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Relatos Ardientes

El brasileño que conocí por la app no me dejó pensar

Aquella tarde paseaba por la Zona T de Bogotá sin un plan claro. Eran cerca de las dos, el sol picaba todavía y yo cargaba en la mochila apenas un libro que llevaba semanas sin abrir. Me metí en un café-restaurante donde sirven menú del día, pedí lo más rápido que vi en la pizarra y, mientras esperaba, saqué el celular y abrí Hornet.

Lo abrí más por costumbre que por entusiasmo. La pestaña de «cerca» me mostró las mismas caras de siempre: perfiles vacíos, frases hechas, fotos de torso sin rostro. Nada me llamó la atención y dejé el teléfono boca abajo cuando me trajeron la sopa.

Comí sin apuro, miré por la ventana cómo pasaba la gente y, cuando terminé el almuerzo, volví a revisar la aplicación. Un mensaje nuevo. Era de un perfil con foto: un hombre algo mayor que yo, piel oscura, sonrisa de medio lado y un nick que decía SaoBog. El mensaje era cortés, casi formal: saludaba, decía que le había gustado mi perfil y preguntaba si podíamos charlar un rato.

Le respondí mientras miraba sus fotos. No era guapo en sentido estricto. Tenía la frente ancha, la mandíbula marcada y unos brazos gruesos que se le notaban incluso en una foto mediocre. En el perfil decía que medía un metro ochenta y dos y que era de São Paulo, de paso por Colombia. Algo en su forma de escribir, contenida pero directa, me hizo seguir contestándole.

Me contó que llevaba dos semanas en Bogotá por un proyecto de su empresa y que tenía la tarde libre. Que la aplicación le había marcado que yo estaba a pocas cuadras y que, si me apetecía, podíamos vernos un rato para conocernos. Sin presiones, dijo. Solo charlar.

—¿Y dónde estás ahora? —le escribí.

—En una librería de la calle 82. Si quieres, te espero acá.

Lo pensé un segundo. La calle 82 estaba a diez minutos caminando. Cerré la cuenta del almuerzo, me eché la mochila al hombro y le dije que prefería verlo en una banca de la plazoleta central de la Zona T, bajo los árboles. Le mandé cómo iba vestido —jean azul, tenis blancos con vivos celestes, camiseta negra lisa y una gorra roja con un logo bordado en negro— y le pedí lo mismo a él. Me contestó con descripción precisa: pantalón de mezclilla azul, camiseta roja con un estampado negro grande, gorra blanca y tenis oscuros. Y añadió una sola línea más: «Voy ansioso».

Llegué al lugar antes que él. Me senté en una banca de madera oscura, apoyé los codos en las rodillas y miré pasar a la gente con las palmas de las manos sudadas. No estaba nervioso por el encuentro en sí —había tenido encuentros parecidos antes— sino por algo distinto, una expectativa que no sabía nombrar. Algo en su forma de escribir me había prendido más de lo que quería admitir.

No tardó en aparecer. Lo vi venir desde lejos. Era más alto de lo que esperaba y, sobre todo, más ancho. Caminaba sin prisa pero con esa seguridad de quien sabe que lo están mirando. Cuando me vio, aceleró el paso y me sonrió todavía a varios metros. Me puse de pie y le tendí la mano.

—Rafael —dijo, y su acento brasileño se me clavó en la oreja como un anzuelo.

—Mucho gusto.

Nos sentamos en la banca. Al principio se mantuvo a una distancia prudente, las piernas separadas, las manos cruzadas sobre el regazo. Me preguntó qué hacía yo por ahí. Le conté que trabajaba freelance, que tenía la tarde libre y que estaba paseando sin rumbo. Él me explicó lo del proyecto, una consultoría con una farmacéutica colombiana, las jornadas largas, lo poco que había podido conocer la ciudad.

—Y la verdad —dijo, girándose hacia mí—, cuando vi tu foto en la app, pensé que tenía que escribirte. Eres más guapo en persona que en la foto.

Solté una risa nerviosa.

—No exageres.

—No exagero. ¿Por qué me respondiste tú?

Le dije la verdad: que me había parecido atractivo, que estaba cerca y que pensé «por qué no». También le advertí, intentando que sonara casual, que yo era pasivo. Que no sabía si eso encajaba con lo que él buscaba.

Esbozó una sonrisa ancha y, sin avisar, dejó una mano sobre mi muslo. Sentí el peso, la temperatura, el roce del jean contra su palma. Me incomodó. La retiré con suavidad.

—Tranquilo —le dije—. Estamos en plena calle.

—Tranquilo tú. Mejor para mí. Soy activo. Estaba esperando que dijeras eso.

Su mano volvió. Esta vez no la quité. Empezó a moverse lentamente por encima del jean, sin apretar, casi como pidiendo permiso. Yo miraba alrededor. Era media tarde, había gente pasando, pero la banca estaba en un recodo con bastante sombra y las palmeras nos cubrían en parte. Aun así, no era un sitio para tocarse.

—Vamos a otro lado —dijo, anticipándome—. Conozco un hotel a pocas cuadras. Lo vi cuando salí esta mañana del apartamento de la empresa.

—Déjame pensarlo.

—No tienes nada que pensar. Confía.

Pasó el brazo por detrás de mi espalda y, con la mano abierta, me apretó una nalga. Lo hizo con autoridad, sin disculparse, mirándome a los ojos. En esos ojos vi una cosa que no estaba en sus mensajes: el deseo bruto, sin pulir, sin trámite. Estuve a punto de besarlo ahí mismo. Me contuve y me puse de pie.

—Vamos.

Caminamos por la avenida sin tocarnos. Charlamos de cosas triviales —la comida colombiana, el tráfico, el clima— pero su mano me rozaba la cadera cada dos pasos, como si necesitara confirmar que yo seguía ahí, que no iba a echarme atrás. En un semáforo me dio una palmada rápida en una nalga y se rió cuando me sobresalté.

El hotel era uno de esos lugares discretos, sin recepción a la vista desde la calle, con un mostrador detrás de un vidrio polarizado. Pagué yo. Él se ofreció después, ya con la llave en la mano, pero le hice un gesto para que dejara el tema. Subimos las escaleras hasta el segundo piso. Mientras subía, sentí cómo su mano se colaba entre mis nalgas por encima del jean, presionando la tela contra la línea del medio. No paraba de tocarme, ni siquiera por un instante.

***

Abrí la puerta. No terminé de entrar cuando me sujetó por los hombros y me empujó hacia adentro con un movimiento firme. La puerta se cerró sola, golpeando contra el marco. Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba pegado a su cuerpo y sentí, sin lugar a dudas, lo que tenía hinchado debajo del jean.

Me tomó por la cintura con una mano y con la otra me sujetó la nuca. Me besó como si la charla previa hubiera sido un trámite que tenía pendiente. No fue un beso tierno. Fue un beso de quien va a marcar territorio. Su lengua entró sin preguntar y, mientras me besaba, la mano libre me recorrió por encima de la camiseta: el pecho, las costillas, la cintura, los flancos.

—Mira cómo me tienes —me dijo al oído, y guió mi mano hasta su entrepierna.

Lo apreté por encima del jean y solté un suspiro. Tenía la verga dura, gruesa, palpitando contra la tela. Él me giró, me puso de espaldas a él y volvió a pegar el cuerpo al mío. Su erección me presionó contra el inicio de las nalgas.

—Vas a hacerte responsable de esto.

Empezó a quitarme la camiseta con esa misma urgencia. Con los pies me obligó a soltar los tenis a tirones. Me llevó, paso a paso, contra la pared del fondo de la habitación. Cuando ya estaba contra ella, me giró otra vez de frente, me levantó las muñecas por encima de la cabeza y me las sujetó con una sola mano. La otra mano la usó para todo lo demás.

Me chupó los pezones uno tras otro, despacio, sin dejar de mirarme entre lametazos. Mientras tanto, su mano libre desabrochó el cinturón, soltó el botón del jean, bajó la cremallera. Cuando me soltó las muñecas, me hizo girarme y, pegándose otra vez detrás, dejó que su lengua bajara por mi cuello, por la nuca, por la columna. Yo solté un gemido que no esperaba. Él lo escuchó y lo aprovechó.

—Te gusta así, ¿verdad?

No le respondí. No tenía cómo. Bajó por mi espalda con la boca y, llegando a la cintura del bóxer, lo agarró con los dientes y lo bajó de un solo movimiento. Mi culo quedó expuesto en el aire frío de la habitación. Por un instante sentí el pudor de estar desnudo cuando él aún tenía toda la ropa puesta. Quise voltearme pero me lo impidió.

—Quieto —dijo, hincándose detrás de mí.

Me obligó a inclinarme hacia adelante, las palmas apoyadas en la pared, la cabeza baja, el culo levantado. Me dio un par de nalgadas que sonaron en el cuarto como aplausos. Después me separó las nalgas con las dos manos y se quedó mirando.

—Pero mira qué rico me estabas escondiendo.

Cuando sentí su lengua, pegué la frente contra la pared. Fue una lengua paciente, generosa, mojada. Me lamió en círculos, me besó como si estuviera besándome la boca, me empujó con la punta del dedo hasta que mi cuerpo cedió un poco. Intentó meter el dedo entero. Me resistí. Aún no.

Entendió. Se levantó, me tomó de la cintura, me puso de pie y me arrastró a la cama. Me sentó al borde, me agarró la barbilla y me besó con más calma esta vez, pero con la misma intención. Sin separarse, se bajó el jean. Lo escuché caer al piso. Cuando se separó, su verga ya estaba liberada delante de mi cara.

Era grande. No descomunal, pero gruesa, oscura, con la cabeza brillante. La tomó con la mano y la pasó por mis labios, por las mejillas. Olía a hombre, a tarde sudada en Bogotá, a hotel barato. Me gustó.

—Ábrela —dijo.

La metió en mi boca sin esperar respuesta. Yo le pasé la lengua por la cabeza, por el tronco, por las venas. Lo escuché gemir, primero bajo, después con más fuerza. Tenía una voz grave que se quebraba cuando le subía la excitación.

—Qué boca tan rica tienes, papito. Sigue así.

Lo mamé por varios minutos. Sentí en mi lengua el sabor del líquido que ya le salía, abundante, salado. En un momento me detuvo con una mano en la frente.

—Suficiente. Quiero adentro tuyo. Ya no aguanto.

***

Me hizo subir a la cama, en cuatro, las rodillas separadas, las manos apoyadas. Se hincó detrás. Sentí su verga restregándose entre mis nalgas, de arriba abajo, sin apuro, como si estuviera midiendo cuánto faltaba para entrar. Me escupió saliva, se escupió a sí mismo, repitió el gesto dos veces. Después acomodó la cabeza en mi entrada.

Empujó. Despacio al principio. Mi cuerpo se cerró. Volvió a empujar, soltó, empujó otra vez. Cuando la cabeza entró del todo, fue como si el resto de la verga se hubiera deslizado por gravedad: la sentí entrar hasta el fondo de un solo tirón. Solté un gemido entrecortado, las piernas me fallaron y caí de pecho contra la cama. Él cayó conmigo, encima, sin sacarla.

—Tranquilo. Respira.

Empezó a moverse despacio. Entraba hasta el fondo y salía casi del todo. Mi cuerpo se acostumbraba al ritmo. Cada embestida me arrancaba un sonido distinto, gemidos que yo no controlaba, suspiros, una palabra suelta. Él gemía también. Decía cosas en portugués que no entendía pero que adivinaba.

—Qué rico estar adentro tuyo.

Me cogió en esa posición un tiempo que perdí. Después se detuvo, salió, me dejó vacío. Esa sensación de ausencia me sorprendió: el cuerpo pidiendo lo que un segundo antes lo invadía. Me agarró por la cadera y me jaló hacia atrás, de perrito otra vez, las piernas separadas, las manos firmes en la cama. Volvió a entrar de un empujón. Esta vez no fue gradual: clavó la verga hasta el final y empezó a bombear con un ritmo más rápido. Me agarró la barbilla, me giró la cara hacia un lado y me besó mientras seguía dentro.

—No me esperaba que fueras tan rico.

***

Salió otra vez. Me indicó por señas que juntara las piernas y bajara el pecho a la cama. Quedé casi acostado, las nalgas levantadas, las piernas pegadas una a otra. Me agarró las dos manos y me las cruzó detrás de la espalda. Las sostuvo con una sola mano, como si me las hubiera esposado. Con la otra mano acomodó la punta de su verga y empezó a meterla de nuevo, gradual pero sin detenerse, hasta que sus huevos chocaron con los míos.

—Qué rico me aprieta tu culito.

Sacaba, volvía a meter. Sacaba, volvía a meter. El ritmo fue subiendo. La cama empezó a moverse contra la pared. Yo gemía sin pudor, con la cara contra la sábana, las muñecas sujetas detrás, los talones colgando fuera del colchón. Él respiraba más fuerte cada vez. Sentí cómo se le tensaban los muslos detrás de los míos.

—Ya me voy a venir. Prepárate.

No me dio tiempo de responder. Aceleró el ritmo, soltó un par de empujones brutales y, al tercero, lo sentí. Una descarga caliente dentro, latidos contra mis paredes, un líquido espeso que se quedaba ahí. Dio dos empujones más, más lentos, y se quedó quieto. Yo seguía con la cara contra la sábana, sintiéndolo palpitar.

Salió con cuidado. Me soltó las manos. Me dejé caer de costado y, casi sin pensarlo, me llevé los dedos al culo. Estaba abierto, dilatado, mojado. Sentí su semen entre las yemas, espeso y tibio. No me dio asco. Me dio una calma rara, como la de haber terminado algo que estaba pendiente sin saberlo.

Rafael se tiró a mi lado. Me agarró por la cintura, me atrajo hacia él y me besó otra vez, ahora despacio, casi con cariño. Me pasó la mano por la espalda, por el pecho, por las piernas. Me dijo al oído algo que sonó a promesa y a despedida al mismo tiempo.

—Estuvo muy rico. Espero que se repita.

—Cuando quieras.

Nos vestimos sin prisa. Antes de salir, me jaló del brazo y me besó contra la puerta, con la misma intensidad del primer beso. Después abrió y bajamos juntos las escaleras. En la calle nos despedimos con un apretón de manos y cada uno tomó su rumbo.

No fue la última vez. Lo vi dos veces más en aquellas semanas, en habitaciones distintas del mismo hotel. Después volvió a São Paulo y la aplicación dejó de mostrármelo en «cerca». A veces, cuando paso por la Zona T, miro la banca donde lo esperé. No la suya: la mía. La que ocupé yo aquella tarde, antes de saber lo que iba a pasar después.

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Comentarios (5)

Lucas_Nocturno

Dios mío que intenso... me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Muy bien narrado

GabrielNochero

Necesito una segunda parte urgente!!! me quedé con las ganas de saber más

SaulNoche

Me recordó algo que viví el año pasado, esos encuentros que empiezan con una simple mirada son los mejores. Gracias por compartirlo

Facundo_P

Como lo narrás es increible, se siente todo muy real y cercano. Seguí publicando!

RicardoBA

La ambientación perfecta, uno se siente ahí leyendo. Buen relato

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