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Relatos Ardientes

Teníamos dieciocho años y un secreto entre nosotros

A Mateo lo conocía desde que teníamos diez años. Éramos de esos amigos que no necesitan verse todos los días para seguir siendo amigos, de los que se entienden sin explicarse demasiado. Compartíamos silencios cómodos, bromas que nadie más entendía del todo, y esa costumbre de quedarnos los últimos en cualquier lugar, demorando la despedida sin saber bien por qué. Cuando cumplió dieciocho, yo ya llevaba meses sabiendo lo que iba a regalarle. No se lo había dicho, pero tampoco era un secreto: era una de esas cosas que flotan entre dos personas sin que ninguna las nombre.

Mateo tenía la habilidad de hablar de sexo como quien habla del tiempo: con esa mezcla de fanfarronería y asombro que tienen los que acaban de descubrirlo y todavía no saben bien qué hacer con eso. Soltaba detalles en mitad de cualquier conversación, detalles que no pedían respuesta pero que esperaban algo. Yo los recibía sin decir mucho. Y los guardaba.

El día de su cumpleaños nos quedamos solos en su apartamento. Sus compañeros de piso habían salido temprano, y el cuarto tenía esa calma particular de los martes por la mañana: la ropa tirada sobre una silla, la cama sin hacer, la luz de octubre filtrándose por las persianas a medio bajar. Mateo estaba sentado en el suelo con la espalda contra la cama, mirando el techo.

—Tengo tu regalo —le dije.

Giró la cabeza hacia mí.

—¿Qué es?

—Una paja. Si quieres.

No hubo sorpresa en su cara. Hubo otra cosa, algo más parecido al reconocimiento: como cuando por fin alguien pone nombre a algo que llevaba tiempo flotando sin forma. Asintió una vez, despacio, y se subió a la cama. Se tumbó boca arriba, se bajó el pantalón hasta los muslos y me miró desde abajo. Sin vergüenza, sin urgencia. Esperando.

Me senté a su lado y le puse la mano encima con cuidado, midiendo. Ya estaba duro. El calor llegó antes que la forma: ese calor específico de la piel ajena que nunca es exactamente el que uno anticipa. Empecé a moverme despacio, con un ritmo que buscaba el suyo. Mateo cerró los ojos. Su respiración se fue haciendo más profunda, más trabajada. Cuando terminó, lo hizo con las caderas ligeramente levantadas y un sonido breve que salió a medio camino entre suspiro y queja.

Me limpié la mano. Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. No era incómodo. Era el silencio de después de algo que salió exactamente bien.

***

Las semanas siguientes lo convertimos en costumbre. Sin horarios fijos, sin protocolo. A veces era él quien aparecía en la puerta de mi cuarto con esa mirada que yo ya reconocía; a veces era yo el que mandaba un mensaje con un solo número, el de su piso. Establecimos una alternancia sin necesidad de nombrarla: un día recibía uno, al siguiente el otro, y el turno se intercambiaba sin discusión.

Lo que más me gustaba era tenerle las manos encima. No porque me importara menos dársela a él, sino porque cuando Mateo se concentraba en mí se le notaba algo parecido a la precisión de alguien que hace las cosas bien porque quiere hacerlas bien. Aprendió rápido cuánta presión era demasiada, cuándo acelerar y cuándo mantenerse en el mismo ritmo. Yo aprendí lo mismo sobre él. Fue una educación mutua sin maestros ni manuales.

Nunca nos besamos. No porque lo hubiéramos hablado o decidido: simplemente nunca surgió, y cuando estuvo cerca de surgir, ninguno tiró del hilo. Lo que teníamos funcionaba exactamente como era. La boca era de otro dominio. Las manos eran nuestras.

***

La conversación sobre el segundo orgasmo la tuvimos una tarde de noviembre, tirados en mi cama después de que él terminara.

—Cuando me corro —le dije—, no pares.

Mateo frunció el ceño.

—¿No es demasiado sensible?

—Al principio sí. Pero quédate ahí.

Me miró con escepticismo, pero lo apuntó mentalmente. La siguiente vez que tuve sus manos encima, cuando llegué al límite y empecé a eyacular, siguió moviéndose sin reducir el ritmo. La primera sensación fue casi brutal: una hipersensibilidad que me recorrió entera la columna y me hizo tensar los muslos. Pero no me aparté. Me quedé quieto, respirando por la boca, concentrándome en no retirarme de eso.

Poco a poco la intensidad se fue transformando. Lo que era abrumador se volvió otra cosa: más suave en la superficie, más hondo en algún lugar que no sabría localizar. Y entonces vino el segundo orgasmo: más breve que el primero pero con una profundidad distinta, una que parecía venir de más adentro. Me quedé sin habla. Mateo levantó la vista con una expresión entre curiosidad y cierta satisfacción de quien acaba de descubrir algo que no estaba en el manual.

—¿Eso es siempre así? —preguntó.

—No lo sabía hasta ahora —respondí.

***

Enseñárselo a él fue más difícil. Mateo tenía poca tolerancia a la hipersensibilidad posorgásmica; cuando llegaba, su cuerpo se cerraba solo, como quien aprieta el puño sin querer. Las primeras veces que intenté seguir moviéndome después de que se corriera, se apartaba con un gesto brusco que no era exactamente de dolor pero tampoco era de placer.

Cambié la estrategia. En lugar de mantener el ritmo, paraba por completo unos segundos y luego volvía con solo las yemas de los dedos, casi sin presión, un roce largo y pausado. Como si el tiempo no importara, como si pudiéramos estar ahí toda la tarde. A veces su cuerpo dudaba un momento antes de decidir si quedarse o apartarse.

Tardamos varios meses. Una tarde de enero, con lluvia constante golpeando el cristal y la calefacción a tope, Mateo se quedó quieto después de correrse. No se apartó. Seguí moviéndome muy despacio, con toda la delicadeza que tenía, y su cuerpo que antes se cerraba se abrió de una manera diferente. Lo oí gemir con una nota que no le había escuchado antes: más grave, más lenta, saliendo de más adentro. Llegó el segundo orgasmo, más breve que el mío pero real, suficientemente real como para que lo nombrara después.

—Qué raro —dijo, todavía con los ojos cerrados.

—¿Bien o mal?

—Bien —admitió—. Muy bien.

***

Los años pasaron con esa velocidad que solo se nota en retrospectiva. Terminamos las carreras, encontramos trabajos, nos fuimos a distintos barrios de la misma ciudad pero seguimos viéndonos. Mateo conoció a Sofía en una conferencia; yo conocí a Carmen en la boda de un primo. Nos casamos con dos años de diferencia, primero él, luego yo.

Seguimos viéndonos.

Nunca lo hablamos como algo que continuaría. Simplemente continuó. Un día Mateo me mandó un mensaje mientras Sofía estaba fuera, y fui a su piso como si nada hubiera cambiado, como si la semana anterior hubiéramos estado en su apartamento universitario en lugar de en un piso con muebles nuevos y fotos enmarcadas en las paredes. Nos tumbamos en la cama del matrimonio. Hicimos lo de siempre.

Tampoco lo hablamos como algo que no pararía. Simplemente no paró.

***

Hoy nos vemos una vez por semana, a veces cada diez días, según los horarios de ellas. Cuando nuestras mujeres tienen planes fuera de casa, uno de los dos manda un mensaje corto. No hace falta decir nada más. Nos encontramos en su piso o en el mío, cerramos la puerta del dormitorio y hacemos lo mismo que llevamos haciendo desde aquella tarde de octubre, con la misma alternancia y casi el mismo silencio de entonces.

He aprendido que el silencio entre nosotros tiene distintas texturas. Hay un silencio antes, cuando nos tumbamos y el cuerpo del otro todavía procesa lo que ya sabe. Hay un silencio durante, que no es ausencia de comunicación sino la comunicación en sí: la presión de una mano, el cambio en la respiración, un movimiento que dice más que cualquier palabra. Y hay un silencio después, el más largo, el más lleno. En ese silencio de después es cuando mejor lo pienso: qué es esto, cómo se llama, si tiene nombre o si es de esas cosas que viven mejor sin él.

No creo que ellas lo sepan. No hay mensajes comprometedores, no hay excusas elaboradas ni llegadas tardías con coartadas toscas. Solo una visita semanal a un amigo de toda la vida, que es exactamente lo que es, entre otras cosas. Vuelvo a casa con menos tensión en los hombros y eso es todo lo que se nota desde fuera.

A veces me pregunto si Carmen tiene su propia versión de esto. Si hay alguien con quien comparte algo en lo que yo no tengo parte y que nunca he necesitado conocer. Me gustaría creerlo; me parecería justo. Pero no lo sé, y tampoco lo busco saber.

***

Lo que sí sé es esto: cada vez que Mateo me rodea con la mano o yo a él, hay un instante antes de empezar en el que volvemos a tener dieciocho años. No es nostalgia exactamente, porque el presente es igual de bueno. Es otra cosa: el reconocimiento de que esto que encontramos entonces, sin nombre ni categoría ni manual de instrucciones, todavía funciona exactamente igual. Que el cuerpo del otro sigue siendo territorio conocido sin dejar de ser territorio del otro.

La última vez que nos vimos, Mateo tardó más de lo habitual. Tenía algo rondándole por la cabeza, esa rigidez en los hombros que conozco desde que éramos adolescentes y que significa que está procesando algo que todavía no sabe cómo decir. No le pregunté qué era. No hacía falta.

Le pregunté si quería que parara.

—No —dijo sin abrir los ojos—. No pares.

No paré. Y cuando por fin se dejó ir, lo hizo de la misma manera que siempre: esa rendición específica que reconozco desde hace más de diez años, el momento en que el cuerpo cede y la respiración se alarga y el mundo se achica hasta ser solo esto: dos manos, una piel, el calor que no cambia.

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Comentarios (7)

Nocturno_BA

Increible relato, de esos que te atrapan desde la primera línea!!

CuriosaRosario

Qué final tan lindo... espero que hagas una segunda parte, quede con ganas de saber cómo siguió todo entre ustedes.

Carlitos_88

Me recordo un poco a una situacion que yo tambien viví a esa edad. Esas primeras veces no se olvidan nunca.

ElenaMdp

Hermoso!!! Gracias por compartirlo 😊

Valentina_77

Es real esto o es inventado? Porque se siente muy cercano, muy autentico.

lectora_nocturna

Lo que mas me gustó es como lo narraste, sin apuro, dejando que la emocion llegue sola. Son pocos relatos que logran eso. Felicitaciones de verdad.

JorgeCba

jajaja la tension del principio me mato, muy bueno!! Clasico de los 18

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