El desconocido que entró en mi cabina sin decir nada
Aquella tarde caminaba sin rumbo fijo por San Telmo, dejando que los empedrados me llevaran a donde quisieran. Había salido con una idea en la cabeza que no terminaba de admitir en voz alta, ni siquiera para mí: tenía ganas de que un tipo me agarrara fuerte, sin preguntar demasiado, y me hiciera olvidar el resto del día. No sé bien qué me había puesto así. El calor pesado de febrero, quizás, o haber visto a un hombre demasiado parecido a mi ex en la fila del café de la esquina.
Me acordé del locutorio. No era cualquier locutorio: lo conocía bien porque ya había estado dos veces antes, y las dos habían terminado de la misma forma. Quedaba a tres cuadras de Plaza Dorrego, en un primer piso al que se accedía por una escalera angosta y oscura. Cabinas privadas, computadoras viejas y una recepción donde el chico de turno nunca levantaba mucho la vista del celular. Era el sitio justo para esas tardes en las que uno no se reconoce.
Tardé un par de vueltas en encontrar la entrada, casi escondida entre un kiosco y una rotisería. Subí los escalones de a dos. El olor a humedad y a desinfectante me devolvió a las visitas anteriores, como si el cuerpo recordara antes que la cabeza. Le pedí al pibe de la recepción una cabina individual, pagué con un billete arrugado, recibí la llave numerada y caminé por el pasillo angosto donde, como siempre, otros tres o cuatro hombres se movían sin disimulo. Cada uno se hacía el desentendido, pero ninguno estaba ahí para revisar el correo.
Entré, cerré con pestillo y me senté frente al monitor. Abrí dos o tres pestañas casi por costumbre, más para que la cabina pareciera ocupada de verdad que por interés real. La pantalla iluminaba el lugar con un azul gastado que volvía todo más íntimo y más sórdido al mismo tiempo. Sentía mi propia respiración un poco acelerada, las manos frías, esa mezcla rara de vergüenza y deseo que aparece cuando uno decide bajar la guardia y dejar que el cuerpo mande.
No habían pasado ni cinco minutos cuando golpearon la puerta. Tres toques cortos, muy seguros, casi protocolares. Me levanté del sillón giratorio y abrí apenas una rendija.
—¿Sí? —dije, bajito.
Del otro lado había un hombre que me ganaba media cabeza. Treinta y nueve, calculé, quizá un poco más. Espalda ancha, barba prolija con algunas canas en el mentón, pelo corto cortado al ras, ojos oscuros que no se andaban con vueltas. Vestía un pantalón deportivo negro con una raya gris a los costados, una remera blanca con un dibujo despintado de palmeras y zapatillas también blancas. Cuerpo de hombre que entrenaba sin obsesión, sólido sin parecer trabajado.
Me miró de arriba abajo sin pudor. Yo hice lo mismo. Él se dio cuenta y sonrió de costado, un guiño breve. Apoyó la palma de su mano en la puerta y la empujó hacia adentro sin pedir permiso. No protesté. Pasó, cerró el pestillo a sus espaldas y, sin decir una sola palabra, me tomó las muñecas y me las llevó por encima de la cabeza, contra la pared fina que separaba mi cabina de la siguiente.
—Tranquilo —susurró por fin, y me besó.
Fue un beso sin tanteos. Mordió mi labio inferior, recorrió mi boca con la lengua, me apretó las muñecas un poco más fuerte cuando yo intenté responder. Olía a tabaco recién apagado y a colonia barata, una mezcla que en otro contexto me habría echado para atrás y que ahí, en cambio, me terminó de calentar.
Sin soltarme del todo, deslizó una de mis manos hacia abajo, hasta apoyarla sobre el bulto que tenía debajo del pantalón. La obligó a quedarse ahí. Empecé a apretarlo por encima de la tela. Era grande, sin necesidad de exagerar. Lo sentí endurecerse contra la palma. Él me miraba a los ojos mientras yo lo manoseaba, y soltó una risa corta, casi muda.
—Sí —dijo, como si yo hubiera preguntado algo.
Con su mano libre se bajó el pantalón hasta media pierna, después el bóxer. La sacó él mismo, gruesa, oscura en la base, lista. La tomé sin esperar a que me lo pidiera y empecé a moverla despacio, marcando el ritmo. Él dejó de besarme, pegó su boca a mi oreja y me lamió el lóbulo antes de hablar.
—Date vuelta. Quiero verte el culo —dijo, con una voz baja y firme que no admitía rebote.
Me soltó las muñecas. Hice lo que pedía. Apoyé las manos en el respaldo del sillón giratorio y le di la espalda. Él se acomodó detrás, me agarró de la cadera, me hizo inclinar el torso para que sobresaliera más. Pasó la mano por delante de mi cintura, encontró el botón del jean y lo desabrochó con dos dedos, como si lo hubiera hecho mil veces antes. Me bajó el pantalón y el bóxer juntos hasta arriba de las rodillas, sin prisa pero sin pausa.
El aire de la cabina era pesado. Sentí sus palmas calientes sobre mis nalgas, primero acariciando, después separándolas con firmeza. Supe que estaba mirando, y mi cuerpo lo sintió: el agujero se cerró por instinto, como un reflejo. Él lo notó enseguida.
—Mirá qué culito escondías —dijo, divertido.
Pasó la yema de un dedo por encima, en círculos lentos, sin presionar. Después intentó meterlo, pero apenas un poco, y la resistencia lo detuvo. No insistió. Se rio, bajito, como si hubiera entendido algo que yo todavía no había puesto en palabras.
—Apoyate ahí —dijo, empujándome con suavidad hacia el sillón.
Me subí. Quedé en cuatro patas sobre el asiento, con la cara descansando contra el respaldo. La postura era incómoda y a la vez perfecta. Él se puso detrás, de pie, y deslizó su verga entre mis nalgas, sin entrar todavía. Empezó a moverse hacia adelante y atrás, dejando que la base rozara mi raja, que la punta golpeara a veces mi entrada sin forzar. Cada pasada me sacaba un sonido distinto: un suspiro, un quejido contenido, una vocal sin consonantes.
***
Sentí cuando escupió. La saliva tibia cayó sobre el medio de mi espalda baja, y él la extendió usándose a sí mismo como pincel, repartiéndola con la verga por toda la raja. Repitió el gesto. Esta vez la saliva fue directo a mi agujero. Después apoyó la cabeza contra mi entrada y empezó a empujar. No de golpe, pero sin dudar.
Mi cuerpo se resistió los primeros segundos. Él aguantó la presión, controlado, sin embestir, hasta que el anillo cedió y la cabeza entró. Solté un gemido que no supe disimular. Él se quedó quieto un momento, dándome aire. Lo agradecí en silencio. Después fue avanzando, milímetro a milímetro, hasta meterla entera.
—Aaay, qué apretado estás —murmuró.
La sacó casi por completo, esperó dos segundos, y volvió a empujar de un solo movimiento hasta el fondo. Lancé un grito ahogado, mitad de dolor, mitad de algo que ya no era dolor. Volvió a sacarla. Esta vez separó mis nalgas con las dos manos y se quedó mirando, sin moverse. Yo sabía lo que veía: mi agujero abierto, palpitando todavía por la primera embestida, todavía recordando la forma exacta de lo que acababa de salir.
—Hace tiempo que no encontraba uno así —dijo, casi para sí mismo.
Volvió a escupir. La saliva resbaló y él la usó para deslizarse otra vez adentro. A partir de ahí no se detuvo. Empezó a moverse con un ritmo parejo, ni rápido ni lento, encontrándole el punto exacto a cada empuje. Sus manos viajaban entre mi cintura, mis nalgas, mi espalda baja, marcando territorio. Mi propia voz se me hacía rara: jadeos cortos que se me escapaban sin querer, vocales que no parecían mías.
—Qué rico que estás —decía cada tanto—. Me estás apretando bárbaro.
De vez en cuando, alguien golpeaba la puerta del pasillo. No mi puerta: otra. Una más allá. Era un recordatorio incómodo y a la vez excitante de que no estábamos solos en el edificio, de que del otro lado de esas paredes finas había hombres que escuchaban perfectamente lo que pasaba en cada cabina, y a los que, probablemente, no les molestaba demasiado.
Mi cabeza no estaba para esos cálculos. Mi cabeza estaba en el modo en que él empezaba a respirar más fuerte, en la manera en que mis caderas iban ya por su cuenta a buscar cada embestida, en la pared fina contra la que mi frente se apoyaba a veces sin querer.
***
En un momento se inclinó sobre mí, apoyó el pecho en mi espalda y me lamió la oreja antes de hablar.
—Ya estoy llegando —dijo—. ¿Me dejás acabar adentro?
Cerré los ojos. Iba a contestar que sí desde antes de que terminara la pregunta. Aun así, esperé una embestida más, otra, y respondí con un sí cortado por un gemido. Él soltó un sonido bajo que era casi un gracias, casi una risa, y me agarró de la cintura con las dos manos, afirmándose.
Lo que vino después fue otra cosa. La intensidad subió un escalón completo. Empezó a embestir más rápido y más profundo, sin perder el ritmo pero ganando potencia. La piel chocaba con la piel en un sonido seco y constante, el sillón giratorio rechinaba bajo nuestro peso, y yo me había olvidado por completo de las cabinas vecinas. Mis gemidos eran ya continuos, sin filtro. Los suyos eran más graves, más cerrados, gruñidos cortos que se le escapaban entre los dientes.
—Aaah... aaah... —dijo, y supe que era el final.
Empujó hasta lo más adentro y se quedó. Sentí los pulsos, el calor que se iba derramando, una sensación rara y deliciosa al mismo tiempo, como si una parte de él se quedara conmigo sin pedírmelo. Dio dos embestidas más, espaciadas, casi de despedida, antes de salirse. Las manos volvieron a abrirme las nalgas, esta vez para mirar. Soltó una risa corta, de pura satisfacción.
—Mirá cómo te dejé —murmuró—. Sos un lujo.
Me dio una palmada en la nalga, no fuerte, más juguetona que otra cosa. Me ayudó a incorporarme con la mano, me sentó en el sillón con una suavidad que no esperaba. Yo estaba mareado, no por nada químico, sino por el ruido interno de mi propia sangre. Lo miré subirse el pantalón, acomodarse la remera, pasarse la mano por el pelo. Su verga seguía húmeda cuando la guardó dentro del bóxer.
—Nos vemos —dijo, y abrió el pestillo.
No me dio tiempo a contestar. La puerta se cerró tras él con un click discreto. Quedé solo en la cabina, con el pantalón en las rodillas y la pantalla todavía iluminándolo todo con su azul cansado. Me llevó un rato volver. Me limpié con unos pañuelos que llevaba en el bolsillo, me vestí despacio, me lavé las manos en el baño compartido del pasillo sin reconocerme del todo en el espejo manchado.
Me quedé media hora más en la cabina, por si volvía a sonar la puerta con esos tres toques cortos. No volvió a sonar. Cuando bajé las escaleras hacia la calle, el sol de febrero todavía pegaba fuerte sobre San Telmo y mis piernas no terminaban de cerrarse del todo. Pensé que tal vez lo cruzaría algún sábado, que alguna otra tarde nos íbamos a encontrar en otra cabina del mismo edificio, que esa boca callada me iba a buscar de nuevo. Nunca pasó. Nunca lo volví a ver. Pero todavía hoy, cuando paso cerca de esa cuadra, miro hacia el primer piso y pienso en el hombre que entró sin pedir permiso y se fue sin decir su nombre.