Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El masajista del noveno piso me ató en el balcón

Llevaba meses con un tedio raro en mi vida sexual en Montevideo. Cada tres o cuatro semanas bajaba y borraba la misma app de citas, cansado del mismo guión: cruzar mensajes, pasar a Instagram, coger con tres o cuatro tipos y volver al sillón. El gimnasio, la rambla, algún sauna en la Ciudad Vieja. Esporádico. Repetitivo. Sin nada que se pareciera al deseo de verdad.

Una tarde de vacaciones, aburrido y sin planes, bajé otra vez la app más conocida. Subí dos fotos sin cara y una descripción seca: 1,88, activo, 22×7, zona Pocitos, con lugar, sin sustancias, prolijo. Al minuto de aprobadas las fotos, los mensajes cayeron en cascada. Pasivos, versátiles, parejas, parejas hombre-mujer. La misma fauna que circulaba por Instagram y por X.

Un perfil me hizo parar. Se anunciaba como masajista, fotógrafo, profesor de yoga y «artista en general». Flaco, piel trigueña, casi andrógino, pelo largo, 1,75. En la bio decía, sin pestañear: «1000% pasivo». Le escribí más por curiosidad que por calentura. Cruzamos tres mensajes, le pregunté de dónde era, si tenía lugar. Me citó en su consultorio pasadas las seis, después de su clase de yoga. Acepté.

Me puse un slip blanco, una remera negra, jean y zapatillas. Manejé hasta el edificio en Parque Rodó.

Era un edificio cualquiera, de los de los años setenta. Toqué el timbre, me anuncié. Pasaron siete minutos largos hasta que bajó. Cuando se abrió la puerta del palier, lo vi: túnica blanca, pelo negro suelto hasta los hombros, sandalias. Imagen exacta de gurú de Instagram. Mientras subíamos, pensaba que después de haber manejado hasta acá, y de haberlo visto vestido así, la cosa tenía que valer la pena por algún lado.

Se acomodó el pelo frente al espejo del recibidor y caminó hacia la puerta del ascensor.

—Hola, ¡bienvenido! ¡Qué alto sos! —dijo, y me dio un abrazo.

Le devolví un par de palmadas torpes en la espalda.

—¿Qué tal? ¿Todo bien?

—Vení, pasá —contestó, y apretó el botón del noveno.

El ascensor era diminuto. Adentro entrábamos los dos apretados, los hombros casi tocándose. Subió en silencio, con una sonrisa cerrada, como si supiera algo que yo todavía no.

Llegamos al último piso. El departamento era un ambiente luminoso con balcón terraza. Olía a sándalo y a algo parecido al pasto recién cortado. Limpio, amplio, con mucho hueco entre los muebles. En un costado, una camilla con un biombo plegado, donde se notaba que hacía los masajes. A pocos metros, una zona con almohadones y una alfombra para el yoga. Cerca de la ventana, un tatami y un mueble bajo con cremas, aceites y plantas. Frente a todo eso, un sillón largo. Afuera, en el balcón, más plantas, dos sillones de mimbre, una mesita, y en una esquina un enrejado de madera y metal del que colgaban cintas negras. Eso último me hizo respirar más despacio.

—¿Te sentís cómodo? —preguntó, señalándome el sillón.

—Sí —dije—. Lindo lugar.

—Mi hogar y mi santuario. —Lo dijo en serio, sin cargada—. Ahora decime: sos un tipo grandote, llamativo, de buen lomo. ¿Qué hacés buscando en una app?

—Estaba buscando algo distinto a lo que aparece siempre.

—¿Y qué te convenció de mi perfil? —Se sentó frente a mí—. No soy lo que se diría hegemónico. Mirá cómo te recibo.

—Justamente eso. Que sos distinto.

Se rio. Se levantó, se ató el pelo en un rodete y se quedó de pie a un metro mío.

—Mirá, yo te puedo mostrar cosas que te van a hacer sentir bien. Hoy, en plan de conocerte, te ofrezco gratis un circuito de tres momentos de placer. Te vas a expandir, te vas a ir liviano. Si te gusta, la próxima me agendás un turno y te cobro. ¿Te parece?

—Me encantaría. ¿Qué tengo que hacer?

—Sacate la ropa. Quedate en ropa interior.

Me desvestí. Quedé en el slip blanco. Me miró de arriba abajo, se mordió un labio y suspiró bajito, como sin querer que lo escuchara. Me indicó que iba a cubrirme los ojos con un antifaz y que mi tarea, a partir de ese momento, era una sola: rendirme. Escuchar, sentir, soltar el cuerpo. Subió el volumen de la música —algo con cuencos y bajos largos— y oí cómo abría el frasco de un aceite, se frotaba las manos, suspiraba.

—Te voy a pasar una pluma primero. Para barrer las malas energías —dijo.

La pluma era larga, oscura, de algún ave que no supe identificar.

Empezó por la coronilla, bajó por la nuca, recorrió mis hombros, mis dorsales, mi espalda baja. La pluma me erizó la piel de la cintura para abajo. Pasó por las nalgas. Me pidió, en voz muy baja, que separara un poco más las piernas. Lo hice. Siguió por los abductores, por los isquios, y ahí mi pija dejó de pretender que no estaba ahí. Se puso gomosa, como antesala. Llevé una mano para acomodármela y escuché, más suspiro que reto:

—Shhh. Quietito.

Volvió a recorrer mis pantorrillas, mis pies, y dio la vuelta. Lo sentí enfrente, su respiración cerca de mi pecho. Repitió todo desde la cabeza: hombros, brazos, pectorales, abdomen. Cuando la pluma llegó al bulto, hizo varias pasadas más que en cualquier otra parte. Yo inhalaba y exhalaba como en clase de yoga, queriendo que se durmiera. No había manera. Mi pija tiene vida propia. Cuando lo escuché arrodillarse para pasar la pluma por mis cuádriceps, sentí un calorcito húmedo sobre el slip. Era su aliento, lento, milimetrado. Cualquier resto de control se fue al piso.

Dejó la pluma. Otra vez el sonido de las manos frotándose con algo. Se subió al sillón detrás de mí y empezó a pasar aceite por los trapecios, los hombros, en algo que se parecía a un masaje, pero menos para destrabar que para tocar. Para acariciar. Aceitó los brazos, los pectorales, los apretó. Lo mismo con los dorsales, con la espalda, con los abdominales. Bajó a las piernas, gemelos, rodillas, muslos. Empezó por el izquierdo. Después por el derecho. Mi pija suele acomodarse hacia ese lado.

Subió por el muslo derecho con las yemas, rozándome apenas el paquete. La cabeza se me hinchó tanto que se asomó por el borde del slip. Siguió masajeando unos segundos más. Lo siguiente que sentí no fueron dedos: fue una lengua, suave, jugando con la cabeza. Apreté los puños sin saber qué hacer con ellos.

Me tomó de un brazo y me empujó suavemente. Caminé tres pasos a ciegas. El pie tocó alfombra. Su voz me llegó muy cerca.

—Sentate acá. Recostate hacia atrás.

Me acomodó la cabeza sobre un almohadón. Me tomó cada pierna, las separó, las apoyó sobre dos almohadones más. Quedé tirado en la alfombra, con las piernas muy abiertas, el slip blanco intacto y la pija a punto de romper el género.

Lo escuché acomodarse entre mis muslos. Hizo dos masajes cortos sobre los aductores. Acercó la boca al bulto. La lengua entró por el costado, justo por donde se asomaba la cabeza, y volvió a tensarme la pija contra la tela. Me levantó el antifaz solo un segundo.

—¿Me das permiso de seguir? Voy a sujetarte las muñecas y los tobillos. Si algo te incomoda o no te gusta, decímelo.

—Dale —dije—. Seguí.

Debajo de cada almohadón había esposas y cintas de abrojo. Las soltó y me las puso en las muñecas y alrededor de los tobillos. Si hacía fuerza, podía liberarme. No iba a hacer fuerza. Me dejé llevar.

Volvió a bajar el antifaz. Me acarició el pecho con las dos manos. Sacó la verga por el costado del slip y arrancó con un lengüeteo lento que enseguida se convirtió en succión. La mamada era de las que se sienten en la nuca. La ensalivaba, me la masturbaba cuando se cansaba de mamar, volvía a chuparla. Yo cerraba los puños dentro de las esposas, intentando aguantar.

En algún momento se levantó la túnica, se trepó encima mío y se fue sentando sobre mi pija. Soltó un quejido bajito al principio, casi de dolor. Se detuvo, tomó más aceite, se lo pasó por el culo y por mi pija, y volvió a intentar. Entró de a poco. Cuando mis huevos golpearon contra él, se quedó quieto. Yo respiraba agitado, pero del placer. Tenía la sensación rara de estar atado en lo de un desconocido, con un tipo que apenas conocía decidiéndolo todo.

Empezó a moverse, leve, gimiendo con cada bajada. Se abría las nalgas con las dos manos para que entrara más fácil. Aceleró. En un punto, quise incorporarme para recuperar el control y penetrarlo a mi manera, para hacerle entender lo que era estar abajo. Me empujó al piso con una mano.

—Quedate —dijo—. Dejate llevar.

Seguimos así un rato más. Los dos gimiendo, él arriba, yo atado y a oscuras. Entonces se detuvo, agitado.

—Vamos a probar otra cosa. Te va a gustar.

***

Me soltó primero las piernas. Después me levantó el antifaz y me miró a los ojos antes de soltarme las muñecas. Sin terminar de liberarme, me besó. Me besó largo, sin pedir permiso. Cuando me soltó del todo, lo besé yo. Nos besamos como dos cosas mojadas y morbosas en una habitación que olía a aceite y sándalo.

—Tu pija es muy grande para mí —dijo contra mi boca—. Me duele. Vení.

Me llevó al balcón. Yo desnudo, él con la túnica abierta. Señaló el enrejado y las dos tiras de madera apoyadas en el piso.

—Subite acá.

Se trepó a un banquito. Me sujetó una muñeca a una cinta de abrojo, después la otra. Me bajó el antifaz. Me ató los pies. Me pasó una cinta por la cintura para fijarme al enrejado. Hacía calor. Estábamos en un piso noveno, no había mosquitos, no había vecinos enfrente. Solo el cielo violeta y el ruido lejano de la rambla.

Aceitó otra vez todo mi cuerpo. Se concentró en la pija. Lo que vino después se llama, según me explicó, cumcontrol. Me masturbaba de varias formas hasta dejarme al borde. Cuando le avisaba que iba a acabar, paraba. Esperaba. Volvía. Encendió un vibrador negro, de los que parecen un micrófono, y lo pasó por la pija, por los huevos, por las tetillas. El placer era distinto a todo lo que había sentido en años. Cambiaba el ritmo cada minuto. Por momentos lo apoyaba en el perineo, mientras con la otra mano me mamaba o me masturbaba con aceite. Apretó las tetillas con dos broches y les pasó el vibrador por encima. Apreté los dientes y me concentré en respirar.

Para cerrar el circuito, se subió otra vez al banquito que tenía cerca y se metió mi pija en el culo. Lo escuché acomodarse, ajustarse, empezar a moverse. Yo, atado al enrejado, sin manos, sin pies, sin antifaz esta vez. Lo veía gemir contra mi cuello, pedir leche, morderme un hombro. Encendió el vibrador y lo pasó por mis huevos sin avisar. No dije nada. Aguanté tres segundos más y, en un relincho que me salió desde la nuca, le solté adentro todo lo que tenía.

—¡No me avisaste! —se rio, agitado, sin parar de moverse—. Ay, dios, me cae leche por todo el muslo.

Me bajé del banquito como pude cuando me soltó del torso. La cabeza me colgaba para adelante. Me liberó los pies. Me besó otra vez, con menos urgencia. Tomó mi pija con la mano, la masturbó suave para sacar las últimas gotas. Cuando se arrodilló para no perdérselas, le empezó a caer leche del culo. Se rio.

—Ay, corazón. Estabas hecho un tambo.

Me senté en uno de los sillones de mimbre. Me trajo agua fresca. Me invitó a pasar a la ducha. Lo hice. Me lavé en silencio, con las piernas todavía temblando.

Cuando me despedí, no le pregunté el precio de la próxima. Manejé hasta casa, me tiré en la cama haciendo tiempo para pedir delivery, y me dormí antes de marcar el número. Dormí como hacía meses no dormía.

Quince días después, le escribí para repetir.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios (5)

matiasok

increible relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Dante_cba

me quede sin palabras. que manera de narrar, se siente como si uno estuviera ahi mismo viviendolo

Flavio_cap

el final me dejo con ganas de mas. hay segunda parte?

RogerioMX

me recordo a algo que me paso hace años, esa sensacion de entregarse sin saber bien que viene despues jaja

ElPatagonico77

y el masajista despues siguio trabajando en el edificio? jajajaja me mata la situacion

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.