Mi compañera de piso tenía un vicio que no esperaba
Pensé que era una noche más de estudio hasta que ella giró la cabeza, me miró fijamente y dijo aquella frase que lo cambió todo entre nosotros.
Pensé que era una noche más de estudio hasta que ella giró la cabeza, me miró fijamente y dijo aquella frase que lo cambió todo entre nosotros.
El día que perdí el último autobús bajo la lluvia entendí que la libertad tenía un precio, y que ese hombre de manos pacientes sabía exactamente cuánto estaba dispuesta a pagar.
Pasé junto a su banco, le dejé una nota sin que nadie lo viera y salí al patio a fumar. Para cuando él golpeó la puerta, yo ya había dejado de pensar en lo correcto.
Levanté la mirada hacia la profesora que todos temían y se me heló la sangre: era ella, la mujer con la que me había masturbado por cámara durante dos años.
Ella ponía las reglas: nada de forros, nada de sentimientos y nada de preguntas. Yo apenas tenía veintiuno y ella me dejó claro que tenía mucho que enseñarme.
La conocí en un curso de inglés y la creí tímida. Esa noche, en el asiento del fondo, descubrí que era mucho más atrevida de lo que aparentaba.
Creí que iba solo a borrar esas fotos y volver a mi vida. En cuanto don Marcial abrió la puerta supe que había ido por algo muy distinto, y que él lo sabía mejor que yo.
Llegué a su casa con una falda demasiado corta y la excusa de aprobar. Él no dejó de mirarme ni un segundo, y yo no iba precisamente a estudiar.
Llevaba años fingiendo con mi novio. Esa noche, al otro lado del bar, estaba el único hombre que de verdad sabía lo que mi cuerpo había estado pidiendo.
Desde mi balcón se veía su cama. Esa noche salí a tomar el aire como siempre, sin imaginar que ella encendería la luz y se desnudaría delante de mí.
Lo vi inquieto en una banca del campus, esperando a alguien, y mi radar se encendió. No imaginé que ese chico tímido me haría perder la cuenta de las horas.
Los dos teníamos pareja y los dos lo sabíamos. Aun así me quité el suéter en el asiento del copiloto y dejé que me mirara como llevaba semanas queriendo mirarme.
Tenía dos opciones: frenar todo y alejarla de él, o darle vía libre para que se quedara con lo que yo más quería. Elegí la peor de las dos.
Tenía veintidós años y un trabajo final que valía el curso entero. Lo que no figuraba en ningún plan era la oferta que aquel señor me haría camino a casa.
Acababa de borrar las pruebas de la noche anterior cuando lo vi en el hall, listo para marcharse. Solo tenía que decirle que no. No lo dije.
Pensé que el ruido era del piso viejo, hasta que reconocí qué era: un gemido de mujer. Y venía de la habitación de mi mejor amigo.
Llevaba el disfraz demasiado apretado y media cerveza de más cuando empujé la puerta equivocada. Dentro estaba él, mirándome como si supiera que yo no iba a salir.
Tenía edad para ser su madre, pero él me miró como se mira a una mujer que uno quiere desnudar despacio. Y yo no hice nada por corregir el malentendido.
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.
El asiento del copiloto era incómodo para él, así que le ofrecí compartir la cama. No imaginé lo que pasaría cuando creyó que ya me había dormido.