El hermano de mi alumno vino a buscar revancha
Creyó que acostarse conmigo era su revancha contra su hermano menor. Lo dejé pensar eso mientras le abría la camisa en mi terraza, a la una de la madrugada.
Creyó que acostarse conmigo era su revancha contra su hermano menor. Lo dejé pensar eso mientras le abría la camisa en mi terraza, a la una de la madrugada.
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
Sabía que el profesor Aníbal me miraba el cuerpo cada vez que me despedía. Esa tarde entré a su aula dispuesta a usar esa mirada a mi favor, fuera lo que fuera.
La reconocí al fondo del bar y el corazón me dio un vuelco: era ella, la maestra que me robó el sueño cuando era un crío. Y esta vez yo ya no era ese niño.
Esa noche, mientras le corregía los ejercicios en la habitación del hotel, sentí su mirada clavada en mí y supe que ya no iba a poder seguir siendo solo su profesora.
Encontré a mi amiga temblando en el baño de aquella cena. Cuando pregunté quién la había dejado así, jamás imaginé que diría el nombre de nuestro profesor más temido.
Cuando entré en aquel ático con las cuerdas colgando de las vigas, entendí que esa noche no me pertenecería a mí misma.
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
Pensaba que lo más difícil del año sería aprobar el examen de inglés. Me equivoqué: lo más difícil fue disimular cuánto deseaba a la mujer que venía a enseñarme.
Llevaba una semana lejos de ella y, en cuanto crucé la puerta de su casa, supe que esa clase no iba a tratarse de ningún examen.
Pensé que la tenía acorralada contra la pared. Tardé un segundo en entender que la única atrapada en esa casa vacía era yo.
Llevaba meses imaginando esa escena en su oficina, pero nunca creí que fuera ella quien diera el primer paso, con el pestillo echado y su perfume invadiéndolo todo.
Cuando pasé frente al baño entreabierto y la vi desnuda de espaldas, supe que esa noche en mi casa no iba a terminar como dos viejas conocidas tomando el té.
Creí que estaba sola corrigiendo mis textos, hasta que su mano se posó sobre mi pierna y entendí que el receso iba a durar mucho más de lo previsto.
Cada excusa que le daba a mi prometido era más elaborada que la anterior. Salía de aquel despacho temblando, dolorida y con una sonrisa que no sabía esconder.
Bastó una fotografía colgada en la pared del taller para que el profesor entendiera que ya no podría mirarla nunca más como a una alumna.
Le prometí a mi amigo que no tocaría a su hermanita. Lo que no le dije es que su mejor amiga se sentaba a mi lado cada clase, demasiado cerca para concentrarme en los números.
Pensé que era el más disciplinado de la facultad. Entonces ella se recargó en la puerta del aula vacía y me dejó claro que sabía todo lo que yo escondía.
Lo deseábamos los dos desde la primera clase, pero nunca imaginamos que sería él quien nos pediría que eligiéramos entre olvidarlo o mudarnos a su casa.
Le ofreció una copa con una sonrisa traviesa y un guiño, y en ese instante el profesor supo que la distancia entre ellos dos estaba a punto de desaparecer.