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Relatos Ardientes

La apuesta en el mirador que casi ganamos

4.8 (6)

Quedaban dos horas largas de sol, quizás tres si el viento del sur seguía aguantando, pero los dos miraron el teléfono casi al mismo tiempo y supieron que se acababa. La vida real los esperaba fuera de aquella cala, con sus obligaciones y sus distancias y sus excusas para no verse.

—Toca recoger —dijo Lucía mientras sacudía la arena de la toalla con dos golpes secos—. Qué rabia.

—Ya. —Marcos la miró levantarse, estirar los brazos por encima de la cabeza—. Pero prometemos volver, ¿verdad?

—A esta playa sí. —Se puso las gafas de sol y lo miró—. Sin conocidos, sin nadie que nos complique la tarde. Es perfecta.

Habían llegado por separado, cada uno en su coche, siguiendo las indicaciones que él le había mandado la noche anterior. Una cala pequeña al sur del cabo, sin acceso fácil, conocida solo por locales y por quien tuviera paciencia para buscarla en el mapa. No había socorrista ni chiringuito ni familias con sombrilla. Solo arena blanca, agua verde y parejas que, como ellos, preferían no ser vistas.

Caminaron juntos hacia el aparcamiento, cogidos de la mano, a ese ritmo lento de quien no tiene prisa real pero sabe que el tiempo se acaba. Lucía llevaba unas mallas negras por encima del bañador y una camiseta de tirantes anudada a la cintura. Marcos caminaba dos pasos por detrás durante los tramos de arena suelta y la observaba andar, pensando que cuatro horas no eran suficientes. Que probablemente nunca lo serían.

El camino al aparcamiento subía por un sendero de tablas de madera con escalones irregulares. Al doblar una curva, se abría un mirador pequeño: una plataforma de cemento con barandilla de hierro, asomada sobre el acantilado, con vistas a toda la cala. A esa hora de la tarde, el sol convertía el mar en cobalto oscuro.

Lucía se detuvo antes de llegar al parking.

—Espera. —Dejó la mochila en el suelo y apoyó los codos en la barandilla—. Un momento.

—¿Qué pasa?

—Nada. Quiero quedarme con esto. —Miró el mar y cerró los ojos un segundo—. La luz, el olor, cómo ha sido hoy. Quiero acordarme exactamente de cómo era.

Marcos se quedó callado. Se acercó despacio y, sin pensarlo demasiado, la rodeó por detrás con los brazos. Ella no se tensó, no dijo nada. Solo echó el cuerpo ligeramente hacia atrás, buscando el contacto, y dejó que él pusiera la barbilla cerca de su oído.

El viento traía salitre en ráfagas cortas. Lucía respiraba más despacio que cuando caminaba. Marcos también aflojó el ritmo, aprendiendo el tempo de ella, sintiendo cómo su peso se cedía poco a poco hacia él.

No tardó mucho en notarlo. Un endurecimiento lento pero inequívoco contra la parte baja de su espalda. Lucía lo notó antes de que él lo reconociera: hizo un pequeño movimiento de cadera, casi imperceptible, para asegurarse de que no era su imaginación.

No lo era.

—Desde aquí arriba se ve todo mucho mejor —dijo Marcos.

—Ya veo —dijo ella, y en el tono había una sonrisa.

***

Abajo, en la orilla, una pareja recogía sus cosas. El hombre llevaba una camiseta verde y la mujer un sombrero de paja que el viento intentaba llevarse. Los observaron un momento sin decir nada.

—¿Crees que son pareja o están en lo mismo que nosotros? —preguntó Lucía.

—No lo sé. Pero ella lleva un rato mirando hacia aquí arriba.

—Normal. El mirador se ve perfectamente desde la orilla.

Silencio. El viento le movió un mechón de pelo a Lucía y lo empujó contra la mejilla de Marcos. Él no lo apartó.

—¿Confías en mí? —preguntó Marcos después de un momento.

—Eso depende de lo que tengas en mente.

—Confía y ya.

—Eso es trampa.

—Lo sé. Confía igualmente.

Ella tardó unos segundos. Miró el horizonte. Luego dijo:

—Está bien.

Marcos comprobó que el sendero estaba vacío y que la pareja de abajo todavía estaba lejos. Luego empezó. Con las dos manos en sus caderas, comenzó a bajarle las mallas despacio, solo unos centímetros al principio, sintiendo cómo ella se tensaba y luego se relajaba, dejándose hacer.

La tela bajó hasta las rodillas.

Después, con más cuidado, buscó los nudos del bikini en cada cadera. Estaban algo apretados. Tardó un momento, pero consiguió deshacerlos los dos. Sacó la tela entre sus piernas por delante y Lucía sintió la brisa directamente en su entrepierna.

—Dios —murmuró, casi sin voz.

Marcos guardó la tela en el bolsillo de su bañador y volvió a subir las mallas despacio, con esa lentitud deliberada que no tenía nada de práctico. Centímetro a centímetro, la lycra fue subiendo por sus piernas, por sus muslos, hasta llegar a la cintura. Entonces agarró la parte superior con las dos manos y subió con fuerza, levantando el cuerpo de ella unos centímetros, y Lucía soltó el aire de golpe.

—Ahora hay que ajustarlas bien —dijo Marcos, con la voz tan baja que casi se la llevó el viento.

Pasó los dedos por su entrepierna con movimientos lentos y precisos, fingiendo que ajustaba algo. La lycra era fina. Demasiado fina para que aquello tuviera nada de accidental. Presionó, deslizó, trabajó la tela hasta conseguir que se colara entre sus labios y se quedara ahí.

Lucía separó los pies apenas unos centímetros. Sus manos apretaron la barandilla.

—Así —dijo ella en voz baja, con los ojos cerrados.

Él repitió el movimiento, de delante hacia atrás. Despacio. La tela respondía y Lucía respondía con ella: una tensión que le recorría la espalda de abajo a arriba, una respiración que ya no era la de antes.

—Ya está. ¿A que ahora está mejor?

—Mejor, sí. —Hizo una pausa—. Pero el dedo puedes dejarlo un rato donde está.

Buscó su mano con la suya para asegurarse de que no la movía. Marcos obedeció. Presión suave y constante, ahí, sin moverse, mientras los dos miraban el mar.

***

Cinco minutos, quizás más. El sol siguió bajando. La pareja del sombrero seguía en la orilla, todavía lejos. Nadie más apareció por el sendero.

Marcos miraba el perfil de Lucía: la mandíbula ligeramente apretada, los ojos entrecerrados, ese mechón de pelo que el viento seguía moviendo y que ella no se molestaba en apartar. Era la primera vez que la tocaba así, la primera vez de verdad, después de semanas de mensajes a medias y miradas que duraban demasiado y una excusa detrás de otra para no llegar a esto.

Y ahora estaban aquí.

—Tengo una propuesta —dijo Lucía de repente.

—Te escucho.

—Esa pareja de abajo está recogiendo. La del sombrero. ¿Los ves? Están plegando la sombrilla y guardando las cosas.

Marcos miró hacia la orilla. Era verdad: el hombre enrollaba la sombrilla con torpeza y la mujer metía cosas en una bolsa grande.

—Los veo.

—Bien. —Lucía no se giró—. Vas a sacar el dedo de donde lo tienes ahora mismo y lo vas a volver a meter, pero por dentro de las mallas esta vez. Y voy a dejar que lo metas dentro de mí.

Pausa.

—Si consigues que me corra antes de que esa pareja llegue a nuestra altura, paramos en la gasolinera de la salida, compramos condones y nos vamos a follar donde tú quieras.

Marcos tardó unos segundos en procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Y si no llego a tiempo?

—Mañana. Misma playa, misma hora.

—¿Y si quiero las dos opciones?

Ella se giró entonces. Lo miró directamente, con esas gafas de sol que le tapaban la mitad de la cara pero no ocultaban nada.

—Gana primero.

***

No había tiempo para más conversación. La pareja de abajo había empezado a caminar hacia el sendero.

Marcos metió la mano por dentro de la cinturilla. Lucía separó los pies un poco más y se echó hacia delante, apoyando los codos en la barandilla, facilitándole el acceso sin decir una sola palabra.

La encontró húmeda desde el primer contacto. Mucho más de lo que esperaba. Todo lo anterior —el bikini, los ajustes, los minutos de presión constante— había hecho su trabajo. Lucía se tensó al sentirlo directamente, sin tela de por medio, y luego se aflojó entera, como si hubiera estado esperando ese momento desde mucho antes de llegar a aquella playa.

Él buscó el ángulo correcto. Aprendió rápido: lo que hacía que ella apretara los dedos contra el hierro, lo que hacía que soltara el aire sin poder controlarlo. En menos de un minuto tenía la respuesta.

Lucía tenía los nudillos blancos contra la barandilla. La cabeza inclinada hacia abajo. Ya no miraba el mar.

—No pares —dijo en voz muy baja.

Marcos no paró. Miraba de reojo el sendero, calculando. La pareja avanzaba despacio: la bolsa era grande, los escalones irregulares, la mujer del sombrero iba con chanclas. Había tiempo. Quizás.

Lucía empezó a respirar de otra manera. Más corto, más rápido, con ese ritmo entrecortado que no se finge. Sus caderas hicieron un movimiento involuntario y él siguió ese movimiento, sin soltarla, sin cambiar el ritmo que ya sabía que funcionaba.

—Marcos —dijo ella, y en cómo dijo su nombre estaba todo lo que no hacía falta explicar.

Estaba cerca. Él lo notaba en cada milímetro de tensión de su cuerpo, en cómo se había olvidado del mar y del mirador y de la pareja que subía por el sendero. Solo estaba ahí, con los ojos cerrados y los codos apoyados en la barandilla y la respiración que ya no intentaba controlar.

Y entonces los escucharon.

Risas. Primero lejanas y luego muy cercanas, doblando la curva del sendero. La mujer del sombrero y el hombre de la camiseta verde aparecieron por el extremo izquierdo del mirador. Los vieron de inmediato: no podían no verlos.

Marcos sacó la mano en menos de un segundo.

Lucía soltó el aire de golpe, entre la frustración y algo que no pudo evitar que se pareciera a una risa. Se irguió, se colocó el pelo con una mano, volvió a apoyar los codos en la barandilla mirando al frente, como si llevara así todo el tiempo.

La otra pareja pasó a su lado. El hombre asintió con la cabeza. La mujer sonrió, y en esa sonrisa había algo que decía claramente que no eran tontos.

Cuando se alejaron lo suficiente, Lucía se giró hacia Marcos.

—Creo que no lo has conseguido —dijo.

—Creo que no. —Tenía cara de quien acaba de perder una apuesta que prometía mucho—. Por poco.

—Por muy poco.

Los dos se quedaron un momento en silencio. El sol había bajado otro par de grados. La cala se estaba quedando vacía.

—Mañana —dijo Lucía entonces.

—Mañana —repitió él, como si la palabra valiera la pena guardarla.

Ella se acercó. Le pasó los brazos por el cuello y pegó su cuerpo al de él con esa clase de contacto que ya no tiene nada de inocente. Marcos notó el calor que ella todavía desprendía, la presión suave de su cuerpo buscando el suyo.

—Mañana traeré otras mallas —dijo Lucía contra su oído—. Más finas todavía. Y me aseguraré de que esa pareja esté mucho más lejos cuando empieces.

—¿Y si viene alguien más?

—Entonces seguimos intentándolo hasta que no haya nadie.

Lo besó. No rápido, no como quien se despide. Con la clase de beso que promete algo concreto para el día siguiente. Sus caderas se movieron hacia él, solo un centímetro, pero los dos lo notaron perfectamente.

—Eso es solo el principio —dijo Lucía cuando se separó.

—De mañana.

—De mañana.

Recogió su mochila del suelo, se ajustó las gafas de sol y empezó a caminar hacia el parking sin mirar atrás. Marcos la siguió unos pasos por detrás, mirándola andar sobre el cemento del mirador, pensando que la noche iba a ser muy larga y que mañana no podía llegar lo suficientemente pronto.

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4.8 (6)

Comentarios (9)

Goloso

jajaja la apuesta me mato!! que nervios, lo lei de un tiron

MarcelaRosario

Que tension tan rica. Leerlo con ese reloj corriendo se hizo muy corto, quiero mas!!

Pablin77

increible, muy bien narrado

VictorK19

Por favor una segunda parte! quede con ganas de saber si los descubrieron jajaja

Lucrecia_BA

Me recordo a una situacion parecida, esa adrenalina de que te puedan ver no tiene precio. Muy lindo el relato

Sol_del_mar

buenisimo!!! como me gustan estos con ese peligro de que te pillen :)

Manu1987

El minuto contando es lo que lo hace tan morboso. Espero mas relatos asi, muy bueno

ClaraM

y al final los pillaron o no?? jaja me dejo con intriga

RobertoMdq

tremendo relato, segui asi!

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