La confesión con el abuelo de mi alumna
Lo cité después de clases para arreglar una ventana, pero los dos sabíamos que no era solo madera lo que estaba a punto de ceder.
Lo cité después de clases para arreglar una ventana, pero los dos sabíamos que no era solo madera lo que estaba a punto de ceder.
Estaba escondido en un armario con el celular grabando cuando ella se arrodilló frente al profesor y entendí que aquello apenas empezaba.
Cuando colgué la llamada de la amante de mi novio, miré a mi alumno a los ojos y le di una orden que también me desnudaba por dentro.
Entró buscando ayuda para controlar su ansiedad y terminó temblando frente a un hombre que parecía leerle el cuerpo mejor que la mente.
Ella dormía en la cama. Yo salí del baño con la toalla anudada, crucé el pasillo y lo encontré esperándome como si supiera que iba a buscarlo.
Me la encontré por azar, me dio su número y una semana después abrió la puerta con una sonrisa que ya prometía problemas.
Cuando apareció sin su hija y me pidió ver el atardecer, supe que esa noche no iba a terminar solo con arena y vino.
Cruzó las piernas sabiendo que la miraba y su falda subió apenas lo justo. Cuando el aula quedó vacía, sonrió y me pidió que la ayudara a recoger la basura.
Cuando vi el letrero de las habitaciones por horas, entendí que no iba a aprender inglés esa tarde, sino hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Cuando aceptó que yo la probara antes de su primera cita, supe que ya no había vuelta atrás.
Entré para avisar que había llegado a clase y la encontré llorando bajo el agua; cuando me miró, su orden fue simple: —Sacate la ropa.
Nunca olvidé la tarde en que sus dedos dejaron las teclas, bajaron por mi vientre y me hicieron correrme sin dejar de dar la lección.
Nadie en la universidad imaginaba lo que hacía al salir de clase, y mucho menos lo que ocurría cuando su marido no estaba.
Todos en el instituto fantaseaban con la profesora de matemáticas. Yo fui el único que descubrió, escondido en un armario, lo que de verdad pasaba con ella.
Cerró la puerta de aquel despacho creyendo que iba a negociar una nota. No sabía que el profesor tenía otra cosa en mente, y que ella terminaría volviendo cada viernes.
Le dije que me dejara por la carretera bien iluminada. Él sonrió, tomó el desvío hacia el mirador y yo dejé que el vestido se me subiera hasta el muslo.
Pasé junto a su banco, le dejé una nota sin que nadie lo viera y salí al patio a fumar. Para cuando él golpeó la puerta, yo ya había dejado de pensar en lo correcto.
Se arregló como hacía años que no lo hacía, se perfumó y condujo hasta la dirección anotada en un papel amarillo. Todo, se repetía, era por el bien de su hijo.
Levanté la mirada hacia la profesora que todos temían y se me heló la sangre: era ella, la mujer con la que me había masturbado por cámara durante dos años.
Llegué a su casa con una falda demasiado corta y la excusa de aprobar. Él no dejó de mirarme ni un segundo, y yo no iba precisamente a estudiar.