Cuando el chat me llevó a una puerta conocida
Aquella sala de chat fue mi puerta de entrada al mundo homosexual. No sé exactamente cuándo dejé de ser un visitante curioso y me convertí en un habitué, pero la transición ocurrió sin aviso, casi sin que me diera cuenta. Había salas para todos los gustos: trivia, debates sin sentido, héteros que se aburrían solos a medianoche. Y luego estaba la sala de gays, que era la que más actividad tenía de madrugada, la que tenía vida propia y un código tácito que tardé semanas en aprender a leer.
Entré por primera vez con dudas y terminé volviendo cada noche.
Conseguía citas, sí, pero siempre con una mezcla de deseo y aprensión. El problema con el chat era que no sabías con quién hablabas realmente. Cualquiera podía inventarse una identidad, adjuntar la foto de otro, mentir sobre su edad o sus intenciones. Me habían llegado rumores de situaciones desagradables, de hombres que iban a un encuentro y terminaban en escenarios que no esperaban. Así que establecí mis propias reglas: siempre en lugares públicos primero, siempre con alguien que supiera dónde iba, y nunca, bajo ninguna circunstancia, saltar de cero al departamento de un desconocido sin haberlo visto antes a la cara en algún bar o plaza.
Con el tiempo fui aflojando esas reglas. No porque me olvidara de ellas, sino porque la confianza que daba el chat era engañosamente cómoda.
***
Una noche de miércoles, sin nada particular que la distinguiera del resto, empecé a chatear con alguien que se hacía llamar R_Mendoza. Su foto era pequeña y borrosa, como todas en aquella época en que los módems hacían imposible compartir imágenes decentes. Lo que sí transmitía era una postura: hombros anchos, mentón firme, esa clase de seguridad que o es real o es completamente fabricada, y que en ambos casos resulta atractiva.
Nos cruzamos mensajes durante casi dos horas.
Él escribía bien, sin las abreviaturas caóticas que usaba la mayoría. Decía ser completamente pasivo y buscaba alguien que dominara la situación. Le dije que eso era lo mío. Acordamos encontrarnos esa misma noche en la esquina frente al quiosco de la calle Palermo, cerca de la plaza del barrio.
Llegué puntual. Él llegó dos minutos después.
La foto no mentía. Era un hombre de unos cuarenta años, tal vez algo más, con el pelo oscuro peinado hacia atrás y una campera de cuero marrón que le quedaba bien. Me extendió la mano con una firmeza que me relajó de inmediato. Se llamaba Rodrigo.
—Mejor de lo que esperaba —dijo, y yo no supe si era un cumplido o una evaluación en voz alta.
Caminamos unos minutos mientras él hablaba de cosas mundanas: el frío que se estaba poniendo esa semana, que el trabajo lo tenía saturado, que hacía meses que no salía. Yo escuchaba y miraba las calles. Empecé a notar algo difuso, como cuando una melodía te suena conocida pero no podés identificarla. Un ruido de fondo en la memoria.
Doblamos por una calle angosta con árboles en la vereda.
Esta calle la conozco.
No dije nada. Seguimos caminando. Rodrigo sacó las llaves del bolsillo cuando llegamos a un edificio de ladrillo visto, tres pisos, con una puerta de madera oscura y una pequeña placa de bronce al costado del portero eléctrico. Y entonces lo vi con certeza: el número del edificio, el balcón del segundo piso con la baranda de hierro forjado, el jardincito descuidado a la derecha de la entrada.
Había estado ahí. Hacía más de veinte años, pero había estado ahí.
Rodrigo abrió la puerta y me invitó a pasar con un gesto natural, sin saber lo que cruzaba por mi cabeza.
***
No era el momento de decir nada. Lo sabía instintivamente. Así que guardé el reconocimiento en algún lugar del pecho y seguí adelante.
El departamento era ordenado, con esa austeridad que tienen los espacios donde vive un hombre solo que no recibe mucha visita. Libros apilados en una repisa, una mesa ratona con el control remoto encima, una lámpara de pie encendida que daba una luz naranja y cálida al living. Había algo tranquilo en ese ambiente, algo que bajaba las defensas sin que uno se diera cuenta.
Rodrigo colgó su campera y se giró hacia mí.
No hubo palabras. Me tomó de la solapa de la chaqueta, me acercó, y nos besamos.
Fue un beso directo, sin rodeos. Él sabía lo que quería y lo demostraba con cada movimiento: sus manos moviéndose por mi espalda, su cuerpo pegado al mío, el sonido de su respiración cambiando de ritmo. Me dejé llevar hacia el pasillo que conducía a la habitación.
La cama era grande, con la colcha en tonos oscuros. Nos sentamos en el borde y seguimos besándonos mientras yo empezaba a desabrocharle la camisa. Tenía el pecho ancho y con algo de vello, las manos grandes que no paraban de recorrerme. Nos fuimos desnudando sin prisa, alternando la ropa con caricias, con besos en el cuello, en los hombros, en la curva de la mandíbula.
Cuando quedamos sin nada encima, me tendí sobre él.
Le besé el cuello. La clavícula. El esternón. Fui bajando despacio, sintiendo cómo su respiración se hacía más tensa con cada centímetro que avanzaba. Lo tomé en la boca y escuché el primer sonido real que hacía esa noche: un gemido contenido, casi sorprendido, como si el placer lo hubiera tomado desprevenido.
Él hizo lo mismo conmigo cuando nos acomodamos en el sesenta y nueve.
Estuvimos así un tiempo que no medí. El placer era mutuo y constante, sin apuro, como dos personas que se conocen bien aunque sea la primera vez que se tocan. Cuando levanté la cabeza para mirarlo, él me señaló con los ojos que quería más.
Me tomé el tiempo necesario. Le besé los muslos, la parte baja de la espalda, y cuando empecé a estimularlo con la lengua en la zona más sensible sus reacciones fueron inmediatas y claras: se arqueó, apretó las sábanas con ambas manos, hizo sonidos que llenaron el silencio del departamento. Le gustaba mucho. Lo dejé así un buen rato, disfrutando yo también de esa respuesta que no fingía nada.
—Por favor —dijo en algún momento, y la palabra no necesitaba más contexto.
Puse una almohada debajo de su cadera para darle el ángulo correcto. Lo penetré despacio, sintiendo cada resistencia inicial y luego la apertura gradual, y cuando llegué al fondo me quedé quieto un momento antes de empezar a moverme. Rodrigo tenía el ritmo perfecto del que sabe recibir: ni demasiado tenso ni demasiado suelto, moviéndose conmigo, ajustando la posición para maximizar lo que sentía.
Sus gemidos eran bajos y continuos. Una frecuencia de fondo que me sostenía.
Seguimos así un buen rato. Cambié de ritmo varias veces, lento y profundo primero, más intenso después, hasta que me detuve y me recosté a su lado sin acabar. Rodrigo se giró hacia mí. Tenía los ojos oscuros y brillantes, y había algo diferente en su mirada: no solo deseo, sino también una pregunta que todavía no había formulado en voz alta.
Empecé a acariciarlo. Pasé la mano por su torso, bajé despacio, y cuando lo tomé noté que estaba completamente duro. Seguí moviéndome con calma hasta que él mismo puso su mano sobre la mía para guiar el ritmo. Luego se incorporó.
Yo me acomodé boca abajo, levantando levemente las caderas. No dije nada. No necesitaba decirlo.
Rodrigo tardó un momento, como si el gesto lo hubiera tomado por sorpresa, pero luego sentí sus manos posarse sobre mis caderas con una firmeza nueva. Me preparó despacio, con cuidado, y cuando finalmente entró fue con una pausada determinación que me hizo cerrar los ojos. Tres embestidas profundas y soltó un sonido largo, sin control, y se quedó quieto con las manos apretándome los costados.
Después de un minuto se tendió a mi lado. Nos quedamos así, sin hablar, mientras la respiración volvía a la normalidad. La lámpara del pasillo dejaba entrar una ranura de luz por la puerta entreabierta.
—Primera vez —dijo él, en voz baja.
—¿Qué?
—Que soy activo. Nunca lo había sido. Nadie lo había logrado. —Hizo una pausa breve.— Gracias.
Le dije que el honor era mío. Y lo era.
***
Nos duchamos por separado. Cuando salí del baño con la toalla que me había prestado, Rodrigo estaba en la cocina preparando dos tazas de café. Me senté frente a la pequeña mesa y lo miré moverse por el espacio con la familiaridad de alguien que lleva muchos años en ese mismo lugar.
Y entonces lo dije.
—Tengo que confesarte algo. Ya estuve en este departamento.
Rodrigo se giró lentamente con las dos tazas en las manos.
—¿Cómo?
—Hace mucho tiempo. Más de veinte años. —Busqué las palabras exactas.— Vine con mi tío a hacer una instalación eléctrica. Él era electricista. El hombre que vivía acá entonces los llamó para cambiar el tablero, y yo vine a ayudar.
Rodrigo parpadeó. Luego frunció el ceño. Luego se rió.
Se rió durante un buen rato, sacudiendo la cabeza mientras dejaba las tazas sobre la mesa. Era una risa genuina, de esas que salen sin permiso y no se pueden detener una vez que arrancan.
—Ese era mi padre —dijo al fin—. Lo heredé hace cuatro años cuando él murió.
Nos reímos juntos. Fue un momento extraño y perfecto al mismo tiempo: dos desconocidos en una cocina a medianoche, todavía con el calor del encuentro encima, riendo de una coincidencia que ninguno de los dos habría podido inventar aunque lo hubiera intentado.
Charlamos casi una hora más. Sobre su trabajo en una empresa de administración de consorcios, sobre los años que yo había pasado viviendo fuera del barrio, sobre el chat y los rituales absurdos que imponía a cualquiera que quisiera usarlo con algo de seriedad. Me contó que vivía solo desde hacía mucho tiempo y que no buscaba nada que implicara complicaciones. Lo dijo sin dramatismo, como quien enuncia un hecho geográfico.
Cuando me despedí en la puerta dije «hasta pronto» sin pensar demasiado en lo que eso significaba.
***
No hubo pronto.
Intenté retomarlo unos días después. Le mandé un mensaje desde el chat y su respuesta tardó dos días. Cuando llegó, era clara y sin rodeos: «A esta altura de mi vida no estoy seguro de querer seguir explorando ese lado. No tiene que ver con vos. Prefiero dejarlo ahí.»
No respondí. No había mucho que agregar a algo así.
Seguí usando el chat durante un tiempo más, pero algo había cambiado en la forma en que lo hacía. Ya no me sentaba frente a la pantalla con la misma expectativa ansiosa de antes. Empecé a buscar encuentros de otra manera: saliendo, prestando atención a las señales que siempre habían estado ahí en los bares, en las plazas, en las miradas que duran un segundo más de lo necesario y que solo hay que saber responder.
Era más lento que el chat, más incierto, pero también más honesto. La primera vez que me llevé a alguien a casa de esa manera, un muchacho que había conocido en el mostrador de una tienda de discos mientras discutíamos sobre un álbum que los dos queríamos comprar, me di cuenta de que prefería eso. No la eficiencia del chat, sino la tensión previa, el no saber con exactitud adónde llevaba cada conversación.
Rodrigo se quedó en esa noche, en ese departamento que yo ya había visitado sin saber que volvería. Hay encuentros que no necesitan continuación para ser completos en sí mismos. Ese era uno de ellos.