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Relatos Ardientes

Lo que pasó aquella noche con Ramón y su novio

Hay cosas que uno no sabe de sí mismo hasta que alguien se las muestra. Yo tenía treinta y dos años, un trabajo de oficina que me dejaba sin energía para pensar demasiado, y una vida privada que no compartía con nadie. Hacia afuera era el tipo serio, el profesional responsable, el que nunca causaba problemas. Hacia adentro era otra historia, una que todavía estaba aprendiendo a contar.

Ramón y César llevaban juntos casi tres años cuando los conocí en el trabajo. Eran discretos, normales, el tipo de pareja que no necesita anunciarse. Ramón era técnico en sistemas, César trabajaba en contabilidad. Nos hicimos amigos de esos que se juntan los viernes, toman cerveza y se quejan del jefe. Nunca pensé que una de esas noches fuera a cambiar algo en mí.

La invitación llegó un jueves por WhatsApp. Ramón: «¿Vienes el sábado? Cervezas, dominó, sin planes.» Respondí que sí sin dudarlo. Necesitaba salir del apartamento.

***

Su piso quedaba en el cuarto piso de un edificio sin ascensor en el centro. Subí los escalones con una bolsa de cervezas frías y me recibieron con música baja y el tablero de dominó ya sobre la mesa. Era un sábado tranquilo. Nada hacía pensar que aquello fuera a terminar como terminó.

Las primeras dos horas fueron exactamente lo que esperaba: fichas de dominó, risas, más cervezas de las que debía tomar. César era el mejor jugador de los tres y lo sabía. Ramón perdía con elegancia. Yo perdía porque el alcohol me iba nublando la concentración y porque en algún momento dejé de importarme ganar.

Fue César el que propuso el cambio de reglas. Lo dijo así, de golpe, como si llevara un rato pensándolo.

—El que pierda una mano se quita una prenda.

Ramón lo miró con esa media sonrisa suya que yo ya conocía. Yo tardé un segundo en responder.

—Bueno —dije.

No sé por qué lo dije. El alcohol, quizás. O quizás algo más, algo que llevaba tiempo esperando una excusa para salir.

Las siguientes rondas fueron distintas. La conversación cambió de tono, las bromas se volvieron más directas, y el ambiente en ese salón pequeño se fue cargando de algo que ninguno nombraba pero todos sentíamos. Fui perdiendo prendas sin demasiado drama: primero los zapatos, luego la camisa, luego el cinturón. Ramón iba al mismo ritmo. César parecía ganar a propósito.

Cuando me quedé solo en calzoncillos me levanté a buscar otra cerveza. Y entonces pasó.

Sentí las manos de Ramón desde atrás. No bruscas, no urgentes. Solo sus manos rodeando mi cintura, sus labios rozando mi oreja, su voz muy baja diciéndome algo que hizo que se me acelerara el pulso.

—Hace rato que te estoy mirando —dijo.

Me di la vuelta. Lo miré a los ojos. Él me sostuvo la mirada sin apartar las manos de mis caderas.

Lo besé yo primero. No sé de dónde saqué ese gesto, pero lo hice, y Ramón respondió con una presión que no dejaba dudas. Detrás de mí, escuché a César levantarse del sofá.

***

Ramón tenía una polla larga y gruesa que se notaba contra mi muslo incluso con la ropa puesta. Cuando la saqué me impresioné. Era grande, de esas que uno ve en el porno y piensa que no son reales. Me arrodillé delante de él sin que nadie me lo pidiera. Lo hice porque lo quería hacer.

La puse en mi boca despacio, acomodándome a su tamaño, sintiendo cada centímetro con la lengua. Los gemidos de Ramón fueron la mejor confirmación de que lo estaba haciendo bien. Me tomó el pelo con suavidad, sin forzar, y yo fui encontrando el ritmo solo.

César se acercó por mi lado. También estaba duro. Su polla era más pequeña, más delgada, pero perfectamente proporcionada. Cuando la vi pensé: esa entra sin problema. Y así fue. La metí entera en mi boca, todo el largo, y sentí algo parecido al orgullo cuando él soltó el aliento de golpe.

Alterné entre los dos durante un buen rato. De uno al otro, de rodillas en el suelo de ese salón, con la música todavía sonando de fondo y las cervezas a medio terminar sobre la mesa. Era una escena absurda y perfecta al mismo tiempo.

Mientras chupaba a Ramón, sentí los dedos de César buscando algo detrás de mí. Primero uno, luego dos, con una lentitud deliberada que me hizo apretar los puños. Yo nunca había tenido nada ahí. Nunca. Y sin embargo el cuerpo respondía como si lo hubiera esperado siempre.

Sacó los dedos y los reemplazó por su lengua.

Solté la polla de Ramón y me quedé quieto, con la cabeza apoyada en su muslo, concentrado en lo que César me estaba haciendo. Su lengua era paciente, metódica, y cada vez que la metía un poco más yo sentía que algo dentro de mí se rendía.

—A la cama —dijo Ramón.

***

El cuarto era sencillo: una cama de matrimonio, una lámpara en la mesita, las persianas cerradas. Me puse a cuatro patas sin que nadie me lo indicara. Era la posición natural, la que el cuerpo pedía.

César se colocó detrás de mí. Sentí la punta de su polla contra mi ano y me tensé instintivamente. Él no se apuró. Esperó, presionó con calma, y entró poco a poco con una lentitud que era casi una forma de cuidado.

Ardió. No voy a mentir: ardió mucho al principio. Un escozor que se extendía hacia adentro y que me hizo cerrar los ojos y apretar la mandíbula. Pero César no se movió hasta que yo empecé a moverme primero, y entonces el ardor fue cediendo y en su lugar apareció algo completamente distinto.

Mientras César me follaba desde atrás, Ramón se puso de rodillas frente a mí y acercó su polla a mi boca. Así estuve un tiempo que no supe medir: la polla de Ramón en mi boca, la de César dentro de mí, el sonido de la cama, los tres respirando fuerte.

Mi propia polla colgaba dura sin que nadie la tocara. Era un detalle que me parecía curioso: estaba completamente excitado siendo follado, sin necesitar otra estimulación. El cuerpo sabe cosas que la cabeza tarda en procesar.

César fue acelerando el ritmo. Sus manos en mis caderas, tirando de mí con cada embestida. Me daba palmadas en los glúteos que resonaban en el cuarto y que, para mi sorpresa, lejos de molestarme me hacían querer más.

—Quiero que te corras en mi cara —le dije a César en un momento, sin haberlo pensado antes de decirlo.

Él salió de mí. Me di la vuelta y me arrodillé frente a él. Lo masturbé con la mano hasta que se corrió: seis o siete golpes de semen que me alcanzaron en la mejilla, en la nariz, en la boca. Me quedé quieto, recibiendo todo, con los ojos entrecerrados.

Recogí el semen con los dedos y me lo llevé a la boca. Salado, espeso, con un sabor que no me disgustó.

Ramón me observaba desde la cama, todavía duro.

***

Me acerqué a él. Lo recosté sobre la cama y le separé las piernas con calma. Chupé su polla de arriba abajo, luego sus testículos, luego fui bajando más hasta que mi lengua encontró su ano. Lo babeé despacio, sintiendo cómo él se tensaba y luego se abría. Metí los dedos con cuidado, uno primero, luego dos, mientras seguía usando la boca en su polla.

Cuando lo penetré, Ramón soltó un sonido que no parecía de dolor sino de algo más complicado. Yo empujé muy despacio, dejando que su cuerpo se acostumbrara al mío. Era estrecho y cálido y sentí que me engullía.

Fui entrando centímetro a centímetro hasta que estuve completamente dentro. Me detuve. Él respiró hondo. Luego asentí con la cabeza, y yo empecé a moverme.

La follada fue lenta al principio y se fue volviendo más intensa a medida que ambos encontramos el ritmo. Ramón se masturbaba mientras yo lo penetraba, con la mano moviéndose al mismo compás que mis embestidas. César, que se había recuperado, se masturbaba sentado en el borde de la cama mirando la escena.

Cuando Ramón se corrió lo hizo en silencio, solo con un gemido largo y tenso, y el semen se le extendió por el pecho y el abdomen. Yo lo lamí todo. No sé explicar por qué lo hice, simplemente lo hice, y el sabor era lo mismo que antes: denso, salado, extrañamente bueno.

Me corrí dentro de él un minuto después. Salí despacio y me recosté a su lado, sin fuerzas para moverme.

***

No había terminado la noche.

Sentí a César detrás de mí otra vez. Sus manos en mis caderas, levantándome levemente. Entró de una sola vez y empezó a follarme sin preámbulos, más rápido que antes, con una energía que no debería tenerle con lo que ya habíamos hecho. Yo estaba recostado sobre el pecho de Ramón, que me acariciaba el pelo con pereza, y entre los dos me tenían completamente inmovilizado y completamente a gusto.

César me trató sin contemplaciones esa segunda vez. Me llamaba de todo con voz ronca, me nalgueaba con fuerza, me preguntaba si lo quería más duro y yo respondía que sí con la cara hundida en el hombro de Ramón. Era exactamente lo que era: sexo crudo, sin historia, sin más sentido que el placer de los tres.

Se corrió dentro de mí. Sentí el calor de su semen y me quedé quieto, dejando que su polla se volviera flácida antes de salir. Luego se levantó sin decir nada y fue al baño.

Ramón me revolvió el pelo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije.

Y era verdad.

***

Me duché en su baño. El agua caliente me fue aliviando los músculos y el escozor de atrás, que para entonces era más un recuerdo que una molestia. Me quedé bajo el chorro más tiempo del necesario, con los ojos cerrados, ordenando lo que había pasado.

No sentí arrepentimiento. Lo busqué y no lo encontré. Lo que sí encontré fue algo parecido a la claridad, esa sensación de haber llegado a un lugar que siempre estuvo ahí pero que nunca había visitado.

Salí del baño con una toalla y Ramón me señaló la cama.

—Quédate si quieres. Es tarde.

Me quedé. Caí dormido casi de inmediato, con el cuerpo agotado y algo en el pecho que tardé días en identificar pero que, ahora que lo pienso, era simplemente satisfacción.

La mañana siguiente tomamos café sin hacer demasiadas preguntas. César preparó huevos revueltos. Ramón puso música. Yo estaba sentado en la silla con el culo todavía sensible y una sonrisa que no podía del todo disimular.

—¿El sábado que viene? —preguntó César mientras servía el café.

Lo miré. Lo pensé exactamente medio segundo.

—Sí —dije.

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Comentarios (9)

JuanCruz88

jajaja ese final me mato, no me lo esperaba para nada!!!

martin1010

Buenisimo relato, de los mejores que lei en esta categoria. Seguí así

NocheLobo

y despues volviste a verlos? porque eso me quede pensando toda la lectura

Santi2030

Me encanto como lo contaste, muy natural, sin exagerar. Se siente real.

VicenteR92

Empezo pareciendo una noche cualquiera jajaja. Tremendo giro

lector77

increible!!! espero la segunda parte

Pampa_Sur55

Me recordó a una noche rara que tuve yo también, esas situaciones que no planeas y terminan siendo las mejores. Gran relato, sigue escribiendo

FernandoCR

El titulo no da pistas pero cuando arranca ya no podes parar de leer. Muy bueno

Marcos_Bs

Por favor mas historias asi, que tengan ese ritmo y ese humor al final

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