencios que me incomodaban con preguntas sobre el trabajo o los proyectos.
Pero los pensamientos llegaban igual. Sobre todo de noche. Imágenes cada vez menos vagas que se instalaban debajo de las sábanas y no se iban. A veces, antes de dormir, me encontraba dejando que esas imágenes se desarrollaran hasta el final. Me imaginaba a Nadia arrodillada entre mis piernas, la trenza deshecha cayéndole sobre un hombro, la boca abierta sobre mi coño, la lengua entrando y saliendo con esa misma lentitud atenta con la que hacía todo. Me tocaba despacio al principio, dos dedos separando los labios, el corazón golpeándome en las costillas, y terminaba siempre con la mano metida hasta los nudillos, mordiendo la almohada para no despertar a nadie. Cuando me venía pensando en ella, el orgasmo me duraba tanto que después me quedaba tiritando, empapada, sin poder mirarme en el espejo del baño. Al día siguiente la cruzaba en el pasillo y me ardía la cara.
Lo que no lograba explicarme era por qué cambiaba algo en mi cuerpo cuando Nadia entraba a una sala. Una especie de alerta que no tenía nombre. Los pezones se me endurecían debajo del sostén, se me apretaba algo entre las piernas, la boca se me secaba.
Clara, una compañera del equipo, organizó una cena en su apartamento para celebrar el cierre de un proyecto grande. Éramos nueve al principio. Vino blanco, comida casera, esa euforia colectiva que da terminar algo que había costado meses. Nadia llegó un poco tarde y se sentó al otro extremo de la mesa. Me di cuenta de que la había estado buscando con la mirada antes de que entrara.
A medianoche quedábamos cuatro. A la una y media, solo nosotras dos.
—¿Pedimos un taxi juntas? —dijo, mirando el móvil.
—Sí, buena idea.
El taxi tardó veinte minutos. Nos sentamos en el sofá a esperar. Música tranquila de fondo, luz baja, las copas todavía a medias. Nadia se quitó los zapatos y dobló las piernas debajo de su cuerpo con esa soltura que tienen algunas personas en cualquier espacio, como si siempre hubieran estado ahí.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo después de un silencio.
—Claro.
—¿Estás bien? A veces te noto como si estuvieras procesando algo que no termina de resolverse.
Me quedé quieta un segundo.
—No sé —respondí—. A veces siento que no me conozco tan bien como creía.
Ella asintió despacio, sin apresurarse a responder.
—Eso es más de lo que la mayoría admite —dijo al fin.
No sé si fue el vino, la hora o simplemente esa frase dicha en el momento exacto. Le conté que llevaba meses confusa con algo que no sabía nombrar. No le dije que era ella. Le dije que había cosas que sentía y que no encajaban con la imagen que siempre había tenido de mí misma, con los gustos que siempre había dado por sentados.
Nadia escuchó sin interrumpir.
—¿Cuándo fue la primera vez que lo notaste? —preguntó.
—Hace unos meses. En la oficina. Contigo.
Lo dije sin haberlo planeado. Y una vez que lo dije, no había forma de desdecirlo.
Ella no apartó la mirada. No se incomodó ni llenó el silencio con alguna frase de alivio. Solo me miró como si eso fuera la cosa más natural del mundo.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora estoy sentada aquí contigo y no sé qué hacer con eso.
Nadia dejó la copa en la mesa. Se acercó un poco. No demasiado, pero lo suficiente para que yo sintiera el calor de su cuerpo.
—No tienes que hacer nada —dijo—. Solo dejar de pelear con ello.
—Fácil de decir.
—No es fácil —admitió—. Pero tampoco es tan complicado como lo hacemos. El deseo no necesita que lo entiendas para existir. Solo necesita que lo dejes estar.
La miré. Ella me miraba. La distancia entre nosotras era demasiado corta para ser casual y demasiado larga para ser indiferente.
Fui yo quien la cruzó.
No fue un beso dramático. Fue despacio, como una pregunta, y ella respondió de la misma manera. Sus labios eran distintos a los que había besado antes: más suaves, con otra textura, con una pausa diferente entre un momento y el siguiente. Me puso la mano en la mandíbula y me la sostuvo con una delicadeza que hizo que algo se abriera en el pecho, algo que yo ni siquiera sabía que estaba cerrado. Después su lengua entró en mi boca, despacio, y yo dejé escapar un gemido bajo que no supe controlar. Sentí cómo se me endurecían los pezones contra la tela del vestido, cómo se me empapaba la ropa interior con solo eso, con un beso.
Cuando nos separamos, las dos estábamos calladas.
—El taxi —dije, con la voz ronca.
—Sí —dijo ella, sin dejar de mirarme la boca.
Ninguna sacó el móvil.
***
Nos quedamos. No fue una decisión planificada; fue simplemente no interrumpir lo que estaba pasando.
Nadia se levantó, me tendió la mano y me llevó al cuarto de invitados de Clara. Cerró la puerta con el pie. Antes de que yo pudiera decir nada me volvió a besar, esta vez sin pausa, con la lengua entrando profundo, y me empujó despacio contra la pared. Sus manos me subieron el vestido hasta la cintura y sentí sus dedos rozándome por encima de la bombacha, apenas una presión, y yo ya estaba mojada, tanto que la tela se pegaba y hacía un ruido pequeño y obsceno cuando ella movía los dedos.
—Estás empapada —dijo contra mi cuello, en voz muy baja—. ¿Hace cuánto que estás así por mí?
—Meses —dije, y me tembló la voz—. Meses, Nadia.
Ella se rió despacio, un sonido caliente contra mi piel, y me mordió el lóbulo de la oreja. Después bajó por el cuello, mordiendo suave y chupando hasta que sentí que me iba a marcar, y no me importó. Me bajó las tiras del vestido y me sacó el sostén de un tirón hábil. Cuando su boca se cerró sobre uno de mis pezones, apretándolo con la lengua y después con los dientes, gemí tan fuerte que ella me tapó la boca con la mano libre.
—Shhh —susurró—. Que la casa está llena.
La otra mano me metió dentro de la bombacha. Sus dedos me separaron los labios del coño y encontraron el clítoris de una, sin buscar, como si supiera exactamente dónde estaba. Empezó a moverlos en círculos pequeños, con una precisión que ninguno de los hombres con los que había estado había tenido nunca. Yo temblaba contra la pared, con la mano de ella todavía apretándome la boca, y sentía cómo el coño se me abría más y más, cómo su dedo del medio se hundía apenas, jugando en la entrada, sacando humedad, volviéndola a repartir sobre el clítoris.
—Mírame —me dijo, y me sacó la mano de la boca.
La miré. Ella me metió dos dedos de golpe hasta el fondo y yo grité contra su hombro. Empezó a follarme con la mano, despacio primero, curvando los dedos hacia arriba, tocando un punto interno que yo ni siquiera sabía nombrar y que me hacía apretar las piernas contra su muñeca. Después más rápido, con la palma golpeando contra mi pubis, mientras me besaba y me tragaba los gemidos.
—Ven al colchón —dijo, y me tuvo que sostener porque me fallaban las rodillas.
Me acostó boca arriba y me terminó de sacar el vestido y la bombacha. Se quedó ahí un segundo, arrodillada entre mis piernas abiertas, mirándome el coño con una atención que me hizo cerrar los ojos de vergüenza y de excitación al mismo tiempo.
—Qué linda —dijo—. Toda mojada para mí.
Y bajó la boca. La primera lamida fue larga, plana, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y yo tuve que taparme la boca con las dos manos. Después empezó a chuparme con una técnica que me destruyó: la lengua entera trabajando el clítoris, después la punta más precisa, después los labios cerrándose alrededor y succionando suave, después la lengua metiéndose dentro, follándome con la lengua mientras el pulgar me apretaba el clítoris. Yo levantaba las caderas contra su boca sin poder controlarlo, y ella me sostenía por los muslos y no me dejaba escapar.
—Me voy a correr —dije, en un susurro roto—. Nadia, me voy a correr.
—Dale —dijo ella sin sacar la boca, y las palabras vibraron contra mi coño—. Vení en mi boca.
Me metió otra vez dos dedos, curvados, mientras seguía chupándome el clítoris, y me vine con una fuerza que no había sentido nunca. El orgasmo me subió desde los pies, me apretó todo por dentro, y cuando la corrida llegó fue larga, en oleadas, con el coño convulsionando alrededor de sus dedos mientras ella no paraba de lamerme, sacándome todo, hasta que empecé a temblar de más y le tuve que apartar la cabeza porque no aguantaba.
Ella subió por mi cuerpo besando la panza, los pechos, el cuello, y me besó en la boca. Me probé en su lengua, salada y espesa, y me dio otra oleada pequeña solo por eso.
—Ahora vos —le dije, con la voz que no me salía—. Quiero probarte.
—No hay apuro —dijo ella. Pero yo ya la estaba desvistiendo.
Nunca había tocado a otra mujer. Me daba miedo no saber qué hacer, y a la vez me temblaban las manos de las ganas. Cuando le saqué la camisa y el sostén y vi sus tetas, más chicas que las mías pero con los pezones oscuros y duros, me quedé un segundo mirando y ella se rió bajito.
—Hacé lo que te salga —dijo—. No se puede hacer mal.
La besé en la boca, en el cuello, y bajé. Le chupé un pezón y ella suspiró y me apretó la nuca. Le seguí bajando, tanteando, y le saqué el pantalón. Debajo estaba desnuda, y el olor de su coño me pegó de golpe: caliente, un poco ácido, muy distinto al mío. Me quedé mirando, con la boca cerca, sin animarme del todo.
—Con la lengua nomás —murmuró—. Como te gusta a vos.
La lamí. Estaba empapada, tanto que la lengua se me deslizó sin esfuerzo desde abajo hasta el clítoris, hinchado y salido. Me abrí paso con la boca, tanteando, y por el sonido que ella soltó supe que estaba encontrando lo que había que encontrar. La chupé como me acordaba de que me habían chupado a mí, como acababa de hacerlo ella conmigo, con la lengua entera al principio y después más precisa. Le metí un dedo y después dos, y sentí su coño apretarse alrededor, tirándome hacia adentro.
—Así —dijo ella, con la voz baja y agarrándome del pelo—. Justo así. No pares.
Me quedé ahí, chupándole el clítoris y follándola con los dedos, hasta que su cuerpo empezó a tensarse debajo de mí. Me apretó la cabeza contra su coño y se vino con un jadeo largo, moviendo las caderas contra mi boca, y yo sentí la corrida caliente y espesa contra la lengua, contra los dedos, resbalándome por la muñeca. Seguí chupándola hasta que ella me tiró del pelo para arriba, riéndose sin aire.
—Sos peligrosa para ser la primera vez —dijo.
Me acostó de espaldas otra vez y me abrió las piernas. Se colocó encima de mí de costado, cruzando una pierna sobre la mía, y entendí lo que quería hacer. Bajó la pelvis y sentí su coño mojado contra el mío, piel con piel, los dos clítoris tocándose. Empezó a moverse despacio, un vaivén exacto, y la humedad de las dos se mezcló entre nuestras piernas.
—Dios —dije—. Nadia, dios.
—Callada —dijo ella, sonriendo—. Movete conmigo.
Nos frotamos así mucho tiempo, buscando el ángulo, cada una mirando la cara de la otra, mordiéndonos los labios para no gritar. El sonido húmedo de nuestros coños chocando era lo más obsceno que había oído nunca. Ella empezó a acelerar y yo me agarré de sus caderas para tirar más fuerte contra las mías. Nos vinimos con pocos segundos de diferencia, una detrás de la otra, y cuando ella se derrumbó a mi lado las dos estábamos empapadas hasta los muslos, sin aliento, riéndonos bajito.
Todavía no habíamos terminado. Nadia se recuperó primero, se levantó, buscó algo en su bolso y volvió con dos dedos brillantes de un aceite tibio. Se acostó detrás mío, en cuchara, y me pegó la boca al hombro.
—¿Puedo? —dijo, deslizándome la mano por la cadera hacia atrás—. Despacio. Si algo no te gusta, me lo decís.
Asentí. Me abrió las nalgas con delicadeza y sentí un dedo aceitado circulando el culo, sin entrar todavía, mientras la otra mano volvía a mi coño y me abría, y con dos dedos me llenaba otra vez por adelante. Fue una sensación nueva, doble, y me arqueé contra ella. El dedo de atrás entró apenas, hasta la primera falange, y me quedé quieta acostumbrándome. Ella no se apuró: siguió moviendo los dedos dentro del coño, curvándolos, mientras el otro dedo entraba y salía muy despacio del culo. Yo empecé a gemir bajito, sin darme cuenta, hasta que las dos manos suyas encontraron un ritmo que me hizo perder el hilo de todo. Me vine otra vez, una corrida sorda y larga, con el culo apretándose alrededor de su dedo y el coño chorreando alrededor de los otros dos, y me quedé colgada de su brazo temblando, con la boca abierta contra la almohada.
Me había imaginado algo así muchas veces, en esas noches de insomnio que no le había contado a nadie. Pero la imaginación no captura el detalle concreto: el peso de su cuerpo sobre el mío, la temperatura de su aliento en mi cuello, el sonido de su voz cuando me preguntaba si estaba bien.
—Sí —respondí cada vez—. Estoy bien.
Era la verdad más clara que había dicho en meses.
Hubo un momento, ya casi al amanecer, en que me detuve a observarla. Ella estaba sobre mí otra vez, mirándome con una atención completa, con las tetas rozándome las mías y una mano volviendo despacio a jugarme entre las piernas, y pensé que nadie me había mirado de esa manera antes: sin urgencia, sin el impulso de acelerar, como si el tiempo fuera algo que sobraba y no hubiera ningún sitio adonde llegar.
Esto también soy yo, pensé. Esto también lo soy.
El último clímax de la noche llegó de un modo que no esperaba por su intensidad. Ella me tenía tres dedos metidos hasta el fondo y me chupaba un pezón, y yo estaba tan pasada de sensibilidad que cuando me vine fue casi doloroso, con el coño exprimiéndole la mano y un chorrito de líquido saliendo entre sus dedos que nunca me había pasado antes. Cerré los ojos y dejé que pasara, con esa sensación de soltar algo que llevabas cargando sin saber que pesaba tanto. Fue profundo, como sacar el aire después de haber aguantado la respiración durante demasiado tiempo.
Después quedamos en silencio, acostadas una junto a la otra, mirando el techo. La sábana estaba hecha un desastre.
—¿Y? —dijo ella al final.
—Y nada —dije—. Y todo.
Nadia sonrió. Una sonrisa pequeña, sin triunfo. Solo cómplice.
—El deseo no entiende de géneros —dijo—. Eso es lo más liberador y lo más aterrador al mismo tiempo.
—¿Cómo lo manejaste cuando lo descubriste vos?
—Con el tiempo aprendés a dejar de buscar la explicación y empezás a simplemente sentirlo. Las etiquetas ayudan a algunos. A otros los aprisionan. Vos vas a saber cuál es tu caso.
No dormí esa noche. No por ansiedad, sino porque no quería perder ese estado nuevo: la sensación de haber puesto nombre a algo que había estado flotando sin forma durante meses. Me quedé quieta escuchando su respiración y pensé en todos los años que había pasado sin cuestionarme nada.
No con amargura. Con curiosidad, nada más.
***
Eso fue hace casi dos años. Nadia y yo nunca tuvimos una relación. Nos vimos algunas veces más con esa misma facilidad —y con la misma intensidad, cada vez—, y después ella se fue a otra ciudad por trabajo. Los mensajes se espaciaron hasta volverse esporádicos, y hoy es solo un cumpleaños recordado, un emoji de vez en cuando.
Pero lo que me dejó esa noche no se fue con ella.
Ahora tengo pareja, un hombre, y lo que siento por él es genuino y sólido. También sé que eso no anula lo de esa noche ni lo que descubrí entonces. Las dos cosas coexisten sin contradecirse. La bisexualidad no es una fase ni una confusión: es simplemente una forma de estar en el mundo con el deseo más abierto que el de otros.
Lo que me costó no fue entender quién era. Lo que me costó fue dejar de exigirme que encajara en una sola versión de mí misma, la que todo el mundo esperaba, la que yo misma había construido sin cuestionarla nunca.
El deseo no necesita que lo entiendas para ser real. No necesita verificación externa ni la aprobación de nadie. Existe antes de que lo reconozcas y existe después de que lo ignores. Solo espera a que dejes de correr.
Esa noche, sin proponérselo, Nadia me enseñó que el deseo no tiene género. Que la atracción que yo sentía no era una anomalía ni una etapa ni una confusión: era simplemente yo, más entera de lo que había sido antes.
Y eso, aunque tomó tiempo comprenderlo del todo, fue lo más honesto que había sentido en mucho tiempo.
