El matón del barrio guardaba un secreto
Llevaba casi un año viviendo en ese barrio cuando todo cambió. Me había mudado con Natalia, que tenía cinco años más que yo y había heredado un departamento de su tía en esa zona de la ciudad. No era un barrio peligroso en sentido estricto, pero tampoco era tranquilo: familias trabajadoras, comerciantes que conocían tu nombre, y también había tipos como El Rulo.
El Rulo era inevitable en ese barrio. Trapicheo menor, siempre con una cadenita al cuello y dos o tres chicos siguiéndolo a todos lados. Lo que más se comentaba entre los vecinos, en voz baja y con cierta mezcla de escándalo y fascinación, era que ninguna mujer del barrio que hubiera estado con él había salido sin ganas de repetir. Se hablaba de él como si fuera un fenómeno de la naturaleza: algo que no se podía controlar y que dejaba marca. Se decía que tenía la polla más gruesa del barrio y que sabía usarla, que cogía duro y largo, que dejaba a las minas caminando raro dos días. Yo lo saludaba cuando me lo cruzaba en la escalera o en el almacén. Nada más. Hasta esa tarde.
El mensaje llegó a las seis y veinte, desde un número que no tenía registrado. Decía únicamente: «Yo en tu lugar volvería a casa ahora». Lo leí dos veces, después tres. Estaba en un bar a unas quince cuadras del departamento, tomando algo con un compañero del trabajo. Pagué lo que había pedido sin terminar el vaso, le dije que tenía que resolver algo urgente y salí al estacionamiento donde había dejado la moto.
Apagué el motor a media cuadra. Empujé la moto hasta la esquina y la dejé recostada contra la reja de un local cerrado. Entré al edificio por la puerta trasera, que siempre quedaba trabada con la misma llave que nadie cambiaba. Subí las escaleras pegado a la pared izquierda, donde la madera vieja no crujía tanto. Sabía exactamente en qué escalón apoyar el pie para no hacer ruido: llevaba casi un año viviendo ahí y los pisos te enseñaban a escucharlos si prestabas atención.
El pasillo del segundo piso estaba en silencio, salvo por lo que venía del fondo del departamento. La puerta principal no estaba cerrada del todo. Desde adentro llegaban voces y algo más: quejidos bajos, intermitentes, el sonido inequívoco de carne golpeando contra carne, el chapoteo húmedo de un coño mojado tragando una verga hasta el fondo, el tipo de sonidos que uno reconoce sin querer reconocerlos.
Empujé la puerta con la punta del pie. La sala estaba en penumbras, la última luz de la tarde entraba por la ventana del fondo. La puerta del dormitorio estaba abierta, y lo que vi desde el umbral me detuvo durante varios segundos.
Natalia estaba de pie, apoyada en la cómoda de madera, con las manos sobre el espejo y la cara de costado. Tenía la remera subida hasta el cuello, las tetas colgando y balanceándose con cada embestida, los pezones duros y oscuros rozando la madera. La pollera estaba arrugada en la cintura y las bombachas colgaban de un tobillo. El Rulo estaba detrás de ella, los pantalones en los muslos, con una mano abriéndole una nalga y la otra clavada en la cadera. Le entraba y le salía con un ritmo lento y profundo, la verga entera brillando de flujo cada vez que se retiraba antes de volver a hundirse hasta las bolas. Ambos vestían menos de lo necesario para una tarde de martes, y llevaban un rato en eso: era evidente en cómo se movían, en la comodidad de sus posiciones, en los ruidos que hacían sin importarles nada, en el charquito que se le había formado a Natalia entre los pies.
—¿Siempre tienes que ser por atrás? —dijo Natalia con voz entre el cansancio y algo que no era queja real, arqueando más el culo para recibirlo—. Algún día me haces de frente.
—Así me gusta, mamita —respondió El Rulo sin cambiar el ritmo, dándole una palmada seca en la nalga izquierda que le dejó la marca roja de los cinco dedos—. Lo que está medio prohibido sabe mejor. Además, mirá cómo se te chorrea el coño cuando te la meto de perro.
Le clavó los dedos en las caderas y empujó tres veces seguidas, más fuerte, más hondo, hasta el fondo. Natalia soltó un gemido largo, casi un ladrido, y apoyó la frente en el espejo. Se le veía el temblor de los muslos, la manera en que se aflojaban las rodillas cada vez que él le arrancaba la polla y se la volvía a enterrar.
Fue ahí cuando lo vi. La mano libre de El Rulo no estaba en la cadera de Natalia ni apoyada en la cómoda. Estaba detrás de él mismo, moviéndose de una manera que no tenía nada que ver con lo que hacía hacia adelante. Un dedo suyo, ensalivado, entrando y saliendo de su propio culo al mismo ritmo con el que le cogía a ella. Un gesto pequeño, casi automático, que él probablemente ni registraba de manera consciente. Pero yo lo había visto.
Este hombre tiene un secreto que nadie en el barrio conoce, pensé.
Tenía una navaja de trabajo en el bolsillo lateral de la mochila. Una de mango negro, hoja de diez centímetros, que usaba para abrir cajas en el depósito donde trabajaba dos veces por semana. La saqué despacio. No pensé demasiado en lo que iba a hacer con ella. Solo sabía que necesitaba un argumento sólido para lo que venía.
Me acerqué desde el ángulo donde El Rulo no podía verme. La distancia se fue cerrando sin que ninguno de los dos se moviera del lugar: él seguía cogiendo, ella seguía gimiendo con el coño chorreándole por los muslos. Cuando llegué a menos de un metro, puse el filo en el costado de su cuello, despacio, sin presionar.
—Quieto —dije.
Natalia lanzó un grito corto y se apartó de un salto, la verga de él saliéndosele con un sonido húmedo que llenó el cuarto. El Rulo se congeló al instante, la polla todavía dura y goteando, apuntando al techo. Durante un segundo nadie habló.
—Qué es esto —murmuró él.
—Una sola pregunta —dije—. Vi lo que hacías con la mano. La tuya, no la de ella.
Silencio. Natalia se había pegado a la pared de al lado y miraba la escena con los ojos muy abiertos, una mano todavía tocándose entre las piernas casi sin darse cuenta. En su cara había algo difícil de describir: no era exactamente miedo. Era curiosidad.
—No era nada —dijo El Rulo.
—Claro que era algo. Te metías el dedo en el orto mientras la cogías. Todo el barrio te conoce como el duro, el que no rechaza a nadie. Pero el cuerpo no miente, y yo vi lo que vi.
El Rulo intentó moverse hacia un lado. Apoyé un poco más la hoja.
—Podemos resolver esto de dos maneras —le dije, sin levantar la voz—. Te vas por esa puerta ahora mismo y mañana les cuento a todos en el barrio lo que encontré. O te quedas y saldamos las cosas como corresponde. Tú eliges.
No respondió de inmediato. Pero tampoco se movió hacia la puerta. Y su verga, la que tenía fama de partir en dos a las minas del barrio, no bajaba ni un centímetro. Al contrario: seguía apuntando arriba, pesada, con la punta violeta y una gota gruesa colgando del glande.
Le hice separarse de Natalia y volverse hacia la cama. Lo que encontré era consistente con lo que había visto: su cuerpo ya estaba adelantado a cualquier decisión que su cabeza quisiera tomar. Me miró una sola vez, con esa expresión de dureza que había perfeccionado durante años de caminar el barrio como si le perteneciera. Después bajó la vista.
—Así que el matón —dije en voz baja, casi conversacional—. Años por el barrio, cogiéndose a quien quería, nunca dejando que nadie le hiciera lo mismo. Todo ese tiempo fingiendo.
—No digas nada —murmuró.
—No estoy diciendo nada que no sepa ya tu propio cuerpo.
Le indiqué que se sacara el pantalón, la remera, todo. Se lo fue quitando pieza por pieza sin mirar a Natalia, sin mirarme a mí. Tenía el cuerpo trabajado de la calle, tatuado en los brazos y en las costillas, y un culo firme y redondo que había mantenido escondido debajo de la ropa ancha durante años. Le indiqué que se pusiera en cuatro sobre la cama, la cara contra las sábanas, el culo levantado. Lo hizo despacio, con el orgullo peleándole a cada movimiento, pero lo hizo.
Me abrí el pantalón y me saqué la mía. Estaba dura desde el momento en que había puesto la navaja en su cuello, quizás desde antes. Le escupí en el culo, dos veces, y le pasé el pulgar por el orto para untárselo. El agujero se abrió apenas con el contacto, más fácil de lo que hubiera esperado. Este tipo había hecho esto antes, muchas veces, aunque nadie lo supiera.
—Aflojá —le dije—. Vos ya sabés cómo se hace.
Empujé de a poco, sin apuro, la punta primero. El Rulo mordió las sábanas y soltó un gruñido que le salió del pecho. Empujé un poco más y sentí el anillo cediendo, tragándome. Cuando le entré del todo, con las bolas contra las suyas, se le escapó un jadeo que no tenía nada de duro y todo de necesitado.
—Miralo —le dije a Natalia por encima del hombro—. El terror del barrio, con mi verga hasta el fondo, y todavía no dijo que pare.
Natalia no dijo nada. Se había apoyado contra el marco de la puerta, una mano en el pezón y la otra abriéndose los labios del coño, mirándolo todo.
Empecé a moverme. Primero con rigidez, los músculos de él tensos, la mandíbula apretada como quien aguanta algo que no quiere admitir que quiere. Se lo cogía lento, sacándosela casi entera y volviéndosela a enterrar hasta el fondo, escuchando el sonido húmedo cada vez que las bolas le pegaban en las suyas. Después con menos resistencia: el culo se le fue relajando, se acomodó, empezó a acompañarme el movimiento echando la cadera hacia atrás. Y después, cuando ya no quedaba margen para seguir fingiendo, con un tipo de entrega que me resultó más honesta que cualquier cosa que él hubiera dicho voluntariamente en los últimos diez años.
—Decilo —le dije, agarrándolo del pelo y tirándole la cabeza hacia atrás—. Decí lo que sos.
—Soy un puto —jadeó, con los ojos cerrados—. Soy un puto de mierda, dame más.
Le di más. Le agarré las caderas con las dos manos y me lo empecé a coger en serio, marcándole un ritmo que le hacía golpear la frente contra el colchón. Su propia polla, todavía dura, se le sacudía entre las piernas con cada embestida, mojándole las sábanas de precum. Se agarró la verga y empezó a hacerse la paja al ritmo mío, sin ningún pudor.
Natalia no se había movido de la pared. Miraba la escena sin parpadear, con los dedos hundidos en el coño.
—No te muevas —le dije sin volverme.
—No me estoy moviendo —respondió, y su voz era completamente diferente a la del principio.
El Rulo gemía con la cara hundida en las sábanas. Al principio era un sonido contenido, casi inaudible, el tipo de quejido de alguien que no quiere que lo escuchen. Pero fue cambiando. A medida que su cuerpo se adaptaba, los sonidos se volvieron menos controlados, más directos, más honestos. Eran los sonidos de alguien que por fin está haciendo algo que llevaba tiempo necesitando sin saber cómo pedirlo.
—Más fuerte —pidió—. Cogeme más fuerte, dale.
Lo cogí más fuerte. Me incliné sobre su espalda, le mordí el hombro, le clavé la verga hasta el fondo con embestidas cortas y brutales que le hacían gritar contra la almohada. El olor a sexo llenaba el cuarto: el coño de Natalia, el sudor de él, la saliva y el flujo mezclándose.
—¿Lo ves? —le dije a Natalia sin voltearme, sin dejar de coger.
—Dios mío —susurró ella, con dos dedos adentro y el pulgar apretándose el clítoris.
—El matón del barrio tenía gustos que no te había contado. Miralo cómo se hace la paja mientras se lo cogen.
Natalia no respondió. Pero tampoco apartó la vista en ningún momento. Se le doblaban las rodillas del gusto de mirar.
El Rulo se vino primero. Soltó un gruñido largo y su polla saltó dos veces disparando chorros gruesos sobre las sábanas, mientras el culo se le apretaba alrededor de mi verga como un puño. Aguanté las contracciones y seguí cogiéndole, ahora en un agujero todavía más caliente y prieto por el orgasmo. Le duró minutos temblando debajo mío, murmurando obscenidades contra la almohada.
Cuando me vine yo, se la saqué a último momento y le tiré toda la corrida en la espalda y en el culo. Chorros gruesos que le corrieron por la raya y le cayeron entre las nalgas. Me quedé un segundo pasándole la punta por el orto abierto, embarrándoselo bien, marcándoselo.
Después lo hice levantarse y arrodillarse junto a Natalia en el suelo, delante de mí. Los dos en el mismo lugar, los dos con la cara al mismo nivel, los dos recibiendo lo que llegó: le hice lamer a Natalia lo que quedaba en mi verga, y después a él, empujándosela hasta el fondo de la garganta hasta hacerlo arcada. Los dos obedecieron sin discutir. Después le señalé la ropa a El Rulo con la vista.
—Recoge tus cosas —dije.
Se vistió despacio, en silencio, sin mirarme, con el semen todavía corriéndole por dentro del pantalón. En la puerta del cuarto se detuvo un momento, como si fuera a decir algo.
—Si abres la boca —dije—, mañana saben todos. Si no, esto queda aquí entre nosotros.
Me miró desde el umbral. Por primera vez desde que lo conocía de vista, no tenía la expresión de quien manda en la cuadra. Asintió una sola vez con la cabeza y salió.
***
Natalia seguía arrodillada en el suelo cuando escuchamos cerrarse la puerta principal. Levantó la vista despacio. Tenía los labios brillantes y una gota de mi corrida colgándole del mentón.
—No te vayas —dijo.
Yo ya estaba abriendo el placard para sacar el bolso de lona.
—No hay mucho que discutir.
—Lo sé. No voy a buscar excusas ni explicaciones. —Hizo una pausa larga—. Pero nunca te había visto así.
—¿Así cómo?
—Como alguien que sabe exactamente lo que quiere y lo toma. —Se levantó del suelo despacio, con las piernas todavía temblándole—. Llevo casi un año viviendo con el otro, con el que llega, pregunta qué hay para cenar y se queda dormido con el teléfono en la mano. Este de ahora es completamente diferente.
—El de ahora llegó porque alguien anónimo me mandó un mensaje diciéndome que volviera a casa.
Natalia no dijo nada. Me sostuvo la mirada.
La agarré del brazo con cuidado y la puse contra la pared. Ella no opuso ninguna resistencia. Le arranqué la remera de un tirón y le bajé la pollera hasta los tobillos. Apoyó las manos en el yeso y arqueó la espalda como si esa posición le resultara natural, como si llevara tiempo esperando que alguien se la pidiera de esta manera. Tenía el coño rojo, inflamado, con los labios abiertos y todavía escurriendo del uso anterior.
—Todavía te gotea de él —le dije, pasándole dos dedos por la raja de arriba abajo.
—Ya sé —susurró ella, apretando el culo contra mí—. Cogeme igual.
—Eso pensaba.
Le agarré una teta desde atrás, se la apreté fuerte, le pellizqué el pezón hasta hacerla gemir. Con la otra mano me acomodé la verga entre los muslos de ella y le froté la punta contra el clítoris, sin meterla todavía, sintiéndole el temblor de las piernas. Estaba empapada, chorreando por los muslos, y no era todo de él.
—Metémela —pidió—. Por favor.
—Pedila bien.
—Metémela toda, dale, cogeme como lo cogiste a él.
Se la clavé de una sola embestida, hasta el fondo, hasta chocar con el cuello del útero. Natalia gritó contra la pared, un grito largo que se le rompió en la garganta. Le empecé a coger fuerte desde el principio, sin preámbulos, sacándosela casi entera cada vez para hundírsela de nuevo con todo el peso del cuerpo detrás. El sonido húmedo de su coño empapado tragándome se mezclaba con el de mis caderas golpeándole las nalgas.
Fue directo y sin rodeos. No hubo ternura pero tampoco crueldad. Lo que hubo fue claridad: los dos sabíamos exactamente en qué lugar estaba cada uno. Le agarré el pelo desde la nuca y le tiré la cabeza hacia atrás, cogiéndole el cuello a mordiscos mientras la seguía embistiendo. Ella se apretaba contra la pared, buscando el ángulo, arqueando más el culo, buscando la puta profundidad hasta que se la di completa.
—¿Te gustó verme cogérmelo? —le pregunté al oído, sin dejar de embestir.
—Sí —jadeó—. Sí, me encantó, seguí, no pares.
—¿Cuánto hace que te lo estabas cogiendo?
—Tres meses. Cuatro. No sé. Cogeme más fuerte.
La levanté de un muslo, poniéndole una pierna sobre mi cadera, y le entré desde otro ángulo. El coño se le abrió más y la verga se me hundió más profundo. Ella sollozaba de una manera que no era sufrimiento, la boca abierta contra el yeso, murmurando obscenidades entrecortadas cada vez que me sacudía adentro. Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó como si fueran otra polla.
Se vino dos veces antes que yo, apretándome la verga con el coño hasta hacerme doler. La segunda vez le corrió por los muslos hasta las rodillas. Yo tomé todo el tiempo que quise, sin apuros, hasta el final: me la saqué a último momento y le tiré la corrida entre las nalgas y en la espalda, marcándola igual que lo había marcado a él, la corrida bajándole por la raya del culo y colgando de la piel.
Cuando terminé la solté. Ella se quedó apoyada con la frente contra la pared, los hombros moviéndose al ritmo de su respiración, mi semen escurriéndole lento por la espalda.
—Ahora me voy —dije.
—¿Vuelves?
—No lo sé todavía. Necesito pensar dónde vivo esta semana.
Guardé lo necesario en el bolso, me puse la mochila al hombro y salí del departamento. Bajé las mismas escaleras que había subido una hora antes, esta vez sin preocuparme por el ruido que hacían los escalones.
En la esquina estaba El Rulo. No estaba solo: había tres vecinos parados junto a él, tipos del barrio que yo reconocía de vista, con los que el duro se juntaba habitualmente. Hablaban en voz baja y uno de ellos tenía la mano en el hombro de El Rulo de una manera que duraba un segundo más de lo normal, y después la bajó despacio hasta la parte baja de la espalda, casi en el nacimiento del culo. El Rulo le sonreía de una forma que yo nunca le había visto usar con ningún hombre.
Los cuatro doblaron juntos hacia el pasillo del edificio del portugués del primero y desaparecieron adentro.
Encendí la moto. Arranqué.
El barrio siempre tiene historias. La mayoría se cuentan en voz baja, con la puerta cerrada, entre gente que después se saluda como si nada en la esquina. El Rulo volvería mañana a caminar la cuadra con su cadenita al cuello y su reputación intacta, y nadie sabría nada. O casi nadie.
Pero yo había llegado en el momento justo, y eso no se borraba.