Lo que ofrecía el resort no estaba en el folleto
Llevábamos meses esperando ese viaje. Mis padres celebraban veintiocho años de casados y habían decidido que la fecha merecía algo grande: un resort de lujo en Punta Cana, vuelos en clase preferente y dos semanas sin pensar en nada. Mi hermano mayor no pudo viajar por un compromiso laboral, así que tuve la suerte —o la mala suerte, según se mire— de acompañar a mis padres yo solo. Habitaciones separadas, eso sí. Faltaría más.
El vuelo fue una tortura interminable. Nueve horas que parecieron veinte, con turbulencias en mitad del Atlántico y un bebé llorando dos filas detrás. Cuando por fin aterrizamos en Las Américas y subimos al traslado, la humedad caribeña me golpeó como un puñetazo. Apenas pude mantener los ojos abiertos durante la hora de carretera hasta el resort.
La primera vista del hotel me dejó sin aliento. Era enorme, un complejo que se perdía entre palmeras y senderos blancos. Tras el check-in nos presentaron a nuestro mayordomo personal, un detalle al que yo no estaba acostumbrado. La idea de tener a alguien pendiente de mí en todo momento me resultaba más incómoda que reconfortante. Nos guió por la zona exclusive mientras un botones empujaba las maletas, señalándonos el gimnasio, las salas de eventos, los accesos a la playa privada y los seis restaurantes del complejo.
A mis veinticinco años todavía no había viajado tanto como me hubiese gustado, y nunca había estado en un sitio con este nivel de servicio. Estaba decidido a aprovechar cada metro del lugar.
Después de grabar el típico vídeo de la habitación para mandárselo a mi mejor amigo, me di una ducha rápida y bajé a cenar con mis padres antes de que cerrasen los restaurantes. La idea era llenar el estómago y caer rendido para combatir el jet lag.
Funcionó. En cuanto mi cabeza tocó la almohada de aquella cama enorme, perdí la conciencia hasta las siete de la mañana siguiente.
Salí a la terraza a ver el amanecer. Decenas de empleados se movían por los jardines preparándolo todo: rastrillando la arena, alineando hamacas, sirviendo los primeros cafés. Quedé con mis padres a las ocho y media para desayunar.
Después del desayuno, ellos se fueron a la piscina principal y yo bajé directo a la playa. Elegí una tumbona apartada, en una zona donde casi no había nadie, y me quedé mirando el horizonte un rato largo. El sol empezaba a apretar y la sed se hizo insoportable. Junto al palmar había un chiringuito y me acerqué.
—Buenos días —saludé.
—Hola amigo, ¿cómo le va? ¿Qué le sirvo? —me respondió el barman, un señor con la sonrisa más franca que había visto en días.
—Pues no sé… ¿qué pide aquí la gente?
—Lo mejor lo mejor, la piña. Todo lo que sea con piña aquí queda rico, hermano.
—Una piña colada entonces.
—Marchando. Usted vaya, acomódese, que se la llevan a la tumbona.
Volví a recostarme con esa sensación extraña que provoca el trato de servicio cuando no estás acostumbrado. Cerré los ojos detrás de las gafas de sol y dejé que el rumor del mar me adormeciese.
No habían pasado ni cinco minutos cuando una voz me hizo abrir los ojos.
—Señor, con mucho gusto. Su piña colada bien fresca.
Tardé en reaccionar. El camarero que tenía delante debía rondar mi edad. Piel canela, brazos firmes, un físico fibrado, no muy alto. La placa del uniforme blanco decía «Mateo».
—Eh, gracias. Muchas gracias —balbuceé.
—Si me permite, ¿el número de habitación? Es para confirmar que está en el área exclusive.
—La diez mil setecientos treinta y uno.
—Conforme. Todo en orden. Cualquier cosa que necesite, ando por esta zona. A la orden.
Mateo se retiró y yo me giré lo más disimuladamente que pude para verlo de espaldas. El uniforme le marcaba la cintura y, más abajo, un culo redondo y prieto que tensaba la tela del pantalón. Cuando llegó a la barra, di un sorbo a la copa y casi se me escapó un suspiro. Estaba buenísima. Demasiado buena, en realidad: apenas se notaba el alcohol, pero seguro que llevaba el doble de la cuenta.
Me quedé tan a gusto que volví a dormirme. Por suerte, fueron solo unos minutos hasta que el móvil vibró sobre mi toalla. Mis padres ya estaban en el restaurante esperándome. Busqué a Mateo con la mirada antes de marcharme, pero no lo vi.
Comimos los tres juntos, hablando del lugar, de lo bien que estaba todo organizado, del calor. Después volvimos a la habitación a descansar y, como era de esperar, la cama me hizo prisionero otra vez. Caí redondo en una siesta de dos horas.
Me levanté algo desorientado, con la única idea de meterme en la ducha para despejarme. Mis padres andaban perdidos por el hotel. Estaba a punto de entrar al baño con la toalla a la cintura cuando llamaron a la puerta.
Era el mayordomo. Preguntaba si necesitaba algo, si todo estaba en orden. Con una mano sujetaba la toalla para que no se cayera al suelo y con la otra la puerta. Conversación incómoda, breve, formal. Cuando por fin se fue, me metí bajo el agua tibia diez minutos largos.
Cené con mis padres, tomamos algo en el bar del lobby y volví a la habitación. De nuevo, dormí del tirón.
***
El segundo día empezó igual que el primero. Amanecí a las siete, procrastiné un rato con el móvil, desayuné con mis padres y bajé a la playa. Volví a elegir la misma tumbona apartada.
No habían pasado ni cinco minutos cuando aquella voz familiar me sobresaltó.
—Amigo, aquí tiene su piña bien rica para que no pase calor.
—Pero si no la he pedido.
—No pasa nada. Aquí todo es incluido y mi tarea es que usted la pase bien.
—Pues no podría estar mejor —dije sin pensar.
—Así debe ser. Aproveche, que en cuanto se la termine le traigo otra.
—Gracias, Mateo.
—¡A la orden!
Esta segunda copa estaba incluso mejor que la del día anterior. Menos cargada, más fría, más piña. La saboreé despacio mientras espiaba a Mateo por encima de las gafas. Me había fijado en cómo bromeaba con otros huéspedes, siempre con esa misma sonrisa atenta. Pero cuando me miraba a mí, la sonrisa tenía algo distinto. Algo que no sabía leer.
Volvió antes de que terminara.
—A ver esa copa, ya está caliente, ¿no? Tenga la siguiente.
—Va a acabar conmigo.
—Aquí lo hacemos todo rico, hermano.
—No lo dudo.
—¿Algo más en lo que pueda servirle?
—Todo bien, gracias.
En mi cabeza, sin embargo, había otra respuesta. Podía servirme en muchas cosas más. Podía servirme en mi habitación, sobre mi cama, boca abajo, con esa polla —que a saber cómo la tendría— hundida en mi culo durante el resto de la tarde.
No sabía si era el sol, las dos copas seguidas o lo que se me cruzaba por la mente, pero estaba empezando a sudar de un modo extraño.
—Esa copa está muy llena. ¿No le gusta? Se la cambio sin problema.
—Es que no soy de beber y creo que ya me está haciendo efecto.
—¿Quiere un refresco o un agua, hermano? Pida lo que necesite.
—Un agua, por favor.
Tardó menos de dos minutos en volver con una botella congelada. Me la bebí casi de un trago.
—¿Está bien? ¿Aviso a alguien?
—Es la mezcla del calor y la bebida. No es nada.
—Voy a hacer unos mandados y vuelvo. Si está mal, lo llevo a la enfermería o donde quiera.
—No te entretengo. Ve.
Cerré los ojos e intenté controlar la taquicardia. No era el alcohol, lo sabía perfectamente. Era Mateo. Era ese tono educado y servicial que de pronto sonaba a otra cosa cuando me miraba directo a los ojos.
Cuando recuperé el pulso, me incorporé en la tumbona. Mateo apareció a los pocos segundos.
—¿Mejor, amigo?
—Mucho mejor.
—Qué bueno.
—Creo que voy a subir a la habitación a quitarme el sol un rato.
—¿Le acompaño?
—Voy bien, no te preocupes. Eres muy amable.
—Lo que necesite, hermano.
Subí a la habitación, me lavé la cara y me tumbé en la cama con el móvil. El aire acondicionado me devolvió a la vida en cinco minutos. Estaba prácticamente recuperado cuando llamaron a la puerta.
Era Mateo.
—Todo bien, ¿no? Me quedé a disgusto, hermano, por si no estaba bien.
—Mucho mejor, el aire me ha ayudado.
En ese instante sonó mi móvil sobre la mesilla.
—Pasa un segundo, no te quedes en el pasillo, que cojo esto.
Mateo entró y se quedó justo en la entrada, con la puerta cerrándose lentamente tras él. Eran mis padres, contándome que estaban en una actividad de catamaranes y que en una hora y media nos veríamos para comer. Colgué rápido.
—Decía que el aire frío me ha ayudado. Es que casi no tomo y se me sube enseguida.
—Aquí el alcohol se nota rápido. Y más los primeros días. Mucho americano se bebe todo y termina fatal.
—Me lo imagino, verán de todo.
Solo entonces caí en la cuenta de que estaba en calzoncillos. Me había quitado el bañador antes de tumbarme y se me había olvidado por completo. El bulto se me marcaba sin remedio en la tela, empezando ya a hincharse solo con tenerlo delante. Sentí un calor distinto subirme por el cuello.
—Perdona que mira cómo te recibo.
—Está como en su casa. A mí no me molesta.
El tono volvió a cambiar. Lo miré. Cruzamos las miradas en silencio, sin disimular. La suya iba de mi cara a mi torso, bajaba hasta el bulto de mis calzoncillos y volvía a subir sin pudor. La mía recorría su uniforme corto, su piel canela, la línea de la mandíbula y, sin poder evitarlo, la entrepierna de aquel pantalón blanco que empezaba a marcarle algo.
—Te puedo preguntar una cosa.
—Claro. A la orden.
—Cuando dicen que es todo incluido, ¿te incluye a ti?
Mateo me miró fijo unos segundos. No se movió.
—Yo estoy para que usted disfrute de su estancia, en todo lo que pueda ofrecer.
—¿Y qué me puedes ofrecer?
—Pida usted.
—Quiero que te acerques.
No dudó un instante. Cruzó la habitación y se detuvo a pocos centímetros de mi cara. Le olí el sudor limpio del uniforme, la colonia barata, algo dulce a piña de la barra.
—¿Tienes tiempo? No quiero buscarte un problema.
—Todo el que haga falta. Usted manda.
—¿Puedo quitarte la ropa?
No respondió. Empezó a desabrocharse la camisa con una calma que me ponía nervioso, botón a botón, sin dejar de mirarme. Cuando terminó, le saqué la prenda sin esfuerzo y la dejé sobre la silla. Tenía el torso completamente moreno, los abdominales marcados, los hombros redondeados, los pezones oscuros y pequeños ya duros de punta. Le rodeé la cintura con las manos, lo atraje hacia mí y busqué su boca sin más preámbulos.
El beso fue inmediato, hambriento. Sabía a menta, probablemente de un chicle. Nos chocamos los dientes en algún momento por la prisa de buscarnos. Le metí la lengua hasta el fondo de la boca y él me la mordió con suavidad, chupándomela como si me fuera a chupar otra cosa. Mi polla ya estaba dura, escapándose por el elástico de los calzoncillos, y cuando bajé la mano para palparlo a través del pantalón, la suya también lo estaba. Mucho. Le apreté el bulto por encima de la tela y noté cómo latía, gruesa y larga, cruzada hacia la cadera. Se me hizo la boca agua solo de imaginármela suelta.
—Mira cómo la tienes, cabrón —le susurré al oído.
—Y usted, papi. Se le está saliendo entera.
Me metió la mano dentro de los calzoncillos sin pedir permiso, me agarró la polla y me la sacó de un tirón. Empezó a masturbarme despacio, apretándome bien, mientras yo le mordía el labio. Con la otra mano me pellizcó un pezón y me arrancó un jadeo.
Me separé un poco y empecé a besarle el cuello, la clavícula, el pectoral. Me detuve en un pezón, lo chupé, lo mordí, y él soltó un gemido ronco que se me metió directo entre las piernas. Bajé al otro, hice lo mismo, y seguí lamiéndole el abdomen, cada surco de los abdominales, el ombligo, la línea de vello que bajaba desde ahí. Fui recorriéndolo con la boca, ensalivándolo entero, hasta arrodillarme delante de él.
Él me sujetó la cabeza con suavidad. Yo le desabroché el pantalón, tiré del cinturón y se lo fui bajando. Apareció una mata de vello negro bien recortada y, justo debajo, algo que no esperaba: un calzoncillo blanco a punto de reventar, la punta del glande asomando por encima del elástico, empapando la tela con un cerco de líquido preseminal.
Tiré del elástico hacia abajo y la polla le saltó fuera, golpeándome en la cara. Cuando el pantalón le quedó en los tobillos, lo que tenía delante eran fácilmente veintidós centímetros, y nada finos. Era gruesa como una muñeca, con una vena marcada recorriéndola por el dorso, el glande oscuro, ancho, brillante de tanto pre-semen. Era con diferencia el chico mejor dotado con el que había estado. Le agarré la base con una mano —no me alcanzaban los dedos a cerrar del todo— y empecé a moverlo despacio, observando cómo le cambiaba la respiración y cómo se mordía el labio inferior.
Le lamí primero los huevos, grandes y colgados, cargados. Me metí uno entero en la boca, luego el otro, mientras seguía pajeándolo con la mano. Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, muy despacio, saboreando el sudor y la sal, y él soltó un «hijueputa» entre dientes que me puso al borde de correrme sin tocarme.
Estaba caliente, palpitaba, y el glande oscuro me pedía a gritos pasar por mi boca. Cerré los ojos y me acerqué. Lo rodeé con los labios y avancé hasta donde pude. El glande se me estampó contra el paladar y tuve que abrir mucho la mandíbula para que entrara sin roces de dientes. Mateo no me soltaba la cabeza, pero al principio dejó que yo marcara el ritmo. Subí y bajé despacio, llenándolo de saliva, dejando que se me cayera por la comisura hasta la barbilla. Por el tamaño, poco más de la mitad me cabía; cada vez que intentaba forzar un poco más, me daba una arcada seca y él sonreía desde arriba.
—Con calma, papi, con calma. Que no te ahogues.
Poco a poco él tomó la iniciativa y empezó a follarme la boca con cuidado, midiendo cada empujón. Me sujetó la cabeza con las dos manos y comenzó a bombear más hondo, hasta que las lágrimas empezaron a salírseme solas y la baba me chorreaba por el pecho hasta la polla. Yo apretaba los labios y le golpeaba con la lengua todo lo que podía. Le pasaba la mano por los huevos, se los apretaba, se los tiraba hacia abajo, y él respondía con embestidas más largas.
—Qué rica boquita tenés, papi. Me la vas a sacar así.
Después de unos minutos así, me aparté. Tenía los labios hinchados y la barbilla goteando de saliva y precum.
—Fóllame, por favor.
—¿Estás seguro? Con este fierro te voy a partir en dos.
—Por favor. Quiero sentirlo entero.
—Sube a la cama. Sin ropa.
Lo hice, con la vergüenza absurda de quitarme la última prenda delante de él. Me daba pudor mi cuerpo después de haber visto el suyo, pero era lo que tocaba. Me tiré los calzoncillos al suelo y me arrodillé sobre el colchón, la polla apuntando al techo, el corazón latiéndome en las sienes.
—Ponte a cuatro. Y bien abierto.
Le obedecí. Dejé el culo en pompa, con las rodillas separadas todo lo que pude, y él se acercó sin perder un segundo. Me pasó las manos por las nalgas, me las abrió con los pulgares, y soltó un silbido bajo.
—Mírame ese culito rosadito. Voy a comértelo entero.
Se agachó y empezó a comérmelo con una intensidad que no esperaba. La lengua iba rápido, fuerte, dando vueltas alrededor del agujero antes de meterla dentro. Me lamía en círculos, me la clavaba, la sacaba, me soplaba encima, me daba pequeñas mordidas en las nalgas y volvía. Yo apretaba las sábanas con las dos manos y jadeaba sin poder callarme.
—Joder, joder…
—Tranquilo, papi. Que esto es solo el aperitivo.
Un dedo entró de repente, ensalivado, hasta el fondo. Me arqueé sobre la cama. Empezó a moverlo dentro y fuera con calma, buscando ese punto que sabía dónde tocarme, mientras seguía lamiéndome alrededor. A los dos minutos metió el segundo. Me abrió con las yemas, tirando en direcciones distintas para dilatarme, y volvió a escupirme encima para tenerlo bien mojado. Sabía perfectamente lo que venía detrás y agradecí cada minuto de aquella preparación.
Cuando llevábamos cinco minutos así, se detuvo. Yo apoyé la cabeza en la sábana y giré la cara. Lo vi sujetar su miembro durísimo con la mano, escupirse en la palma, y dirigirlo hacia mi entrada, restregando el glande brillante arriba y abajo por la raja. Cerré los ojos.
—Relájese, que allá va.
—Dale.
Empezó a meter la punta. Dolió. Un pinchazo eléctrico me atravesó de arriba abajo y aguanté las ganas de mandarlo parar. Se quedó ahí, con el glande atravesando el anillo, dejándome respirar. Cuando avanzó un centímetro más, me quejé sin querer.
—Espera, joder, espera.
—Voy a por crema, no te muevas.
Volvió en segundos con el bote de crema hidratante del baño. Se untó la polla generosamente, chorreando de blanco, y me echó un chorro abundante por encima del culo, ayudándose con dos dedos para repartirla por dentro. Me metió los dedos hasta los nudillos, embadurnándome bien, y volvió a colocarse detrás. Apoyó las manos en mis caderas, se acomodó y empujó otra vez. La primera mitad entró casi sin notarla, deslizándose por la crema. A partir de ahí seguí sintiéndola, un llenado espeso que iba abriéndome por dentro milímetro a milímetro, pero ya se soportaba. Lo hizo todo muy lento, muy paciente, entrando un poco, saliéndose, volviendo a entrar un poco más hondo, hasta que después de un cuarto de hora largo la tenía entera dentro. Sentía los huevos apoyados contra los míos y el vello de su pubis rozándome las nalgas.
—¿Ya está toda?
—Ya está toda, papi. Y ahora viene la mejor parte.
No me dio tiempo a contestar. Empezó a moverse despacio y a embestir sin parar, con un ritmo perfecto. Al principio salidas y entradas largas, muy largas, sacándomela casi entera hasta que el glande quedaba a punto de resbalarse fuera, y clavándomela de una hasta el fondo. Yo me dejé caer sobre los antebrazos y le entregué el culo entero, arqueando la espalda para ofrecérselo mejor. Cada embestida me sacaba un gemido ronco que hundía en la almohada.
—Así, papi. Ábreme ese culito. Aprieta.
—Fuerte, dame fuerte…
Cambió de marcha. Me sujetó por las caderas con las dos manos y empezó a martillearme con embestidas cortas y rápidas, el sonido húmedo de la piel contra la piel llenando la habitación. Los huevos le rebotaban contra los míos con cada golpe. La cama crujía. Yo tenía la cara enterrada en la sábana, mordiéndola para no gritar. Luego volvía a bajar el ritmo, a follarme lento, saboreándolo, y a los dos minutos otra vez lo aceleraba.
Me tiró del pelo hacia atrás, obligándome a arquear el cuello. Se agachó sobre mi espalda sin sacármela y me susurró al oído, jadeando:
—Dime que te gusta, papi. Dímelo.
—Me encanta, joder. No pares, no pares…
—¿Te gusta mi verga? Dime.
—Me encanta tu polla. Rómpeme entero.
Me dio un azote en la nalga derecha que me hizo apretar el culo en torno a él, y soltó un gemido gutural. Lo notaba palpitar dentro, cada vez más gordo. No tengo idea del tiempo que estuvo así. La sacaba entera y la metía sin dudar; luego cambiaba a embestidas cortas y rápidas; luego volvía a empezar. Era con diferencia la mejor follada de mi vida, y la estaba teniendo en pleno Caribe sin haberla buscado.
—Estoy ya a punto de acabar.
—Espera. ¿Puede ser en otra postura?
—Claro. ¿En cuál?
—Túmbate boca arriba.
Salió despacio, con un ruido húmedo que me hizo temblar. Se tumbó al instante, con la polla brillando de crema y saliva, palpitando hacia el techo, empapada de mí. Me coloqué encima, me apoyé en sus muslos y me dejé caer despacio. Entró sin resistencia. La sentí subir por dentro, un llenado profundo que me llegó hasta la garganta. Nos miramos a los ojos en silencio mientras yo me sentaba hasta el fondo y él me sujetaba las caderas para guiarme. Nunca había tenido nada tan adentro. Nada. Podía notar el latido de aquella verga golpeándome por dentro.
Empecé a cabalgarlo. Al principio despacio, subiendo y bajando con las piernas, sacándomela hasta la mitad y volviendo a hundirme del todo. Le apoyé las manos en los pectorales para tomar impulso y aceleré. Él acompañaba con las caderas desde abajo, embistiéndome cada vez que yo bajaba, y aquello me golpeaba la próstata con una precisión brutal. Se me escapó un gemido agudo, ridículo, que él celebró con una sonrisa torcida.
—Ahí, ahí lo tienes, ¿verdad, papi? Móntame ahí.
—Ahí, joder, no te muevas, ahí…
Me agarró de la cintura y empezó a levantarme y a soltarme, usándome como si fuera un juguete, ensartándome en su polla una y otra vez. Los muslos le sudaban, se me resbalaba encima. Yo tenía la polla dando saltos entre los dos, dura como una piedra, chorreando pre-semen sobre su abdomen sin necesidad de tocarla.
A los pocos minutos cerré los ojos y noté las contracciones. Iba a correrme sin necesidad de tocarme. Un cosquilleo profundo, desde dentro, que me subía por la espalda.
—Me voy a correr, sigue, sigue…
Mateo se incorporó lo suficiente para acercar la boca a mi polla y dejó que mi corrida le llenara los labios sin inmutarse. El primer chorro le dio en la barbilla; los siguientes le entraron directos a la boca, chorros gruesos y calientes que le tragó a duras penas mientras seguía embistiendo desde abajo. Un hilo le colgó de la comisura hasta el pecho. Entretanto, aceleró las embestidas, clavándomela con rabia. Las contracciones de mi esfínter apretándolo hicieron el resto. Soltó un gruñido contenido, casi animal, y se vació dentro de mí. Conté al menos cinco descargas calientes, cada una acompañada de una embestida más honda, sintiendo cómo la polla le latía y me llenaba por dentro. Me abracé a él, tembloroso, con los muslos convulsionándome de forma involuntaria.
Nos quedamos quietos unos segundos, intentando respirar. Estábamos empapados, la habitación olía a sudor, a crema y a sexo. La sentí ablandarse dentro poco a poco. Cuando me levanté con cuidado, un reguero de semen tibio me bajó por la cara interna del muslo. Me tapé con la mano por reflejo y fui directo al baño.
—¿Quieres ducharte?
—No, hermano, no me da tiempo. Le robo agua, eso sí, que me dejó bien seco.
—Sin problema.
Mateo se secó con una de mis toallas, pasándose el paño por la polla todavía brillante y por el pecho manchado de mi corrida. Se vistió en treinta segundos y salió de la habitación como si nada hubiera pasado.
Yo me metí en la ducha y dejé que el agua me limpiara por dentro y por fuera. Sentí la corrida escurriéndoseme por las piernas mucho rato después. Mis padres me esperaban para comer.
Durante el almuerzo me preguntaron si quería ir a la ciudad al día siguiente, de turismo. Rechacé la invitación sin pensar. Prefería quedarme en el hotel.
Me eché la siesta. El olor de Mateo seguía en mi cama y, con solo pensar en lo que había pasado allí unas horas antes, en su polla partiéndome en dos y en el sabor salado de su piel, volví a empalmarme. Bajé la mano, me agarré la polla y estuve a punto de machacármela, pero me contuve. Tenía que descansar.
Lo que no sabía es que el día siguiente iba a ser todavía mejor.