El chico trans del bar me cambió todas las reglas
Rodrigo enviudó hace ocho meses. La muerte de su esposa llegó de golpe, sin avisar, como un portazo en mitad de la noche. Fue un mazazo en todos los frentes: el ánimo, la rutina, el sentido mismo de las cosas. A los cincuenta y dos años se descubrió replanteándose todo lo que hasta entonces había dado por sentado, sus valores, su forma de vivir, hasta la manera en que ocupaba los domingos.
Hace unas pocas semanas empezó a salir los sábados por la noche. La casa se le caía encima y necesitaba aire, voces, gente. El problema era que se sentía completamente fuera de juego. El reguetón y los bailes de cadera no iban con él. Se notaba como una figura de cera escapada de un museo, un hombre de otra década plantado en medio de una fiesta que no entendía.
Apoyado en la barra de un local del centro, se conformaba con mirar a las chicas, casi todas jovencísimas, moviendo las caderas como si llevaran un motor dentro.
—Creo que a eso lo llaman perreo —le comentó el hombre que compartía barra a su lado.
El tipo tenía algunos años menos que él, quizá unos treinta y nueve, y se presentó sin rodeos.
—Me llamo Damián. Parece que esta noche tampoco hay suerte. Nos vamos de vacío para casa. Con la edad cuesta más ligar.
—Con la edad cuesta más todo —contestó Rodrigo, y los dos se echaron a reír—. Yo soy Rodrigo. Un placer. Al menos hemos despejado un poco la vista, aunque no toquemos nada.
Damián era un hombre atractivo. Vestía traje, llevaba el pelo peinado hacia atrás y lucía una barba corta, recortada con cuidado. Tenía la voz grave y una forma tranquila de mirar a los ojos que invitaba a quedarse.
Entablaron una charla cómoda, de esas que fluyen solas. Salir solo de noche tenía ese inconveniente: no había nadie con quien comentar lo que uno veía. Abandonaron aquel bar y fueron probando otros de la zona, invitándose a copas por turnos, riéndose de sus propias torpezas en la pista.
Cuando ya habían intimado lo suficiente, con el alcohol soltándoles la lengua, Damián le soltó una confesión.
—¿No te has dado cuenta de que soy un chico trans?
—Pues la verdad es que no —Rodrigo lo miró sin alarma—. Tienes un aspecto muy masculino. De todas formas, a mí eso me da igual. A partir de ahora somos dos colegas de cacería.
—Bueno, también soy gay. Yo salgo a buscar un buen macho.
—Pero si te cambiaste de sexo será porque te gustaban las mujeres, ¿no? —quiso indagar Rodrigo, intrigado de verdad.
—Yo era un chico atrapado en el cuerpo de una mujer. Quise cambiar de género para ser lo que soy hoy y disfrutar del sexo con hombres, siendo yo un hombre.
—Seguro que los cirujanos te montaron una buena. ¡Qué suerte tenéis algunos!
—Me cambié de género, pero no de sexo. Tengo coño, y en este momento lo tengo empapado de lo cachondo que me pones. Si te apetece, está abierto y receptivo —le dijo con una sonrisa socarrona.
***
Rodrigo se quedó callado un momento, atrapado en un pequeño dilema. Las opciones eran dos: irse a casa solo y masturbarse, como llevaba haciendo desde la muerte de su mujer, o irse con Damián, que era un hombre, sí, pero un hombre con un sexo húmedo y dispuesto esperando entre las piernas. Un coño es un coño, al margen de quién sea su dueño, pensó. La idea, lejos de incomodarlo, empezó a calentarle la entrepierna.
Con Damián ganaba algo más que sexo: ganaba un amigo con quien salir a tomar unas copas, y de paso una boca, un coño jugoso y un culo estrecho donde descargar todo lo que llevaba meses acumulando. No tenía nada de lo que quejarse.
—No me opero del todo —le explicó Damián— porque así tengo acceso a un montón de tíos heteros que jamás se acostarían con un hombre con polla. Si tuviera pene, mi público se reduciría a la mitad. Podemos ser amigos con derecho a roce, sin necesidad de complicarnos.
Rodrigo asintió. Le echó un repaso de arriba abajo, buscando algún rastro de la mujer que Damián había dejado atrás, algo a lo que agarrarse para encender del todo el deseo, y respondió:
—Acepto el trato, Damián. Vamos a tu casa, que tengo ganas de comprobar de qué va todo esto.
Fueron a buscar el coche de Damián. Era un descapotable azul, un biplaza que brillaba bajo las farolas como si lo acabaran de sacar del concesionario.
—Por dar una vuelta en este trasto te dejo hasta que me la metas por detrás —bromeó Rodrigo, y los dos soltaron una carcajada mientras arrancaban.
***
Ya en el apartamento, Damián puso un vinilo de Chet Baker, esa trompeta lenta y rasposa que llenaba el salón de una calma extraña. Se sirvieron dos copas y hablaron del amor, del sexo y de las vueltas que da la vida. Rodrigo notaba el corazón acelerado, una mezcla de nervios y curiosidad que no sentía desde hacía años.
En un momento dado, Damián se acercó y empezó a lamerle la oreja. Le recorrió el lóbulo con la lengua, mordisqueó el cartílago, deslizó la punta por el interior del pabellón hasta arrancarle un escalofrío que le bajó por la nuca.
—Esto y mucho más le voy a hacer a tu polla dentro de un rato —le susurró—. No vas a notar la diferencia.
—La barba es lo único que me echa un poco para atrás —admitió Rodrigo—. ¿No te plantearías afeitártela algún día?
—Sin barba me parecería a la chica de la que llevo años huyendo. Perdería lo que soy. No te preocupes, te acostumbrarás. Y abajo estoy depilado, así que vas a poder saborearme sin tener que escupir pelos cada dos por tres. No tendrás excusa para distraerte.
Se desnudaron en un visto y no visto. A Rodrigo, la imagen de un hombre con barba y coño le chocó al principio. Estaba más acostumbrado a la idea de una chica trans con pene, no a aquello.
—Eso es por la sociedad en la que vivimos —comentó Damián, divertido—. A los chicos trans con vagina nadie nos ve. Por eso a tu cabeza le cuesta encajarlo.
—Tienes razón —reconoció Rodrigo—. Dicen que es más fácil partir un átomo que un prejuicio. Pues esta noche yo voy a partir uno, y te voy a hacer el amor como no te lo ha hecho nadie.
Se dieron un beso largo, profundo, de esos que borran cualquier duda.
***
Se colocaron en un sesenta y nueve, con Damián arriba. Le lamía el tronco a Rodrigo de abajo arriba, le chupeteaba el glande hasta dejárselo más enrojecido de lo habitual, lo metía entero en la boca con una técnica que delataba experiencia. Rodrigo gemía sin poder evitarlo.
Mientras tanto, abrazado a los muslos firmes de Damián, hundía la cara en aquel sexo empapado, lamía con devoción, recogía cada gota antes de tragarla. No se olvidaba del culo: pasaba la lengua por el borde del ano, por la raja que escondían aquellas nalgas duras, y notaba cómo Damián se estremecía cada vez que lo hacía.
Se dio cuenta enseguida de que aquel culo no era virgen, ni mucho menos. A Damián lo habían disfrutado por los tres agujeros, y Rodrigo, esa noche, pensaba probarlos todos.
Después de un buen rato comiéndose el uno al otro, pasaron a la postura del misionero. Rodrigo la clavó en dos embestidas. Hacía meses que no sentía aquello, el calor húmedo y apretado cerrándose alrededor de su polla, y por un segundo cerró los ojos y se dejó ir.
Lo combinaba con lametones en los pezones de Damián, subía por el cuello, le mordía la piel del hombro, volvía a la boca. No paraba quieto. Cada pocos minutos cambiaban de postura: a cuatro patas, de lado, Damián sentado encima dándole la cara y luego la espalda.
En esa última, Damián se corrió por fin, con un grito ronco que pareció rebotar en las paredes, empapándole los muslos y los testículos a Rodrigo. Recuperó el aliento un momento antes de hablar.
—He probado tu boca, he probado tu coño, y ahora me apetece probar lo último —dijo Rodrigo—. Nunca se la he metido a nadie por el culo. Pero ya que no eres virgen por ahí, me da morbo saber qué se siente.
—Eso está hecho, cariño —respondió Damián—. Rómpeme todo lo que quieras y córrete dentro si te apetece. Me pone sentirte ahí, duro, abriéndome.
***
Damián se puso a cuatro patas y esperó con ansia que su macho lo penetrara. Quería sentir cada centímetro de aquella carne caliente y dura abriéndose paso. Rodrigo se arrodilló detrás, acercó la punta al ano y empezó a empujar, despacio, milímetro a milímetro, hasta que entró del todo.
Al principio le bombeó el culo a un ritmo lento, casi cuidadoso, y poco a poco fue subiendo la cadencia hasta convertirlo en una embestida salvaje. La cama crujía, la respiración de los dos llenaba el cuarto, el sudor empezaba a brillar sobre la espalda de Damián.
A Rodrigo le encantaba que su pareja se sentara sobre él de espaldas, así que se lo propuso. Ya lo habían hecho antes, pero metiéndola por delante; ahora iba a entrar por la puerta de atrás. Se recostó en el sofá del salón y Damián se acomodó en cuclillas encima, apoyando los pies en sus muslos, dejándose caer poco a poco sobre la polla de su hombre.
Rodrigo lo sujetaba por la cintura, ayudándolo a subir y a bajar, y con la mano derecha le frotaba el sexo para llevarlo a un segundo orgasmo al mismo tiempo que él terminaba. Pero todavía faltaba: pensaba disfrutar al menos veinte minutos más antes de soltarlo todo.
¡Cómo entraba de apretado por aquel túnel! Había que tenerla muy dura, porque al mínimo titubeo era imposible avanzar. Rodrigo le lamía la espalda empapada en sudor, y Damián no paraba de repetir lo mismo entre jadeos.
—Me corro, cariño. Frótame con los dedos, fuerte, y dame fuerte por detrás. ¡Esto es la gloria, joder!
Y por fin llegó el clímax para los dos a la vez. Rodrigo resoplaba con cada embestida, vaciándose entero dentro de él, y Damián gemía con los ojos en blanco, sacudido por un orgasmo brutal, de esos que se cuentan con los dedos de una mano.
Después se arrastraron a la cama, se acurrucaron haciendo la cucharita y se quedaron dormidos sin decir nada más. No hacía falta.
Rodrigo y Damián llegaron a un buen entendimiento. Amistad de verdad y sexo del bueno, que a veces es lo único que uno necesita para volver a sentirse vivo.