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Relatos Ardientes

El dueño del hostal me observó la primera noche

Llegué a la dirección que me había pasado un amigo del barrio cinco minutos antes de las nueve. Era una casona vieja en el centro de Quito, con la fachada descascarada y un portón de madera oscura que parecía pesar lo mismo que un auto. Toqué dos veces y, cuando ya empezaba a pensar que me había equivocado de calle, el portón se abrió y apareció Salvador.

Lo primero que noté fueron las piernas. Llevaba un pantalón de tela liviana que le marcaba los muslos, anchos como troncos. Después me fijé en el resto. Medía por lo menos diez centímetros más que yo, tenía la piel del color del café con leche y la cabeza rapada al ras. Cuarenta y pico, calculé. Me hizo pasar a una sala de espera estrecha, con dos sillones de cuero y un ventilador que daba vueltas sin convicción.

—Así que tú eres el que mandó Wilmer —dijo, sin tenderme la mano.

—El mismo. Mateo.

Me hizo sentar y me explicó el trabajo en menos de cinco minutos. Administraba unos ambientes —así los llamó, sin querer decir la palabra fácil— que alquilaba por horas. Cada cuarto tenía un mueble, un televisor y un equipo de DVD. Los clientes pedían un video al entrar, yo lo ponía y, además, vendía bebidas y golosinas que se llevaban de paso. El sueldo era casi nada, pero incluía cama y tres comidas. La cama, eso sí, era cama adentro: no podía irme a dormir a la casa de mi madre.

—¿Te conviene? —preguntó.

—Me conviene.

Le dije que vivía en Sangolquí, lejos del centro, y que necesitaba ir a buscar mis cosas. Salvador tomó las llaves de una Hilux vieja, miró la hora en el celular y me llevó él mismo. En el camino casi no habló. Yo lo miraba de reojo cada vez que cambiaba de marcha y veía cómo se le tensaba el antebrazo. La camioneta olía a tabaco frío. En un semáforo me preguntó si tenía pareja y le dije que no, que estaba solo desde hacía meses.

—Mejor —contestó, sin mirarme.

***

Regresamos cargando dos bolsas y una mochila. Me asignó un cuarto pequeño al fondo del pasillo, separado del suyo por una pared delgada. El mío tenía un colchón en el piso. El de él, una cama de plaza y media con un cabecero de madera tallada. Me mandó a bañarme antes de empezar.

Salí del baño con una toalla atada a la cintura, calculando cada paso. Salvador estaba tirado boca arriba en su cama, con el celular apoyado sobre el pecho. No levantó la vista, pero yo sabía que me había visto entrar. Me cambié despacio, dándole la espalda a propósito. Me agaché para sacar la ropa interior de la mochila y dejé que la toalla resbalara un segundo más de la cuenta. Cuando me incorporé y miré por encima del hombro, él seguía con la vista clavada en la pantalla. Pero ya no la tenía apoyada en el pecho. La había bajado al regazo.

Abajo, entre la tela del pantalón, había un bulto que no era pequeño.

No me iba a aburrir aquí.

***

Los primeros días pasaron sin sobresaltos. Aprendí a manejar el cuaderno donde anotaba las entradas, a colocar el video correcto, a cobrar exacto. Salvador iba y venía. Algunas tardes lo veía conversar en la puerta con vendedores ambulantes; otras lo encontraba durmiendo siesta con la puerta entornada. Empecé a usar un pijama nuevo, una bermuda corta y una camiseta sin mangas que había comprado para la ocasión. Él no decía nada, pero a veces se quedaba un segundo de más mirándome.

El miércoles de la segunda semana llegó casi a la hora del cierre un tipo con corbata floja, traje gris y zapatos brillantes. Pidió un cuarto por una hora. Le puse el video que él mismo eligió y, cuando salí, noté que dejó la puerta semiabierta. Volví a la mesa de la entrada con la sensación rara de que no era casualidad.

Pasé tres veces por el pasillo en menos de diez minutos. Cada vez, lo vi sentado en el sillón con el pantalón abierto, dándose placer despacio, sin apuro. La cuarta vez me llamó por la puerta entreabierta.

—Chico. Una gaseosa y unas galletas.

Le dije que sí con la respiración entrecortada antes incluso de hablar. Volví con la bandeja. Cuando entré, él se acomodó la camisa con una mano y con la otra siguió. No se molestó en cubrirse. Me alcanzó el billete, lo guardé en el bolsillo y, cuando me daba vuelta, me dijo lo que estaba esperando.

—Si me la chupas —dijo—, te doy cincuenta más.

Cerré los ojos un instante. Pensé en Salvador, que a esa hora dormía la siesta tarde. Pensé en cuánto tiempo llevaba aguantando algo así. Cuando los abrí, el tipo seguía sentado, esperando.

—Cien —dije.

Sonrió y sacó otro billete.

Lo hice rápido, con la puerta cerrada por dentro. Me arrodillé sobre la alfombra gastada y lo tomé sin preámbulo. Tenía la verga corta y gruesa, con olor a colonia barata y a sudor. Lo dejé empujar a su ritmo. No me importaba demasiado. Lo que me importaba era que ya había cruzado una línea, y que del otro lado no había nada conocido.

Cuando terminó, me pagó otros cincuenta sin que yo le pidiera nada. Me preguntó si podía volver al día siguiente. Le dije que sí.

Regresé al pasillo con la boca seca y las rodillas temblando. Salvador estaba en su cuarto, con la puerta entornada y la luz apagada. Me asomé un segundo. Lo escuché respirar, profundo y parejo, como si llevara horas durmiendo. Me metí en mi colchón, en el piso, y me dormí con un peso raro en el estómago.

***

El jueves, el ingeniero volvió. Esta vez no quiso video. Quiso que yo entrara y cerrara con llave. Lo dejé hacer. Me apoyó contra la pared, me dio la vuelta y me bajó el pantalón. No me besó. No hizo falta. Yo solo quería terminar y volver al pasillo antes de que alguien notara la ausencia.

Lo que no calculé fue que la puerta del fondo, la del cuarto de Salvador, también daba al mismo pasillo, y que él tenía una visual perfecta de la rendija si dejaba la suya entreabierta.

Cuando todo terminó y el ingeniero se fue, caminé despacio hacia mi cuarto, mareado, con el cuerpo todavía caliente. Empujé la puerta. Salvador estaba en su cama. Pero no estaba dormido. Estaba boca arriba, sin ropa, con una sábana corrida hasta la mitad del muslo. Tenía los ojos cerrados, pero la respiración no le coincidía. Y, debajo de la sábana, había un volumen que decía con todas las letras que no había estado durmiendo nada.

Quise irme. No me lo permitieron las piernas.

—¿Qué tal? —dijo, sin abrir los ojos—. ¿Cómo te cogió?

Sentí el calor subiéndome por la cara. Empecé a balbucear una disculpa, le dije que me perdonara, que sabía que no debía haberlo hecho dentro del local, que no se iba a repetir. Salvador abrió los ojos despacio. Levantó una mano y se rascó el pecho. Tenía vello negro y abundante. Después corrió la sábana del todo.

Yo había imaginado el bulto, pero no eso.

—Te perdono —dijo— si me la chupas tú a mí.

***

Me arrodillé al lado de la cama sin pensar. La tomé con las dos manos, porque con una no me alcanzaba. No me cabía entera en la boca. Salvador no me empujó la cabeza. Solo se acomodó las almohadas detrás de la espalda y me observó mientras yo me las arreglaba como podía. De vez en cuando me decía algo bajito, una corrección, un elogio. Eso me ponía peor.

—Ven —dijo después de un rato—. Acá.

Me hizo subir a la cama, en cuatro patas. Sacó del cajón de la mesa de noche un frasco pequeño de crema. Me untó despacio, con dos dedos primero, después con tres. Yo apretaba los puños contra la sábana y trataba de respirar.

—Despacio —murmuró—. Aflójate.

Cuando intentó entrar, lo sentí golpear, primero, contra un muro. No entraba. Salvador no se enojó. Cambió de posición, me puso boca abajo, me empujó una almohada bajo la pelvis y volvió a probar. Me dijo que empujara hacia afuera, que respirara profundo, que aguantara. Sentí que algo se abría dentro de mí, lento, doloroso, como si me partiera de adentro hacia afuera. Mordí la sábana para no gritar. Él esperó. Cuando estuve listo, siguió.

No hubo amabilidad después. Hubo ritmo. Hubo peso. Hubo manos grandes sobre mis caderas. Hubo una voz baja al lado de mi oreja diciéndome cosas que prefiero no repetir. Cuando terminó, sentí cómo se vaciaba dentro de mí, a borbotones, mientras me apretaba contra el colchón como si tuviera miedo de que me escapara.

***

Me dejó dormir en su cama esa noche. Boca abajo, con el ardor pulsando entre las piernas, sin poder cerrar las rodillas. Antes de apagar la luz, se apoyó contra mi espalda y me dijo, casi al oído:

—De ahora en adelante, el ingeniero te paga, pero yo te cobro.

No le contesté. Me dormí con su mano sobre la cadera y la cara hundida en la almohada. Pensé que iba a ser un trabajo más, uno cualquiera. No lo fue. Fue, en realidad, donde aprendí lo que era pertenecer.

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Comentarios (5)

MarceloR

Excelente!! me dejo con ganas de mas, muy bueno.

NocturnoPY

Necesito continuacion urgente, la historia de Salvador me tiene loco jaja. No nos dejes asi!!

LuisMorales_r

La tension del principio esta muy bien lograda. Te engancha de entrada y no te suelta.

Roque_mdp

tremendo relato!!

DesvelaoTotal

Y despues que paso con el cuarto?? no nos dejes con la intriga, por favor la segunda parte.

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