Lo que hicimos para cruzar al otro lado
La noticia llegó a medianoche, a través de una llamada breve y nerviosa que Kamal recibió en la cocina de su propia casa.
Colgó el teléfono y volvió a la habitación. Tariq, su hermano mayor, lo miró desde el borde de la cama. Rami, el mediano, seguía sentado en el suelo con los brazos sobre las rodillas. Suleiman y Basim, los cuñados de Kamal, esperaban de pie junto a la ventana. El olor a sudor y a semen todavía flotaba espeso en el aire; se pegaba a las sábanas revueltas, al colchón, a la piel de los cinco. Apenas una hora antes Kamal había estado a cuatro patas sobre esa misma cama con la polla de Tariq hundida hasta el fondo del culo mientras chupaba la de Basim y masturbaba a Rami y a Suleiman, uno con cada mano. Compartían cama así desde aquella noche en los baños de vapor, meses atrás. Ese secreto era precisamente lo que ahora los ponía en peligro.
—Samir ha ido a la policía —dijo Kamal con la voz extrañamente plana—. Nos ha denunciado a todos. Tenemos hasta el amanecer.
Nadie habló durante varios segundos. Luego Tariq se puso en pie. Era el más práctico de los tres hermanos, el que siempre reaccionaba antes de que el miedo tuviera tiempo de instalarse.
—Documentos, dinero, algo de ropa. Nada más. Salimos en los dos coches.
En menos de media hora estaban listos. Leila, la esposa de Kamal, cargaba con una bolsa pequeña y las manos apoyadas en el vientre donde ya crecía el primer hijo. Elena, la madre de los tres hermanos —española, viuda desde hacía años, con la mente cada vez más dispersa—, salió de su habitación sin entender del todo qué ocurría. Pero tuvo la lucidez suficiente para apretar la mano de su hijo y decirle que tenía algo de dinero guardado bajo el colchón.
Salieron sin luz, por los caminos secundarios, rumbo al norte.
***
El contacto de Suleiman los esperaba en las afueras de Casablanca, junto a una nave industrial abandonada que olía a sal y a óxido. Era el tipo de lugar donde las transacciones se hacen sin testigos y sin nombres reales.
El hombre que los recibió se hacía llamar Jabir. Delgado, de mirada dura, con cicatrices en los nudillos y una sonrisa que no llegaba nunca a los ojos. A su lado había tres hombres más, igualmente silenciosos, igualmente acostumbrados a evaluar lo que ven.
—Siete personas —dijo Jabir sin preámbulos—. Es mucho riesgo.
Kamal dio un paso adelante. Llevaban joyas de la boda, algo de efectivo, poco más.
—Dinos cuánto y cómo lo hacemos.
Jabir los estudió en silencio. Sus ojos se detuvieron en Kamal más tiempo del necesario, bajaron por el cuello, se demoraron en la boca y en la entrepierna antes de volver a subir. Luego señaló hacia el interior de la nave con un gesto seco.
—Hablamos dentro.
Los llevaron a través de un pasillo inesperadamente acondicionado: paredes limpias, puertas numeradas, luz cálida. En una de las salas había una cámara de vídeo sobre un trípode, apuntando hacia un colchón doble en el suelo. Jabir no explicó nada. No hacía falta.
—Sé quiénes sois —dijo—. Y sé por qué os buscan. El dinero que traéis apenas cubre los papeles. Pero hay otra moneda que me interesa.
Kamal sintió que el estómago se cerraba. Entendió antes de que Jabir terminara la frase.
—Las mujeres no harán nada —aclaró Jabir—. Estarán protegidas y cómodas. Solo os quiero a vosotros cinco. Cada día, diez horas de grabación. Durante el tiempo que necesitéis para que los papeles estén listos y el cruce sea seguro. ¿Hay trato?
Los cinco hombres se miraron. Kamal pensó en Leila. Pensó en el hijo que crecía dentro de ella. Pensó en Elena, que cada vez reconocía menos los rostros de sus propios hijos.
—Hay trato —dijo.
***
Como muestra de buena voluntad, los tres hermanos y sus dos cuñados se quedaron solos con Jabir y sus hombres aquella primera noche.
La cámara ya estaba encendida cuando entraron. La luz roja parpadeaba en un rincón como un ojo pequeño y paciente. Jabir se sentó en una silla contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho. Sus tres hombres se colocaron detrás, de pie, en silencio.
—Desnudaos —dijo Jabir.
Se fueron quitando la ropa despacio, sin mirarse. Kamal se quedó el último, con el pantalón en los tobillos, la polla ya medio dura contra el muslo. Notó los ojos de Jabir clavados en él.
—Tú al centro —dijo Jabir señalando a Kamal—. De rodillas.
Kamal se arrodilló sobre el colchón. Lo hizo con calma, sin dramatismo, como quien acepta algo inevitable. Tariq se colocó detrás de él, le agarró las caderas con las dos manos y le separó las nalgas con los pulgares. Escupió sobre el agujero de su hermano menor y frotó la saliva con el glande hasta que la carne se abrió un poco. Rami se puso de frente, ya con la polla dura, y se la acercó a la boca sin decir palabra.
—Abre —murmuró Rami.
Kamal abrió los labios y tomó la verga de su hermano hasta la mitad. La lengua le rodeó el glande, chupó despacio, tragó saliva y volvió a bajar. Al mismo tiempo, Tariq empujó con la cadera y hundió su polla en el culo de Kamal de una sola embestida lenta y firme que le hizo apretar los dientes contra la carne de Rami.
—Joder —jadeó Tariq—. Sigues igual de estrecho, hermano.
La habitación estaba en silencio. Solo se escuchaba la respiración de los cinco, el sonido húmedo de la boca de Kamal chupando la polla de Rami, y el chapoteo cadencioso de las caderas de Tariq contra sus nalgas. La cámara zumbaba suavemente en el trípode.
Jabir observaba desde la silla sin mover un músculo. Sus hombres miraban sin intervenir, aunque uno de ellos ya se había desabrochado el pantalón y se acariciaba la polla por encima de la ropa interior.
Kamal dejó que Tariq encontrara el ritmo. Lo conocía bien; era la misma cadencia de antes, de otras noches, pero ahora había algo distinto en el aire: la consciencia de ser vistos, filmados, guardados en cinta para siempre. Notó cómo eso cambiaba cada gesto, cada gemido que se le escapaba con la boca llena. Rami le agarró el pelo con las dos manos y empujó más adelante, hundiéndose entero hasta que Kamal sintió el vello púbico de su hermano contra la nariz.
—Trágala toda —susurró Rami—. Como sabes hacer.
Kamal se dejó ir. La garganta se le contrajo un instante y luego cedió. Rami empezó a follarle la boca con estocadas cortas, sacando la polla brillante de saliva y volviendo a meterla hasta el fondo. Kamal notaba el calor pulsante de Tariq clavado en el culo, la mano abierta de su hermano mayor descargándole una palmada en la nalga que retumbó en la habitación.
—Mírala cómo brilla —dijo Tariq sacando la polla entera y volviéndola a meter—. Ese culo es mío desde que tenías dieciocho años.
Suleiman y Basim se acercaron después. Suleiman se puso al lado de Rami y le acercó a Kamal la polla a la mejilla. Kamal soltó la de su hermano y se puso a chupar la del cuñado, alternando entre las dos, lamiendo los cojones de uno y luego el glande del otro, la saliva bajándole por la barbilla. Basim se colocó detrás de Tariq, le pasó una mano por el pecho y se restregó la polla dura contra su culo.
—Sácala un momento —dijo Basim.
Tariq obedeció. Kamal notó el vacío en el culo apenas un segundo antes de que Basim lo penetrara con un empujón más brusco, más ansioso. Era más grueso que Tariq y le arrancó un gemido apagado contra la polla de Rami.
Tariq se puso detrás de Basim y le metió la polla en el culo a su cuñado. Los cinco formaron una cadena lenta y sudorosa: Tariq follándose a Basim, Basim follándose a Kamal, Kamal chupando a Rami y a Suleiman por turnos. El colchón crujía. Los cuerpos chocaban con un sonido rítmico de carne contra carne. El aire olía a sudor y a saliva y al almizcle espeso de cinco pollas duras.
Kamal quedó en el centro de todo: la boca llena, el culo abierto, los gemidos apagados contra la carne. Sintió cómo Basim se tensaba dentro de él, cómo el ritmo se volvía más corto y frenético.
—Me corro —jadeó Basim—. Me corro dentro.
Kamal notó el chorro caliente inundándole el culo, la polla de Basim palpitando contra las paredes de su recto. Basim se quedó dentro unos segundos, respirando entrecortado, antes de sacarla despacio. Un hilo de semen le bajó por el muslo a Kamal.
Suleiman ocupó el lugar de inmediato. Le agarró las caderas y se enterró en el culo lubricado con la corrida del cuñado. Kamal gimió abriendo más las rodillas, mientras Rami le agarraba la cara con las dos manos y le follaba la boca con ganas.
—Voy —dijo Rami de pronto—. Voy, hermano.
Kamal sintió el primer chorro caliente en el paladar, luego otro en la lengua, otro contra la garganta. Rami sacó la polla en el último instante y le vació el resto sobre los labios y la barbilla. Kamal tragó lo que tenía dentro, con los ojos cerrados, mientras Suleiman lo seguía embistiendo por detrás.
Tariq se puso delante y le ofreció la polla, ya empapada de haber estado en el culo de Basim. Kamal abrió la boca sin abrir los ojos y la chupó entera, saboreando la mezcla de fluidos, mientras Suleiman apretaba el ritmo y se corría dentro de él con un gruñido largo.
Cuando Suleiman salió, Tariq lo reemplazó de nuevo en el culo. Se hundió hasta el fondo en la carne resbalosa y follada, y bastaron una docena de estocadas para que descargara con un jadeo ronco, vaciándose entero dentro de su hermano menor.
Kamal se quedó a cuatro patas sobre el colchón cuando terminaron, con el culo abierto, chorreando la corrida mezclada de tres hombres, la cara pringada de la de Rami, el pecho subiendo y bajando. Su propia polla, olvidada entre las piernas, le colgaba dura y goteando líquido preseminal.
Basim se agachó, se la metió en la boca y lo chupó hasta que Kamal se corrió sacudiéndose, agarrado al hombro de su cuñado, en un orgasmo que le arrancó los últimos restos de fuerza.
Los cinco se quedaron tumbados sobre el colchón, sudorosos y en silencio, las pieles pegadas unas a otras.
—Buen material —dijo uno de los hombres de Jabir en voz baja, con la mano todavía dentro del pantalón.
Jabir asintió y salió de la habitación sin decir nada. Pero antes de cerrar la puerta miró a Kamal una vez más.
***
Pasaron cinco meses.
La rutina era extraña pero soportable. Cada día, desde las diez de la mañana, los cinco hombres grababan escenas frente a las cámaras. A veces solos, follándose entre ellos en distintas combinaciones: Tariq empalando a Rami contra la pared mientras Kamal les chupaba las pelotas por debajo; Basim y Suleiman haciendo un doble en la boca y el culo de Kamal al mismo tiempo; los cinco en cadena, en círculo, en pirámide, aprendiendo posturas nuevas que Jabir les dictaba desde detrás del monitor.
A veces con los hombres de Jabir, que entraban sin anunciarse y tomaban lo que querían: el culo de Rami sobre una mesa, con las piernas abiertas y una polla desconocida hundida hasta las pelotas; la boca de Suleiman llena de dos vergas a la vez, la saliva colgando en hilos; el pecho de Basim contra una mesa mientras un hombre le follaba el culo y le tiraba del pelo hacia atrás. Kamal era el más solicitado. Había algo en su forma de entregarse, sin resistencia pero también sin someterse del todo, en la manera en que se abría de piernas y sostenía la mirada del que lo penetraba, que parecía fascinar a los clientes que Jabir tenía en Europa.
Lo follaban de todas las formas posibles. De pie contra el muro, con las manos apoyadas y el culo empinado, mientras un hombre le mordía la nuca y le clavaba la polla hasta romperle el aliento. Boca abajo en el colchón, con la cara aplastada contra la almohada y dos manos separándole las nalgas. Sentado a horcajadas encima de un cliente, subiendo y bajando sobre una verga gruesa mientras se masturbaba delante de la cámara. Le vaciaban las corridas dentro, se las escurrían por la barbilla, se las dejaban en el pecho, en la espalda, en el pelo. Y Kamal seguía. Chupaba, tragaba, se abría, se dejaba.
Kamal salía cada noche exhausto, se duchaba largo rato bajo el agua caliente, se sacaba de dentro el semen ajeno con dos dedos hasta quedar limpio, abrazaba a Leila y dormía unas pocas horas. Ella lo esperaba despierta. Lo abrazaba sin preguntar nada, con una madurez dolorosa y práctica que Kamal admiraba y que a veces lo hacía sentir peor.
A veces, en la oscuridad, Leila le susurraba que lo amaba. Que entendía lo que hacía. Que cuando llegaran a España todo cambiaría. Kamal la besaba y callaba. Sabía que parte de él se estaba rompiendo. Y sabía también que otra parte, la que no le gustaba reconocer, no lo estaba.
Jabir había empezado a aparecer en la sala de grabación ya no para supervisar sino para quedarse. Durante los descansos se sentaba junto a Kamal —a veces mientras Kamal seguía desnudo, con el culo todavía dilatado y una toalla sobre los hombros— y le hablaba en voz baja: de política, de las rutas que conocía desde hacía veinte años, de los hombres que había conocido cruzando el estrecho en ambas direcciones. Era brutal en los negocios, pero inteligente. Y Kamal lo sabía.
Una tarde, Jabir le preguntó si había pensado alguna vez en trabajar para él de verdad. No como objeto de cámara, sino como alguien de confianza. Alguien que supiera pensar.
Kamal respondió que lo pensaría.
Esa noche, antes de salir de la sala, Jabir se quedó en la puerta y lo miró durante un segundo más de lo necesario. No dijo nada. Kamal tampoco.
***
La noche antes del cruce, Jabir entró al dormitorio de Kamal sin llamar.
No iba como el contrabandista. No llevaba la mirada dura ni los brazos cruzados. Era solo un hombre de mediana edad con algo en los ojos que Kamal reconoció porque lo había visto en el espejo.
—Mañana cruzáis —dijo Jabir—. En un barco decente, con camarotes. He preparado dinero y papeles de trabajo provisionales. Estaréis en Almería antes de que amanezca el tercer día.
Kamal asintió.
—¿Y si te digo que no quiero que te vayas? —preguntó Jabir.
Kamal no respondió de inmediato. Se acercó a él y le puso una mano en el pecho. Lo miró a los ojos. Jabir tenía las manos quietas, casi rígidas, como si tuviera miedo de hacer algo que no correspondiera.
Kamal lo besó. Un beso suave al principio, que Jabir tardó un segundo en devolver. Luego fue más profundo, más hondo, la lengua de Kamal buscando la de Jabir, los dientes rozando el labio inferior. Jabir le rodeó la cintura con los brazos y lo atrajo hacia sí con una fuerza contenida que llevaba meses acumulándose. La polla del contrabandista, ya dura debajo del pantalón, se apretó contra la cadera de Kamal.
Se desnudaron despacio, sin apuro, distintos a todo lo que habían filmado. Jabir le desabrochó la camisa botón a botón y le pasó los labios por el cuello, por la clavícula, por el pezón. Kamal le soltó el cinturón con los dedos temblorosos y le bajó el pantalón hasta las rodillas. La polla de Jabir saltó libre, gruesa, ya goteando en la punta.
Kamal se arrodilló sin pensarlo. Lo hacía cada día por dinero y por cámaras, pero esta vez fue distinto. La tomó en la boca con reverencia, chupando desde la base hasta el glande, lamiendo con la lengua plana la parte de abajo, cerrando los labios alrededor y bajando hasta atragantarse. Jabir le acarició el pelo con una mano, sin empujar, sin imponer ritmo. Solo estaba ahí, dejándole hacer.
—Ven —murmuró Jabir después de un rato—. Ven aquí.
Lo levantó, lo besó de nuevo, lo tumbó en la cama boca arriba. Recorrió el cuerpo de Kamal con las manos como si quisiera aprendérselo de memoria: el pecho, el vientre, las caderas huesudas, la polla dura contra el estómago. Le abrió las piernas con cuidado y se acomodó entre ellas. Se llevó dos dedos a la boca, los mojó con saliva y los deslizó despacio dentro del culo de Kamal. Uno primero, luego dos, girando, abriendo con una paciencia que Kamal no recordaba haber sentido nunca antes.
—Mírame —susurró Jabir.
Kamal abrió los ojos. Jabir se guio la polla con la mano y empujó, lentamente, mirándole la cara todo el tiempo. Kamal sintió cómo el glande se abría paso, cómo la carne cedía centímetro a centímetro, cómo Jabir se hundía hasta el fondo con un solo movimiento continuo que le arrancó un gemido largo.
—Así —dijo Jabir—. Quédate así.
Empezó a moverse con embestidas hondas y lentas, cargando el peso sobre los codos, la cara a un palmo de la de Kamal. Sin urgencia. Sin la brusquedad de los otros. Solo ese vaivén profundo, casi tierno, y los ojos clavados en los suyos.
Kamal cerró los ojos un instante y los volvió a abrir. Sintió el peso de Jabir sobre él, el movimiento constante, la polla llenándole hasta el fondo cada vez, rozándole por dentro un punto que le hacía apretar los dientes. Por un momento no pensó en nada. Ni en Leila, ni en la huida, ni en los meses frente a las cámaras. Solo en el calor de ese cuerpo encima del suyo, en el aliento de Jabir contra su boca, y en la extraña paz que traía.
Jabir le levantó una pierna sobre el hombro y bombeó con fuerza creciente, los dedos enterrados en la cadera de Kamal, la respiración cada vez más agitada. El colchón crujía. La polla de Kamal, atrapada entre los dos vientres, rozaba con cada embestida y goteaba contra su propia piel.
—Voy a correrme dentro —murmuró Jabir contra su oído—. ¿Me dejas?
—Sí —susurró Kamal—. Adentro.
Jabir lo notó tensarse y luego relajarse en una descarga larga y profunda, la polla palpitando dentro del culo de Kamal, vaciándose entera, sin apartar los ojos de su cara en ningún momento. Kamal sintió el calor esparciéndose por dentro y, casi al mismo tiempo, su propia polla explotando entre los dos cuerpos, chorreando semen sobre el estómago sin que ninguno la tocara.
Después se quedó quieto, con la frente apoyada en la de Kamal, todavía dentro de él, respirando despacio. No se retiró en un rato largo.
—Te amo —dijo en voz baja. Como quien dice algo que lleva tiempo sin poder callar, sin esperar respuesta.
Kamal no dijo «yo también». Pero tampoco mintió.
—Hay algo real aquí —respondió—. No sé cómo llamarlo todavía.
Jabir asintió. Salió de él con cuidado, se levantó, se vistió en silencio y antes de salir se giró desde la puerta.
—Me llamo Rashid. Ese es mi nombre de verdad. Nadie más lo sabe.
Kamal lo miró en la penumbra.
—Buenas noches, Rashid.
***
El barco zarpó poco después de la medianoche. Era un carguero pequeño pero sólido, nada que ver con las imágenes que habían visto en las noticias. Los siete se instalaron en los camarotes. Leila se apoyó en el hombro de Kamal y se quedó dormida antes de que dejaran el puerto. Tariq y Rami compartieron camarote y hablaron hasta tarde en voz baja. Elena se quedó mirando el mar por la ventana hasta que el balanceo la venció.
La travesía fue tranquila. El estrecho estaba en calma. Nadie habló mucho durante el primer día, como si todos necesitaran ese silencio para procesar lo que habían dejado atrás. Por primera vez en meses no había cámaras, ni órdenes, ni el ruido sordo de los hombres de Jabir al otro lado de la puerta.
Al amanecer del tercer día llegaron a Almería.
Un hombre de la organización los esperaba en el muelle. Les entregó las llaves de un piso, contratos de trabajo provisionales para los cinco hombres y algo de dinero para los primeros días. Les explicó que empezarían a trabajar en el puerto en cuarenta y ocho horas: cargar y descargar contenedores, con el sueldo que correspondía. Nada ilegal. Solo trabajo.
El piso era modesto pero limpio. Tres habitaciones, una cocina con luz. Desde la ventana del salón se veía una calle donde los niños jugaban con una pelota de plástico y un perro cruzaba la acera sin prisa.
Esa primera tarde comieron pan, queso y aceitunas sentados en el suelo porque no había sillas todavía. Rami hizo té con una hornilla y una tetera que encontró en un armario. Por primera vez en meses rieron de verdad, con la risa un poco tensa de quien todavía no termina de creerse que ha llegado.
Kamal se quedó solo en la cocina cuando los demás se fueron a explorar las habitaciones. Marcó el número que Rashid le había dado.
—Hemos llegado —dijo cuando oyó la voz al otro lado.
Hubo un silencio breve. El tipo de silencio que solo existe entre personas que han compartido algo que no tiene nombre.
—Me alegra oírte —respondió Rashid.
—¿Vendrás alguna vez a España?
—Podría ser —dijo Rashid—. Podría ser.
La línea se cortó.
Kamal dejó el teléfono sobre la mesa y miró por la ventana durante un momento. El mar de Almería era distinto al de Casablanca. Más azul, más quieto, sin el peso de lo que habían dejado atrás.
Pensó en Rashid. En la forma en que lo había mirado esa última noche. En el nombre que le había confiado como si fuera la única cosa verdadera que tenía para ofrecer.
Leila apareció en la puerta de la cocina con el niño que ya empezaba a notarse en su silueta. Lo miró con esa expresión suya que era a la vez pregunta y respuesta.
—¿Estás bien? —preguntó.
Kamal la miró. Luego miró el teléfono sobre la mesa. Luego otra vez a ella.
—Sí —dijo—. Creo que sí.
Era una mañana como cualquier otra en esa ciudad que aún no conocían. Pero no lo era en absoluto.
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