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Relatos Ardientes

El vecino que me siguió a casa una noche de verano

La separación fue, en el fondo, un alivio. Cuando firmé el contrato de ese departamento pequeño en un barrio al que no le debía nada, sentí que soltaba algo que había tenido apretado durante años. El lugar era mínimo: un pasillo largo, cuatro puertas incluida la mía, una cocina con ventana al patio y un baño sin ventilación. Pero era mío. Solo mío. Y eso lo cambiaba todo.

Lo primero que noté al desempacar fue que tenía más ropa de mujer que de hombre. No era una sorpresa: era una constatación. Corpiños, tangas, vedetinas, calzas ajustadas, algún camisolín de seda que había comprado en un arrebato de libertad provisional y terminado en el fondo de una caja de cartón. Los había donado más de una vez en momentos de culpa, en esos instantes en que uno decide ser otra persona y llena una bolsa con todo lo que no le encaja en la nueva versión de sí mismo. Siempre volvían. Renovados, multiplicados, un poco mejores que los anteriores.

Era delgado, alto, con las caderas más marcadas de lo que cualquier pantalón de hombre podía disimular. Me depilaba casi todo el cuerpo desde hacía bastante tiempo: primero con incomodidad, después con la misma naturalidad con que uno se corta las uñas. Cuando me ponía un conjunto de encaje frente al espejo nuevo del baño, lo que veía no me generaba confusión. Sentía algo mucho más tranquilo y mucho más mío: me gustaba lo que había ahí.

Habían sido cuatro años de terapia los que me llevaron hasta esa quietud. Cuatro años hablando de deseo, de identidad, de la diferencia entre lo que uno hace y lo que uno es. Yo no quería ser mujer. Eso lo tenía claro desde siempre, sin que me costara nada tenerlo claro. Lo que quería era la textura del encaje contra la piel, salir a trabajar con una tanga debajo de los pantalones y llevar ese secreto sin que me pesara. Lo que quería era poder estar con una mujer un martes y con un hombre un jueves, y no tener que elegir, y no tener que explicarlo a nadie que no lo pidiera.

Un compañero me había dicho una vez, con la mejor intención del mundo, que le resultaba raro «eso de disfrazarse».

—No me disfrazo —le respondí—. No quiero ser otra cosa. Solo me gusta esta ropa. Y me gusta que me la arranquen.

Él asintió con cara de no entender nada. No importó.

***

El pasillo del edificio nuevo tenía cuatro departamentos. Primero el de una señora de unos setenta años que siempre tenía la radio puesta y saludaba con la puerta entreabierta, sin terminar de abrirla del todo. Después el mío. Después el de un hombre solo, cincuentón, al que cruzaba de vez en cuando en la escalera y con quien intercambiaba poco más que un gesto. Y al fondo, el de una mujer con su hija ya grande que usaban la máquina de lavar a horas imposibles.

La primera noche que salí fue un martes. Me puse un corpiño de encaje negro, una tanga a juego, calzas que me llegaban a la cintura y una remera con el cuello ancho que se caía levemente sobre un hombro. Sin peluca, sin maquillaje, sin nada especial. Solo yo con esa ropa y el corazón latiendo un poco más rápido de lo habitual cuando puse la mano sobre la manija de la puerta de calle.

Era la una de la mañana.

Salí.

La noche estaba quieta y el barrio olía a asfalto húmedo. Llegué hasta la esquina y volví. Después hasta la otra esquina, y volví. Después di la vuelta a la manzana entera, con pasos lentos, sintiendo el aire frío en el escote y las miradas de los pocos que andaban a esa hora. Nadie me dijo nada. Un chico con auriculares me cruzó sin levantar los ojos. Un hombre mayor con un perro pequeño me dedicó un vistazo largo desde la vereda de enfrente, pero siguió caminando.

Volví a casa sin sacarme la ropa. Me acosté en la cama con la remera puesta, la tanga en su lugar, y dormí de un tirón hasta las nueve de la mañana. No recordaba haber dormido así en meses.

***

Las salidas nocturnas se convirtieron en hábito. Dos o tres veces por semana, a partir de medianoche, yo y ese barrio que todavía no terminaba de conocerme. Había algo adictivo en la combinación: la calle silenciosa, la ropa, la posibilidad siempre presente de cruzarme con alguien que mirara de una manera determinada. Me cruzaba con paseadores de perros, con chicos que volvían de algún lado, con gente que fumaba en los umbrales. Nadie me decía nada que valiera la pena recordar.

Fue un jueves cuando vi al tipo parado en la esquina. No encajaba: no tenía perro, no miraba el celular, no esperaba el colectivo. Estaba parado con las manos en los bolsillos y me miraba venir desde que yo salí del pasillo. Tendría unos treinta años, quizás un poco más. Pelo oscuro, mandíbula marcada, una remera de mangas largas que parecía de otra estación.

Pasé a su lado y lo saludé con la cabeza.

Seguí caminando.

A los veinte metros escuché sus pasos detrás de los míos.

Frené. Me di vuelta despacio.

—Buenas —dije.

—Buenas noches —respondió, y se acercó sin apuro—. Lindo barrio para caminar a esta hora.

—Sí. ¿Vivís por acá?

—A una cuadra y media. Con mi vieja todavía. —Hizo un gesto hacia el sur—. Tenía insomnio.

—Yo también salgo cuando no puedo dormir —dije, aunque no era exactamente cierto.

—¿Siempre salís así? —preguntó, y bajó los ojos un momento a las calzas, a lo que se marcaba debajo de la remera.

—Cuando me da la gana —respondí.

Sonrió. Era una sonrisa tranquila, de alguien que no se sorprende fácil.

Hubo un silencio que no era incómodo. Era el tipo de silencio que antecede a una pregunta que los dos ya saben cómo termina.

—¿Querés pasar a tomar algo? —pregunté.

—Dale —dijo, sin dudarlo—. Aunque no vine hasta acá para tomar nada.

—Mejor —le dije—. Yo tampoco te invité para eso.

***

Caminamos los dos hasta mi puerta. Él iba un paso atrás. En el pasillo, antes de que yo sacara las llaves, sentí su mano abierta sobre mi cadera, apenas apoyada, como probando el peso de lo que estaba a punto de pasar. Después la bajó. Me apretó el culo por encima de las calzas, con la palma entera, midiéndolo. No lo aparté. Caminé más despacio y sentí cómo se le endurecía la respiración detrás de mí.

Adentro del departamento encendí solo la luz del baño. Quedó todo en penumbra, que era lo que quería. Me di vuelta y él ya estaba cerca, sin esperar ninguna invitación formal. Me tomó de la cintura y me apoyó contra la pared del hall de entrada. Me besó en la boca con la lengua entera, sin preguntar, y bajó una mano por el cuello, por adentro de la remera, hasta encontrarme el corpiño. Tironeó de la copa hacia abajo para pellizcarme el pezón con dos dedos, y cuando le solté un gemido en la boca me lo apretó más fuerte.

—Mirá vos —dijo bajito—. Tenés tetitas duras debajo del corpiño.

—Y tengo más cosas —le respondí.

Le llevé la mano hasta el bulto de las calzas. Ya la tenía dura por debajo. Él sonrió con la boca pegada a la mía y me apretó ahí también, con la misma palma con la que había medido el culo. Me metió los dedos por adentro del elástico de las calzas y de la tanga, y me la agarró con la mano tibia, directo, sin ropa de por medio.

—Arrodillate —me dijo al oído.

Me arrodillé.

Le abrí el cierre con las dos manos y le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón hasta las rodillas. La tenía gruesa, corta más que larga, con la cabeza colorada y una gota transparente en la punta. Se la agarré por la base con la mano izquierda, saqué la lengua y le limpié esa gota primero, despacio, mirándolo desde abajo mientras se la lamía. Él dejó caer la cabeza contra la pared con los ojos entrecerrados.

Después me la metí en la boca. Toda de una. La sentí golpearme el fondo de la garganta y me quedé ahí un segundo, con los ojos empezando a llorarme, respirando por la nariz contra el olor a piel y a jabón barato del vecino. La saqué despacio, con los labios apretados alrededor, y volví a bajar. Y otra vez. La chupé como se chupa una polla en serio, con saliva de sobra, con las mejillas hundidas, dejando que el ruido se escuchara en todo el pasillo del departamento. Le pasé la lengua por debajo, por la vena gruesa que le corría a lo largo, y después le atendí las bolas: se las metí en la boca de a una, se las lamí despacio, sin dejar de manejarle el tallo con la mano.

—La puta madre —dijo—. Chupás mejor que cualquier mina que conocí.

Le clavé los ojos desde abajo y le sonreí con la boca llena. Se la volví a hundir hasta la base. Le agarré el culo con las dos manos y lo tiré hacia mí, para que me la garchara la boca al ritmo que él quisiera. Me la garchó. Me la clavó de la garganta a los labios, agarrándome de la nuca con una mano y del pelo con la otra, y yo lo dejé hacer, saliva chorreándome por la pera, respirando entre embestida y embestida.

—Para —dijo en algún momento, con la voz ronca—. Para que me voy a acabar y quiero más.

Me levanté con la boca hinchada. Le tomé la mano y lo llevé a la cama tirándole del brazo, todavía con los pantalones en las rodillas, riéndose los dos como dos idiotas. Le terminé de sacar el pantalón y el bóxer y lo miré un momento antes de inclinarme de nuevo, porque ese momento previo me gusta: cuando los dos saben lo que viene y nadie lo apura.

Volví a lamérsela un rato más, pero esta vez sin apuro, jugando con la punta, dándole besitos por los costados. Él me sacó la remera por la cabeza. Me dejó el corpiño puesto pero me lo empujó abajo del pecho, así se me marcaban los pezones por encima del encaje negro. Me bajó las calzas hasta las rodillas y me palmeó el culo dos veces, fuerte, con la mano abierta.

—Date vuelta —me dijo—. Ponete en cuatro.

Me puse en cuatro sobre el colchón. Sentí cómo se le acomodaba detrás de mí, cómo me corría la tanga hacia un lado con cuidado, casi con delicadeza, como si quisiera preservarla para las próximas noches. Después sentí su lengua. Me la pasó de abajo hacia arriba, entera y caliente, por todo el surco. Me abrió las nalgas con las dos manos y me comió el culo con ganas, con la lengua puntiaguda metida bien adentro, haciéndome círculos, chupándome como si fuera un coño. Yo me apretaba la cara contra la almohada para no gritar y le agarraba la sábana con los puños.

—Estás mojado por todos lados —dijo, casi para él mismo—. Mirá cómo te derretís.

Me metió un dedo. Y después dos. Los movió despacio hasta que me acostumbré, y después ya no tan despacio. Cuando me sintió abierto, escupió sobre la mano y se la pasó por la polla. La apoyó contra mí y empujó apenas, sin entrar, midiendo.

—Meté —le dije—. Meté todo.

Entró despacio al principio. Me abrió con una sola embestida larga que me llegó hasta la boca del estómago, y yo mordí la almohada para no aullar. Se quedó ahí quieto un segundo, hasta el fondo, dejando que lo sintiera todo. Después ya no tan despacio. Tenía las manos firmes sobre mis caderas y yo me moví para encontrarlo, para darle el ángulo que buscaba, para que no tuviera que trabajar tanto. Empezó a cogerme en serio, con el cuerpo tirado sobre el mío, la boca contra mi nuca, mordiéndome el hombro.

—Qué bien la tenés —me dijo entre embestida y embestida—. Qué culo de puta que tenés, la reputa madre.

—Decímelo —le contesté—. Decime más.

—Sos una puta. Sos mi putita. Mirate, te encanta que te cojan así.

—Me encanta —le dije, apretando el culo alrededor de él—. Cogeme más fuerte.

Me cogió más fuerte. Me tomó del pelo con una mano y me tiró la cabeza para atrás, arqueándome, y me la clavó hasta el fondo con embestidas secas que hacían sonar la cama contra la pared del vecino de al lado. La otra mano me buscó adelante, por debajo de la tanga corrida, y me agarró la polla y me empezó a hacer una paja al ritmo que él me la metía. No duré mucho así. Me corrí sobre las sábanas y sobre su mano, con espasmos largos que me apretaron alrededor de él y le hicieron perder el ritmo.

—Ahí voy, ahí voy —me dijo pegado a la oreja—. ¿Adentro?

—Adentro —le dije—. Llenámelo todo.

Se corrió dando dos o tres embestidas más, cada vez más profundas, y sentí cómo se le sacudía la polla mientras me vaciaba el semen caliente adentro. Se quedó quieto un segundo, apoyado sobre mi espalda, respirando en mi nuca, y después se dejó caer de lado junto a mí. Cuando se salió me quedó todo chorreando por adentro de los muslos, mezclado con lo mío en la sábana.

—Sos increíble —dijo.

—Gracias —respondí—. Podés volver cuando quieras.

—Voy a volver seguido.

No fue tan seguido. Lo vi tres veces más en el año que duré en ese departamento. Pero sí se ocupó, con bastante generosidad, de contarle a medio barrio que yo salía de noche con ropa de mujer y que en la cama era una cerda. No me molestó en absoluto. En todo caso, me facilitó las cosas.

***

El segundo fue un chico más joven, veintipocos, que no esperó a que yo diera el primer paso: me preguntó directamente si quería acompañarlo a su casa. Le dije que sí. Vivía a cuatro cuadras, en un segundo piso con el techo bajo y ruido de tránsito filtrándose por la ventana. No hablamos mucho. No hacía falta. Apenas cerró la puerta ya me tenía contra ella, con la mano metida por dentro de las calzas, apretándome el culo con los dedos separando, como si necesitara comprobar que era verdad lo que tenía enfrente.

Me arrodillé ahí mismo, en la entrada. Se la saqué con las dos manos y se la chupé sin preámbulo, hasta el fondo, tragándomela entera. La tenía más flaca que el primero pero más larga, con curva hacia arriba. Le hice terminar la primera vez en la boca, después de veinte minutos de mamada lenta. Se corrió con dos empujes en la garganta y yo me tragué todo, sin escupir una gota, y le lamí la punta cuando terminó para dejársela limpia.

Después me llevó a la cama y me cogió una segunda vez, más despacio, más tomándose su tiempo. Me puso boca arriba, con las piernas contra su pecho, y me la metió mirándome a los ojos. Me hizo acabar así, con él adentro y una mano suya trabajándome la polla, y se corrió por segunda vez al minuto siguiente, adentro también. Había algo cómodo en eso, en la eficiencia de los dos que saben exactamente para qué están ahí.

El tercero fue diferente. El tercero fue el vecino.

Un sábado a la mañana decidí tomar sol en el pequeño patio que tenía la ventana de la cocina. Me puse solo una tanga y me quedé ahí recostado, con los auriculares y los ojos cerrados, sin pensar en nada en particular. No sé cuánto tiempo llevaba cuando escuché movimiento del otro lado de la pared baja que separaba nuestros patios. Lo saludé sin quitarme los auriculares. Me saludó. Sentí que se quedaba parado ahí más tiempo del necesario, mirando cómo me daba el sol en el culo por encima del elástico de la tanga.

Esa tarde, mientras yo leía en el sillón con un camisolín largo encima, tocó a mi puerta. La excusa era bastante transparente, algo sobre si tenía un cargador que le prestara, pero ninguno de los dos se molestó en hacerla pasar por verdadera.

Entró. Vio el camisolín. No dijo nada sobre eso, pero le vi los ojos donde iban.

Se sentó en el sillón de enfrente. Estuvimos hablando media hora de cualquier cosa: el edificio, los precios del barrio, si había algún lugar bueno para comer cerca. Pero mientras hablábamos había otra conversación, la de los silencios, la de cuándo uno deja caer la mirada y tarda un poco más de lo necesario en levantarla.

Cuando se levantó para irse, no se fue. Se acercó en cambio, me tomó la cara con las dos manos y me besó despacio, como si hubiera estado pensando en eso desde el sábado a la mañana en el patio. Probablemente sí. Me besó largo, con la lengua adentro de la boca, y con una mano me fue subiendo el camisolín por el muslo hasta la cadera. No tenía nada abajo. Cuando su mano me encontró desnudo, hizo un ruido sordo contra mi boca.

—Estás sin nada —dijo.

—Estaba esperando —le contesté.

Me arrodillé ahí mismo, en el living, y le abrí el pantalón. Se la saqué y la tuve en la boca durante mucho tiempo, más que a ninguno de los anteriores, porque con él había algo distinto: no era un desconocido sino alguien que iba a estar al otro lado de mi pared todas las noches. Eso cambiaba la textura de todo. Lo hice con calma, sin apuro, dejando que se construyera. Se la mamé sentado él en el sillón y yo entre sus piernas, con las manos apoyadas en sus muslos, mirándolo desde abajo entre chupada y chupada. Le lamí las bolas una por una. Le pasé la lengua por el perineo y lo escuché soltar un gemido bajo que no se esperaba a sí mismo. Volví a la polla y me la metí hasta el fondo, quedándome ahí, con la nariz apretada contra su pubis, hasta que las lágrimas me nublaron los ojos.

—Vení para acá —me dijo, tirándome del brazo.

Me subí a horcajadas encima de él, con el camisolín levantado hasta la cintura. Él me escupió en la mano, se la pasó por la punta y me acomodó la cabeza contra mí. Bajé despacio, sintiéndolo entrar de a poco, respirando por la boca. Cuando la tuve toda adentro me quedé quieto un segundo, agarrado a sus hombros, con la frente contra su frente.

—Moveme vos —le dije.

Y me movió. Me agarró de las caderas con las dos manos y me empezó a subir y bajar sobre su polla, primero despacio, midiendo. Después me cogió más rápido, empujando desde abajo cada vez que yo bajaba, para clavármela hasta el fondo. Me chupó los pezones por encima del camisolín, mordiéndolos por arriba de la tela, y me hizo terminar así, sentado sobre él, con mi polla apretada entre los dos cuerpos, corriéndome sobre su camisa sin que me la tocara.

Él aguantó un poco más. Me dio vuelta contra el respaldo del sillón, me apoyó las manos ahí y me la clavó desde atrás, de pie él, con el pantalón todavía en las rodillas. Me cogió así hasta acabarse, cada vez más despacio y más profundo, hasta que se corrió pegado a mí, mordiéndome el hombro por debajo del camisolín.

Se quedó a dormir. A la mañana siguiente se fue a trabajar desde mi puerta, con las llaves en la mano y una expresión de alguien que tiene algo nuevo en la cabeza.

Después de eso las cosas entre nosotros fueron rotando con naturalidad. A veces era yo quien lo tenía a él, a veces era al revés. Aprendí que le gustaba que se la chuparan largo antes de coger, que le gustaba mirarme la cara cuando me la metía, que se corría más fuerte cuando yo le hablaba sucio al oído. Él aprendió que a mí me gustaba que me agarraran del pelo, que me hablaran, que me tiraran boca abajo y me cogieran sin muchos preámbulos cuando llegaba de la calle con la ropa de la noche. No hubo conversación al respecto, no hubo acuerdos ni definiciones. Solo aprendimos los gustos del otro con la misma calma con que uno aprende los horarios de alguien que vive cerca.

***

En ese año en el departamento pequeño, la circulación de hombres fue constante. Cuatro o cinco por semana en los momentos de mayor actividad, a veces dos en la misma tarde pero en horarios que no se solapaban. Nunca dejé de estar con mujeres: me gustan, me siguen gustando, y cuando había alguna en mi vida le daba todo lo que tenía para dar.

Pero lo que aprendí en ese barrio fue que había algo en mí que ya no iba a pausar más. No porque no pudiera, sino porque había tardado demasiado en dejar de hacerlo, y la diferencia entre antes y después era demasiado grande como para volver atrás.

Salía de noche con ropa de mujer y volvía a casa con alguien. A veces. No siempre. Pero las noches que volvía solo también eran buenas: el pasillo, la puerta, el baño en penumbra, yo en el espejo con esa ropa que nunca debí haber donado, la mano metida por adentro de la tanga terminando lo que la calle no me había querido dar esa noche.

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Comentarios(8)

Lucho_BA

Dios mio que relato, no pude parar hasta el final!!! Muy muy bueno

NochesR

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas jaja

Sombra_Lect

Me recordo a una situacion muy parecida que viví hace años. Demasiado real esto, buen trabajo

DiegoVillalba

excelente!! de los mejores que lei aca en mucho tiempo

SergioPMadrid

Lo que mas me gusto es la tension que se va construyendo, se siente en cada parrafo. Sigue asi que esto vale la pena

GatoNoc88

Y despues que paso con el vecino?? jajaja me quede con la duda

MiradorFiel

Buenisimo, no me esperaba este giro. Saludos desde España!

NocheEnVela

Increible relato, la atmosfera nocturna estuvo muy bien lograda. Mas por favor!

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