Respondió mi anuncio y no se quería ir de mi casa
Esto pasó en Valladolid, hace ya algunos años, cuando todavía existían webs de contactos donde uno podía escribir lo que quería sin que un algoritmo te borrara el anuncio a los diez minutos. Después llegaron las nuevas normativas, los lavados de imagen, los «valores de la comunidad», y aquellos sitios se volvieron un escaparate aséptico donde ya no cabía nada de lo que de verdad busca la gente a las dos de la mañana. Pero entonces todavía se podía. Y yo lo aprovechaba.
Mi anuncio no tenía ningún misterio. Decía algo parecido a: «Me apetece comerme una polla. Discreción y ganas». Básico, sí. Pero es que un anuncio de sexo es lo que es, y no hace falta ponerse a escribir versos como si uno fuera Bécquer. La gente que entra ahí sabe perfectamente lo que va a encontrar, y agradece que se lo digas claro.
Me respondió un chico que decía tener apenas veinte años, también de la ciudad. Su mensaje era de una sencillez encantadora: «pues cómemela a mí». Cuando te lo dejan tan a tiro, ¿qué vas a hacer?
Lo curioso es que escribía desde una cuenta de correo con un nombre que parecía real, nada de seudónimos ni de identidades inventadas. No le di demasiada importancia en ese momento, aunque luego, por pura curiosidad, busqué el nombre en internet. Apareció un perfil con foto, sonriente, abrazado a una bufanda de un equipo de fútbol bastante conocido del norte. Pobre incauto, pensé. No se lo dije nunca, claro. Hay cosas que es mejor callar.
Quedamos en vernos primero en un sitio tranquilo, una de esas plazas con bancos a la sombra donde nadie se fija en dos hombres que charlan. Si nos gustábamos, subiríamos a mi piso a hacer lo que el anuncio ya había dejado convenientemente descrito.
Llegó con cinco minutos de retraso y una timidez que se le notaba desde lejos. Era alto, bastante más que yo, con gafas de montura fina y un cuerpo delgado de esos que todavía no han terminado de llenarse. Llevaba las manos metidas en los bolsillos y miraba al suelo más de lo que miraba a los ojos. No estaba nada mal. Me gustó esa mezcla de cuerpo joven y gestos de cría asustada.
—¿Eres tú? —preguntó, aunque la respuesta era evidente.
—Soy yo —dije, y le sonreí para que se relajara un poco.
No se relajó. Hablamos un rato de tonterías, de la ciudad, del calor que hacía. Él respondía con monosílabos y se ajustaba las gafas cada dos por tres. Era virgen, me lo confesó casi sin que se lo preguntara, como quien suelta un peso. Nunca había estado con nadie, ni con hombres ni con mujeres, y aquello le tenía el cuerpo a medio camino entre el deseo y el pánico.
***
El problema es que no se decidía. Le tiraban las ganas, eso se notaba a kilómetros, pero el miedo le podía. Estuvimos así un buen rato, y yo no soy de los que insisten. Cuando alguien no lo tiene claro, mejor dejarlo estar.
—Mira —le dije al final—, yo me subo para casa. Si te animas, ya sabes dónde estoy. Y si no, no pasa absolutamente nada.
Le di la dirección y me marché sin dramatismos. No me hago ilusiones con estas cosas; la mitad de las veces el otro se arruga y desaparece.
Pero a los veinte años las hormonas mandan más que la cabeza. No habían pasado ni diez minutos cuando me sonó el móvil. Era él: «Me he decidido. ¿Sigue en pie?». Sonreí solo. Claro que seguía en pie.
Le abrí el portal y subió. En el rellano todavía tenía esa cara de no saber muy bien qué hacía allí, y nada más cruzar la puerta empezó con las preguntas.
—¿Y qué… qué me vas a hacer? —dijo, tragando saliva.
Tuve que morderme la sonrisa. ¿De verdad no ha leído el anuncio?, pensé. Pero no me iba a quejar. Esa inocencia tenía su punto.
—Nada que no te vaya a gustar —respondí—. Ponte cómodo. Siéntate.
Lo dejé en el sofá y puse algo en la televisión. No hace falta que os diga de qué iba el vídeo. La temática era la previsible, y la idea no era que lo viéramos con atención, sino que sirviera de fondo, de excusa, de empujón para que él se soltara sin tener que mirarme todo el rato.
Funcionó. A los pocos minutos le pasé la mano por el muslo, despacio, subiendo hacia la entrepierna. No se quejó. Al contrario: noté cómo el bulto bajo la tela empezaba a crecer, a marcarse, a delatar lo que la boca callaba. Me arrodillé en el suelo, delante de él, y le acaricié por encima del pantalón con la palma abierta.
Respondía bien. Cada vez más duro, cada vez más evidente. Le desabroché el botón, le bajé la cremallera y empecé a tirar de los pantalones y de los calzoncillos a la vez. Él levantó un poco las caderas para ayudarme, casi sin pensarlo, con ese instinto que aparece aunque la cabeza no lo haya decidido del todo.
Y entonces apareció. Una polla que ya se adivinaba grande mientras la liberaba de la última prenda, pero que sobre todo estaba dura como una piedra. Sin circuncidar, el prepucio retraído por la propia erección, el glande ya asomando brillante. Llevaba razón quien decía que a los veinte el cuerpo no entiende de dudas: él podía estar muerto de vergüenza, pero su entrepierna tenía las cosas clarísimas.
***
Empecé por abajo, por los testículos. Los lamí despacio, uno y otro, sin prisa, sintiendo cómo se le tensaban los muslos a los lados de mi cabeza. Le encantaba. Soltaba unos gemidos tímidos, contenidos, como si le diera apuro hacer ruido en una casa ajena. Esos gemidos se volvieron más sonoros en cuanto subí la lengua por el tronco y me llevé el glande caliente a la boca.
Instantes después se la estaba chupando a fondo. Sus manos encontraron mi cabeza, dudaron un segundo y luego se acomodaron en mi nuca, marcando con suavidad el ritmo, ese vaivén de dentro y fuera que él descubría por primera vez. Su polla entraba y salía a buen compás, y yo notaba en la lengua cada vena, cada latido.
De vez en cuando levantaba la vista para mirarlo. Tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, las gafas un poco caídas sobre la nariz, y una cara de gozo que no disimulaba nada. Está disfrutando como un animal, pensé, y la verdad es que el mío no era menor. Me gusta esto. Me gusta de verdad.
No tenía ninguna prisa por que aquello terminara, y me daba la impresión de que él tampoco. Así que de vez en cuando me la sacaba de la boca y lamía los laterales, despacio, recorriendo toda la longitud, alargando el momento. Bajaba otra vez hasta los testículos, se los recorría con la punta de la lengua y volvía a subir a su miembro, que seguía igual de duro que en el primer minuto. No cedía ni un poco. Aquello era una roca caliente.
Pasaron unos quince minutos largos. Y entonces, sin avisar, sin un gesto que me lo anticipara, sin una palabra, sin un suspiro más fuerte que los anteriores, sin nada que me preparara… se corrió en mi boca.
Me lo tragué de buena gana. Tampoco es que me dejara mucha elección, pero la verdad es que me apetecía, así que no hubo queja por mi parte. Levanté la cara y me lo encontré sonriendo, con una expresión de alivio y de orgullo a partes iguales.
—La próxima vez avisa —le dije, medio en broma, pasándome el dorso de la mano por los labios.
***
Y aquí es donde la cosa se salió del guion. Normalmente, cuando un tío se corre, se le van de golpe las ganas de todo. Quiere recogerse, vestirse, marcharse. Es ley de vida. Pero este chaval no hacía ademán de guardarse nada. Seguía ahí, repantingado en el sofá, con la polla fuera y todavía medio dura, mirándome como esperando algo.
—Joder —le dije, riéndome—, cualquiera diría que te apetece otra.
—Pues… sí —contestó, y se puso colorado hasta las orejas.
Os juro que no me lo esperaba. Al minuto noté de nuevo sus manos en mi cabeza, atrayéndome otra vez hacia su entrepierna, y allí estaba yo de nuevo, gozando y comiéndomela como si la primera vez no hubiera contado para nada. Se había vuelto a poner dura en un suspiro, con esa capacidad de recuperación que solo tiene la juventud y que a los que peinamos algunas canas nos parece casi un milagro.
El guion de la segunda fue parecido al de la primera, y terminó de forma idéntica: en silencio, sin aviso, con la misma descarga generosa que volví a tragarme sin pensarlo. Pero esta vez su cara no fue de sorpresa, sino de pura satisfacción, la de quien acaba de descubrir algo que va a querer repetir mucho.
Hubo más veces después de aquella tarde, a lo largo de varios meses. Él fue perdiendo la timidez, aprendió a pedir, aprendió a avisar —a veces—, y dejó de preguntar qué le iba a hacer porque ya lo sabía de sobra.
Si tuviera que explicar qué es una buena mamada, lo diría así: a todos nos gustan los masajes, ¿verdad? Pues comerle la polla a un hombre es darle un masaje cuyas ondas de placer le llegan directas al cerebro. Dejando de lado lo puramente físico, es como acariciarle a alguien por dentro de la cabeza y provocarle el máximo gozo del que es capaz. A mí me encanta hacerlo, sentir un miembro caliente en la boca me pierde, y a aquel chico se las hice unas cuantas.
Si algún día lee esto y se reconoce, ya sabe que aquella tarde en Valladolid no la he olvidado. Y a ti, que has llegado hasta aquí, ¿te apetece un masaje de esos que se sienten por dentro?