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Relatos Ardientes

El verano que mi tío dejó de verme como un crío

El tío Víctor llegó un martes por la tarde con una maleta mediana y cara de haber dormido mal varias noches seguidas. Mis padres lo recibieron con abrazos y frases de ánimo que ya sonaban repetidas. Llevaban meses diciéndole las mismas cosas desde que se supo lo de la separación.

—No te preocupes, que aquí vas a descansar —le dijo mi madre mientras le preparaba la habitación de invitados.

Mi padre ya le había explicado que nosotros nos íbamos al pueblo esa semana. «El chico se queda, pero ya sabes cómo es Marcos. Prácticamente estarás solo.»

Yo había visto a mi tío pocas veces. Siempre con la tía Blanca al lado, una mujer que miraba cualquier cosa como si le debiese dinero. Pero esa mañana en la piscina, sin Blanca y sin el traje oscuro con el que aparecía en las reuniones familiares, Víctor era otro hombre.

Tenía casi cuarenta años y ningún motivo para aparentarlos. El bañador negro que llevaba, ajustado y corto, le quedaba como si lo hubiera elegido con criterio esa misma mañana. Braceaba por la zona honda sin prisa, con el torso mojado brillando bajo el sol de las once. El bulto se le marcaba con descaro contra la tela mojada, un paquete pesado que oscilaba con cada brazada.

Me quedé un momento en el umbral de la puerta del jardín, con una excusa preparada por si me preguntaba qué miraba. No me la preguntó.

***

Mis padres se fueron después de comer. Mi padre me dejó una lista de instrucciones que no iba a seguir. Mi madre me pidió, por favor, que no me tumbara en el sofá sin camiseta porque dejaba el tapizado sudado.

En cuanto cerró el coche, fui directo al sofá. En calzoncillos. A sudar el tapizado.

Víctor bajó un par de horas después. Seguía en bañador, pero se había puesto una camiseta de tirantes blanca que contrastaba con el bronceado que se había ganado en algún lugar que yo desconocía.

—Perdona si interrumpo —dijo desde la puerta del salón—. Ahora que tus padres ya no están, quería preguntarte si te importaría que sacara alguno de mis hábitos de viaje. Suelo fumar de vez en cuando.

Levantó la mano. Tenía un cigarrillo liado entre los dedos, fino y torcido en la punta.

—Sin problema —le dije—. En el jardín. Yo también fumo pero aquí dentro no, porque mi padre huele todo desde la calle.

Asintió con una sonrisa. Luego me contó que tenía otro hábito, uno más difícil de plantear.

—Hago nudismo. Me gusta bañarme y tomar el sol sin ropa. Si eso te resulta incómodo, lo dejo. Es algo mío que no tiene por qué afectarte.

Sentí calor en la cara. No era vergüenza exactamente, pero se le parecía bastante.

—No me importa para nada —respondí, sin apartar los ojos de la pantalla—. Haz lo que quieras.

—¿Estás seguro? —preguntó. Señaló hacia donde yo estaba tumbado, con el calzoncillo como única prenda—. Llevas bastante menos que yo en este momento. La diferencia es mínima.

Me ardieron las orejas. Él se rio, me revolvió el pelo con la mano como si tuviera doce años y se fue al jardín.

Tardé diez minutos en subir a mi cuarto.

***

Desde la ventana, con el móvil en una mano y la otra ocupada en mi polla ya dura contra el elástico del calzoncillo, comprobé que Víctor tenía el cuerpo de alguien que se toma en serio las horas que pasa fuera de la oficina. Hombros anchos, abdomen plano, el vello del pubis recortado casi al mínimo. La polla le colgaba gruesa y pesada sobre unos huevos grandes, con el glande medio asomando del prepucio.

La estimé en unos quince centímetros dormida. Me pregunté cuántos más tendría empalmada, y cómo se sentiría esa verga entrando hasta el fondo. Me bajé el calzoncillo hasta los muslos y me la empecé a menear sin apartar la vista, mordiéndome el labio para no gemir. Cuando lo vi salir del agua y sacudirse la polla con la mano como si nada, con el pubis brillante y las gotas escurriendo por la punta, me corrí sobre el alféizar en tres tirones. Un chorro grueso que me manchó la mano y la cortina.

El móvil vibró en mi mano y me sobresalté tanto que tuve que apartarme de la cortina de golpe.

—Diego, joder —dije en voz baja cuando vi quién llamaba—. ¿Qué pasa?

—Que me invites. Las fotos que me mandaste son una crueldad, tío.

—Las mandé para darte envidia, no para que vinieras.

—Eso es lo mismo. Tus viejos no están, tu tío está en pelotas por el jardín y me llamas para decirme que no vaya. Ningún sentido.

—La lógica es que eres un animal y me la vas a liar. Además, que Víctor sea nudista no significa que vaya a pasar nada. Lleva media vida casado.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.

—¿No me dijiste ayer que se estaba separando?

—En proceso.

—Entonces está solo, está en pelotas en tu jardín y fue a quedarse a casa de su sobrino sabiendo que los padres no iban a estar. A mí eso me suena bastante elocuente. Dale una vuelta, Marcos.

Diego colgó sin esperar respuesta. Lo conocía bien: bruto, directo, sin filtro. Pero no tonto. Nunca había sido tonto.

Me quedé con sus palabras girando en la cabeza mientras bajaba las escaleras. Toda mi familia sabía que era gay. Por parte de madre y de padre. No había ningún secreto. Y Víctor también lo sabía.

Decidí tantear el terreno antes de hacer el ridículo.

***

Lo encontré estirado en la tumbona con las gafas de sol en la frente. Totalmente desnudo, la piel todavía húmeda del último baño, la polla descansando pesada sobre el muslo con los huevos abiertos al sol. Se incorporó un poco cuando me oyó acercarme.

—Oye, tengo un amigo que a veces viene a bañarse porque en su piso no tiene piscina. ¿Te importaría si pasara por aquí estos días?

—Tu casa, tus reglas —respondió—. ¿Cómo se llama?

—Diego. ¿Quieres ver quién es?

Le tendí el móvil. Tenía una foto de ese verano, los dos en la playa. Diego con bañador de competición porque tenía el cuerpo para competir en lo que quisiera.

Vi cómo los ojos de Víctor se detuvieron un segundo de más en el bulto que el bañador de Diego dejaba bastante poco a la imaginación. Lo vi ampliar la imagen con dos dedos, como si tratara de recordar una cara que no conocía de nada.

—No me suena —dijo devolviéndome el móvil—. ¿Y dices que vendría solo a bañarse?

—Si a ti no te molesta. Solo me pregunto una cosa: ¿necesitarías taparte para recibirlo?

Víctor se recostó de nuevo y sonrió mirando hacia el cielo.

—Si hay casa nudista, que sea para todos. No voy a ser el único en pelotas aquí para que vosotros me miréis. Si ese es el plan, tendréis que apuntaros también.

Me costó no reírme. Me di la vuelta y le escribí a Diego: «Ven cuando quieras. Y no te molestes en traer bañador.»

La respuesta llegó en menos de un minuto y era exactamente lo que esperaba.

***

Mientras esperábamos a Diego, Víctor y yo nos metimos al agua. Braceamos sin decir nada durante un rato, mirándonos desde los extremos de la piscina con esa calma tensa que precede a algo que todavía no ha pasado pero ya está decidido.

Él salió primero. Apoyó los antebrazos en el borde y se alzó con una facilidad que dejaba claro que sus brazos no eran solo decoración. Se sentó en el bordillo con los pies en el agua y los muslos abiertos. La polla se le derramó pesada entre las piernas, medio hinchada ya, con la punta asomando roja bajo el prepucio. El agua le escurría despacio por el abdomen y le goteaba desde los huevos.

Yo me quedé dentro. El sol me daba de frente, así que tenía que entornar los ojos para mirarlo bien. O acercarme. Me acerqué.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal?

—Depende —respondí.

—Tú y Diego. ¿Habéis estado juntos alguna vez?

No respondí con palabras. Moví la cabeza de lado a lado.

—Pero os habéis visto desnudos —añadió. No era una pregunta.

—Entre otras cosas, sí.

Víctor se inclinó hacia delante, los codos en las rodillas. Me miró desde arriba con una expresión que no era de juicio sino de curiosidad genuina.

—¿Qué otras cosas?

—No sé si debería contarte eso —dije, más por el placer de hacerlo esperar que por vergüenza real.

—¿Por qué no? No soy tu padre.

—Diego es un poco bruto cuando está caliente —empecé—. No mide lo que hace. Si tiene cerca algo que le apetece, va a por ello sin muchas ceremonias. La última vez que se quedó a dormir en mi cuarto, se sacó la polla a los cinco minutos y me la puso en la cara. No preguntó. Solo me dijo «chúpamela un rato». Y yo se la chupé un rato. Y al final me folló contra el colchón hasta correrse dentro. Sin condón, sin avisar, sin nada.

—…Joder… —murmuró Víctor. El cambio en su cuerpo fue inmediato y evidente. La polla se le puso dura contra el muslo mientras yo hablaba, hinchándose hasta despegarse de la piel. Tendría casi veinte centímetros ahí, gruesa, con la vena marcada y el glande hinchado y morado.

—Si fuera él quien estuviera aquí ahora mismo —continué, con la vista fija en su verga—, ya se habría metido al agua a buscarme. Y no precisamente para nadar.

Silencio. Luego:

—¿Y tú lo dejarías?

Di un paso al frente y me metí en su sombra. El agua me llegaba a la cintura. Debajo, mi propia polla estaba tan dura que me golpeaba el ombligo cada vez que me movía.

—Eso dependería de quién fuera él.

Víctor me extendió la mano desde arriba. La tomé. Me alzó del agua con esos brazos que no eran decorativos y me senté a su lado en el bordillo, el hombro rozando el suyo, los pies en el agua, las dos pollas paradas apuntando al cielo.

—Antes de que pase nada —dije—, necesito preguntarte algo.

—Lo que quieras.

—¿Sabías que esto podía pasar cuando decidiste venir?

Tardó en responder. Me miró de frente.

—Vine pensando en pedirte que me presentaras a alguien. Un amigo, un conocido. Alguien con quien pudiera probar, para saber si lo que llevo tiempo sintiendo tiene base real o es solo una fantasía que me construí.

—¿Y ahora?

—Ahora mismo no recuerdo muy bien por qué vine —respondió, y sonrió con la vista en el agua.

Fui yo quien se inclinó hacia él. Solo un centímetro, solo para hacer el gesto. El resto lo hizo él. Me besó despacio, con esa torpeza cuidadosa de alguien que estrena algo nuevo. A la tercera o cuarta vez ya no había torpeza: me metió la lengua hasta el fondo de la boca, me agarró la nuca con una mano y con la otra bajó a mi polla y me la agarró entera, apretándola de arriba abajo como si llevara media vida deseando tocar una.

—Joder qué dura la tienes —dijo contra mi boca—. Y qué caliente.

—La tuya no está peor —respondí, y bajé la mano a su verga. Le cabía justo en el puño. Se la meneé despacio, tirándole el prepucio hacia atrás para dejar el glande al aire. Estaba mojado, ya soltaba una gota gruesa de líquido preseminal que le resbalaba por la corona.

La recogí con el pulgar y me lo llevé a la boca sin apartar los ojos de los suyos. Víctor soltó un jadeo ronco y me apretó más la nuca.

***

Le pedí que no se moviera. Entré al agua hasta las rodillas y me coloqué en el escalón interior, con el bordillo a la altura de la cara y su polla justo delante. Se la agarré con la mano desde la base, apretándola para que se le hinchara todavía más el glande. Escuché cómo contenía la respiración. Le saqué la lengua y le lamí la punta de abajo arriba, muy despacio, recogiendo todo el líquido que le brotaba. Y luego me la metí en la boca sin rodeos, hasta la mitad, de un solo empujón.

El sonido que hizo fue involuntario. Un jadeo corto que luego se fue abriendo en algo más hondo y rendido. La verga se le puso todavía más dura entre mis labios, si eso era posible.

Lo trabajé sin prisa. Con la lengua primero, recorriéndole el frenillo con la punta, presionando en el punto justo debajo del glande hasta que las caderas se le levantaron solas del bordillo. Le mamé los huevos también, uno a uno, chupándoselos con la boca abierta y dejándolos escurrir mojados. Volví a la polla y me la tragué entera, hasta que la nariz me tocó el vello del pubis y sentí la punta empujándome contra la campanilla. Me quedé ahí unos segundos, aguantando las arcadas, tragando saliva alrededor de su verga hasta que se le escapó un «hostia puta» temblado.

Subí y bajé la cabeza con ritmo, chupándole toda la polla con la boca cerrada y la lengua apretada contra la parte de abajo. La saliva me chorreaba por la barbilla y le caía sobre los huevos. Con una mano le meneaba la base y con la otra me pajeaba dentro del agua sin el menor pudor.

Me puso la mano en el pelo. Con suavidad al principio, luego con más fuerza. Empezó a mover las caderas hacia arriba, follándome la boca con embestidas cortas, sin llegar a empujar del todo por si me hacía daño.

—No me habían hecho esto nunca así —dijo en voz baja, la voz rota.

Me detuve para mirarlo, con su glande brillante todavía apoyado en mis labios.

—¿Nunca?

—Con mujeres sí, pero no... —Hizo un gesto vago con la mano libre—. No como esto. No así.

—Blanca no te la comía bien, ¿no?

—Blanca me la chupaba dos minutos y ya. Y con los dientes.

Me reí con la polla en la mano y volví a metérmela hasta el fondo. Ahora sin cuidado. La chupé como quien tiene hambre, con ganas, dejando que se me metiera por la garganta cada vez que empujaba. Le clavé las uñas en el muslo. Él me apretó el pelo. Y así estuvimos un rato largo, él resoplando arriba, yo tragando abajo, la polla resbalando entre mis labios cada vez más rápido.

Me corrí antes que él, ahí dentro del agua, con la mano ocupada. Solté un gemido ahogado alrededor de su verga y sentí cómo mi propia leche se disolvía en el agua tibia entre mis piernas. No fue gran cosa: era la segunda vez en una hora. Lo que importaba era lo que vendría después.

Cuando lo noté cerca del límite, me la saqué de la boca, la agarré con fuerza por la base y me puse a menearla rápido mientras le miraba a los ojos. Quería ver su cara. La quería ver bien.

—Córrete —le dije—. Encima de mí. Donde quieras.

Víctor echó la cabeza atrás, apretó los dientes y el sonido que salió de su garganta fue algo entre un gruñido y una rendición total. El primer chorro me salpicó la mejilla y el labio, grueso y caliente. El segundo me cayó sobre la lengua, que le tenía sacada. Los siguientes se los volqué sobre el abdomen mientras seguía meneándosela, exprimiéndosela hasta la última gota. Se corrió como si llevara meses sin hacerlo. Con la espalda arqueada y el pecho tembloroso.

Me pasé la lengua por los labios y me tragué lo que había caído dentro. Luego me incliné y le lamí el abdomen limpio, recogiéndole la corrida con la lengua y tragándomela mirándolo.

Se quedó quieto durante un minuto largo, el pecho moviéndose despacio.

—Eso —dijo al fin— era lo que estaba buscando.

***

Más tarde, estirados en la hierba, tomé la iniciativa otra vez. No con palabras. Me puse de rodillas sobre él, con el culo pegado a su polla otra vez dura, y lo miré desde arriba hasta que asintió con la barbilla.

Me levanté un momento para ir a buscar el lubricante y una toalla al cuarto. Cuando volví, Víctor estaba igual que lo había dejado: los brazos detrás de la cabeza, la polla parada contra el ombligo, mirando el cielo con expresión de alguien que no puede creer del todo dónde está.

Me arrodillé entre sus piernas y le solté un buen chorro de lubricante en la verga. Se la unté con la mano de arriba abajo, meneándosela despacio para dejársela bien empapada. Luego me puse dos dedos en el culo y me abrí yo mismo, mirándolo a la cara mientras me metía primero uno y después el otro. Vi cómo se le tensaban los músculos de la mandíbula al ver cómo yo me follaba a mí mismo con los dedos delante de él.

—Joder, Marcos.

—Mira bien —le dije—. Porque en un minuto esto lo estás llenando tú.

Me trepé encima. Le agarré la polla con una mano, se la puse contra el ojal y me senté sobre él despacio, con la otra mano apoyada en su pecho para no perder el equilibrio. La punta me abrió y sentí el estirón, la presión de esa cabeza gorda forzando la entrada. Aguanté la respiración y bajé un centímetro más. El glande cedió y se me metió entero.

—Espera —dije, con los ojos cerrados.

Esperó. Me quedé quieto sintiendo la polla ahí dentro, ancha, palpitando.

Seguí bajando. El proceso fue deliberado y sin prisa: unos centímetros, parar, respirar, volver a bajar. Sentí cómo se me metía a fondo, cómo el cuerpo iba cediendo y aceptando toda la longitud. Cuando llegué al final y lo tuve todo dentro, con las nalgas apretadas contra su pubis, me quedé quieto un momento con la frente apoyada en su hombro. La verga me llegaba hasta un sitio dentro que casi no me habían tocado nunca.

—¿Bien? —preguntó Víctor, con la voz cambiada.

—Bien —respondí—. Toda dentro.

—Me estás apretando como un puño.

—Aguanta.

Empecé a moverme. Lento al principio, subiendo hasta dejar solo el glande dentro y bajando otra vez a fondo. Buscando el ritmo y encontrándolo. Sus manos en mis caderas apretaron sin llegar a dirigir. Me miraba desde abajo con una expresión que no había visto en él antes: algo entre el asombro y la concentración total, la boca abierta, los ojos fijos en el punto donde su polla desaparecía dentro de mí.

—Mírate —murmuró—. Cómo te la comes.

—Habla —le dije—. Dime cosas.

—Nunca había follado un culo así de apretado. Joder. Estás caliente por dentro.

—Más.

—Me la estás chupando con el culo, cabrón. Sube y baja. Así. Así.

Aceleré. Empecé a botar sobre él con las piernas abiertas, dejándole ver cómo su verga entraba y salía brillante de lubricante. Mi polla golpeaba contra su abdomen con cada bajada, dejándole un rastro de humedad en la piel. Me agarré la mía y me la empecé a menear al mismo ritmo, dando espectáculo.

Víctor no aguantó de brazos cruzados mucho tiempo. Me agarró con las dos manos por las caderas, plantó los pies en la hierba y empezó a empujar hacia arriba, follándome a fondo desde abajo. La polla me entraba entera con cada embestida, chocando contra un punto profundo que me hizo soltar un gemido largo cada vez que daba ahí.

—Ahí, ahí no pares.

—¿Aquí? —insistió, dando más fuerte.

—Ahí. Joder. Ahí.

Los músculos de su abdomen se contraían con cada movimiento, la respiración se volvía más corta, más cortada. En un giro se sentó, me agarró con las dos manos y me tiró de espaldas sobre la toalla, sin sacarla en ningún momento. Se me puso encima, me abrió las piernas hasta ponerme los tobillos sobre sus hombros y empezó a metérmela con embestidas fuertes, secas, cada una desde el fondo.

—Así aprendes rápido —le dije con voz entrecortada.

—Cállate y aguanta.

Me embistió sin parar. La verga entraba y salía con un sonido húmedo y obsceno cada vez, los huevos golpeándome el culo, el pecho brillándole de sudor. Me metió dos dedos en la boca y yo se los chupé sin dejar de mirarlo.

Cuando noté que estaba llegando al límite, tensándose sobre mí con la mandíbula apretada, le dije:

—Dentro. Córrete dentro.

—¿Seguro?

—Dentro, joder.

Aguantó dos embestidas más y se corrió con un gemido largo y ronco, hundido hasta el fondo, temblando encima de mí. Sentí cómo la polla se le sacudía dentro, un chorro tras otro, llenándome. Se quedó quieto encima con la frente pegada a la mía, respirando fuerte, la verga todavía dura y palpitando dentro de mi culo.

Me acabó de la mano. Bastaron cuatro tirones porque yo llevaba media hora al borde. Me corrí sobre mi propio estómago, en dos chorros gruesos que me llegaron hasta el cuello. Víctor los recogió con el dedo, me los llevó a la boca y me miró chuparlos con los ojos entrecerrados.

—Eres una guarrada, Marcos.

—Y tú aprendes rápido.

Cuando por fin sacó la polla de mi culo, sentí el chorro caliente de su corrida escapándose. Nos quedamos así, pegajosos y respirando, mientras el sol bajaba sobre el jardín.

Terminamos como habíamos empezado: mirándonos el uno al otro, con el sol ya bajo y el jardín en sombra.

***

Después, tumbados en la hierba con la respiración normalizada, Víctor me contó algo que llevaba guardado mucho tiempo. Una noche de hace años con unos amigos en un piso que no era de nadie de los que estaban allí. No dio detalles concretos, pero la historia tenía todos los ingredientes: él mirando lo que no debía mirar, sintiéndose culpable después, encontrando cualquier excusa para no darle nombre a lo que sentía.

—Llevo mucho tiempo convenciéndome de que era otra cosa —dijo—. Que era el alcohol. Que estaba mal con Blanca. Que cualquier hombre se siente así alguna vez y no significa nada.

—¿Y ahora?

—Ahora no sé si esas excusas eran tan sólidas como creía.

Lo miré de costado. Tenía el brazo sobre la frente y la cara relajada de alguien que acaba de soltar algo que cargaba desde hacía demasiado tiempo.

—No tienes que decidir nada esta semana —le dije—. Ni sobre Blanca, ni sobre lo que eres o no eres. Esta semana es solo esta semana.

Movió el brazo para mirarme.

—¿Y Diego?

—Viene mañana —respondí—. Si todavía quieres que venga.

Lo pensó durante unos segundos.

—Que venga —dijo.

Me reí. Él también. Luego me puso la mano en la nuca y me acercó hacia su boca, y ese beso fue respuesta suficiente para todo lo que ninguno de los dos había dicho todavía en voz alta.

Aquella iba a ser la mejor semana del verano.

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Comentarios(10)

CarlosLector

Buenisimo!!! de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

RodrigoBA

Por favor continua, me quedé con ganas de saber como siguio esa semana entera

Tornero55

jajaja el detalle de la piscina me mató, a mi tambien me pasó algo parecido en unas vacaciones de verano. Son esos recuerdos que no olvidás nunca

LectorK88

Y hubo mas encuentros despues de esa semana o fue solo eso? quedo muy abierto el final

lecturaNocturna

El ambiente lo describís muy bien, se siente la tension desde el primer parrafo. Seguí así!

Fabian_rdp

la piscina siempre la piscina jaja, clasico

NelsonV78

Tremendo relato. Hace rato no leia algo tan bien contado. Saludos desde Mendoza

MatiasRdr

Se nota que lo viviste de verdad, tiene ese algo que los relatos inventados no tienen. Talentoso

Gustavo_Cba

10 puntos, queremos la segunda parte!!

Diegote_77

Me atrapó desde el primer renglon. Uno de mis favoritos en esta categoria, sin dudas

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