El chacal aceptó mi dinero por una hora
Tengo veintisiete años y me mudé a Mazatlán hace poco más de seis meses. La oficina nueva, el departamento alquilado, el calor pegajoso y, sobre todo, la lista vacía de contactos en el celular. En ciudades nuevas siempre vuelvo al mismo método: armo un perfil falso, uso fotos de un chico cualquiera que descargué hace años, y empiezo a cazar heteros aburridos que se creen demasiado machos como para abrir una aplicación de hombres.
El intercambio de paquetes funciona casi siempre igual. Yo finjo ser una chica interesada, ellos mandan fotos sin que se les pida, después videos y, de pronto, están enviando audios contándome sus fantasías. Lo hago desde hace mucho. No es por estafarlos: me prende saber que esos tipos que en la calle te miran con desprecio están del otro lado de la pantalla rogándole a una mujer que no existe.
En Mazatlán no fue distinto. A las dos semanas de bajar la aplicación ya tenía a Yair en mi lista. Yair no era de aquí, me dijo en el primer mensaje que era de Tijuana y que había llegado al puerto a trabajar en una construcción. Veinticinco años, moreno, tatuajes en los antebrazos, ceja partida y esa cara de pocos amigos que en mi cabeza es la definición exacta de chacal. No era guapo en el sentido convencional. Era otra cosa. Era el tipo de hombre que en la calle te ignoraría sin verte y que en la cama te trataría peor.
Intercambiamos los packs como si fuera un trámite. Él mandaba fotos suyas en el espejo, sin camisa, con el bóxer caído lo justo. Yo le mandaba fotos sacadas de la galería del perfil falso. Funcionaba. Una madrugada, después de tres semanas de mensajes calientes, le tiré la pregunta sin pensarla mucho.
—¿Y aceptarías dinero por darle verga a alguien? —escribí.
Tardó en responder. Cuando lo hizo, fue con otra pregunta.
—¿Por qué me preguntas eso?
No le contesté. Lo dejé en visto cuatro días. Tenía miedo de haberme delatado, de que el perfil falso ya estuviera quemado, de que terminara mandando capturas a algún grupo con mis fotos —las falsas, pero igual era una exposición—. A los cuatro días me agarró el calentón a las tres de la mañana. Le escribí de nuevo, fingiendo que había estado ocupada. Insistió en saber por qué le había preguntado lo del dinero.
Y le solté la verdad.
Le conté del perfil falso, le confesé que era un hombre, que vivía a quince minutos de él, que llevaba años haciéndole esto a tipos como él y que ahora, con casi treinta años, ya no me daba pena admitir que me gustaba la verga de los chacales. Pensé que me iba a mandar a la chingada. Pensé que iba a desaparecer. Hubo silencio durante diez minutos largos. Después llegó su mensaje.
—Tal vez me dejaría mamar. Pero nada más eso.
Acordamos el precio en otros cinco mensajes. Mil quinientos pesos. Me mandó su ubicación. La condición fue que tenía que ser en su casa, porque no le daba confianza entrar a un hotel ni a ningún lugar donde alguien pudiera verlo. Me pareció bien. Yo tampoco quería que nadie del trabajo me viera entrando a un motel con un desconocido.
***
Llegué a la dirección con las manos sudadas y el celular vibrando con su último mensaje, donde me decía que tocara el cancel suavecito. Era una casa de una planta en una colonia que ya estaba a oscuras a las nueve y media de la noche. No era la primera vez que pagaba por algo así, pero sí era la primera vez en esta ciudad, y los nervios eran nuevos.
Le mandé un mensaje para avisarle que ya estaba afuera. Tardó como treinta segundos en abrir. Cuando lo hizo, supe inmediatamente que las fotos no le hacían justicia en una cosa: era más alto de lo que había imaginado. Yo mido un metro setenta y dos. Él debía rondar el metro ochenta y tres, fácil. Con un short flojo tipo basquetbol, una playera blanca con el cuello estirado y unas chanclas, me hizo una seña con la cabeza para que pasara.
—Métete rápido —dijo, sin saludar.
Cerró el cancel detrás de mí y caminó adelante por un pasillo corto que daba a la sala. Era una casa de hombre solo. Había un sillón viejo frente a una pantalla apagada, una mesita con dos latas de cerveza vacías, cobijas amontonadas en el extremo del sofá como si llevara semanas durmiendo ahí en vez de en la recámara. Olía a cuerpo. A sudor seco, a pies, a ropa que no se había cambiado desde antes del trabajo. No era un olor insoportable. Era el olor concreto de alguien que vive sin esperar visitas.
—El dinero —dijo, parado en medio de la sala con los brazos cruzados.
Saqué el fajo del bolsillo del pantalón y se lo extendí. Él lo contó sin verme, con la cara concentrada en los billetes, y después lo dejó encima del sillón, debajo de una de las cobijas. Recién entonces me miró.
—Híncate.
Me señaló un punto del piso, frente a él. Era de azulejo frío. Yo traía pantalón, así que no me importó. Me arrodillé despacio, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso. Él no se movió de donde estaba. Solo se bajó el short y el bóxer hasta los muslos, en un solo movimiento, y dejó salir su verga dormida.
La vi de cerca. Tenía un tamaño perfecto, incluso dormida. Trece, catorce centímetros calmada. Gruesa, circuncidada, con muy poco vello alrededor; se notaba que se había rasurado hacía un par de días, porque la piel todavía estaba un poco irritada. Olía a su cuerpo, a esa mezcla específica de sudor seco y a algo metálico que tienen los hombres que han pasado el día cargando bultos bajo el sol.
La tomé con la mano izquierda primero. La apreté apenas, midiendo el peso. Después me la metí en la boca de a poco, primero solo la punta, dándole vueltas con la lengua sin apuro. Él no reaccionaba. Sacó el celular del bolsillo del short, que ahora le colgaba a la altura de las rodillas, y se puso a escribir algo. Yo lo veía desde abajo, con su verga adentro de mi boca y él con la mirada clavada en la pantalla, como si yo no estuviera ahí.
Conozco esa actuación. Los heteros que pagan por sentir manos de hombre necesitan, en su cabeza, mantener la coreografía de que nada está pasando. Si miran al techo, si revisan el celular, si gruñen apenas, entonces siguen siendo machos. Si te miran a los ojos mientras se la chupas, el pacto se rompe.
Le seguí el juego. Subí el ritmo poco a poco. Empecé a usar las dos manos, una en la base y otra acariciándole los huevos. Sentí cómo se le iba poniendo dura adentro de mi boca, milímetro a milímetro, sin que él diera ninguna señal. A los dos minutos ya no podía abarcarla completa. Estaba enorme, latiendo, caliente, y él seguía con el celular en la mano como si nada.
La saqué un momento. Le pasé la lengua por el tronco, larga y lenta, hasta llegar a los huevos. Le metí uno en la boca, después el otro. Olían fuerte, pero ese olor a sudor me prendió más de lo que esperaba. Lo escuché tomar aire. Fue lo primero que reconocí como una reacción.
Volví a la verga. Esta vez intenté tragármela toda. Llegué hasta la mitad y se me cerró la garganta. Tuve una arcada, los ojos se me llenaron de agua, pero no la solté. Respiré por la nariz, esperé, y volví a empujar la cabeza hacia adelante. Cuando levanté la mirada, él ya no estaba viendo el celular. Estaba viendo el techo, con la mandíbula apretada y un gemido bajísimo escapándosele entre los dientes.
—No hagas ruido —se ordenó a sí mismo, en voz casi inaudible.
Yo seguí. Bajé el ritmo a propósito, para hacerlo desesperar. Funcionó. A los pocos segundos sentí su mano en mi nuca, primero apenas, después con firmeza. Me empujó la cabeza hacia su pelvis. La verga me golpeó el fondo de la garganta y me ahogué; las lágrimas se me escurrieron por las mejillas, pero la mano de Yair no me soltó. Me marcaba el ritmo él. Adentro, afuera, adentro, afuera. Mi cara contra el vello de su pubis. El olor a sudor entrándome por la nariz.
—Así, perra —dijo, casi sin abrir la boca.
El insulto me prendió más de lo que estaba dispuesto a admitir. Yo, que en mi trabajo aguanto reuniones todo el día tratando a la gente de usted, estaba ahí, hincado en el piso de un desconocido, escuchando cómo me llamaba perra mientras me cogía la cara.
Cuando ya tenía la garganta destrozada, se me ocurrió la idea.
—Grábame —le dije, con la voz ronca, en el segundo en que me dejó respirar.
Levantó una ceja, divertido por primera vez en toda la noche.
—Saca tu celular —contestó.
Saqué el teléfono del bolsillo y se lo extendí. Lo desbloqueó él mismo —se notaba que ya había hecho esto antes con otros— y abrió la cámara. Se la quedó en la mano izquierda. Con la derecha volvió a agarrarme de la nuca.
—Mírame a la cámara cuando me la mames.
Obedecí. Levanté los ojos hacia el lente de mi propio celular mientras me la metía hasta el fondo. Vi mi cara reflejada en la pantalla por encima del hombro de Yair: los labios brillantes, las mejillas mojadas de saliva y lágrimas, los ojos abiertos como si quisieran decir algo que ya no podía decirse con la boca llena.
—Esto va a tu carpeta privada —dijo él, gozando del momento.
La grabación duró unos cinco minutos. En todo ese tiempo me obligó a parar varias veces para que la cámara captara cómo le acariciaba los huevos, cómo le pasaba la lengua por el tronco, cómo me la sacaba de la boca con un hilo de saliva colgando del labio. Yo dejé de pensar. Solo seguí órdenes. Acaricia. Chupa. Abre la boca. Mira al lente.
Cuando se vino, no me avisó. Sentí el primer chorro caliente golpeándome el paladar y casi me ahogo. Sacó la verga rápido para que el resto cayera sobre mi cara: la nariz, los párpados cerrados, la barbilla. La cámara seguía grabando. Yair se reía bajito mientras me ordenaba que sacara la lengua y le mostrara lo que tenía en la boca.
Lo hice. Lo hice todo.
***
Cuando cortó la grabación, me devolvió el celular sin mirarme. Yo seguía hincado, con la cara empapada, esperando alguna instrucción más. No vino. Se subió el bóxer y el short con un movimiento práctico, fue a la cocina y volvió con un rollo de papel que dejó caer sobre mis piernas.
—Límpiate —dijo, mientras agarraba el fajo de billetes del sillón y se lo metía al bolsillo.
Me limpié como pude. La cara, las manos, el cuello de la camisa que se había manchado sin que me diera cuenta. Tiré el papel arrugado en el bote de la cocina. Cuando salí, él ya estaba en la puerta, abriendo el cancel con la misma cara aburrida con la que me había recibido.
Choqué su puño con el mío, como dos amigos que se despiden de cualquier cosa. No nos dijimos nada más. Caminé hasta el coche con las piernas todavía temblando, el sabor de él pegado al fondo de la garganta y el celular en la bolsa del pantalón, ardiendo como si pesara mil kilos.
Esa noche, en mi departamento, me senté en la cama y abrí el video. Lo vi entero. Después lo guardé en una carpeta nueva, con un nombre que solo yo entiendo. Tres semanas más tarde le escribí otra vez para preguntarle si aceptaba el mismo trato.
Tardó en responder. Cuando lo hizo, fue con una sola palabra.
—Cuándo.