Mi profesor de natación cerró la pileta solo conmigo
Había vuelto al natatorio del club Las Lomas después de un año sin pisar una pileta. El cuerpo me lo pedía y la rutina de oficina me estaba dejando los hombros tiesos. El profesor era el mismo de siempre, Esteban, y desde la primera clase noté que tenía un costado más femenino del que yo recordaba: una manera de mover las manos al explicar la brazada, un pequeño aro plateado en la oreja izquierda y un perfume cítrico que no era casual.
Esteban tenía unos treinta y tantos, fornido sin marcar, alto. El bañador rojo que usaba para los turnos finales le dibujaba un culo redondo, parado, que de tan obvio dejaba de ser detalle y se volvía declaración. Y yo, que mido un metro ochenta y cargo veinte centímetros que nunca pasan desapercibidos, había aprendido a leer las miradas que se demoran un segundo de más en el bulto. La suya se demoraba dos.
El viernes de aquella semana era el último turno. La pileta cerraba a las diez, y a las nueve y media ya éramos él, yo y la chica de la recepción que cerraba el local. Ella estaba enchufada al celular, ajena al resto del mundo. Esteban repartía órdenes con esa voz neutra de profesor que tan bien le quedaba.
—Una serie más y soltamos —dijo, palmeando el borde de la pileta.
Hice la serie sin apuro. Me tomé el tiempo de respirar largo entre vueltas para que me viera salir. Cuando terminé, me senté en el escalón del borde y dejé que el agua me bajara por los hombros. Esteban estaba parado frente a mí, secándose con una toalla, y la tela del bañador rojo se le pegaba a la entrepierna. No era lo único que se le pegaba.
—Listo —dijo—. ¿Te bañás acá o te llevás la ducha para tu casa?
Levanté la vista. Él ya había bajado la suya, sin disimulo. «Si me la querés mirar, mirala bien», pensé, y abrí un poco más las piernas mientras me apoyaba en los codos.
—Acá no estaría mal —contesté—. Pero te confieso que estaría mejor en otro lado.
Sonrió, y la sonrisa no fue la de un profesor.
—La camioneta la tengo a la vuelta, en la calle del fondo. Si tenés ganas, yo no tengo apuro en volver a casa.
—Tengo ganas.
***
No pasaron quince minutos desde que cerró la puerta del natatorio hasta que tocó el timbre del departamento que alquilo a tres cuadras. Le abrí en short y sin remera. Traía la mochila al hombro, el pelo todavía húmedo y una sonrisa que en la pileta no se hubiera animado a mostrar.
—Ponete cómodo —le dije, marcando el sillón con la cabeza—. Yo me doy una ducha rápida. Si querés, hay cerveza en la heladera.
—Capaz me sumo a la ducha.
Lo dijo bajo, casi como una broma para sí mismo. Yo no contesté. Me metí al baño, abrí el agua caliente y esperé. Sabía que iba a entrar.
Cuando empujó la puerta corrediza, yo estaba de espaldas, dejando que el agua me corriera por la nuca. No lo escuché entrar. Lo sentí cuando mi pija se hinchó contra el vidrio empañado y se irguió antes de que él dijera nada. Después su cadera me rozó el muslo y ahí fue cuando hablé.
—Sin preguntar, ¿eh?
—No sabés las ganas que tenía de que me metieras eso —murmuró contra mi hombro.
Me di vuelta despacio. Tenía los ojos puestos en mi verga, dura y apuntando justo a su altura. Le tomé la mandíbula con la mano y se la giré hacia mí.
—Mirame a la cara cuando me hablás.
Asintió. Le besé la boca con calma, con la lengua, como si el tiempo fuera nuestro y nadie estuviera esperando en ningún lado. Su mano bajó y me agarró la pija con avidez. Trató de guiarla hacia abajo, de buscarse entre las nalgas, de meterla de una. Le di una palmada seca en el muslo y se quedó quieto.
—Acá vamos a ir despacio. Y todo lo voy a decidir yo. ¿Estamos?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Tragó saliva. La pregunta lo descolocó por un segundo. Después agachó un poco la cabeza, casi sin darse cuenta, y eligió la respuesta correcta.
—Sí, lo que vos digas.
Le acomodé la cabeza de la verga entre las nalgas, presioné apenas, lo suficiente para que la punta lo entreabriera y se le escapara un gemido.
—Solo la cabeza. Por ahora.
Lo escuché contener un grito. Su espalda buscaba la mía. Mi cabeza tocaba el límite de su entrada y ahí se quedaba. Cada vez que él movía las caderas para tragarme más, yo retrocedía. Cada vez que se quedaba quieto, yo presionaba un milímetro más. La paciencia, había aprendido hacía rato, era su propia forma de violencia.
—No, por favor, dame más.
—No.
Le saqué la verga del culo, lo tomé del pelo sin tirarle y lo besé otra vez. Después le señalé la puerta del baño.
—Andá. Secate. Esperame en la cama, boca abajo, con una almohada bajo la pelvis.
Salió sin discutir. Yo me quedé un rato más bajo el agua, dejando que la mezcla de calor y deseo me ordenara la respiración. «Esto va a salir bien», pensé.
***
Cuando entré a la habitación, lo encontré tal como le había dicho. Boca abajo. Una almohada bajo la pelvis. Las nalgas levantadas, redondas, expuestas. La luz tenue del velador le caía oblicua y le dibujaba la curva de la espalda. La camioneta, el aro plateado, la voz neutra del profesor: nada de eso quedaba. Lo que había sobre la cama era otra cosa.
Me arrodillé detrás de él. Le abrí las nalgas con las dos manos y bajé la cabeza. Pasé la lengua, lenta, por todo el surco, una vez, dos, tres. Esteban gimió contra la almohada y empuñó las sábanas como si quisiera arrancárselas a la cama.
—Quietito —le advertí—. Si te movés, paro.
Se quedó quieto. Yo seguí. Le devoré ese hoyito caliente durante varios minutos, jugando con la lengua, alternando presión con caricia, soplando aire frío después de cada lamida para que sintiera el contraste. La espalda se le tensaba y aflojaba con cada respiración. La almohada bajo su pelvis se iba empapando de a poco.
—Pasame el aceite —le dije.
Estiró el brazo hasta la mesita y me lo alcanzó sin levantar la cabeza. Era un aceite para masajes, no un aceite cualquiera de los que se guardan en un cajón olvidado. Le había preparado el detalle. Le había preparado todo. Eso me gustó más de lo que esperaba.
Le tiré un buen chorro entre las nalgas y dejé que bajara solo. Después me unté la verga, despacio, mirándola brillar contra la luz del velador. Le puse una mano en la nuca, suave pero firme, y le acomodé las caderas con la otra. Mi pija buscó el camino. Empujé sin avisarle. De un solo movimiento, lento pero entero, me hundí hasta donde el cuerpo me dejó entrar.
Esteban arqueó la espalda y soltó un grito sordo contra la almohada. Le pasé el brazo izquierdo por debajo del pecho y lo levanté hasta que su espalda quedó pegada a mi torso. Mi mano derecha le rodeó el cuello, sin apretar, solo marcando el lugar. La otra le buscó una tetilla y la pellizcó.
—¿Te gusta?
—Me encanta, hijo de puta —dijo, con la voz quebrada.
—¿Quién manda acá?
—Vos.
—¿Y vos quién sos?
Tardó un segundo. Cerró los ojos. Soltó la respuesta como si llevara meses esperando dejarla salir.
—Tu puta.
—Mi puta —repetí, pegado a su oreja—. Y vas a hacer todo lo que yo te diga.
Asintió. Sus caderas empezaron a moverse contra las mías, buscando el ritmo. Lo dejé un rato. Lo dejé que se acomodara, que se acostumbrara al ancho, que aprendiera a coger por las dos partes. Después le sujeté las caderas con las dos manos y tomé el control.
Embestí. Hondo, parejo, sin pausa. La cama empezó a sonar contra la pared. Su culo rebotaba contra mi pelvis con un ruido seco que se confundía con sus gemidos. Lo agarré del pelo, justo de la coronilla, le tiré apenas para arquearle más la espalda y le besé la oreja entre estocada y estocada.
—Te gusta, putita.
—Rompeme, papá. Hacé lo que quieras conmigo.
***
En algún momento, no sé bien cuándo, la verga se me empezó a escapar. Esteban quiso girar la cabeza para besarme, y la postura cambió. Cuando salí, él mismo me la tomó con la mano, sin pedir permiso esta vez, y se la volvió a meter en el culo. Pero despacio.
—Despacio —murmuró—. Quiero sentir cada centímetro entrar de nuevo.
Le hice caso. Por primera vez en la noche, le hice caso. Entré centímetro a centímetro, mirándolo a los ojos por encima del hombro, y él me devolvió la mirada con una mezcla de sumisión y desafío que me hizo perder el último resto de control.
El beso vino después. Largo, profundo, con la lengua adentro como si quisiera tragarme. Esa boca rompió la pose. Le agarré la nuca con las dos manos y aceleré. Diez minutos, quizá más. Perdí la cuenta. Lo único que tenía en la cabeza era el ruido húmedo de mi pija saliendo y entrando, y los gemidos de Esteban que ya no eran gemidos sino súplicas.
Cuando el cuerpo me avisó, no avisé yo. Me clavé hasta el fondo, le agarré la cintura con las dos manos y me vacié dentro. Tres, cuatro descargas. Esteban tembló contra mí y se vino sobre la almohada al mismo tiempo, sin que yo le hubiera tocado la verga.
Nos derrumbamos los dos. Mi cuerpo cayó sobre el suyo, mi pija todavía adentro, todavía latiendo, soltando las últimas gotas. Él movía el culo en pequeños espasmos, como si quisiera ordeñarme hasta la última. Yo le mordí la nuca, despacio, sin fuerza, y le pasé los labios por el hombro.
—Hijo de puta —dijo entre risas—. Aparte de romperme, me trataste como la puta que soy.
—Como la puta que quisiste ser hoy —corregí.
Se rio. Después se quedó callado un rato largo, con la respiración agitada, conmigo encima. Cuando logró girar la cabeza, me besó otra vez. Sin urgencia. Casi con ternura. Pero con algo en los ojos que ya no era el profesor de las once de la mañana.
—¿Te quedás? —preguntó.
—La noche es larga —respondí, acomodándome a su lado sin salir todavía—. Y todavía me queda bastante leche para mi perra.
Se rio bajito y se acurrucó contra mi pecho. Afuera, en algún departamento del edificio, alguien apagó una luz. La pileta del club Las Lomas iba a abrir a las siete de la mañana del día siguiente, y yo ya sabía que el lunes iba a inscribirme en un segundo turno.