Mi confesión sobre los manoseos en público
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
La primera vez que Lucía cerró la puerta de aquel cuarto, creyó que por fin estaba eligiendo sola. Se equivocaba.
Iba a irme cuando una mano me tomó del brazo. Camila ya no era mi secreto de un cumpleaños: tenía novia, y esa noche las dos me miraron con la misma sonrisa.
Cada vez que abría mi puerta sin avisar, su mirada duraba un poco más. Yo empecé a dejarla abierta a propósito.
Mi amigo se fue con su novia y me dejó solo con su madre; cuando cerró la puerta, la tensión en la cocina cambió por completo.
Ella dormía en la cama. Yo salí del baño con la toalla anudada, crucé el pasillo y lo encontré esperándome como si supiera que iba a buscarlo.
No alcanzamos a llegar al hotel: en cuanto vimos el callejón vacío, supe que iba a follarme ahí mismo contra la pared.
Me vio empalmarme por sus pies, sonrió como si ya mandara sobre mí y me hizo seguirla hasta el aparcamiento sin dejarme pensar.
Cruzó las piernas sabiendo que la miraba y su falda subió apenas lo justo. Cuando el aula quedó vacía, sonrió y me pidió que la ayudara a recoger la basura.
Creí oírla gemir al otro lado de la llamada y mi cabeza convirtió ese ruido en la escena más sucia que he imaginado.
Fui a desahogarme a su casa como siempre, pero un beso impulsivo terminó con mi mejor amigo temblando frente a mí, listo para aprenderlo todo.
Salí de la ducha y no encontré la ropa; estaba doblada sobre las rodillas de mi compañero, con esa sonrisa de quien llevaba semanas esperándome.
Pensé que solo íbamos a terminar un trabajo, pero cuando me besó descalza sobre la hierba entendí que me estaba llevando justo donde ella quería.
Todos en el instituto fantaseaban con la profesora de matemáticas. Yo fui el único que descubrió, escondido en un armario, lo que de verdad pasaba con ella.
Me inventé un trabajo de la universidad para tener a un futbolista a solas, en pantalón corto, y comprobar si sus piernas eran tan increíbles de cerca como en la tele.
Era alto, gracioso y no era para nada mi tipo. Pero esa madrugada me subí a su carro sabiendo que iba directo a meterme en problemas, y no me arrepentí.
Llevaba meses siendo Renata solo de noche, hasta que él me sostuvo la mirada en plena calle como si supiera exactamente lo que yo escondía bajo el abrigo.
Nunca fue el chico que más me gustó. Lo que me gustaba era ponerlo nervioso, verlo perder el control delante de mí mientras pensaba en ella.
Pensé que era una noche más de estudio hasta que ella giró la cabeza, me miró fijamente y dijo aquella frase que lo cambió todo entre nosotros.
El día que perdí el último autobús bajo la lluvia entendí que la libertad tenía un precio, y que ese hombre de manos pacientes sabía exactamente cuánto estaba dispuesta a pagar.