Tres hombres y una sola habitación en la casa rural
Me llamo Andrés, tengo cuarenta y seis años y un cuerpo que ya acusa el paso del tiempo: una barriga blanda que se asoma por encima del cinturón, el pelo castaño salpicado de canas en las sienes y unos brazos que alguna vez fueron firmes. Trabajo de administrativo en una gestoría y llevo dieciséis años casado con Carmen, que cree conocer cada rincón de mi vida.
Pero Carmen no sabe nada de Toni.
Toni y yo nos conocimos en primero de carrera, hace más de veinte años. Él era el típico tío cachas que todas querían: alto, espalda ancha, mandíbula cuadrada, jugaba al rugby y cambiaba de novia cada dos meses. Se casó hace una década con Noelia, tiene dos críos y entró a trabajar en una empresa de logística. Un hetero de manual.
Salvo por un detalle que descubrimos una noche de borrachera hace años: a Toni le pone cachondo chupar pollas. Al principio juraba que no le iban los hombres, que solo necesitaba sentir una en la boca de vez en cuando, nada más. Y decidió que la mía era perfecta para eso.
Desde entonces, nuestra amistad incluye un acuerdo tácito. Cuando cualquiera de los dos necesita descargar, basta un mensaje y en menos de una hora estamos en un aparcamiento apartado o en el vestuario del gimnasio. Carmen piensa que somos colegas que quedan para tomar cañas y ver el fútbol; no miente del todo, también hacemos eso.
Con los años, Toni se dejó. Ahora ronda los ciento veinte kilos repartidos en su metro setenta y ocho: barriga enorme, papada, brazos gruesos donde antes había músculo. Y un culo que es una auténtica maravilla, dos montañas de carne pálida y blanda que rebotan solas con cada movimiento. Porque, claro, aquello de «no quiero que me follen» le duró bien poco. Toni resultó ser un pasivo de libro: cuando se la meto hasta el fondo, gime arqueando la espalda y saca más el culo, como si su cuerpo supiera exactamente cuál es su sitio.
Pero no quería contaros eso. A veces divago. La historia de verdad empieza con una casa rural.
***
La habíamos alquilado entre cinco parejas del grupo de la facultad, para celebrar que Hugo por fin había sacado la plaza fija de profesor. Una pasada de casa: piedra vista, vigas de madera, chimenea en el salón, jardín con barbacoa y piscina con vistas al bosque. Cuatro días por delante, de jueves a domingo.
Toni y yo llevábamos semanas fantaseando con el viaje. Por una vez no tendríamos que escondernos; habría rincones, madrugadas, descuidos. Hasta habíamos planeado escaparnos al amanecer mientras los demás dormían.
Todo iba perfecto hasta que el viernes por la mañana Noelia descubrió que una de las habitaciones tenía la pared empapada. Se había roto una tubería dentro del tabique, el papel pintado se despegaba y había manchas oscuras de moho. Las mujeres se pusieron a reorganizarlo todo de inmediato, y Carmen tomó el mando, como siempre.
—A ver, tenemos cinco habitaciones, pero una está inservible —dijo contando con los dedos—. Yo no pienso dormir ahí con esa humedad, ni obligar a nadie. Lo más práctico es que durmamos separados este fin de semana. Las cinco en dos habitaciones, los cinco hombres en las otras dos.
Toni y yo nos miramos. Y ahora Carmen lo está jodiendo todo sin saberlo.
—Andrés, tú con Toni y con Sergio en la grande, la de las tres camas —continuó mi mujer—. Hugo e Iván en la otra. Nosotras nos repartimos lo que queda.
Se me cayó el alma a los pies. Vi la misma decepción en la cara de Toni, aunque la disimuló enseguida. Sergio, ajeno a todo, sonrió de oreja a oreja.
—Perfecto, como en los viajes de fin de curso —dijo dándome una palmada en la espalda—. Nos montamos unas partidas a la consola por la noche y todo.
Sergio es buen tío, de verdad que lo es. Treinta y siete años, delgado, comercial, el colega que siempre está de buen humor y cuenta chistes malos. Pero en ese momento lo odié con toda mi alma.
***
Esa noche subimos los tres a la habitación. Amplia, con tres camas individuales en fila, separadas apenas un metro. Sergio se quedó la del medio. La del medio. Justo entre Toni y yo.
Me tumbé mirando al techo mientras Sergio se ponía el pijama y Toni se metía bajo las sábanas todavía con los vaqueros puestos, porque le daba vergüenza desnudarse delante de él. Veía el bulto de su culo enorme a dos metros, sabiendo que no iba a poder tocarlo en cuatro putos días.
—Mañana nos pegamos un baño antes del desayuno, ¿no? —propuso Sergio, metiéndose en su cama justo entre nosotros.
—Sí, claro —contesté con desgana.
Apagamos las luces. En cinco minutos oí su respiración pesada. Miré hacia la cama de Toni en la oscuridad; sabía que él también estaba despierto. La tenía durísima solo de pensar lo cerca que lo tenía y lo imposible que era hacer nada.
***
Estaba soñando con Carmen. En el sueño me despertaba con la boca, como hace de vez en cuando: notaba su pelo rozándome los muslos, sus labios subiendo despacio por el tronco, la lengua dando vueltas en el glande. El placer era intenso incluso dormido. Eché la mano hacia abajo para acariciarle el pelo. Pero algo no cuadraba: el pelo era más corto, más áspero, y la cabeza demasiado grande.
Me desperté.
La habitación estaba a oscuras. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba. Oía la respiración profunda de Sergio en la cama del medio. Pero lo que me hizo abrir los ojos del todo fue que alguien me la estaba mamando de verdad.
Bajé la mirada. En la penumbra distinguí la silueta de Toni arrodillado junto a mi cama. Había apartado las sábanas, me había bajado los calzoncillos hasta medio muslo y tenía mi polla metida en la boca hasta la mitad. Sus ojos brillaban mirándome.
Se la sacó un momento. Un hilo de saliva conectaba sus labios con mi glande.
—No podía más —susurró tan bajo que apenas lo oí—. Llevo dos días viéndote y sin poder tocarte.
Miré hacia la cama de Sergio. Estaba de espaldas, tapado hasta la cabeza, la respiración regular. Dormía como un tronco. El muy hijo de puta de Toni se había levantado en mitad de la noche solo porque necesitaba mamarla, con Sergio a dos metros, arriesgándose a que nos pillaran. Y joder si no me ponía aún más por eso.
Apoyé la cabeza en la almohada y lo dejé seguir. Mamaba despacio, con cuidado de no hacer ruido, pero con la misma desesperación de siempre, los labios gruesos apretando alrededor, la lengua trabajando la parte de abajo. Yo tenía que morderme el labio para no gemir, y cada treinta segundos miraba hacia Sergio. Seguía durmiendo.
—Me voy a correr —susurré, apenas audible.
Toni asintió sin sacármela y mamó más rápido, las mejillas hundiéndose con cada succión, una mano apretándome los huevos. Me corrí en su boca apretando los dientes, clavando los dedos en las sábanas, vaciando dos días de aguante directo en su garganta. Se lo tragó todo, sin sacarla, tragando una y otra vez hasta que dejé de palpitar.
Cuando terminó, me subió los calzoncillos, me tapó y se acercó a mi oído.
—Mañana me follas —susurró, frotándose ya la entrepierna por encima del pijama—. Sí o sí. En la cama, en el bosque, donde sea. Necesito que me abras el culo y me llenes, como siempre. No aguanto más.
Le hice un gesto vago hacia Sergio, como diciéndole que se fuera a su cama antes de que nos pillaran. En ese momento Sergio se removió y los dos nos quedamos quietos, el corazón en la garganta. Soltó un ronquido, se dio la vuelta y siguió durmiendo. Toni se incorporó despacio y volvió a su cama sin hacer ruido.
***
Me quedé tumbado en la oscuridad, con el sabor fantasma de su boca todavía encima, oyendo cómo Toni se acomodaba al otro lado. Sergio seguía roncando suavemente entre nosotros.
Y de pronto dejó de roncar.
El silencio repentino fue ensordecedor. Me quedé helado.
—Joder, tíos.
La voz de Sergio cortó la oscuridad. Baja, pero perfectamente clara. No estaba dormido. No lo había estado.
—Sergio... —empecé, sin saber cómo coño continuar.
Al otro lado oí a Toni contener la respiración. Los segundos se alargaron eternamente.
—Llevo despierto desde que Toni se ha levantado de la cama —dijo Sergio, todavía de espaldas, hablándole a la pared—. He estado aquí tumbado, escuchándolo todo.
Mierda. Mierda. Mierda.
La lámpara de su mesilla se encendió de golpe, inundando la habitación de luz amarillenta. Los tres parpadeamos. Sergio se había incorporado, sentado en el borde de su cama, mirándonos por primera vez.
—Sergio, por favor, no le digas nada a nadie —supliqué.
—¿Si quieres una polla que te parta el culo, te sirve la mía?
Me interrumpió sin mirarme siquiera. Tenía los ojos clavados en Toni. Y mientras hablaba, se bajaba el pantalón del pijama.
Me quedé con la boca abierta. Toni estaba pálido como un muerto, paralizado, mientras Sergio se sacaba la polla: completamente empalmada, no tan grande como la mía, pero gruesa y venosa, apuntando directamente a él.
—He dicho que si te sirve —repitió, esta vez más duro, meneándosela despacio—. Llevas dos días diciendo que estás cachondo. Pues aquí tienes. Yo también os llevo dos días oyendo. Cómo te restregabas contra Andrés en el sofá. Cómo le mirabas el paquete cuando se cambiaba.
Se levantó y dio dos pasos hacia la cama de Toni.
—Así que deja de ponerte pálido y ven. O vienes tú, o voy yo.
Toni me miró buscando una respuesta en mi cara, pero yo no sabía qué decir. Sergio se acercó hasta que su glande quedó a milímetros de sus labios.
—¿Te gusta lo que ves, mamón?
La pregunta sonó cruda, nada que ver con el colega tranquilo de siempre. Toni abrió los ojos con sorpresa, todavía procesando que aquello pasaba de verdad. Luego, despacio, su expresión cambió: le apareció una sonrisa tímida, de pura felicidad. Se inclinó y restregó sus mejillas gordas contra la polla de Sergio, primero un lado, luego el otro, frotándose como un gato.
—Joder —soltó Sergio mirándolo desde arriba—. Sí que eres un puto vicioso. ¿Cuánto tiempo lleváis follando a espaldas de vuestras mujeres?
Toni sacó la lengua y lamió despacio desde la base hasta el glande.
—Años —confesó entre lametones—. Llevamos años.
Sergio soltó un silbido bajo, lo agarró del pelo y le empujó la cara contra la polla.
***
Me quedé observando desde mi cama, la polla dura como una piedra. Era extraño verlo desde fuera, como espectador de algo que durante años había sido solo nuestro. Toni estaba en su gloria: Sergio se la metía hasta el fondo y él gemía con la boca llena, las rodillas abiertas, el culo gordo en pompa.
Toni soltó la polla con un chasquido obsceno, un hilo de saliva colgando de sus labios hinchados.
—Solo he mamado la de Andrés —dijo con voz ronca, casi avergonzado.
Pero no se detuvo. En vez de volver a metérsela, sacó toda la lengua y la pasó lenta, deliberada, por los huevos de Sergio, de abajo arriba, mojándolos con saliva caliente. Sergio se tensó de golpe.
—Joder... joder, tío...
Toni levantó un poco la cabeza, los labios pegados a esa piel sensible.
—¿Puedo comprar tu silencio de alguna manera? —susurró, suplicante—. Puedo darte mejores mamadas que tu mujer, seguro.
Volvió a subir, esta vez al frenillo, presionando los labios carnosos justo en ese punto. Sergio exhaló bruscamente, las caderas buscando más.
—Aaah... mierda... así, sí... no pares, cabrón...
Sus manos volaron al pelo de Toni. Respiraba entrecortado, casi hiperventilando, hasta que ya no pudo más. Le clavó los dedos en la nuca, le empujó la cabeza hacia abajo y le metió la polla hasta el fondo de un golpe. Toni se atragantó, soltó un ruido húmedo, pero no apartó las manos: se agarró a los muslos de Sergio y se dejó follar la boca sin contemplaciones, con los ojos llorosos y la saliva resbalándole por la barbilla.
***
Me levanté de la cama. Toni estaba de rodillas en el suelo, completamente concentrado en recibir esa follada de garganta, las piernas abiertas, el culo en pompa. Perfecto.
Le agarré el pantalón del pijama por la cinturilla y tiré hacia abajo de un solo movimiento. Y ahí estaban: esas nalgas enormes, blancas como la leche, blandas, separándose un poco por su propio peso y revelando el agujero rosado en medio, completamente liso. Lo había depilado.
Normalmente me tomaría mi tiempo, le lamería el culo, jugaría con la lengua alrededor. Pero esta vez estaba demasiado caliente viendo cómo Sergio se lo follaba por la boca. Me coloqué detrás, escupí en la mano, me la extendí por la punta y dirigí mi polla contra su entrada. Apenas preparación. Solo la presión de mi glande contra su agujero apretado.
Y empujé. Entré de una sola embestida, hasta el fondo.
—¡Mmmmff!
El grito de Toni quedó amortiguado por la polla de Sergio en su garganta. Su cuerpo se tensó entero, el culo apretándose como un puño alrededor de mí. Pero no podía moverse: Sergio lo tenía agarrado de la nuca y yo lo tenía empalado por detrás. Atravesado por los dos lados, usado por ambos.
—Joder, Andrés —jadeó Sergio mirándome desde arriba, sudando—. Míranos... los dos follándonos a este gordo vicioso.
Empecé a moverme, sacándola casi del todo antes de volver a embestir. Y entonces lo noté. El cuerpo de Toni empezó a temblar de otra manera, los gemidos agudos, desesperados. Miré hacia abajo: su polla disparaba chorros de lefa sin que nadie la tocara. Se corría solo, manos libres, manchando el suelo y su propia barriga.
Cada vez que Sergio le metía un trallazo en la garganta, el culo de Toni se contraía violentamente alrededor de mi polla, una ola de espasmos que le recorría todo el cuerpo. Le clavé los dedos en esas nalgas enormes y las separé para ver cómo entraba y salía de ese agujero dilatado, la carne blanda desbordándose entre mis manos. Empecé a follarlo más fuerte, las nalgas oscilando como gelatina con cada impacto.
Y me llegó el orgasmo como un puñetazo en las tripas. Me clavé hasta el fondo y exploté, llenándolo caliente, chorro tras chorro. Pero esta vez no paré de embestir: seguí moviéndome mientras me corría, sintiendo cómo mi propio semen hacía de lubricante mientras su culo me ordeñaba con las contracciones que aún le duraban.
Saqué la polla despacio. Salió con un sonido húmedo y, al salir del todo, vi cómo su agujero se quedaba abierto un momento antes de empezar a cerrarse. Un hilo fino de mi lefa resbaló desde el borde hacia abajo.
Sergio sacó la suya de la boca de Toni y le dio un manotazo flojo en la mejilla.
—Vaya puto espectáculo... —dijo pasándose la mano por el pelo—. Aparta.
Me empujó del hombro y casi me caí mientras él se colocaba detrás de Toni. No preguntó. Agarró su polla, la dirigió hacia ese agujero abierto que todavía chorreaba mi lefa y se la metió de una sola estocada, hasta el fondo, sin resistencia.
Toni soltó un suspiro gutural. Y entonces, sin que nadie se lo pidiera, empezó a mover el culo. Lo movió como una puta: arqueó la espalda y lo onduló en círculos mientras Sergio se quedaba quieto, flipando, recibiendo la polla hasta la base y volviendo a clavársela él solo.
—Pero... ¿qué cojones...? ¿Siempre lo mueves así? —preguntó Sergio, incrédulo.
Le dio dos embestidas rápidas y a la tercera se quedó clavado hasta el fondo, sin moverse. Se estaba corriendo: lo vi en cómo apretaba los dientes y le clavaba los dedos a Toni hasta dejarle marcas blancas en la piel.
—Sííí... —gimió Toni, bajo, ronco, aliviado, como si fuera lo único que necesitaba.
***
El silencio se instaló en la habitación. Sergio se dejó caer en su cama como un peso muerto, un brazo sobre los ojos. Yo me quedé sentado en el borde de la mía, las piernas flojas, la polla goteando los últimos restos.
Y Toni seguía a cuatro patas, sin moverse, como si su cuerpo esperara más. El agujero estaba destrozado, dilatado, los bordes hinchados y brillantes. De dentro resbalaba un hilo grueso de semen mezclado, el mío y el de Sergio, que se deslizaba por el perineo hasta gotear al colchón.
—Joder... menudo estropicio —murmuró Sergio levantando el brazo de los ojos.
Toni habló por fin, la cara hundida en la almohada, la voz quebrada.
—Me depilé para este fin de semana. Sabía que Andrés y yo encontraríamos un momento. No esperaba esto, no esperaba... dos. Me siento lleno. Es lo mejor que he sentido en años. Con una polla en la boca y otra detrás, por fin estaba completo.
Me incorporé. El ambiente estaba cargado de sudor y de algo que ninguno de los tres esperábamos al empezar el viaje.
—Escuchadme los dos —dije con voz firme. Toni giró la cabeza, Sergio se apoyó en los codos—. Esto no sale de aquí. Los tres estamos casados, los tres tenemos a nuestras mujeres durmiendo a dos habitaciones de aquí. Si se entera alguien, divorcio para los tres. Nos destrozan la vida.
Sergio asintió, más serio.
—Y otra cosa —añadí mirando el culo de Toni, todavía goteando—. Si esto queda entre nosotros tres y nadie más, no hacen falta condones. Podemos seguir a pelo. ¿Queréis seguir?
—Sí. Joder, sí —respondió Toni sin levantar la cabeza—. Quiero sentiros así siempre. Llenándome.
Sergio se quedó callado unos segundos, rascándose la nuca. Finalmente levantó la vista.
—Yo nunca pensé que haría algo así. No me van los tíos. Pero no sé qué cojones tiene el culo de Toni... —sacudió la cabeza—. Quiero repetir. Y sin goma, mejor. Pero ni una puta palabra. A nadie. Tenemos un pacto de caballeros.