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Relatos Ardientes

Viajé por trabajo y él no quería que me fuera

El trabajo me mandó casi tres semanas a una ciudad del interior que no conocía. No me importó demasiado: tenía alojamiento pagado, el proyecto estaba claro y yo siempre fui de los que se adaptan con facilidad. Lo primero que hice al llegar al hotel fue dejar la valija y revisar el celular. Entre las aplicaciones que abrí esa tarde estaba la app de citas que usaba desde hacía un tiempo. Si iba a estar solo tanto tiempo en un lugar desconocido, al menos quería tener la posibilidad de no estarlo.

Había varios perfiles activos en la zona. La mayoría sin foto, lo cual entiendo, pero que tampoco ayuda a generar confianza. Entre los pocos que mostraban algo, me quedé con uno: Lucas, 34 años, moreno, con una sonrisa amplia en la única imagen que había subido. Intercambiamos mensajes dos días antes de que yo llegara. Era precavido, no te mandaba la dirección de su casa a un extraño, lo cual me pareció bien. Acordamos vernos en un parque del centro, cerca de una fuente que él me describió con detalle para que no me perdiera.

El sábado a la tarde llegué con cinco minutos de anticipación. Él llegó puntual, con una remera clara y las manos en los bolsillos del pantalón. Resultó ser exactamente como en la foto, quizás un poco más alto de lo que imaginé. Hablamos de pie unos minutos, esa charla a la vez nerviosa y relajada que pasa cuando ya sabés para qué estás ahí pero igual necesitás romper el hielo. Me invitó a su departamento y acepté.

El edificio tenía un jardín interior con plantas que alguien cuidaba con atención. Subimos por una escalera angosta hasta el segundo piso. El departamento era más amplio de lo que esperaba: living comedor con ventanas grandes que dejaban pasar la luz del atardecer, cocina al fondo, todo ordenado. Me ofreció agua fresca y unos sándwiches que ya tenía preparados sobre la mesa ratona frente al sillón. Nos sentamos uno al lado del otro y seguimos charlando, sin apuro, con esa comodidad que a veces aparece entre desconocidos cuando los dos saben que no tienen que fingir nada.

En un momento me acerqué y lo besé. No hice ningún anuncio previo. Simplemente lo hice, y él correspondió de inmediato, con una entrega que me sorprendió un poco. Era uno de esos besos largos que duran demasiado y aun así parecen cortos. En su perfil se definía como pasivo, pero yo tenía cierta expectativa de que las cosas podían complicarse según la situación. Me guardé esa idea para más adelante.

En pocos minutos la ropa estaba desperdigada por el sillón y el piso. Tenía buen cuerpo, con vello oscuro en el pecho y una piel que conservaba el calor de la tarde. Fue directo: me bajó el slip y me tomó con la boca sin preámbulos adicionales. Lo hacía bien, con concentración real, sin apuro. Lo detuve antes de que todo terminara ahí. Lo puse de pie, hice lo mismo con él, y le pedí que me llevara al cuarto.

La cama estaba tendida. Detalle que no pasa desapercibido. Nos acostamos, seguimos besándonos, las manos moviéndose sin mapa fijo. Él quería que lo cogiera y yo no necesité que me lo repitiera. Tomé tiempo, lo preparé con cuidado, y cuando entré lo hice despacio porque era claro que le importaba la experiencia completa, no solo el resultado. Respondía con el cuerpo más que con palabras, pero eso era más que suficiente.

Estuvimos más de una hora en eso. Cambiamos de posición varias veces, probando qué le daba más placer, dónde encajaba mejor la presión, qué ritmo lo ponía al límite. En algún momento me pidió que acabara dentro, y yo lo hice, con esa quietud que viene después de tensión sostenida.

Nos quedamos recostados uno al lado del otro un buen rato sin decir nada. Luego él se levantó, se puso una camiseta larga, fue a la cocina y volvió con agua y algo de comer. Puso la televisión en algo que ninguno de los dos miraba del todo, y se acomodó a mi lado como si yo ya formara parte del lugar.

—¿No te vas? —preguntó en un momento, sin inflexión particular, como si fuera una pregunta neutral.

—No pensaba. Pero si molesto, me voy —respondí, y empecé a buscar la ropa con la mirada.

—No, quédate —dijo—. Lo que pasa es que todos se van enseguida después de acabar.

—Yo no soy todos —le dije.

Se rio. Yo también. Volví a recostarme. Estuvimos hasta pasadas las ocho de la noche viendo la tele, compartiendo lo que había en la mesa, hablando de cosas que no tenían relación con el sexo. Cuando me fui le dije que si él quería podía volver al día siguiente. Dijo que sí sin pensarlo.

***

Y volví. Y al otro día también. En el transcurso de esas tres semanas nos vimos seis o siete veces: algunas visitas cortas, otras con toda la noche disponible. Ya teníamos una dinámica establecida. Llegaba, él tenía algo listo para tomar, charlábamos un rato, y en algún punto la conversación se interrumpía sola porque empezábamos a tocarnos. Dormí en su cama tres veces. No era amor, pero tampoco era solo sexo. Era algo cómodo que ninguno de los dos quiso poner en palabras.

Una tarde me mencionó a un amigo que lo visitaba a veces. Dijo que tenía ganas de armar algo entre los tres, que el tipo era generoso en ese aspecto y que sabía que yo era versátil. Me pareció bien. Quedamos en que la próxima vez que ese amigo pasara por ahí, Lucas me avisaba.

El aviso llegó dos días antes de que yo regresara a casa. Era un jueves cerca de las cinco. Estábamos en la cama cuando tocaron el timbre. Lucas se puso solo una bata y fue a atender. Escuché voces en la entrada, luego pasos, y me quedé donde estaba.

Volvió al cuarto, se quitó la bata y me buscó como si nada hubiera cambiado. Me dijo al oído que su amigo se estaba por asomar. Seguimos en lo nuestro. Un minuto después apareció por la puerta un hombre de unos cuarenta años: alto, delgado, sin apenas vello, con una erección a medio camino que ya prometía bastante en cuanto al grosor.

En ese momento yo estaba recostado contra el respaldo y Lucas me hacía sexo oral de rodillas sobre la cama. El recién llegado entró despacio, mirando la escena. Hice un gesto para que se acercara. Cuando lo tuve cerca lo tomé con la mano: era exactamente lo que la silueta insinuaba desde la puerta, muy grueso, de esos que exigen atención. Lo acerqué a mi boca.

El olor llegó antes que cualquier otra cosa. Fuerte, ácido, sin margen para ignorarlo. No hice ningún gesto, no era el momento, pero lo aparté con disimulo. Él se movió directo hacia Lucas, que seguía en cuatro patas sobre la cama.

Tomó vaselina de la mesita de noche y se lubricó. Lucas me miraba mientras lo hacía, con la boca todavía ocupada en lo mío. La penetración fue lenta; ese hombre sabía lo que hacía aunque no mostrara ninguna emoción en la cara. Cuando llegó al fondo, Lucas soltó lo que tenía entre los labios por un segundo y exhaló con fuerza. Luego siguió como si nada.

El tercero lo cogió un rato sostenido, luego se acostó boca arriba e hizo un gesto para que los dos nos acercáramos. Lucas fue sin pensarlo. Yo intenté de nuevo: el olor seguía igual de presente, sin matices. Puse lo que pude en la boca durante un par de minutos, intentando separar la sensación del contexto, pero no pude sostenerlo. Seguí con Lucas, me lo cogí un rato más, cambié de posición varias veces.

Fue entonces cuando el tipo se puso por detrás mío. No lo rechacé de entrada. Dejé que entrara. La sensación era intensa, genuinamente intensa; el grosor hacía su trabajo de forma muy concreta. Pero había algo en todo aquello que no terminaba de funcionar, y no era solo el olor. En un momento me separé, me levanté y fui al baño. Me lavé, me vestí despacio. Cuando volví al cuarto él estaba recostado mirando el techo mientras Lucas seguía entretenido con él.

Tomé mis cosas del sillón del living y salí sin hacer ruido.

Lucas me escribió esa noche. Y al día siguiente. Y al otro. Le respondí una sola vez: le dije que para mí la higiene no era un detalle menor, que lo lamentaba, y que prefería dejarlo ahí. No volvió a escribir.

Regresé a casa al día siguiente. El vuelo salió puntual, la valija llegó intacta, el proyecto había salido bien. De esa ciudad me quedó una sola imagen clara: Lucas acomodándose a mi lado en el sillón con algo para picar y la tele puesta, sin preguntar si me iba a quedar porque ya sabía que la respuesta era sí.

Eso sí me lo traje conmigo.

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Comentarios (5)

carlitos_mdq

Que bueno!!! me tuve que releer dos veces, muy bien escrito

Noche_en_Blanco

Ay por favor una segunda parte, la historia tiene tanto para dar aun...

MiltonViajero

Me dejo pensando en ese viaje que hice el año pasado, a veces las mejores cosas pasan cuando menos las esperas. Lindo relato

SebaBsAs

Esa sensacion de perderse en el tiempo con alguien es unica. Tremendo relato, gracias por compartirlo

Marco_75

El titulo lo dice todo jaja. Esperando mas relatos tuyos

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