Tres visitas en una mañana de chat gay
En ese foro de chat gay yo era un habitual. Entraba todas las mañanas poco después de las siete, a veces antes de desayunar, con el mate todavía caliente al lado del teclado. Tenía mis horarios, mis rutinas, y con el tiempo también mis conocidos: algunos me habían dejado el número al terminar un primer encuentro y seguíamos en contacto por ahí; otros preferían mantener todo dentro de la plataforma. Lo que sí sabía después de meses era que el porcentaje de hombres casados era altísimo, que de cada cuatro citas acordadas apenas dos llegaban a concretarse, y que en ese caos había mañanas que lo compensaban todo con creces.
El martes en cuestión empezó sin señales de ser distinto. Hacía calor desde temprano y la ventana del dormitorio daba a un patio interior donde todo era silencio. Estaba sentado en calzones cuando encendí la pantalla y empecé a revisar los mensajes acumulados de la noche anterior. Tenía dos conversaciones a medias.
El primero era un hombre que llevaba más de una hora insistiendo. Acordamos rápido: él sería activo, le gustaba la idea de verme con lencería femenina, quería que lo atendiera bien y se fuera. Le dije que podía llegar a las nueve. Mientras lo esperaba, abrí otra ventana de chat y encontré a alguien que buscaba exactamente lo contrario: un pasivo que quería que yo tomara el control y al que le excitaba la imagen de ser penetrado por alguien vestido de mujer. Con ese quedé para las nueve y media, en horarios que no se pisaran.
Me puse el conjunto que usaba para esas ocasiones: corpiño negro con encaje, tanga a juego y una bata corta encima. Me miré en el espejo del baño un momento. Me pareció que estaba bien. Esperé.
***
El primero llegó puntual. Mediana estatura, unos cuarenta años, cara de pocos amigos y mandíbula apretada. Apenas entró, sin decir nada, se bajó el cierre del pantalón y me mostró que ya estaba completamente duro. Era su forma de anunciar que él pensaba manejar la situación.
Lo tomé de ahí y lo guié hasta el dormitorio. Se recostó en la cama sin quitarse ni los zapatos, con los pantalones a medio bajar, y me señaló con un gesto que me pusiera de rodillas. Lo hice. Me lo puse en la boca entero, hasta el fondo, de un movimiento, y lo escuché soltar un gemido que era mitad sorpresa y mitad rendición. Intentó agarrarme la cabeza para marcar el ritmo.
Eso no lo permito. Esa parte la conduzco yo, siempre.
Lo saqué, lo lamí despacio de la base a la punta sin dejar de mirarlo, y vi cómo le temblaba un músculo en la mandíbula. Le hablé al oído entre cada pasada de lengua, cosas que lo sacaran del equilibrio en que creía estar. Funcionó: en menos de veinte minutos acabó en mi boca, tenso y sin aliento. Luego se puso de pie con esa torpeza característica del hombre que acaba de perder el control y finge haberlo tenido siempre. Acomodó la ropa, murmuró algo que sonó a cumplido y lo acompañé hasta la puerta.
Ahí estaba el segundo.
***
Se había adelantado unos minutos y esperaba en el pasillo con cara de disculpa. Era delgado, con anteojos de montura fina y el pelo entrecano. Tendría unos cuarenta y cinco años. Le dije que no importaba y lo hice pasar dándole un beso breve en la boca, más para romper la tensión de la situación que por otra cosa. Adentro, el ambiente se asentó.
—Dejame que te saque la ropa —le dije cuando quiso desabrocharse la camisa solo.
—¿En serio? —preguntó, y algo en su cara se abrió, como una ventana.
—En serio.
Lo desvestí despacio. Empecé por los botones de la camisa, uno por uno, siguiendo con el cinturón, después los pantalones. Lo di vuelta y le mordisqueé las nalgas con suavidad, apenas rozando. Sus quejidos eran esa clase de sonidos que no se pueden fingir. Le separé las nalgas con las manos y le pasé la lengua por el ano mientras con los dedos le acariciaba el pene, que ya estaba completamente erecto. Se le doblaron las rodillas y tuvo que apoyarse en la pared.
Lo acosté boca arriba y fui directo a sus pezones. Los mordí con cuidado, los succioné, y él se prendió a mi polla con la misma dedicación que yo ponía en lo suyo. Alternamos así durante media hora, sin apuro, sin que ninguno intentara adelantar nada. Era el tipo de encuentro que uno agradece.
En un momento pidió un descanso. Se recostó y respiró profundo.
—Sos increíble —dijo.
—Me alegra. ¿Cómo te llamás? —pregunté mientras le acariciaba el pecho.
—Mauricio. ¿Y vos?
—Nicolás.
Nos quedamos acostados uno al lado del otro unos minutos. Hablamos de cosas sin importancia con esa facilidad que a veces ocurre entre desconocidos que se acaban de ver completamente expuestos. Luego, sin que ninguno lo dijera en voz alta, volvimos.
Se puso en cuatro sobre la cama y yo me coloqué detrás. Me puse el preservativo y lo penetré despacio, muy despacio, y cuando tuve toda la longitud adentro me incliné sobre su espalda y le besé la nuca. Escuché cómo se le escapaba un sonido que no era gemido sino algo más hondo, más íntimo. Le pregunté si estaba bien; me dijo que siguiera. Bombeé con cuidado al principio y luego con más fuerza, acariciándole los costados y las caderas mientras lo hacía, hasta que ya no pude contener el orgasmo y terminé afuera, sobre sus nalgas, jadeando.
Me tumbé a su lado y le puse la boca encima. Lo llevé al clímax sin apuro, saboreando, y cuando acabó le sostuve la cadera con las manos para que no se moviera demasiado rápido.
Nos quedamos acostados otro rato, desnudos, conversando. Era de esas personas con quienes el silencio tampoco incomoda. Cuando se vistió y lo acompañé a la puerta, me dijo que le gustaría repetir. Le dije que me escribiera. Cumplió. Se convirtió en una visita regular durante más de un año.
***
Me duché, me preparé otro mate, me cambié la lencería por un conjunto más elaborado: corpiño con tirantes, minifalda de tela fina y medias hasta la rodilla. Eran las once y cuarto.
Al abrir el chat tenía varios mensajes de hombres que habían escrito mientras yo estaba ocupado. Entre todos, reconocí el alias de alguien a quien ya conocía bien. Lo llamaré Bruno. Tendría unos cincuenta años, sólido, con poco pelo y las manos grandes. Era activo y dominante sin ser agresivo, y tenía una cosa específica que le gustaba hacer: desnudarme de a poco para contemplarme antes de cualquier otra cosa. Le escribí. Me contestó al instante. Quedamos para las doce.
Llegó con diez minutos de anticipación, lo que era habitual en él. Apenas cerré la puerta me acorraló contra la pared del hall con una mano en mi cadera. Con la otra me levantó la minifalda, corrió la tanga y sentí sus dedos abrirme despacio, con calma, como quien está en casa.
—Estás listo —dijo, sin preguntar.
—Contigo siempre estoy listo —le dije.
—Arrodíllate ya.
Me arrodillé en el hall, sobre las baldosas frías. Le bajé el pantalón y lo tomé en la boca. Tenía una polla corta y gruesa, de cabeza ancha y bien marcada, y era exactamente lo que después sentiría abriéndome por dentro. Sus gemidos llegaron enseguida, continuos y bajos, casi sin pausa. Me levantó él mismo cuando quiso y me llevó hasta el dormitorio caminando despacio, con su mano apoyada en mi cadera.
Se recostó apoyado contra la cabecera y me indicó con un gesto que me la chupara mientras él me desvestía. Empecé. Su mano recorría mis nalgas, pellizaba la tela de la tanga y se colaba por debajo. Me tocaba los pezones a través del corpiño y me decía en voz baja que era lo mejor que tenía.
No me lo creía, claro. Pero me gustaba escucharlo.
Cuando acerqué mi cola a su cara, la tomó con las dos manos y la abrió. Su lengua fue directa, sin rodeos, sin contemplaciones. Me lamió el ano con una dedicación que hacía difícil mantener la concentración en lo que yo estaba haciendo. Estuvimos así un buen rato, cada uno ocupado con el otro, hasta que dijo que ya quería más.
Me puse de pie al borde de la cama con las piernas bien separadas. Escupió en mi ano —esa costumbre que no me entusiasma pero que los hace sentir que mandan, así que la tolero— y empezó con el juego de entrar apenas y salir, entrar apenas y salir, que me sacaba de quicio y me hacía gemir contra mi voluntad. Hasta que en un momento metió toda la longitud de golpe, sin aviso.
Bombeó fuerte, con una mano en mi cadera y la otra abierta sobre mis nalgas. Me decía cosas mientras lo hacía, su repertorio de siempre, palabras que en ese contexto funcionaban igual de bien aunque las hubiera dicho cien veces antes. Cuando llegó al orgasmo me llenó adentro y cayó sobre mi espalda con el peso completo, la respiración agitada en mi cuello, completamente quieto. Nos quedamos así unos segundos que parecieron más.
Después se tumbó a mi lado y me pasó una mano por los muslos. Fui a buscar algo frío para tomar. Cuando volví estaba terminando de ponerse el cinturón. Bebió el vaso de un trago, nos saludamos en la puerta con un beso, y los dos sabíamos que volvería antes de que terminara el mes.
***
Me recosté en la cama todavía con la lencería puesta y miré el techo un rato. Tres hombres en menos de cuatro horas. Distintos entre sí en todo: el primero rápido y frío, casi impersonal; el segundo lento y sorprendentemente cálido; el tercero conocido y previsible en la mejor manera posible. Cada uno había buscado algo diferente y cada uno se había ido satisfecho.
La ubicación del apartamento ayudaba. La discreción del barrio también. Pero la verdad era más simple que todo eso: yo sabía exactamente lo que hacía, disfrutaba haciéndolo, y en esa plataforma había encontrado una forma de conectar que de otro modo hubiera sido mucho más complicada.
Lo que no sabía esa mañana era que Mauricio volvería el jueves siguiente con una botella de vino tinto y dos horas libres, y que lo que había empezado como una cita de chat terminaría siendo algo bastante más difícil de definir. Pero eso es otra historia.