Contraté un escort joven y le hice todo lo que quería
Siempre me habían gustado los hombres de mi edad, incluso un poco mayores, con barba, con cuerpo trabajado, con esa seguridad que dan los treinta y largos. Eso fue así durante años. Pero en algún momento, sin darme cuenta, empecé a mirar otra cosa. Empecé a mirar a los chicos de veinte, esos que todavía caminan medio inseguros por la calle, esos con las muñecas finas y las clavículas marcadas. Empecé a girarme cuando pasaban, a buscarles el culo apretado bajo el jean, a quedarme un par de segundos más de la cuenta cuando se reían.
Un par de veces tuve algo con alguno. Siempre mayor de edad, eso ni discusión. Pero los que me crucé en bares o por aplicaciones eran chicos comunes, con sus límites, sus pudores, sus primeras veces a medio masticar. A mí me empezaron a venir a la cabeza otras cosas. Cosas más bruscas. Cosas que no iba a poder pedirle a un pibe que recién aprendía a coger.
Así que un viernes a la noche, mientras Lucas, mi novio, dormía boca abajo en la cama, abrí en el celular una página argentina de escorts. Me quedé media hora mirando perfiles. Algunos demasiado fotogénicos, demasiado retocados. Otros con cara de querer terminar rápido y volver a su casa. Me detuve en uno: veinte años recién cumplidos, flaquito, anteojos cuadrados, la frase «hacéme lo que quieras» como descripción. Voy a llamarlo Tobías.
Le escribí. Contestó en diez minutos, con frases cortas y un tono entre tímido y profesional. Le dije que necesitaba alguien con experiencia, alguien que aguantara, alguien que no se quebrara a los cinco minutos. Le advertí que iba a ser intenso. Él me mandó un emoji con la lengua afuera y me dijo: «vos tranquilo, yo banco lo que venga».
Coordinamos para un miércoles a las cinco de la tarde. Lucas tenía esa semana doble turno en la clínica, no iba a aparecer por casa hasta las once. Tres horas largas. Más que suficiente.
***
El miércoles, a las cinco menos diez, sonó el portero. Me asomé por la cámara y casi me río. Parecía más chico que en las fotos. Tenía la mochila colgada de un solo hombro, los anteojos resbalados sobre la nariz y una capucha gris que le tapaba media frente. Cara de estudiante de ingeniería en plena cursada. Eso me calentó más todavía.
Lo hice subir. Cuando abrió la puerta del ascensor y entró al departamento, le pedí el documento. Le pareció raro. Le expliqué, sin perder la sonrisa, que en este país las cosas con un menor son un problema serio y yo no quería líos a futuro. Sacó el DNI, me lo mostró. Veinte años, dos meses, dieciocho días. Perfecto.
—¿Querés tomar algo? —le pregunté.
—Agua, si tenés.
Le serví agua. La tomó parado, sin sacarse la mochila. Le saqué la mochila yo, despacio, y la dejé en el sillón. Después le saqué los anteojos. Sin ellos parecía aún más chico, con los ojos entrecerrados, como un gato recién despierto.
—Vení —le dije.
Lo llevé al cuarto. Cerré la persiana hasta dejar solo una franja de luz amarilla cruzando la cama. Lo paré frente a mí, le saqué la capucha gris y el remerón blanco que tenía abajo. Y ahí me sorprendió. Llevaba puestos suspensores. Suspensores de tela negra, de esos que cruzan el pecho y se enganchan en el pantalón. Le crucé un dedo por debajo de uno y se lo dejé caer contra la piel. Sonrió sin mirarme.
—¿Te los pusiste para mí?
—Si te gusta, sí.
Me gustó. Mucho.
***
Lo tiré sobre la cama y me senté en el borde, con los pantalones todavía puestos. Le agarré la cara con una mano y le metí el pulgar entre los labios. Lo chupó sin que se lo pidiera. Después le bajé la mano hasta el cuello, lo apreté apenas, lo solté. Empezaba a entender qué tipo de tarde iba a ser.
Le ordené que me la chupara. Se arrodilló en el piso, frente a la cama, y me bajó el cierre con los dientes. Me sacó la verga afuera con cuidado, como si fuera un trofeo. Y empezó a chuparla con una concentración que no había visto en ningún pibe de su edad. Cuando se la sacaba de la boca para tomar aire, me la agarraba con las dos manos. Le aparté las manos con suavidad.
—Sin manos. Buscáme con la boca.
Y así lo hizo. Movía la cabeza hasta que mi punta le rozaba la mejilla, después la barbilla, después se la metía de vuelta hasta el fondo. Le caía un hilo de saliva al pecho. Tenía la mirada baja, casi cerrada, como si estuviera rezando. Yo le acariciaba la nuca despacio. Mi pija estaba dura como una piedra, la punta hinchada, brillante, dejando gotitas que él lamía sin pestañear.
—Los huevos. Chupámelos también.
Bajó la cabeza un par de centímetros y me metió los huevos en la boca, uno por uno. Mientras tanto, le pasé un dedo entre las nalgas y le rocé el agujero. Lo sentí abrirse apenas. No estaba tenso. No estaba asustado. Estaba esperando.
—¿Querés ponerte arriba? —le pregunté, porque sabía que iba a decir que sí. Para los primeros minutos siempre es mejor que ellos manejen el ritmo.
—Sí, dejáme a mí.
***
Me acosté boca arriba. Él me cruzó las piernas, se sentó sobre mí y se la fue acomodando contra el culo. Tenía un frasquito de lubricante en la mochila, lo había sacado sin que yo le dijera nada. Lo usó. Se hundió despacio. Cuando llegó al fondo, soltó un suspiro largo, casi de alivio. Su ano me apretaba como un puño.
Se movió tres, cuatro veces, marcando un ritmo lento, casi de prueba. Yo le tenía las dos manos en la cadera, sin presionarlo, dejándolo hacer. Después de un minuto, sin avisar, lo agarré de la cintura y lo tiré boca abajo en el colchón.
—Ahora me toca a mí.
Me acomodé encima, le abrí las piernas con la rodilla y volví a entrar de una sola vez. Esta vez no fue suave. Empecé a cogerlo con todo, con el pecho pegado a su espalda, agarrándolo de los hombros. Era tan flaco que parecía que me lo iba a romper en dos. Él, con la mano, me empujaba el muslo. No tenía fuerza. Me empujaba más para participar que para frenarme.
—Pará un poco que me duele —dijo dos veces.
Las dos veces frené. Le besé el cuello, le pasé la lengua por el lóbulo de la oreja, esperé a que respirara. Cuando me dijo «dale», seguí. Y esa palabra, ese «dale» susurrado contra la almohada, me terminó de prender fuego.
No aguanté mucho más. Cinco minutos, ocho, no sé. Acabé adentro suyo, con un gemido bajo que me salió desde la panza. Me quedé sobre él, todavía duro, todavía adentro, respirándole en la nuca. Le acariciaba los costados despacio. Le hablaba. Le preguntaba boludeces: si tenía hermanos, si estudiaba, si esa noche tenía que ir a algún lado. Mi verga se fue ablandando sola, hasta que se salió sola.
No lo dejé acabar. No todavía.
***
A los quince minutos yo ya quería de nuevo. Me fui al baño, me lavé, volví con la pija dura otra vez. Él seguía boca abajo en la cama, con un brazo cruzado sobre el cuerpo, mirando la franja de luz amarilla en la pared. Le apunté la boca con la verga. No hizo falta decirle nada. Abrió los labios y se la metió toda. Tenía la cara hinchada, los ojos brillantes, los pelos pegados a la frente. Estaba precioso.
Lo dejé chupar dos minutos. Después saqué un preservativo del cajón, me lo puse y lo acosté de nuevo boca abajo. Esta vez no usé lubricante. Hice fuerza, le abrí la cola así, sin nada. Lo vi apretar los dientes contra la almohada. No frené, pero tampoco fui rápido. Entré despacio, milímetro a milímetro, hasta que mis huevos le tocaron las nalgas.
Le pasé una mano por la cabeza, despacio, como se acaricia a un perro nervioso. Y entonces él movió la cola hacia atrás, buscándome más. Esa fue la señal. Empecé a darle con todo, sin contemplación. En cuatro patas, agarrándolo del pelo, dándole palmadas secas en el culo, sintiendo cómo cada palmada le sacaba un quejido apagado contra la almohada. Él se dejaba hacer. Todo lo que yo quisiera, todo le venía bien.
—Te vas a tomar mi leche —le dije, casi sin aire—. Te la voy a dar en la boca y te la vas a tomar entera.
—La quiero toda —murmuró.
—¿Toda?
—Toda.
Le seguí cogiendo, repitiéndoselo como un mantra. Que se la iba a dar en la boca. Que se la iba a tomar. Que no iba a quedar una gota. Que se la iba a tragar enfrente mío y después me iba a dejar la punta limpia con la lengua. Cada cosa que le decía lo prendía más. Lo sentía. Tenía la cola tan tensa que me apretaba la pija como un torno.
—Sí, dame, en la boca —dijo, y esa fue la señal definitiva.
***
Me salí. Me arranqué el preservativo de un tirón. Le agarré la cabeza del pelo y le acerqué la cara a la verga. Él entendió todo sin que le explicara. Empezó a lamerme los huevos, la base, la punta, todo lo que alcanzaba, mientras yo me pajeaba arriba suyo. Después le dije que se la metiera y se la metió. Y al mismo tiempo se empezó a pajear él. Yo le hablaba pegado a la boca.
—Quiero que me dejés la punta limpia. Cuando termine, vos seguís lamiendo. ¿Entendiste?
Asintió con la verga adentro de la boca. Se pajeaba cada vez más rápido. Cada palabra mía lo encendía. Cuando acabé, le solté toda la leche en la lengua, lo agarré con fuerza del pelo y le mantuve la cabeza ahí, sin dejarlo cerrar la boca. Vi cómo tragaba, despacio, casi con devoción. Después, sin que yo le ordenara nada más, sacó la lengua y me limpió la punta. Lentamente. Dos, tres veces. Hasta que no quedó una gota.
Justo ahí acabó él, todavía con mi pija en la cara, manchándome el pie con su semen sin querer. Soltó una risa cansada cuando se dio cuenta.
—Perdón.
—No te preocupes.
Le di una toalla, lo mandé a la ducha. Mientras él se bañaba, yo cambié las sábanas, abrí la ventana, ventilé. Cuando salió del baño, ya vestido, con la mochila al hombro y los anteojos otra vez sobre la nariz, parecía de nuevo el chico de la cámara del portero. El mismo cara de estudiante de ingeniería. Costaba creer todo lo que había pasado en esa habitación.
Le pagué en efectivo. Le agregué una propina que no esperaba, porque me había gustado mucho cómo había manejado las cosas. La aceptó con una sonrisa corta, profesional, sin alargar la despedida. Le di la mano. Se la di yo, no él. Y se fue.
Nunca más supe nada de Tobías. No volví a entrar a la página de escorts. No hizo falta. Esa tarde cumplí cada uno de los caprichos que venía arrastrando hacía meses, y eso me alcanzó, al menos por un buen tiempo. Lucas llegó esa noche a las once y media, me besó en la frente, me dijo que estaba muerto y se durmió como una piedra a mi lado.
Yo me quedé mirando el techo, con el olor a desodorante de aire todavía flotando en el cuarto, pensando en la cara de Tobías cuando sacó la lengua a limpiarme. Y en la forma en que había dicho «la quiero toda». Y en cómo, por primera vez en mucho tiempo, había hecho exactamente lo que quería con un cuerpo ajeno sin pedirle perdón a nadie.