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Relatos Ardientes

El amigo que me convirtió en mujer esa noche

—Entérate de una vez: eres poco hombre.

Lo dijo gritando, y en ese instante dejó de ser mi esposa para convertirse en mi ex. Diez años de matrimonio terminaban en la mitad de una frase. No había terminado todavía.

—Por tu culpa me volví lesbiana, y me siento liberada de ti. Esa miseria que tienes entre las piernas nunca me excitó. La primera vez que me acosté con una mujer sentí más placer que en una década contigo. Cada vez que lo hacíamos sentía que eras tú la mujer, y que esa cosa diminuta era un clítoris frotándome por dentro.

Abrió la puerta de un tirón y salió arrastrando dos maletas. Afuera la esperaba otra mujer dentro de un coche. Le dio un beso largo, jugoso, descarado, y antes de subir me miró una última vez.

—Quédate con todo lo que dejo en esta casa. Nunca voy a volver. Me voy del país.

El coche arrancó. Fue la última vez que la vi.

Me quedé de pie en el recibidor, en silencio, sin saber qué hacer con mis propias manos. Llamé a unos amigos de la universidad, los que habían quedado cerca con los años. En menos de una hora cuatro de ellos estaban en mi sala dándome palmadas en la espalda. Tres mujeres y un hombre. Pero venían con una quinta persona que yo no esperaba.

—Mateo estaba con nosotros cuando llamaste —dijo Carla—. Espero que no te moleste que haya venido.

Hice un gesto de indiferencia con los hombros y los dejé pasar.

Mateo tenía un rostro bonito y un cuerpo trabajado, esculpido en el gimnasio, aunque sin esa masa exagerada de los fanáticos del hierro. Atraía a las mujeres con una facilidad natural. Y, sin embargo, nunca habíamos congeniado. Me incomodaba que me vieran con él, porque era amanerado, de gestos suaves y voz cantarina, de esos a quienes les da igual lo que opine el resto. Yo lo había despreciado por eso durante años. Aquella noche no sospechaba cuánto estaba a punto de cambiar mi mundo.

***

Pasamos un par de horas inventando excusas: que la distancia, que el desgaste, que ya no éramos los mismos. Nadie preguntó por la verdad. Cuando se fueron, volví a quedarme solo con el eco de la casa vacía. Media hora más tarde tocaron a la puerta.

Era Mateo. Se disculpó: había olvidado sus llaves al salir. Pero no se fue al recuperarlas. Me miró a los ojos un momento de más, notó algo que yo creía esconder bien, y dijo:

—Sé que esto siempre va a doler. Creo que lo que necesitas ahora mismo es un abrazo para soltarlo.

Me atrajo hacia él. No me resistí. Tenía razón: lo necesitaba. Me apretó fuerte, me pasó la mano por la espalda y por la nuca, despacio, con una calma que no sabía cuánto me hacía falta. Nos quedamos así un rato largo, en mitad del salón, sin decir nada.

—Gracias —murmuré, y de pronto me sentí en deuda—. ¿Quieres un café?

Aceptó y fuimos a la cocina. Mientras yo llenaba la cafetera, me observó apoyado en el marco de la puerta.

—Creo que hay más en esta historia —dijo—. ¿Por qué te dejó de verdad?

No supe esquivar la pregunta. Me ardía la cara solo de pensar en confesarlo, porque la respuesta atacaba justo lo que yo creía que me hacía hombre.

Estaba apoyado de espaldas contra un mueble. Mateo se acercó hasta quedar a menos de un palmo de mí. Sentía su aliento tibio. Me peinó hacia atrás con los dedos, despacio, y lo más extraño fue que no me aparté.

—Puedes confiar en mí —dijo en voz baja.

—Es mi miembro —solté al fin—. Dice que soy poco hombre, que lo tengo demasiado pequeño para satisfacer a nadie. Dice que por mi culpa se hizo lesbiana.

Mateo arqueó una ceja.

—No te creas todo lo que te dijo —aconsejó—. A lo mejor siempre le gustaron las mujeres y tú fuiste su excusa más cómoda.

Mientras hablaba, sus manos bajaron a mi camisa y empezaron a desabotonarla. Cuando sentí que tiraba de la hebilla de mi cinturón, reaccioné.

—¿Pero qué haces?

—Cálmate. Vamos a comprobar si de verdad lo tienes tan pequeño como ella dice.

Y antes de que pudiera contestar, metió las manos por los costados de mi ropa interior y la bajó hasta las rodillas. Quedé expuesto del todo frente a él.

Sonrió, sin burla, casi con ternura. Me sostuvo la mirada.

—Te voy a enseñar algo.

Se bajó el pantalón y el calzoncillo de un solo movimiento. Fue la primera vez en mi vida que veía de cerca un sexo de hombre que no fuera el mío. Era, por lo menos, cinco veces más largo que el mío y el doble de grueso.

—Esto —dijo— es una verga de verdad. Compáralas.

La levantó y la pegó a la mía, las dos apuntando hacia arriba como dos tubos desiguales, y nos sujetó a ambos con una sola mano. La mía apenas le cubría el meñique y el anular; la cabeza no llegaba a asomar por encima del dedo medio. La suya necesitaba las dos manos para abarcarla.

Me soltó, pegó su pelvis a la mía y, con la otra mano, me rozó un pezón. Me escapó un quejido a medio camino entre el dolor y un placer que no conocía.

—Adrián —dijo, mirándome fijo—. Olvida lo que te dijo esa mujer. No vale la pena. Es momento de empezar de cero, y para eso tienes que ser alguien nuevo. Acéptalo: con esto, si es que se le puede llamar así, jamás vas a tener a una mujer. Pero puedes convertirte en algo distinto. ¿Tienes un espejo de cuerpo entero en tu cuarto?

Asentí con la cabeza, sin entender del todo. Él terminó de quitarse la ropa con los pies y me la quitó a mí. Me tomó de la mano y caminamos hacia la habitación.

***

Frente al espejo, su cuerpo se veía mucho más varonil que el mío. Lo acepté sin esfuerzo. Mateo abrió el armario que mi esposa había dejado a medio vaciar. Sacó unas sandalias color cobre, de tacón pequeño, y un vestido ligero.

—¿Te has vestido alguna vez con su ropa? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Bien. Esta va a ser tu primera vez en todo.

Me ayudó a calzarme las sandalias y me deslizó el vestido por la cabeza. Me miré en el espejo, vestido de mujer por primera vez, y algo dentro de mí se soltó como un nudo que llevaba años apretado.

Toda la tristeza de las últimas horas se evaporó. En su lugar quedó una ilusión limpia, enorme, que me transformaba por completo. Me sentí libre como nunca.

—No puedo creerlo —dije, y la voz me temblaba de emoción—. Me miro y me siento tan… femenina, tan mujer.

Sonreí, y la sonrisa salió distinta, nueva.

—No necesitas a ninguna mujer —dijo Mateo—. La mujer eres tú.

Me besó. Yo le devolví el beso con un hambre que me sorprendió a mí mismo, jugando con su lengua, abrazándolo por el cuello, acariciándole la espalda y la nuca.

—Gracias, gracias, gracias —repetía entre besos, casi riendo.

Me llevó hasta la cama y me sentó en el borde. Quedé justo a la altura de su sexo, y entendí sin que lo dijera lo que él quería. Lo tomé con las dos manos y lo acaricié, embelesada.

—Mámala —pidió, con una suavidad que era casi cariño.

Le di un beso en la punta y bajé el prepucio. Lo recorrí con besos pequeños desde la base hasta el glande, después pasé la lengua de abajo arriba, lenta, como quien lame un helado que no quiere que se derrita. Lo mojé entero de saliva hasta sentirlo endurecerse contra mi lengua. Entonces me lo llevé a la boca por primera vez.

Empecé solo por la cabeza, succionándola como un caramelo. Después lo fui hundiendo poco a poco hasta el fondo de la garganta. Mi lengua presionaba la cara inferior. Él me sostuvo por la nuca y marcó un ritmo: me empujaba hasta sentir que lo tenía entero, me dejaba retroceder para respirar, y volvía a empujar.

Mi propio sexo no reaccionó. Pero, para mi asombro, sentí que por detrás empezaba a humedecerme. Nunca había vivido nada parecido. No quería soltar mi juguete nuevo. Lo chupaba, lo lamía, lo masajeaba con las manos mientras gemía, y lo escuchaba gemir a él. Probé el sabor salado de su líquido y eso solo me encendió más. Lo metía hasta el fondo y volvía a la punta, una y otra vez.

Mateo perdió el control. Tiraba de mi pelo cada vez más fuerte, marcando un compás frenético.

—Me corro —avisó con un gruñido.

Y fue entonces cuando probé por primera vez su semen: en la lengua, en los labios, en la barbilla, en el cuello. Caliente, espeso, abundante. Me apresuré a saborearlo todo, lamiéndolo a lo largo de su miembro como quien no quiere desperdiciar nada. El último chorro me llenó la garganta. Después se dejó caer en la cama, me jaló hacia él y nos besamos hondo, mezclando su sabor con nuestra saliva.

Me miró a los ojos. Yo me sentía enamorada.

—Quiero un nombre nuevo —le dije—. Un nombre de mujer.

—De acuerdo… Vera.

Al escucharlo me recorrió un escalofrío de placer.

—Sí. Llámame Vera. O Valentina. O las dos.

—De acuerdo, Vera Valentina. No dejes de hablar. Di lo que sientes, lo que quieres, lo que deseas. No frenes tu transformación.

—Quiero que me conviertas en mujer —supliqué—. Hazme tuya. Quiero darte el culo, quiero gritarle al mundo que soy una nena. Quiero sentir tu verga dentro. Soy tuya. Cógeme. Hazme el amor.

***

El fuego volvió a encenderse. Mateo me besó con una furia nueva. Me tiró del pelo hacia atrás, me chupó y me mordió los pezones, me clavó los dedos en las caderas. Me volteó boca abajo, me abrió las piernas y me separó las nalgas. Escupió varias veces para lubricarme bien.

—Soy una mujer, soy una nena, soy una princesa —repetía yo, fuera de mí.

El dolor fue desgarrador cuando me penetró de golpe, sin pausa, hasta el fondo. Mis músculos cedieron a la fuerza. Grité de agonía y de placer a la vez. Sentí que ardía por dentro.

—Ya eres una mujer —anunció, triunfal, mientras se hundía más hondo.

Se desplomó sobre mi espalda. Sentí su pecho contra mí, su respiración en mi nuca. Pasó los brazos por delante, me agarró de los hombros y me usó de palanca para entrar más adentro: salía, volvía, salía, volvía. Gemíamos los dos como enajenados.

No me importó si los vecinos escuchaban. Lo grité con la voz entrecortada:

—¡Me gusta, me encanta! ¡Ya no soy un hombre, soy una mujer! ¡No puedo vivir sin esto dentro!

Entonces empezaron los espasmos. Mi cuerpo se contrajo solo, sin que yo lo decidiera, y por primera vez sentí un calambre de placer que me recorrió entero desde adentro: un orgasmo que no nacía de mi sexo, sino de lo más profundo. Mientras me apretaba contra él, Mateo también se vino, derramándose dentro de mí. Con el último impulso entró hasta el fondo. Yo empiné las caderas para sentirlo todo.

Nos quedamos sin aire, jadeando, pegados el uno al otro.

—Gracias, Mateo, por desvirgarme y convertirme en mujer —le dije, mirándolo como nunca imaginé mirar a otro hombre, solo que esta vez yo ya no era uno—. Seré tuya cuando quieras.

—Lo necesitabas, Valentina —respondió, acariciándome el pelo—. Eso que tenías era un accesorio del que acabas de liberarte. A partir de hoy solo le vas a encontrar sentido a la vida con unas sandalias bonitas, con vestidos, con encaje en la piel y dando el culo por puro placer.

Nos besamos otra vez, despacio, y así empezó mi vida nueva.

Y si tú me estás leyendo, quiero que sepas que también deseo eso contigo: vestirme para ti, darte cada parte de mi cuerpo, no dejar un solo rincón sin saborear, hasta que lleguemos juntos al final.

Vera Valentina.

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Comentarios (5)

ClaraX_noche

increible!!! no me lo esperaba para nada, tremendo relato

TucuLector

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues

SoniaNoche

Que manera de contar esto. Se siente real, te atrapa desde el primer parrafo y no te suelta

MarisolCba

Me recordo a una noche que cambio muchas cosas para mi tambien. Muy bueno, gracias por escribirlo

Pab_lector

buenisimo!!! sigue escribiendo

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