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Relatos Ardientes

Me escribió por mi blog y llegó al campo en muletas

Después de un año largo en un departamento angosto que nunca llegué a sentir mío, empecé mi vida de mudanzas. Alquilaba, me acomodaba, me quedaba uno o dos años y luego volvía a buscar. A veces pensaba que esa inestabilidad tenía que ver con salir de noche vestido con ropa de mujer; en algunos barrios la gente presta atención, y yo prefería no tener que dar explicaciones a los vecinos. Hubo una sola casa donde llegué a quedarme cuatro años, y hoy todavía no sé bien por qué.

La mudanza que más recuerdo fue la que me llevó a un campo en las afueras. Un conocido de la familia lo tenía desocupado y me lo ofreció por un precio razonable. Armé los bolsos, cargué el auto y me fui. Mis hijos venían casi todos los fines de semana; les encantaba el espacio abierto, el silencio, el ritmo distinto de esas mañanas. Pensé que vivir tan lejos iba a complicar el sexo, y en parte fue así: los hombres que venían lo hacían con más calma, con más tiempo. Seguí yendo al sauna tres o cuatro veces por semana, y entre eso y mis visitas ocasionales, el ritmo se mantuvo.

Lo que cambió para bien fue la libertad. En el campo podía vestirme con ropa femenina desde que me levantaba hasta que me acostaba, y nadie tocaba el timbre a deshora ni me cruzaba en el pasillo. Salía a caminar por los senderos con calzas negras y una blusa liviana, y el único que me miraba era algún pájaro perdido entre los árboles. Empecé a comprar ropa con más cuidado, buscando modelos que me quedaran bien en serio, no al voleo. Tenía pasados los cuarenta y cinco y no quería vestirme como una adolescente, pero tampoco quería seguir ocultando lo que era.

El estilo que más me gustaba eran las polleras rectas y los vestidos de corte sencillo. Pero la falta de cintura me llevaba hacia las calzas y los pantalones de tiro alto, que me marcaban bien las caderas y hacían que el conjunto tuviera sentido. La ropa interior masculina fue quedando relegada a un cajón que abría cada vez menos. En su lugar: lencería de distintos tipos, sostenes suaves para los días sin planes, prendas más elaboradas para cuando esperaba visita. En invierno, medias de mujer debajo del pantalón, como un pequeño ritual privado que nadie necesitaba ver.

Por esa época abrí un blog. Subía fotos y escribía sobre mis experiencias, sin demasiados detalles comprometedores pero con la honestidad suficiente como para que quien quisiera entender, entendiera. No esperaba gran cosa de eso; era más un diario que una vitrina. Pero empezaron a escribirme. Mensajes vacíos, curiosos ocasionales, algunos que terminaron en encuentros reales. Y después llegó el correo de Martín.

Escribía con nombre y apellido completo desde una dirección de trabajo, lo cual ya era inusual. Decía que había visto mis fotos, que le habían gustado mucho, que le interesaría ponerse en contacto «si no era molestia». Le respondí, le di mi número, y la charla migró a mensajes de texto. Era directo pero no maleducado. Me dijo que vivía a hora y media en auto, que tenía disponibilidad los sábados a la mañana, y que si me parecía bien podía venir el fin de semana siguiente. Le dije que sí sin terminar de creer que aparecería.

Apareció.

Llegó puntual, como había prometido. Yo lo esperaba en el portón de madera, con un short ajustado que me marcaba bien los glúteos y una remera escotada que dejaba adivinar el corpiño. Cuando vi el auto frenar frente al campo, me puse derecha y esperé.

La puerta se abrió y lo primero que vi fueron las muletas.

Martín bajó del auto apoyándose en ellas con una naturalidad que indicaba que llevaba años haciéndolo. Me miró mientras se acomodaba. Debió haber visto algo en mi cara, porque habló antes de que yo pudiera reaccionar:

—¿Es un problema? —preguntó con calma.

—No —respondí, y lo decía en serio—. Me sorprendí. No lo habías mencionado.

—Si querés me voy. —Se detuvo un segundo con la puerta del auto todavía abierta, como si la oferta fuera genuina.

—Bajá, por favor.

Caminó hacia la casa con paso regular, las muletas haciendo un sonido rítmico sobre la tierra seca. Yo iba delante pensando en cómo estaba distribuida la casa, en si algún escalón iba a complicar las cosas, en cómo se organizaría lo que habíamos acordado sin terminar de decirlo del todo.

Entramos. Se sentó a la mesa. Le ofrecí algo fresco y charlamos un rato mientras yo le servía un vaso de limonada fría. Hablaba tranquilo, sin nervios visibles, como si llegara a un lugar que ya conocía. Cuando terminé de servirle, me quedé de pie cerca de su silla. Me moví despacio, me arrodillé frente a él, y abrí su bragueta.

Lo saqué con cuidado del calzoncillo y me lo encontré casi duro, gordo, pesado en la mano. Lo agarré por la base y lo miré un segundo antes de metérmelo en la boca. Tenía la piel tibia, el glande brillante, y una gota transparente asomando en la punta que lamí antes de tragármelo entero. Empecé despacio, apenas los primeros centímetros, mojándolo bien con la lengua, cubriéndole la cabeza con los labios apretados. Después bajé más, hasta que sentí la verga tocarme el fondo de la garganta. Me quedé ahí unos segundos, respirando por la nariz, tragando saliva alrededor de la polla para que él sintiera cómo se le apretaba todo.

Lo escuché exhalar largo y lento. Empecé a chuparle con ritmo, subiendo y bajando la cabeza, con la mano acompañando lo que no me entraba en la boca. Cada tanto se la sacaba y le pasaba la lengua desde los huevos hasta la punta, chupándole la bolsa entera de un lado, después del otro. Volvía a metérmela hasta el fondo y le hacía ruiditos con la garganta, esos gorgoteos que a los tipos les vuelan la cabeza. Se me caía la baba por la barbilla, le mojaba los huevos, y él tenía los muslos duros como piedra debajo de mí.

—Sos impresionante —dijo en voz baja, con la voz tomada—. Vamos a la cama.

Me levanté con la boca todavía húmeda. Él se levantó también, sin ayuda, aunque se lo ofrecí. «Puedo solo», dijo con amabilidad pero sin dudarlo. Caminamos los pocos metros hasta el dormitorio.

Me saqué la remera, el corpiño y el short. Me quedé en tanga y con las medias de red hasta el muslo, porque sabía que iba a mirarme así. Él se desnudaba sentado al borde de la cama, sin apuro, con los movimientos de quien conoce bien sus tiempos. Lo miré sin apartar la vista. Tenía el torso hundido en un costado, las caderas ligeramente asimétricas, las piernas con la textura particular de quien no las usa de la misma manera que el resto. Un cuerpo que contaba una historia diferente, sin ocultarla. La polla, en cambio, estaba parada como un mástil: larga, gruesa, con la cabeza inflada y una vena marcada de arriba abajo. Se me hizo agua la boca de nuevo.

Me acosté a su lado y volví a agarrársela con la mano. Lo besé en la boca, con lengua, sin cerrarla, y él me devolvió el beso mientras me manoseaba la espalda, me apretaba las nalgas, me metía un dedo por debajo de la tanga. Me la fue corriendo despacio, me sacó la tela del medio y me pasó la yema por el ojete, apenas rozándolo, en círculos. Se me escapó un gemido contra su boca.

Bajé por su cuerpo mordisqueándole el pecho, la panza, hasta volver a tenerla entre los labios. Le chupé la polla otra vez, ahora más despacio, con más babas, mirándolo a los ojos. Él me agarraba la nuca sin apretar, marcándome apenas el ritmo. Cuando lo sentí a punto, la solté con un beso en la punta y agarré el lubricante de la mesa de luz.

Me puse un buen chorro en los dedos y me llevé la mano atrás. Me metí uno primero, hasta el fondo, girándolo despacio para abrirme. Después dos. Me arqueé un poco, respirando por la boca, mientras él me miraba con la mano en la verga, acariciándosela lento para no correrse antes de tiempo. Le tiré el pomo. Se untó bien la polla, de la base a la punta, y quedó brillando.

Me trepé arriba de él a horcajadas. Le agarré la verga con una mano, la apoyé contra mi entrada y empecé a bajar. Al principio apenas la cabeza, sintiendo cómo el aro se me abría alrededor de esa punta gorda. Aguanté ahí un segundo, respirando, y después seguí bajando de a poco, centímetro a centímetro, hasta que la sentí entera adentro, tocándome donde tenía que tocar. Apoyé las palmas en su pecho para equilibrarme. Me miró desde abajo con los ojos entornados.

—Así —dijo—. Justo así. Cabalgame.

Empecé a moverme. Primero apenas, subiendo unos centímetros y volviendo a bajar, acostumbrándome a tenerla adentro. Después más. Le agarré el ritmo enseguida y me puse a rebotar sobre su verga, sintiéndola entrar y salir, golpeándome en el fondo cada vez que me sentaba a fondo. Buscaba el ángulo que me hacía sentir más, el que me tocaba adentro y me hacía apretar los dientes. Lo encontré pronto. Cuando lo encontré, ya no lo solté.

—Puta madre —le dije, sin voz—, qué bien la ponés.

—Movela —contestó él, agarrándome de la cintura—. Movela para mí.

Me movía más rápido, apoyándome bien en su pecho, con la polla mía dura y goteando entre los dos. Él tenía una mano en mi cadera, apretándome fuerte, y la otra me subió a la teta, me pellizcó el pezón, me lo retorció apenas. Yo gemía cada vez más alto, sin ningún pudor, en el medio del campo donde nadie iba a escucharme. La cama crujía con cada bajada. Mis huevos le golpeaban la panza. Sentía la verga hincharse todavía más adentro mío, latiendo, y yo la apretaba a propósito, cerrando el culo alrededor de él para que no se le olvidara dónde estaba metida.

Estuvimos así un rato largo, cambiando el ritmo, sin apuro. A veces frenaba con la polla hasta el fondo y hacía círculos con la cadera, machacándome contra su pelvis. Otras me levantaba casi hasta sacársela y volvía a caer de golpe, todo el peso encima, con un gemido gutural que me salía sin que lo pensara. Le agarré la mano y me la llevé a la boca; le chupé dos dedos, se los mojé bien y le guie la otra mano a mi verga. Él me agarró y empezó a hacerme la paja al ritmo que yo lo cabalgaba.

Después me corrí hacia un costado, con la polla saliéndoseme del culo y un hilo de lubricante escurriendo. Lo giré boca abajo con cuidado y lo acomodé sobre los almohadones, dejando el culo bien arriba. Le separé los glúteos con las dos manos. Tenía el ojete rosado, apretado, con vellos rubios alrededor. Me tiré encima y empecé a lamérselo. Le pasé la lengua ancha primero, de abajo hacia arriba, mojándolo entero. Después me concentré en el hoyo: se lo chupé como si fuera un caramelo, punteándolo, apretándolo con los labios, metiéndole la lengua bien dura adentro.

Gemía en voz alta, sin ningún pudor, con la cara en la almohada.

—No pares —me decía—. No pares, la puta madre, no pares.

Lo abría con los pulgares y le metía la lengua más profundo, escupiendo dentro, lamiéndole hasta los huevos por atrás. Le mordí una nalga, apenas. Le mojé todo con saliva y le metí un dedo mientras seguía chupándole el borde. Sentí cómo se le contraía, cómo empujaba el culo contra mi boca buscando más.

Cuando lo giré de nuevo boca arriba, estaba al límite. La polla le rebotaba contra la panza, roja, tirante, con la punta empapada. Me la llevé a la boca sin preguntar, la agarré con la mano por la base y empecé a chupársela rápido, con la garganta, sin darle respiro. Él me agarró la cabeza con las dos manos y me marcó el ritmo, empujándome hacia abajo cada vez que subía. En pocos movimientos se corrió. Abundante, con fuerza, sin avisar. El primer chorro me pegó contra el paladar; los siguientes me llenaron la boca hasta que se me escapó por las comisuras. Recibí todo sin moverme, tragué lo que pude, y después le pasé la lengua por la punta hasta dejársela limpia.

Cuando terminó, quiso devolverme el favor. Se lo agradecí, pero ese día preferí dejarlo así. Ya me había corrido yo también mientras lo cabalgaba, sin tocarme casi, y tenía la panza pegoteada contra su cadera.

—La próxima —dijo, todavía respirando fuerte—. Y también quiero que me la pongas, si sos activo.

—Sin problema —respondí—. Hoy no era el momento.

—¿Va a haber una próxima vez?

—Depende de vos.

Se duchó solo, se vistió con la misma tranquilidad con que se había desnudado, tomó las muletas y caminó hacia la puerta. Lo acompañé hasta el portón. Nos despedimos con un apretón de manos que duró dos segundos más de lo necesario.

Volvió al mes siguiente. Y al otro. Y al otro. Durante tres años, Martín apareció en el portón una vez por mes, con la puntualidad de un compromiso laboral. Con el tiempo dejamos de necesitar muchas palabras para acordar lo que íbamos a hacer. Él a veces traía algo de comer, otras veces llegaba justo, y siempre se quedaba las horas justas. La dinámica se fue ajustando sola: algunas mañanas me lo cogía yo, poniéndoselo hasta el fondo mientras él me pedía más con la cara contra la almohada; otras me tocaba a mí abrirme de piernas y recibírsela hasta que me llenaba el culo de leche. Siempre sin apuro y sin preguntas que sobraran.

***

El campo siguió siendo ese espacio que yo no tenía en ningún otro lado: el lugar donde podía ser exactamente quien quería ser, con la ropa que quería usar, a cualquier hora. Recibí otros hombres durante ese año. Nunca menos de tres por semana. Pero lo que más disfrutaba era la mañana de los martes, cuando los chicos estaban en el colegio y yo salía a caminar por los senderos con las calzas, la blusa y las medias de red, sin que nadie me mirara raro ni yo tuviera que explicar nada.

Al cabo de casi un año decidí volver a la ciudad. No fue por una razón concreta. Era más una sensación acumulada: el campo me había dado la paz que necesitaba, pero esa paz empezaba a parecerse demasiado al encierro. Me estaba quedando cada vez más adentro cuando antes me gustaba salir. Necesitaba movimiento, gente, la adrenalina que da caminar de noche por un barrio desconocido.

Encontré un departamento céntrico y luminoso. Amplio, con tres cuerpos de ropero: dos para ropa femenina, uno para lo poco que quedaba de ropa de varón. Los cajones, repletos de lencería de todo tipo. En la mesa de luz, lo único masculino que conservé: ropa interior de algodón para los días sin planes.

En la ciudad el ritmo volvió a subir. Alguna mujer también se quedó a dormir de vez en cuando. A ellas siempre les avisaba de antemano cómo era mi vida en casa; algunas se iban, a otras les generaba cierta curiosidad que no terminaban de disimular. A los hombres, en cambio, la lencería los ponía duros apenas cruzaban la puerta: me manoseaban por encima de la bombacha antes de saludarme, me metían la mano por dentro del corpiño, me hacían arrodillar en el pasillo a mamársela con el saco todavía puesto. Llegué a tener tres visitas distintas en el lapso de dos horas un sábado de invierno: uno atrás del otro, con el culo lubricado y la boca sin cerrarse, recibiendo tres corridas seguidas sin levantarme de la cama.

Martín siguió viniendo. Ya no al campo, ahora hasta la ciudad. Igual de puntual, igual de directo. Nunca supe su historia completa, ni me hizo falta. Había aprendido que lo que importaba no era lo que cada uno traía consigo al entrar por la puerta, sino lo que pasaba cuando estábamos en la misma habitación y ya no quedaba nada que decir.

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Comentarios(8)

NicoLector

Que buenisimo!!! me tiene enganchado desde el primer parrafo. Sigue escribiendo

Ramiro_cba

Necesito la segunda parte ya, no puede terminar asi jajaja. Muy bueno

GabrielNocturno

Lo de las muletas me dejo intrigado desde el titulo mismo, y cuando entendi el contexto todo cerro perfecto. Muy bien narrado.

MatiasF_87

Me recordó algo que viví hace años, conectar con alguien de esa manera tan imprevista. Estos relatos me gustan porque no son todos iguales.

Lector4990

excelente!!

Carla_norte

La ambientacion en el campo le da algo especial al relato, muy distinto a lo tipico. Me gusto mucho.

PedroBsAs

Esperando la continuacion, como termina esto??? jaja

NocheNomade

Lo leí de un tiron, no pude parar. Muy bueno, espero que haya mas.

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