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Relatos Ardientes

El cuaderno que escondía el cajón de la herencia

Heredé la casa de un tío lejano al que apenas había visto tres veces en mi vida. Cuando el notario me entregó las llaves, me explicó que estaba amueblada y que podía hacer con ella lo que quisiera. Tardé una semana en animarme a entrar. Olía a cerrado, a madera vieja y a una colonia masculina que aún flotaba en el aire de los armarios.

Mi plan era revisar los muebles uno por uno y decidir cuáles conservaba y cuáles iban directos al contenedor. Empecé por el dormitorio principal. Un escritorio antiguo de roble, con cuatro cajones a cada lado, me llamó la atención. Los tres primeros se abrían sin esfuerzo. El último se atascaba a la mitad.

Saqué los cajones superiores para tener mejor ángulo. El de abajo cedió unos diez centímetros y se trabó. Metí la mano por detrás, palpando a ciegas, y rocé el lomo de un cuaderno de tapa dura encajado entre la madera y el respaldo del mueble. Tiré con cuidado. Salió un cuaderno de hojas amarillentas, manuscrito con tinta azul, con una letra apretada y firme.

Lo abrí esa misma noche, sentado en el sillón del salón con una copa de vino en la mano. La primera página decía, en mayúsculas: «Historia de mi vida secreta con un hombre maduro». Lo que sigue es lo que ese cuaderno contaba, copiado tal cual lo encontré.

***

No recuerdo bien cómo conocí a Esteban. Han pasado casi ocho años y los detalles del principio se me han ido borrando. Sí recuerdo lo demás: el cuerpo flaco, casi seco; el bigote oscuro entrecano; los dedos largos; y esa polla suya que la primera vez me hizo dudar si podría con ella.

Decir que somos amigos sería corto. Decir que somos amantes, exagerado. Esteban es lo más cercano a un compañero estable que he tenido. No nos vemos seguido, a veces pasan meses sin coincidir, pero cada vez que lo hacemos me hace ver las estrellas. Me come el culo con una destreza que no he encontrado en nadie más. Me recorre entero con la lengua, deteniéndose justo donde sabe que voy a temblar.

A mí, en general, me gustan los hombres rellenitos. Esteban es lo contrario: delgado, fibroso, sin un gramo de grasa, con un bigote tupido que cuando me besa los muslos me eriza la piel. Me lleva veinte años. La polla la tiene gruesa, de unos dieciocho centímetros largos, y la primera vez que la vi me pregunté en serio si me iba a partir en dos.

Nuestro primer encuentro fue a dos calles de mi casa. Vino en su coche, un sedán gris discreto, y me llevó directo al motel de la avenida. Subimos a la habitación sin hablar mucho. Él se descalzó, se aflojó la camisa y se tumbó en la cama con una calma que no había visto antes en nadie. No tenía prisa. Esa fue la primera lección que me dio: que el deseo, cuando se cocina lento, sabe distinto.

—Ven aquí —dijo, palmeando el lado del colchón.

Me acosté a su lado. Hablamos de tonterías durante diez minutos, como si nos conociéramos de toda la vida. Después se giró hacia mí y empezó a besarme. Besos suaves, sin lengua al principio, casi castos. Me sostenía la nuca con una mano y con la otra me recorría la espalda por encima de la camiseta.

Nadie me había besado así nunca.

Cuando por fin nos desnudamos, su pene me pareció normal, de tamaño medio. Pero en cuanto empecé a masturbarlo creció hasta ponerme nervioso. Engrosó más que se alargó. Yo era estrecho de por sí y supe en ese momento que iba a costarme. Él continuó como si no hubiera notado mi titubeo. Bajó por mi cuello, se detuvo en mis orejas, me lamió detrás del lóbulo y siguió bajando.

Pasó por mis pezones y los chupó hasta dejármelos hinchados. Me acariciaba las nalgas con la mano abierta, sin apretar, marcando con la yema de los dedos lo que iba a hacer después. Volvía a subir y me besaba la boca otra vez. Iba muy despacio. Me retorcía de impaciencia. Quería que ya, que de una vez. Él, en cambio, parecía decidido a saborearme centímetro a centímetro.

***

Después fui yo el que se puso a trabajar. Me arrodillé entre sus piernas y le tomé la polla con las dos manos. Era enorme. La besé desde la base hasta el glande, despacio, intentando memorizar su forma. Le chupé los huevos uno a uno, los lamí, los besé. Me los metía en la boca con cuidado mientras le miraba la cara desde abajo.

Me la metí en la boca todo lo que pude. No me cabía entera. Él me empujaba la cabeza con la palma abierta, sin violencia, marcando un ritmo. Yo intentaba bajar más, pero llegaba un punto en el que me daban arcadas y tenía que volver a la mitad. La pasé por mi cara, me la froté contra la mejilla, le chupé el glande hasta dejarlo brillante.

Esa polla — y todavía hoy lo pienso — es la más bonita que he tenido en la boca.

Entonces me tomó por la cintura y me volteó. Me puso de rodillas, con la cara apoyada en la almohada y las nalgas al aire. Sentí su barba en la curva de mi espalda baja antes de notar la lengua. Y cuando empezó a comerme el culo, perdí cualquier capacidad de pensar.

Me metía la lengua dentro, profundo, mientras me sujetaba las caderas con las dos manos. Yo gemía contra la almohada, agarrado a las sábanas. Sentía la polla pegada al colchón, goteándome, y me retorcía pidiéndole sin palabras que ya, que por favor.

***

Paramos un momento. Él se incorporó, agarró el lubricante de la mesita y se lo echó en la polla, despacio, sin dejar de mirarme. Me echó a mí también una buena cantidad, con dos dedos, y me la repartió por dentro. Me dolió un poco. Me dolió bien.

Me puso bocarriba y me alzó las piernas sobre sus hombros. Apoyó el glande contra mi entrada y empujó. No entraba. Era demasiado gruesa. Yo estaba muy caliente y la quería dentro, pero mi cuerpo se cerraba por instinto. Volvió a aplicar lubricante. Esta vez me la introdujo de a poco.

Primero la cabeza. La dejó ahí, quieta, mientras me sonreía con esa sonrisa torcida suya que aún me obsesiona. Yo le acariciaba los huevos con una mano y con la otra le tocaba el vientre plano. Empujó un poco más. Solté un grito que estoy seguro se oyó en la habitación de al lado.

Su sonrisa se ensanchó. Le gustaba verme así.

—Ya casi —murmuró—. Casi la tienes toda.

Un último empujón y la sentí entera dentro. Se quedó quieto, dejando que mi cuerpo se acostumbrara. Después empezó a moverse muy despacio. Me la sacaba completa y me la metía de un solo empujón, hasta el fondo. Yo gritaba — esta vez de placer — y él lo sabía y se reía bajito. Le pertenecía. En ese momento, sin dudarlo, era suyo.

***

Cambiamos de postura. Me llevó a una silla de la habitación, se sentó él y me hizo bajar encima. Lo cabalgué sin saber bien cómo moverme. Hacía círculos con la cadera, subía y bajaba, lo besaba mientras él me daba palmadas en el culo que sonaban en la habitación vacía. Le acariciaba el pecho, le mordía el labio. Le daba las gracias en voz baja, una y otra vez, como si me faltara aire para decir otra cosa.

Después me empinó. De rodillas sobre la alfombra, con las manos apoyadas en el suelo y el culo en pompa. Él de pie detrás de mí. Me la metía hasta el fondo, la sacaba entera, me la volvía a meter. Era brutal. No podía con tanto.

—Aguanta —me decía—, aguanta un poco más.

Aguantaba como podía, con la frente pegada al parqué frío. Por último, nos pasamos al suelo. Él se sentó y yo me senté sobre su polla, dándole la espalda, apoyado contra su pecho. Me abrazó por el torso y empezó a moverse él, levantando la cadera, follándome desde abajo mientras yo estaba lleno hasta el cuello. No me tocaba el pene. Ni una vez.

Y aun así me corrí.

Sin tocarme, con su polla dentro, sentí el orgasmo subirme por las piernas y reventarme en el vientre. Grité. Le grité que me venía. Él no paró. Siguió moviéndose, abrazándome más fuerte, hasta que terminé de vaciarme contra el suelo y el aire. Cuando se separó, me dejó bocabajo en la alfombra. Se puso de pie, se la masturbó dos veces y se vino sobre mi espalda. Sentí los chorros calientes recorrerme la columna.

Después se metió a la ducha y yo me quedé allí, en el suelo, incapaz de levantarme. Las piernas no me respondían. Cuando por fin pude ponerme de pie, me enjuagué deprisa, me vestí y me llevó de vuelta a la esquina de mi casa sin que ninguno dijera nada. No hacía falta.

***

Nos seguimos viendo hasta hoy. Han pasado años. Han pasado infinidad de noches en moteles, en mi casa, en la suya. Hemos hecho cosas que entonces no me hubiera atrevido a pedir. Un trío con un amigo suyo que se quedó a dormir y que repetiría mañana mismo. Tardes enteras intentando meter su mano entera dentro de mí —nunca lo conseguimos, pero llegamos a tres dedos sin sangrar, y todavía aspiro a más.

Mama mejor que cualquier persona que haya pasado por mi cama. Su polla, que la primera vez me parecía un castigo, hoy la añoro en cuanto pasan dos semanas sin verlo. Me ha enseñado a abrirme. Me ha enseñado a esperar. Me ha enseñado que el dolor, dosificado, es otra forma del placer.

Es el único que me ha llenado por dentro, también. Sentir su semen empujado contra mi vientre por su polla mientras seguimos moviéndonos es algo que no se explica con palabras. Ya lo hacemos sin lubricante, sólo con su saliva, después de que me coma el culo durante una hora larga.

Lo quiero. No con la palabra romántica que uno usa para una pareja, sino con algo más viejo y más sucio. Sé que él también, a su manera. No nos lo decimos. No hace falta.

Escribo esto porque sé que tarde o temprano alguien va a leerlo. Quizás no lo encuentre nadie. Quizás lo encuentre alguien que sepa quién soy. Da igual. No me arrepiento de una sola noche, ni de una sola palmada, ni de una sola vez que tuve que morder la almohada para no gritar más fuerte.

Tengo más historias con él. El trío. La noche en la que casi nos pillan en un parque a las cuatro de la madrugada. El día en que vino a buscarme al trabajo y me besó en el coche con la corbata aún puesta. Las contaré en otro cuaderno, si me da tiempo.

***

Ahí terminaba el manuscrito. Lo siguiente eran páginas en blanco y, más adelante, una lista de la compra olvidada entre dos hojas: pan, leche, dos botellas de tinto, lubricante.

Busqué por toda la casa otro cuaderno, un segundo tomo, una continuación. Levanté colchones, vacié armarios, comprobé el resto de cajones del escritorio. No encontré nada más. Sólo recibos antiguos, fotos de familia y un sobre con cartas amarillas atadas con un cordel que decidí no abrir.

Conservo el cuaderno en mi mesita de noche. Lo leo a veces antes de dormir, como quien lee una novela cuyo final no le pertenece. Pienso en Esteban —si ese era su nombre real— y me pregunto si seguirá vivo, si seguirá follando como entonces, si habrá leído alguna vez a otro hombre con la misma paciencia con la que leyó a este desconocido.

Si algún día encuentro el otro cuaderno, prometo publicarlo también.

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Comentarios (5)

LectoFan92

Que relato tan hermoso, me dejo sin palabras. Muy emotivo.

GabrielNocturno

Por favor que haya segunda parte! Me quede con ganas de saber mas sobre ese cuaderno y lo que habia adentro.

Soledadxx

Me recordo a cuando encontre cartas antiguas entre las cosas de un familiar. Ese tipo de descubrimientos te sacude de adentro. Muy bien narrado.

NachtLeser

Me gusto mucho la forma en que manejaste la intimidad. Se nota sentimiento detras de cada linea, no es facil lograr eso. Espero seguir leyendote.

viajero_roro

excelente!!!

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