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Relatos Ardientes

El trío que mi esposa había planeado desde el principio

Valeria llevaba semanas diciéndome que tenía algo planeado. No me daba detalles, solo me miraba con esa sonrisa que yo conocía desde hacía once años y me decía que me iba a gustar. Cuando Valeria decía eso, siempre tenía razón.

La noche que Marcos llegó a casa, entendí de qué se trataba.

Marcos era mi mejor amigo desde la universidad. Nos conocíamos desde hacía casi dos décadas: los miedos, los vicios, la manera de tomar el café. O eso creía yo. Esa noche me enteré de que Valeria también lo conocía bien, mucho mejor de lo que yo pensaba, y que los dos llevaban un tiempo planificando lo que estaba a punto de suceder frente a mis ojos.

Los vi desde la puerta entreabierta. Valeria con las manos aferradas a la cabecera de la cama, en cuatro, con el culo levantado y las tetas colgando pesadas mientras se mecían al ritmo de los golpes. Marcos detrás de ella, agarrándola de las caderas con las dos manos, metiéndole la polla hasta el fondo con embestidas secas que sonaban en la habitación cada vez que su pelvis chocaba contra las nalgas de mi mujer. Era una polla grande, más gruesa que la mía, y yo lo veía todo: cómo entraba entera y salía brillante del coño de Valeria, cómo ella arqueaba la espalda y abría más las rodillas para recibirlo hasta la raíz.

—Más fuerte, cabrón —gemía ella, con la voz ronca—. Rómpeme, así, rómpeme el coño.

Marcos le contestaba con una palmada seca en la nalga que le dejó la marca roja de la mano, y volvía a empujar más hondo. Ella me buscaba con los ojos de vez en cuando, sin apartar la mirada, como confirmando que yo seguía ahí, que no me había marchado. Cada vez que la polla de Marcos se hundía entera dentro de ella, Valeria abría la boca en una mueca de placer y clavaba los ojos en mí, para que yo viera bien cómo otro hombre la estaba follando en nuestra cama.

No me marché. Me quedé de pie en el pasillo, con una mano apoyada en la pared y la otra metida dentro del pantalón, agarrándome la polla que se me había puesto dura como piedra sin que yo entendiera cuándo. Me la trabajaba despacio, sin poder dejar de mirar cómo Marcos la embestía con un ritmo cada vez más brutal. Sin poder ni querer detenerme.

Vi cómo Valeria empezaba a temblar y a gemir cada vez más agudo, hasta que soltó un grito largo, mordiendo la almohada, y todo el cuerpo se le sacudió en un espasmo. Se estaba corriendo con la polla de otro dentro. Marcos aguantó unos segundos más, la agarró del pelo, tiró de él hacia atrás y con tres embestidas finales, brutales, se corrió también. Yo vi cómo se apretaba dentro de ella, cómo movía las caderas en pequeños círculos vaciándose entero, y cómo al final se retiraba dejando un hilo de semen que caía sobre las sábanas.

Cuando todo terminó, escuché a Marcos en el baño. Unos minutos después, Valeria apareció en el umbral de nuestro cuarto, con el pelo revuelto, los ojos brillantes y los muslos húmedos.

—Ven a la cama —me dijo.

La seguí.

***

Me acosté a su lado. La habitación tenía un olor diferente, mezclado, pesado de una manera que no era desagradable: olía a sexo, a semen, al sudor de otro hombre. Valeria me tomó de la mano sin decir nada y la fue llevando despacio, con una calma que me desconcertó, hasta posarla entre sus piernas.

—Sentí —dijo en voz baja—. Sentí lo que me dejó dentro.

Yo sentí. Mis dedos se hundieron en su coño empapado, caliente, resbaloso de la corrida de Marcos. Estaba abierta, hinchada, y cuando metí dos dedos hasta el fondo, el semen escurrió por mi mano y le mojó los muslos.

Ella lo había dicho antes, muchas veces, que la idea de que Marcos la llenara y después yo estuviera ahí era lo que más la excitaba de todo el plan. Yo lo había escuchado, lo había imaginado, me había hecho pajas pensando en esa imagen muchas veces, pero ahora era real y mis dedos lo comprobaban de manera concreta. Follada. Recién follada por otro. Y llena de la leche de otro hombre.

Entonces Valeria pasó el brazo por encima de mi hombro y empezó a hacer presión en mi nuca, despacio, con firmeza. No había dudas sobre adónde me estaba guiando. La dirección era una sola.

Me dejé llevar hacia abajo. Era una presión lenta, sin apuro, pero decidida. Cuando mi cabeza estuvo a la altura de su vientre, Valeria cambió el agarre: me tomó de los costados de la cara y me orientó con precisión, hasta que mi boca quedó a centímetros de su coño abierto y goteando.

—Chupa —susurró—. Sacame todo.

Yo la conocía de memoria. Sabía exactamente cómo era, cómo olía, qué hacer. Pero lo que tenía frente a mí esa noche era diferente a todo lo que había conocido antes. Diferente en temperatura, diferente en sabor, diferente en lo que significaba. Su coño olía a los dos, al sexo de los dos, y de la raja se le escapaba un hilo espeso y blanco que le corría hacia el culo.

Tardé un momento. No sé cuánto. El morbo fue más rápido que el pudor, y cuando saqué la lengua y la pasé de abajo hacia arriba, recogiendo la corrida de otro hombre del coño de mi esposa, Valeria soltó un sonido largo, desde el fondo de la garganta, que hacía meses que no le escuchaba.

—Eso —murmuró—. Así. No pares. Chupamela toda, mi amor.

Yo no paré. Le abrí los labios del coño con los dedos y metí la lengua adentro, la más adentro que pude, buscándole cada rincón, sacando el semen que Marcos le había dejado y tragándomelo. Ella me apretaba la cabeza contra su sexo y me refregaba la cara en su coño, sin pudor, sin darme respiro. Sentí el sabor salado, denso, extraño, del semen de mi mejor amigo en mi propia boca, y en vez de darme asco me puso la polla más dura todavía.

Encontré el ritmo rápido, guiado por los movimientos de sus caderas y por los sonidos que ella hacía. Le chupé el clítoris con los labios, se lo mordí despacio, se lo lamí en círculos mientras le metía dos dedos y le buscaba adentro ese punto que la volvía loca. Me sentí, en ese momento, algo que no supe nombrar bien: parte esclavo, parte necesario, parte completamente suyo. Como si ese fuera exactamente el lugar que me correspondía en el arreglo que Valeria había diseñado sin consultarme y del que yo ya no quería salir.

—Voy a acabarme otra vez —jadeó ella, agarrándome del pelo—. En tu cara. Me voy a acabar en tu cara, cornudo.

Cuando terminó, con un temblor largo que empezó en las caderas y no paró hasta los hombros, me apretó la cara contra su coño hasta que casi no pude respirar y me llenó la boca de sus jugos mezclados con los de él. Subí hasta quedar a su lado, con los labios brillantes, la barbilla mojada, y ella me lamió la boca con lengua glotona, chupándose a sí misma y al otro de mi cara.

Ella me acarició la frente sin decir nada durante un rato.

—Sabía que te iba a gustar —dijo finalmente.

Tenía razón. Como siempre.

***

A la mañana siguiente me desperté solo.

El sol ya entraba por la persiana. Me senté y escuché voces mezcladas con algo más, que venía del pasillo. Me levanté sin hacer ruido y caminé hasta el cuarto de huéspedes.

La puerta estaba entornada.

Escuché la voz de Valeria primero, cortada por un sonido que yo reconocía bien: el chapoteo húmedo de un coño mojado subiendo y bajando por una polla. Luego la de Marcos, respondiendo algo en voz baja. Me detuve sin que me vieran y miré por la rendija.

Marcos estaba tumbado boca arriba, con la polla enterrada hasta el fondo del coño de mi mujer. Valeria encima de él, moviéndose despacio, montándolo con las manos apoyadas en el pecho de él, con esa concentración que ponía cuando no quería que terminara rápido. Le veía la espalda desnuda, el arco de la cintura, las nalgas subiendo y bajando, y cómo la polla gruesa de Marcos aparecía y desaparecía dentro de ella, embadurnada de sus flujos. Hablaban en los intervalos, como si tuvieran todo el tiempro del mundo.

—¿Y él lo hizo? —preguntó Marcos, con las manos cerradas sobre las tetas de mi mujer, apretándoselas—. ¿Se comió mi corrida de tu coño?

—Lo hizo —respondió ella, moviendo las caderas en círculos lentos—. Y con ganas. No tuve que pedírselo dos veces. Me chupó todo lo que le dejaste dentro.

Marcos soltó algo entre carcajada y admiración.

—No me lo esperaba para nada. Qué cornudo divino te fuiste a conseguir.

—Yo sí —dijo Valeria, y en su voz había algo entre orgullo y satisfacción—. Lo conozco mejor que él a sí mismo. Sabía que iba a tragar. Y sabía que hoy iba a venir a mirarnos.

Y mientras lo decía, hizo un movimiento con las caderas —hundiéndose entera, hasta que la polla le desapareció dentro— que cortó la conversación. Marcos gimió y le apretó las tetas más fuerte.

Yo seguía en el pasillo. En algún momento mi mano había empezado a moverse por su cuenta, sin que yo hubiera tomado la decisión consciente de empezar. Tenía la polla afuera del pijama, dura, y me la trabajaba mirándolos por la rendija. Me di cuenta de eso cuando Marcos giró la cabeza y me vio parado en la puerta, con la mano en la verga.

No hubo ninguna pausa incómoda. Solo me miró un segundo y sonrió.

—Pasa —dijo—. No te quedes ahí espiando, cornudo. Ven a ver bien cómo se la meto a tu mujer.

Valeria se dio vuelta sin bajarse de él y me buscó con los ojos, sin dejar de moverse encima de su polla.

—Sabía que estabas ahí —me dijo—. Entra.

***

Entré al cuarto.

Valeria se bajó de Marcos con un gemido, dejando la polla de él brillante, empapada, dura y apuntando al techo. Se sentó en el borde de la cama con el coño hinchado y rojo, abierto de tanto uso. Marcos se quedó recostado, completamente tranquilo, sin molestarse en cubrirse la verga que le sobresalía del vientre, húmeda de mi mujer. Yo me quedé de pie con las manos quietas por primera vez esa mañana, sin saber qué hacer con la situación.

Valeria extendió una mano hacia mí y dio unas palmadas en el colchón a su lado.

—Siéntate.

Me senté.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

—Bien —dije—. Raro. Pero bien.

—Lo raro se pasa —dijo Marcos desde el otro lado—. La primera vez siempre es así.

No respondí. Estaba pensando en lo que había hecho la noche anterior, en el sabor del semen de Marcos en mi lengua, y en que no me arrepentía de ningún detalle. En que si Valeria me volvía a guiar hacia donde me había guiado, yo iba a seguirla sin resistirme.

—Marcos quiere algo —dijo Valeria, y su voz era de las que no preguntan sino que informan—. Quiere que se la chupes.

Marcos no habló. Dejó que Valeria lo manejara todo, que era su forma natural de funcionar en estas situaciones, eso ya lo notaba. Cuando ella se inclinó y le agarró la polla con la mano, cerrando los dedos alrededor de la base, la fue acercando hacia mi cara con una lentitud calculada. Yo veía el glande enrojecido, hinchado, mojado con los jugos del coño de mi mujer, avanzando despacio hacia mi boca.

Yo mantuve los labios cerrados un momento. Solo un momento.

—Abrí —dijo Marcos en voz baja—. Abrí la boca y sacá la lengua.

Abrí. Saqué la lengua.

Valeria me apoyó el glande sobre la lengua y lo movió despacio, restregándomelo por los labios, embadurnándome la cara con su propio flujo. Después me apretó la nuca con la otra mano y me empujó hacia abajo. La polla de Marcos entró en mi boca, gruesa, caliente, con sabor a coño de mi esposa. La sentí llenarme entera, apoyarse contra el paladar, y una vez que abrí, entendí que eso era exactamente lo que había estado evitando nombrar durante meses. Que toda la excitación que sentía cuando los miraba tenía este nombre concreto, este sabor concreto, este peso exacto en la boca.

—Chupa despacio —me guiaba Valeria—. Con la lengua. Envolvele la punta. Eso, así. Ahora más hondo.

Yo obedecía. Me tragaba la polla de mi mejor amigo con la torpeza de un principiante, ahogándome un poco, buscando el ritmo. Valeria me pasó la mano por la espalda.

—Así —murmuró—. Eso es. Mira cómo se la comes.

Marcos era contenido, casi profesional, con las manos detrás de la nuca y la respiración pareja, mirándome con una sonrisa mientras yo le mamaba la verga con toda la atención puesta en no defraudarlo. Eso me desconcertó más que cualquier otra cosa. Yo le ponía tanta atención que no me daba cuenta del ritmo que encontraba solo, subiendo y bajando la cabeza, ayudándome con la mano en la base y con la lengua trabajando el frenillo, hasta que Valeria me lo señaló:

—Aprendes rápido.

—Demasiado rápido —dijo Marcos, y en su voz había algo entre aprobación y sorpresa—. Como si no fuera la primera vez. Metétela toda, cornudo, no me tengas miedo.

—Para él tampoco es la primera vez que piensa en esto —dijo Valeria—. Solo la primera que lo hace.

Tenía razón. Como siempre.

***

Después de un rato, Valeria me apartó suavemente, con la boca todavía llena de saliva y sabor a polla, y ocupó mi lugar. Yo me quedé de rodillas a su lado, mirando cómo se tragaba la verga de Marcos entera, hasta la garganta, sin arcadas, con una técnica que a mí en once años nunca me había regalado con esa dedicación. Ella lo hacía con una destreza que me produjo algo parecido a los celos y algo parecido al orgullo al mismo tiempo, porque era mía y no era mía, y las dos cosas me gustaban. Le veía las mejillas hundirse cuando chupaba, la mano acariciándole las bolas, y a Marcos gimiendo bajito con los ojos entrecerrados.

—Colócate debajo —me dijo sin soltar lo que tenía en la boca.

Obedecí. Marcos se reposicionó y Valeria quedó encima de él, en cuatro apoyos, guiándose la polla con la mano hacia su coño. Yo me deslicé debajo de los dos y quedé con la cabeza entre las piernas de mi esposa, con toda la acción desarrollándose a centímetros de mi cara. Podía ver todo. Cómo se le abría el coño para recibirlo, cómo la verga gruesa desaparecía dentro milímetro a milímetro hasta enterrarse hasta la raíz. Cómo Marcos empezaba a moverse, retirándose casi entero y volviendo a empujar. Podía alcanzar con la lengua a Valeria cada vez que Marcos retiraba: le lamía el clítoris, le pasaba la lengua alrededor de la polla que la penetraba, le probaba los flujos mezclados. Y cada tanto, cuando él lo sacaba del todo, lo acercaba a mi boca y yo abría sin que nadie me lo dijera, y le chupaba la verga empapada del coño de mi mujer antes de que volviera a entrar en ella.

—Perfecto —dijo Marcos en un momento, con la voz tensa—. Los dos juntos así es perfecto. Ella se me está corriendo en la polla y él me la limpia con la boca.

Valeria hizo un sonido profundo, de los que vienen del cuerpo antes que de la garganta.

—Más —pedía—. Así. Más fuerte. No paren. Los dos, no paren.

Marcos aumentó el ritmo, embistiéndola con golpes secos que le sacudían todo el cuerpo, y yo trabajé con la lengua todo lo que pude, chupándole el clítoris a mi mujer mientras otro la follaba a un centímetro de mi cara, sintiéndome parte de algo que no tenía un nombre exacto pero que me llenaba de una manera que no esperaba sentir jamás.

—Voy a cambiar —anunció Marcos, sacando la polla brillante y goteando.

Entendí la señal. Valeria también. Ella se reacomodó en cuatro apoyos, con el culo bien levantado, y yo la preparé con los dedos y la lengua: le lamí el coño, le metí dos dedos y los saqué mojados, subí con la lengua hasta el ojete y se lo humedecí también, siguiendo sus instrucciones cortas, hasta que Marcos estuvo listo para entrar desde el ángulo que ella quería: más atrás, más adentro, de la manera que a ella más le costaba y más le gustaba.

—Despacio —dijo Valeria—. Así. Sí. Métemela toda. Así.

Marcos se movía con cuidado al principio, apoyando el glande y empujando de a poco, luego con más confianza cuando ella empezó a pedirle más, agarrándola de las caderas y golpeándole el culo con su pelvis. Yo seguía debajo, ahora con la cabeza entre los muslos de mi esposa, alcanzando con la lengua el clítoris que se le hinchaba con cada embestida, mientras él la llenaba desde ese ángulo que yo nunca le había dado. Le veía las bolas balancearse a centímetros de mi cara, chocarle en el mentón cada vez que se hundía hasta el fondo. Sin pensarlo, saqué la lengua y se las lamí, y Marcos gimió más fuerte.

—Me viene —anunció Marcos, con la voz apretada—. Me estoy por correr.

—Adentro —dijo Valeria—. Todo adentro. Vaciate en mi coño.

Unos segundos después, Marcos se quedó quieto con la polla enterrada hasta el fondo, agarrándola de las caderas, y yo podía ver desde donde estaba cómo él pulsaba dentro de ella, cómo se le tensaban las bolas descargando chorro tras chorro. Valeria gimió largo, apretándose contra él, exprimiéndoselo. Después se retiró despacio, dejando el coño de mi mujer abierto, hinchado, con un río espeso de semen blanco que empezó a caer directo hacia mi boca. Yo no esperé que nadie me dijera nada. Abrí bien y recibí la corrida entera en la lengua, y después me prendí al coño de Valeria y le chupé todo lo que quedaba adentro, hundiendo la lengua lo más profundo que pude, tragando el semen tibio de mi mejor amigo directamente del sexo de mi esposa. Ya sabía cuál era mi trabajo y lo asumí sin dudar.

—Cornudo divino —murmuró Valeria, mirándome desde arriba mientras yo le limpiaba el coño con la boca, y en su voz no había burla sino algo más parecido al cariño—. Así. Eso es exactamente lo tuyo. Chupá bien, no me dejes ni una gota.

Tenía razón. Lo era.

***

Los tres nos quedamos un rato en la cama después. Yo en el medio, Valeria a un lado, Marcos al otro. El techo era blanco. El sol estaba alto y alguien debería levantarse a hacer el desayuno, pero nadie lo hacía.

—¿Cómo estás? —me preguntó Valeria por segunda vez esa mañana.

—Bien —dije—. Muy bien, en realidad.

Marcos se rio.

—Sabía que este era exactamente el tipo de persona que le faltaba a este arreglo.

—Yo también lo sabía —dijo Valeria—. Por eso lo planifiqué.

Yo no respondí. Estaba pensando en lo que acababa de suceder y en que no había en ningún rincón de mi cuerpo nada que quisiera volver atrás. No era lo que había imaginado. Era más concreto, más real, más extraño y más mío que cualquier cosa que hubiera fantaseado durante todo ese tiempo en el que me decía que jamás lo haría.

—¿Vuelve? —le pregunté a Valeria.

—Si tú quieres.

Quiero.

No lo dije en voz alta. Pero Valeria me conocía desde hacía once años y lo supo igual.

***

Las cosas cambiaron después de ese domingo. No de golpe ni de manera dramática. Cambiaron como cambian las cosas cuando algo que ya existía por debajo finalmente sale a la superficie: sin demasiado ruido, pero de manera irreversible.

Marcos viene a casa casi todos los jueves. A veces los tres compartimos la noche —él la folla mientras yo miro y me hago la paja, después me toca a mí limpiarle el coño con la boca, o me ponen entre los dos y se turnan para follarme la boca hasta que se me cae la baba—; otras veces yo me quedo en el salón y los escucho desde el pasillo, sin entrar, que también tiene su propio placer. Escucho los gemidos de mi esposa cuando otro se la mete, el golpeteo de las caderas contra sus nalgas, sus insultos de puta mientras se corre, y me la trabajo despacio hasta que me vacío en la mano. Hay noches en las que Valeria viene a buscarme después de que él se duerme, todavía llena de semen, para que se lo saque con la lengua, y hay noches en las que no, y eso también está bien.

Lo que no esperaba era descubrir que a mí me gustan las dos versiones. Que hay noches en las que quiero estar dentro de la habitación, con la polla de Marcos en la boca mientras él le come el coño a mi mujer, y noches en las que prefiero quedarme afuera imaginando. Que cuando los escucho desde el pasillo, mi mano sabe exactamente qué hacer sin que yo tenga que pensarlo.

Por su parte, Marcos ya no se sorprende cuando llega y soy yo el que abre la puerta, ni cuando lo saludo de rodillas sacándole la polla del pantalón antes de que se saque el abrigo. Ni cuando empezamos sin esperarla a ella, que a veces llega tarde del trabajo y nos encuentra en el salón, con él sentado en el sofá y yo entre sus piernas mamándosela, y lo único que hace es sacudir la cabeza con una sonrisa y preguntarnos si hay algo de cena.

Eso es lo que me sigue sorprendiendo de Valeria: que supo adónde íbamos mucho antes que yo.

Y tuvo la paciencia de esperar a que yo llegara.

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Comentarios(9)

Lucho_BA

buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

MarcosBA77

segunda parte por favor, me quede con ganas de mas!!

karinaLP

eso de que ella lo tenia todo planeado desde el principio me volo la cabeza. muy inteligente el planteo

TorrentMDZ

el titulo promete y el relato cumple con creces. 10 puntos

Seba_Mdq

me recordo a una situacion parecida que casi se nos dio con mi pareja, al final no concreto pero el solo hecho de planearlo ya fue un viaje jaja

VickyRos

Muy bien narrado, se siente real sin ser burdo. Segui asi!

DaniSantiago

cuanto tiempo llevaba ella planeandolo? esa parte me dejo con mil preguntas

LuciaRosario

Lo lei dos veces. Tremendo como va subiendo la tension antes de que pase todo. Espero el proximo relato

NestorPY

jajaja ese giro al final no lo vi venir para nada, tremendo

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