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Relatos Ardientes

Volví a tocar su puerta después del desastre

Pasé varios días sin trabajar y la tristeza me ahogaba. Lo que había ocurrido me golpeaba con cada amanecer, y por eso, una tarde cualquiera, decidí caminar hasta la casa donde meses antes había vivido aquella noche que nadie del barrio conocía. Eran las cinco. Toqué el timbre tres veces. Nadie abrió.

Cruzando la calle había un bar pequeño, de esos con mesas pegajosas y un televisor encendido sin que nadie lo mirara. Entré, pedí una cerveza y me senté junto a la ventana, vigilando la puerta del edificio de Lautaro. Mientras bebía, le escribí. Le recordé que era yo, el muchacho de aquella fiesta de fin de año, el que se había quedado hasta el amanecer.

No respondió.

Pedí otra. Y otra. Cuando giré la pantalla del teléfono, ya habían pasado las ocho. Justo cuando estaba por irme, el aparato vibró sobre la madera. Era él. «Bajo en cinco», decía el mensaje.

Apareció en menos de eso, con el pelo todavía húmedo y una chaqueta abierta sobre una camiseta blanca. Me miró de arriba a abajo y supo enseguida que algo no andaba bien.

—Sube conmigo —dijo, sin preguntar nada más.

Su departamento estaba en el cuarto piso. El ascensor olía a madera vieja y a humedad. No hablamos en el trayecto. Lautaro abrió la puerta y me dejó pasar primero, con una mano apoyada en mi espalda baja. Adentro, las luces eran tibias y sonaba algo de jazz que no reconocí.

Me senté en el borde de su cama. Él puso una almohada detrás de mi espalda, sirvió dos vasos de agua y se acomodó frente a mí, en el suelo, con las piernas cruzadas como un niño que espera un cuento.

—Cuéntame.

Y conté. Empecé a llorar antes de la tercera frase. Le hablé del mensaje que le había mandado tantas semanas atrás, del silencio que recibí, de cómo aquel silencio me había hecho sentir desechado en el peor momento. Le conté que el hermano de Iván, mi pareja entonces, me había tendido una trampa con una foto trucada. Le conté que perdí el trabajo, que perdí la pieza alquilada, que perdí algo más adentro que ni siquiera sabía nombrar.

Lautaro no me interrumpió. Me dejó vaciar todo. Cuando terminé, se puso de pie y me abrazó como nadie me había abrazado en semanas. Sin condiciones. Sin sermones.

—Sospeché que algo te pasaba —dijo cerca de mi oído—. Por eso no contesté. No quería que pensaras que respondía por lástima. Tenía miedo de hacerte más daño.

Asentí contra su hombro. Olía a jabón de avena y a algo más, algo cálido y reconocible.

—La vida sigue —murmuró—. Aunque ahora no lo creas.

Me quedé en sus brazos un rato largo, hasta que mi llanto se volvió respiración pesada y mis manos dejaron de temblar.

***

Cuando me separé, él arrugó la nariz con una sonrisa.

—Estás hecho un desastre —dijo, mirándome la ropa—. ¿Hace cuánto no te bañas?

Me reí por primera vez en días. Era cierto. Llevaba la misma camiseta desde el martes, los mismos pantalones. Ni siquiera había abierto el cajón de las medias limpias.

Me agarró de la mano y me sacó del departamento.

—Vamos.

A media cuadra había una tienda chica que cerraba a las nueve. Llegamos justo. Eligió por mí: una camiseta negra básica, un pantalón gris claro, ropa interior, medias nuevas. Pagó sin dejar que yo abriera la billetera.

—Después me lo devuelves con tu primer sueldo —dijo, guiñándome un ojo.

Volvimos al departamento. Me llevó directo al baño. Abrió la llave del agua caliente, se desnudó frente a mí sin pudor y me ayudó a sacarme la ropa como si yo fuera un niño chico. La vergüenza me duró diez segundos. Después solo quedó el alivio del agua corriendo, el vapor empañando el espejo y sus manos enjabonadas recorriéndome la espalda.

Pasó los dedos despacio por mis hombros, por la cintura, por el surco de la espalda baja. Cuando llegó a mis nalgas, no se detuvo, pero tampoco apuró nada. Solo me lavó con la misma calma con la que me había escuchado.

Sentí cómo se me endurecía el cuerpo. No por urgencia. Por gratitud.

Me agaché frente a él, sin pensarlo. Su sexo estaba a media asta, no demasiado largo, pero grueso, marcado por venas que latían bajo la piel. Lo tomé con la boca despacio, probando el sabor a jabón y a piel limpia. Lautaro apoyó una mano sobre mi nuca, sin presión, solo para sostenerme. Se endureció contra mi lengua. Levanté la mirada y lo encontré observándome con una intensidad que no había visto en él en la fiesta.

—Sal del agua —murmuró.

***

Salimos sin secarnos del todo. Goteábamos por el pasillo. Yo seguía borracho de cerveza barata y de algo más fuerte que ya no era la tristeza. Lautaro me empujó suave contra el armario del cuarto, apoyó mis manos contra la madera y se acomodó detrás. No me preparó. No me avisó.

Cuando entró en seco, dejé escapar un grito que me pareció más sorpresa que dolor.

—¡Así no! —dije, separándome de un tirón.

Me ardía. Me ardía con un fuego que me hizo dar vuelta la cara, agarrarme del borde del armario, contener las lágrimas que ya no eran por nada de lo que había contado antes.

Lautaro retrocedió de inmediato. Me dio la vuelta. Me sostuvo el rostro entre las dos manos.

—Perdóname. Perdóname, perdóname. —Lo repitió como un rezo—. Esto lo vamos a hacer bonito.

Me llevó a la cama. Me acostó boca abajo sobre las sábanas frescas. Me besó la nuca, la espalda, la cintura, los muslos. Bajó hasta el pliegue y se quedó ahí, con la lengua, durante un tiempo que no supe medir. La saliva tibia me fue ablandando el ardor y, en su lugar, despertó otra cosa. Algo eléctrico que me recorría desde la base de la columna hasta la punta de los dedos.

—¿Mejor? —preguntó, separándose un instante.

Solo asentí contra la almohada.

Volvió a tocarme con los dedos primero. Uno, dos, tres, con paciencia, con un aceite que sacó del cajón de la mesa de luz. Cuando se acomodó sobre mí, fue distinto. Entró centímetro a centímetro, con pausas, esperando que mi cuerpo lo recibiera. Sentí cada parte de mí cediendo, abriéndose, dejándolo pasar.

—Tienes el culo más rico que probé este año —dijo bajito, contra mi oído.

Me reí entre el placer y la sorpresa. Era la primera vez que escuchaba algo así dicho con dulzura, no con grosería.

***

Después me dio la vuelta. Quería verme la cara. Me abrió las piernas, se acomodó entre ellas y volvió a entrar. Esta vez fui yo quien lo recibió sin resistencia, levantando las caderas para encontrarlo a mitad de camino. Cada embestida fue lenta y completa, hasta la base. Cada vez que se hundía hasta el final, soltaba un suspiro que terminaba en un nombre, el suyo.

Me besó los párpados, las clavículas, el pulso del cuello. Sus manos no estuvieron quietas: me recorrieron los costados, me apretaron la cintura, me agarraron los muslos para abrirme un poco más.

—Dime qué quieres —pidió, en algún momento.

—Más —fue todo lo que pude responder.

Me dio más. Aceleró. Cambió el ángulo. Encontró un punto adentro mío que me hizo arquear la espalda y soltar una carcajada incrédula, como si nadie me hubiera tocado nunca antes. Lo agarré de los hombros, lo atraje hacia mí, le pedí que no parara.

Sentí cuando se vino la primera vez. Lo sentí en la forma en que se tensó todo su cuerpo, en el calor súbito adentro mío, en el gemido que se le escapó contra mi clavícula. No salió. Se quedó adentro, todavía duro, y siguió moviéndose hasta que terminó de nuevo, esta vez con un temblor que me dejó marcado.

Cuando finalmente salió, sentí el goteo tibio entre los muslos. No me dio asco. Me dio una sensación de pertenencia que no había sentido en mucho tiempo.

Lautaro se acostó sobre mí, sin pasarme todo el peso, apoyado en los codos. Me besó la frente.

—Quiero que seas mío —dijo—. Solo mío.

Sonaba serio. No era una frase del momento. Lo miré a los ojos y le contesté sin pensarlo.

—Así va a ser.

***

Quería volverme a mi pieza alquilada, eran casi las once. Pero él me retuvo. Había pedido hamburguesas mientras yo dormitaba un rato, me dijo. El timbre sonó pocos minutos después y comimos sentados en su cama, con las cajas sobre las rodillas y la música todavía sonando bajo.

—Quédate a dormir —pidió.

—No tengo trabajo —dije, masticando—. Tengo que salir mañana temprano a buscar.

Levantó una ceja.

—Un amigo mío tiene un local en el centro. Está buscando a alguien que lo ayude con el depósito y la atención al cliente. Mañana mismo lo llamo.

—¿En serio?

—En serio.

Esa misma noche le escribió. Le contestó al rato: que fuera a las nueve de la mañana, que llevara documento.

Me quedé.

Dormimos abrazados, mi espalda contra su pecho, su brazo cruzado sobre mi cintura. En algún momento de la madrugada me desperté con su respiración pesada en mi cuello y sentí su sexo, otra vez duro, apoyado entre mis nalgas. Empujé hacia atrás sin decir nada. Él entendió. Entramos en un ritmo lento, casi dormidos, y volvimos a terminar uno detrás del otro sin separarnos.

Se vino dentro otra vez. Me dormí con esa tibieza nueva, sintiendo que el día siguiente, por primera vez en semanas, no era una amenaza.

A las siete sonó la alarma. Él se duchó primero, se vistió rápido y me dejó la dirección del local apuntada en un papel doblado sobre la mesa de luz.

—Llega puntual —dijo, besándome la sien antes de irse.

Me quedé un rato más en la cama, oliendo las sábanas, mirando el techo. No estaba curado. La tristeza no se va con una noche, por más buena que sea. Pero por primera vez desde el desastre, sentí que podía levantarme, vestirme con la ropa nueva, caminar hasta el centro y pedir un trabajo. Sentí que había un suelo debajo de mis pies.

Me alcanzaba con eso.

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Comentarios (5)

NicoDeviante

que relato tan bueno. no pude parar de leer!!

Mauro_cba

Me llego al alma. Hay algo muy honesto en como esta escrito, se siente que viene de un lugar real.

RobertoMdz

excelente!!!

LuchoB_89

Por favor segui escribiendo, quede con ganas de saber que paso despues. Muy bueno

PrimeraLectora

No esperaba que me tocara tanto. Hay relatos que van mas alla de lo erotico y este es uno de ellos. Me engancho desde el principio y el resto no defrauda. Bien escrito.

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