Espié a mi hermana sin querer y no pude parar
Pensé que el ruido era del piso viejo, hasta que reconocí qué era: un gemido de mujer. Y venía de la habitación de mi mejor amigo.
Pensé que el ruido era del piso viejo, hasta que reconocí qué era: un gemido de mujer. Y venía de la habitación de mi mejor amigo.
Llevaba el disfraz demasiado apretado y media cerveza de más cuando empujé la puerta equivocada. Dentro estaba él, mirándome como si supiera que yo no iba a salir.
Tenía edad para ser su madre, pero él me miró como se mira a una mujer que uno quiere desnudar despacio. Y yo no hice nada por corregir el malentendido.
Cuando me abrió con aquel vestido amarillo, supe que mi excusa del wifi no engañaba a nadie. Y menos a una mujer que conocía todos mis secretos.
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.
El asiento del copiloto era incómodo para él, así que le ofrecí compartir la cama. No imaginé lo que pasaría cuando creyó que ya me había dormido.
Ese cubículo tenía una ventana hacia la sala de lectura. Yo creía que estudiábamos para el examen, hasta que sentí los ojos de aquel chico sobre nosotros.
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
Elegí al chico más codiciado del pueblo no porque lo amara, sino porque necesitaba a alguien a quien moldear mientras mi cabeza estaba en otra parte.
Subió con dos táperes y una sonrisa demasiado amable. Él tenía veintidós años, todo el fin de semana libre y una idea que sabía que no debía tener.
Sabía que el profesor Aníbal me miraba el cuerpo cada vez que me despedía. Esa tarde entré a su aula dispuesta a usar esa mirada a mi favor, fuera lo que fuera.
Nunca le dije lo que imaginaba por las noches mientras ella dormía a mi lado. Esta es la confesión que llevo callando desde que llegamos a esa ciudad.
Vino a pedirme la impresora y se quedó mirando la pantalla con una pregunta en la punta de la lengua que lo cambió todo entre nosotros.
Subí a aquel piso por un corte de pelo. Ella abrió la puerta con la promesa de quedarse en tanga delante de un completo desconocido.
No habían pasado ni cinco minutos de película cuando su mano ya buscaba debajo de mi short, y yo, en lugar de apartarla, recé para que nadie en la sala volteara a mirarnos.
Le mostró su teléfono con las manos temblando. No era un mensaje de otro chico: era una lista de búsquedas que confesaba todo lo que llevaba años callando.
Crucé la puerta esperando una fiesta normal. Encontré un patio lleno de chicas en bikini, ningún otro hombre y una anfitriona con una sonrisa que no era amable.
Cuando su novio se marchó dando un portazo, ella se quedó de pie en mi cocina, descalza, esperando a que yo dijera la primera palabra de su nueva vida.
Encontré a mi amiga temblando en el baño de aquella cena. Cuando pregunté quién la había dejado así, jamás imaginé que diría el nombre de nuestro profesor más temido.
Cuando entré en aquel ático con las cuerdas colgando de las vigas, entendí que esa noche no me pertenecería a mí misma.