El motero que subió a mi piso aquella tarde
Valencia, a principios de los dos mil. No sabría decir el año exacto, y tampoco importa demasiado. Eran tiempos en los que ligar no consistía en deslizar el dedo por una pantalla. No había aplicaciones, no había perfiles con filtros ni fotos a la carta. Si querías encontrar a alguien, te las ingeniabas como podías.
Ni siquiera recuerdo bien dónde puse el anuncio. Creo que fue en uno de esos canales de televisión local que emitían mensajes de contactos por la madrugada, líneas de texto sobre fondo azul que se sucedían lentas mientras sonaba una música de ascensor. El mío decía algo escueto y directo: «Me apetece mamar. Solo tíos sanos y discretos». Sin rodeos. Quien lo leyera, sabía exactamente a qué atenerse.
Empezaron a llegarme mensajes al móvil. Algunos no pasaban del primer intercambio. Otros se quedaban en promesas que nunca se cumplían. Pero hubo uno que me llamó la atención desde el principio. Escribía bien, sin faltas, con una mezcla de timidez y descaro que me resultó imposible de ignorar.
Cruzamos unos cuantos mensajes antes de decidirnos a quedar. Y, en mitad de la conversación, me hizo una petición curiosa: le gustaría ver algún vídeo de chicas trans mientras tanto, para entrar en calor. Me pareció bien. A esas alturas yo ya había aprendido que cada uno tiene sus rituales, y que lo importante era que ambos lo pasáramos bien.
***
Quedamos una tarde de entre semana, de esas en las que la ciudad parece detenerse y el calor se queda pegado a las paredes. Sonó el portero electrónico. Descolgué, oí una voz grave que apenas dijo «soy yo», y le abrí sin más.
Tardó unos segundos en subir. Cuando abrí la puerta del piso, me encontré con un tío joven, no llegaba a los veinticinco. Bajo de estatura, pero compacto, de esos cuerpos que se intuyen trabajados sin necesidad de presumir. El pelo castaño claro, algo despeinado por el casco que llevaba en la mano. Y guapo, guapo de verdad, con una mandíbula marcada y unos ojos que no terminaban de sostener la mirada.
Se le notaba tenso. No era el primero que cruzaba mi puerta con esa rigidez en los hombros, esa manera de mirar a los lados como calculando si había hecho bien en venir. Lo entendía perfectamente. Esos primeros minutos siempre eran los más frágiles.
—¿Te apetece beber algo? —le pregunté, intentando rebajar la tensión.
—No, estoy bien. Si puedes poner el vídeo ese... —dijo, dejando la frase a medias.
Asentí. Encendí el ordenador, busqué uno de esos vídeos de chicas trans de pecho grande que me había pedido, y lo dejé reproduciéndose en la pantalla. Él se sentó en el borde de la cama, todavía con el casco entre las manos, los ojos clavados en el monitor. Yo me mantuve cerca, sin invadirlo, dejando que el ambiente hiciera su trabajo.
Poco a poco vi cómo su respiración cambiaba. Los hombros se le aflojaron. Dejó el casco sobre la mesilla con un golpe seco, y aquel ruido pareció marcar el final de su indecisión.
***
Al cabo de un rato se levantó. Se acercó a mí sin decir palabra y empezó a desabrocharse el cinturón. El gesto fue lento, casi solemne, como si hubiera estado ensayándolo en su cabeza durante todo el trayecto en moto.
Me arrodillé delante de él. A través de la tela del pantalón ya se adivinaba un bulto considerable, una promesa que apretaba contra la costura. Le acaricié por encima de la ropa, sintiendo el calor que desprendía, y noté cómo se tensaba aún más bajo mi mano.
Le fui bajando los pantalones despacio. Tenía unos muslos firmes, musculosos pero sin exagerar, proporcionados, de los que se forjan subiendo escaleras y no en un gimnasio. La ropa interior apenas podía contener lo que había debajo. Hundí la cara contra la tela, respirando su olor, frotando la mejilla contra él mientras le bajaba el slip desde atrás, tirando con suavidad.
Cuando por fin la liberé, me quedé un instante mirándola. Y vaya si valía la pena mirarla. Era impresionante de verdad, sobrepasaba con holgura los veinte centímetros, gruesa, de un tono dorado que contrastaba con la piel más clara del resto del cuerpo. Estaba a medio camino, dura en un ochenta por ciento, creciendo todavía. Una pieza desproporcionada para un cuerpo tan compacto.
No es que yo vaya buscando rabos enormes, pero cuando se te presenta uno así, tampoco vas a decirle que no.
Pasé la lengua por el glande sin prisa. Estaba caliente, limpio, sin más sabor que el de la piel templada. La recorrí entera, de abajo arriba, y noté cómo se hinchaba todavía un poco más dentro de mi boca. Fue un placer genuino, de esos que pocas veces te encuentras. Él soltó el aire despacio, como si llevara conteniéndolo un buen rato.
Me puso una mano en la nuca. No para forzar, solo para acompañar. Empezó a moverse despacio, con un cuidado que no esperaba de alguien tan tenso al entrar. Cada embestida la sentía deslizarse más adentro, rozándome la garganta. Pensé que iba a atragantarme, pero no. Mi cuerpo fue cediendo, abriéndose, acostumbrándose a su tamaño con una facilidad que a mí mismo me sorprendió.
Poco a poco fue cogiendo ritmo. Y cuando quise darme cuenta, ya no era yo quien marcaba el paso. Me estaba follando la garganta, sin violencia, pero con una decisión nueva, y me encantaba. Le acaricié los testículos con la mano derecha, sopesándolos, jugando con ellos mientras él entraba y salía. Me gusta hacerlo, siempre me ha gustado esa parte.
Me agarró de las orejas. No sé por qué, pero ese gesto me volvió loco, esa forma de tomar el control sin pedir permiso. De vez en cuando lo dejaba salir para volver a lamerle el glande, despacio, antes de devolverlo a lo más hondo. Él me dejaba hacer, observándome desde arriba con la respiración cada vez más entrecortada.
Estuvimos así un buen rato. Diez minutos, quizá más. Lo estábamos disfrutando los dos, eso era evidente, y no había ninguna prisa por que terminara.
***
No era de los que gimen ni gritan. De esos que avisan con la voz cuando están a punto. Lo supe por otras señales: la respiración que se volvió más corta y rápida, los dedos que se cerraron con más fuerza alrededor de mi cabeza, las embestidas que perdieron su cadencia y se volvieron urgentes, profundas, casi desesperadas.
Y entonces se corrió dentro de mi garganta. Lo sentí latir, soltarse, vaciarse mientras yo lo apretaba con los labios y aguantaba sin moverme. Cuando por fin sacó la polla, un hilo tibio me resbaló por la barbilla. El sabor era apenas salado, suave, nada que no hubiera probado antes pero que en aquel momento me supo mejor que nunca.
Se quedó quieto unos segundos, recuperando el aliento, con una media sonrisa que era casi de agradecimiento. Había estado genial, y los dos lo sabíamos sin necesidad de decirlo.
Se vistió en silencio. Recogió el casco de la mesilla, murmuró un «hasta otra» y se marchó casi sin más palabras, dejando tras de sí un vacío extraño en la habitación. El rugido de su moto se perdió calle abajo.
***
Pensé que no volvería a saber de él. Que sería uno más de esos encuentros que ocurren una sola vez y se quedan flotando en la memoria como un recuerdo borroso. Pero me equivoqué.
Volvimos a quedar. No sé si fueron cinco veces o seis, ya no lo recuerdo con exactitud. Después yo cambié de número de móvil y le perdí el rastro, una de esas torpezas que uno lamenta durante años. Pero cada una de aquellas tardes fue distinta, y todas buenas.
Con el tiempo fue soltándose. Llegaba menos tenso, dejaba el casco sobre la mesa con más confianza, se quitaba la cazadora antes incluso de que yo dijera nada. Aprendí a leer sus silencios, a reconocer el momento exacto en que la timidez del principio daba paso a esa decisión que tanto me gustaba.
Nunca hablábamos demasiado. No hacía falta. Llegaba, ponía el vídeo durante un par de minutos por costumbre más que por necesidad, y después se acercaba a mí con esa calma suya. Yo había llegado a conocer su cuerpo mejor que el de muchos amantes con los que había compartido bastante más que un puñado de tardes robadas. Sabía dónde tocarlo para que se le cortara la respiración, cuánto apretar, cuándo retirarme para hacerlo esperar un segundo más de la cuenta.
Me preguntaba a veces quién sería fuera de aquellas paredes. Si tendría novia, si sus amigos sabrían algo, si pensaba en mí mientras conducía de vuelta a su vida. Nunca se lo pregunté. Había una regla tácita entre nosotros que nos prohibía cruzar esa línea, y los dos la respetábamos como si de ello dependiera que aquello siguiera funcionando.
Recuerdo una de las últimas veces. Aquella tarde me sorprendió con una petición que no esperaba. Quería que se la comiera, que le pasara la lengua por allí donde casi nunca me atrevía. Yo no solía hacerlo, no era algo que entrara en mis costumbres. Pero este tío tenía algo especial, una manera de pedir las cosas que desarmaba cualquier reparo.
Así que lo hice. Lo tumbé boca abajo, le separé despacio aquellos muslos firmes que tantas veces había acariciado, y me entregué a complacerlo de una forma nueva. Lo sentí estremecerse, arquearse contra la sábana, soltar por fin alguno de esos sonidos que normalmente se guardaba. Lo pasamos de maravilla esa vez también, quizá mejor que ninguna.
***
De aquello hace ya muchos años. La ciudad ha cambiado, yo también, y las formas de buscar a alguien no tienen nada que ver con las de entonces. Ahora todo es inmediato, todo está a un toque de distancia, y sin embargo a veces echo de menos aquella incertidumbre, aquella espera frente al portero electrónico sin saber muy bien quién iba a subir.
Todavía me acuerdo de él de vez en cuando. Del ruido del casco al dejarlo sobre la mesa, de aquel tono dorado, de la manera en que me agarraba de las orejas como si el mundo le perteneciera. Ojalá volviera a saber de aquel motero callado que respondió a mi anuncio una tarde de calor.
O quién sabe. Quizá un día sea de ti de quien tenga noticias.