Dos hombres y yo en aquel viaje a la costa
Le ofrecí la ventanilla a la señora del autobús y ni me miró. No imaginaba que el verdadero viaje empezaría en el comedor del hotel, frente a dos extraños.
Le ofrecí la ventanilla a la señora del autobús y ni me miró. No imaginaba que el verdadero viaje empezaría en el comedor del hotel, frente a dos extraños.
Me retó a nadar un último sprint con una condición que ninguno de los dos pensaba cumplir. Pero esa noche la piscina estaba vacía y nadie nos miraba.
Me gusta que me miren, que me deseen, que se les vaya la vista cuando me doy vuelta. Y a lo largo de los años aprendí a hacer de eso un arte.
Lo apresaron robando comida en plena noche; cuando le obligaron a alzar el rostro bajo la melena enmarañada, el patricio reconoció unos ojos que creía perdidos para siempre.
Sentí su cuerpo grande apretándose contra mi espalda en cada frenada, y cuando susurró «bajamos en la próxima» supe que no iba a poder decirle que no.
Cuando aquel hombre apoyó las manos en mi espalda, supe que ya no se trataba de la fiebre ni del cansancio del viaje, sino de algo que evitaba desde hacía años.
Eran casi las once cuando el ascensor me dejó frente al estacionamiento vacío. No pensé que esas llaves me costarían tan caro, y tan barato a la vez.
Estaba caliente, solo en casa y sin ganas de masturbarme. Cuando me llegó la propuesta de una cruzada entre activos, le dije que sí casi sin pensarlo.
Tenía veintiún años, un curso desastroso a la espalda y unas ganas locas de que alguien me hiciera olvidar. Esa tarde de junio, un mensaje distinto a todos lo cambió todo.
Marcos me dejó pasar primero, como un caballero con la sonrisa torcida. Dentro, sobre unos maderos, dos desconocidos me miraban con la mano ya en la cremallera.
La app marcó su ubicación a cuatro edificios de la mía. Bajo las bermudas, el bikini blanco de mi hermana. Una hora, su marido en el bar, la puerta abierta.
Habían pasado tres años desde la última vez. Cuando se acostó de espaldas mostrándome ese culo enorme bajo el bóxer, supe que no iba a aguantar la noche entera mirando videos.
Cuando sonó el timbre a las nueve en punto del segundo día, ya sabía que aquel hombre no iba a marcharse sin tocarme. Lo que no imaginaba era lo del tercero.
Cuando subí al auto y la vi al volante, ya no me importaron los expedientes ni los plazos. Esa última semana hábil antes de Navidad me cambió la agenda entera.
Subí en el ascensor con el recipiente bajo el brazo. Sabía qué llevaba dentro. Lo que no sabía era qué me esperaba detrás de esa puerta cerrada.
Fui a arreglarle el lavarropas con una tanga roja debajo del pantalón. Solo tenía que encontrar el momento para que la notara. Él no dijo nada, pero se quedó a mirar.
Cuando la lluvia nos atrapó en su apartamento y la noche avanzó, ninguno habló de lo que estaba pasando. Solo actuamos. Y esa noche descubrí algo sobre mí.
Cuando levantó la vista y me encontró mirándolo en el vestuario, algo cambió entre nosotros. Solo no sabía exactamente qué ni hasta dónde llegaría.
Cuando el contrabandista nos dijo el precio, todos nos miramos. No eran joyas ni dinero. Éramos nosotros, nuestros cuerpos, doce horas al día frente a sus cámaras.