El trío que mi esposa había planeado desde el principio
Valeria llevaba semanas diciéndome que tenía algo planeado. No me daba detalles, solo me miraba con esa sonrisa que yo conocía desde hacía once años y me decía que me iba a gustar. Cuando Valeria decía eso, siempre tenía razón.
La noche que Marcos llegó a casa, entendí de qué se trataba.
Marcos era mi mejor amigo desde la universidad. Nos conocíamos desde hacía casi dos décadas: los miedos, los vicios, la manera de tomar el café. O eso creía yo. Esa noche me enteré de que Valeria también lo conocía bien, mucho mejor de lo que yo pensaba, y que los dos llevaban un tiempo planificando lo que estaba a punto de suceder frente a mis ojos.
Los vi desde la puerta entreabierta. Valeria con las manos aferradas a la cabecera de la cama, Marcos detrás de ella, moviéndose con una seguridad que me golpeó en algún lugar que no sabía que existía. Ella me buscaba con los ojos de vez en cuando, sin apartar la mirada, como confirmando que yo seguía ahí, que no me había marchado.
No me marché. Me quedé de pie en el pasillo, con una mano apoyada en la pared y la otra entre mis propias piernas, sin poder dejar de mirar. Sin poder ni querer detenerme.
Cuando todo terminó, escuché a Marcos en el baño. Unos minutos después, Valeria apareció en el umbral de nuestro cuarto, con el pelo revuelto y los ojos brillantes.
—Ven a la cama —me dijo.
La seguí.
***
Me acosté a su lado. La habitación tenía un olor diferente, mezclado, pesado de una manera que no era desagradable. Valeria me tomó de la mano sin decir nada y la fue llevando despacio, con una calma que me desconcertó, hasta posarla entre sus piernas.
—Sentí —dijo en voz baja.
Yo sentí.
Ella lo había dicho antes, muchas veces, que la idea de que Marcos la llenara y después yo estuviera ahí era lo que más la excitaba de todo el plan. Yo lo había escuchado, lo había imaginado, me había excitado con esa imagen muchas veces, pero ahora era real y mis dedos lo comprobaban de manera concreta.
Entonces Valeria pasó el brazo por encima de mi hombro y empezó a hacer presión en mi nuca, despacio, con firmeza. No había dudas sobre adónde me estaba guiando. La dirección era una sola.
Me dejé llevar hacia abajo. Era una presión lenta, sin apuro, pero decidida. Cuando mi cabeza estuvo a la altura de su vientre, Valeria cambió el agarre: me tomó de los costados de la cara y me orientó con precisión.
Yo la conocía de memoria. Sabía exactamente cómo era, cómo olía, qué hacer. Pero lo que tenía frente a mí esa noche era diferente a todo lo que había conocido antes. Diferente en temperatura, diferente en lo que significaba.
Tardé un momento. No sé cuánto. El morbo fue más rápido que el pudor, y cuando empecé a pasar la lengua sobre ella, Valeria soltó un sonido largo, desde el fondo de la garganta, que hacía meses que no le escuchaba.
—Eso —murmuró—. Así. No pares.
Yo no paré.
Encontré el ritmo rápido, guiado por los movimientos de sus caderas y por los sonidos que ella hacía. Me sentí, en ese momento, algo que no supe nombrar bien: parte esclavo, parte necesario, parte completamente suyo. Como si ese fuera exactamente el lugar que me correspondía en el arreglo que Valeria había diseñado sin consultarme y del que yo ya no quería salir.
Cuando terminó, con un temblor largo que empezó en las caderas y no paró hasta los hombros, subí hasta quedar a su lado. Ella me acarició la frente sin decir nada durante un rato.
—Sabía que te iba a gustar —dijo finalmente.
Tenía razón. Como siempre.
***
A la mañana siguiente me desperté solo.
El sol ya entraba por la persiana. Me senté y escuché voces mezcladas con algo más, que venía del pasillo. Me levanté sin hacer ruido y caminé hasta el cuarto de huéspedes.
La puerta estaba entornada.
Escuché la voz de Valeria primero, cortada por un sonido que yo reconocía bien. Luego la de Marcos, respondiendo algo en voz baja. Me detuve sin que me vieran y miré por la rendija.
Marcos estaba tumbado boca arriba. Valeria encima de él, moviéndose despacio, con esa concentración que ponía cuando no quería que terminara rápido. Hablaban en los intervalos, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
—¿Y él lo hizo? —preguntó Marcos.
—Lo hizo —respondió ella—. Y con ganas. No tuve que pedírselo dos veces.
Marcos soltó algo entre carcajada y admiración.
—No me lo esperaba para nada.
—Yo sí —dijo Valeria, y en su voz había algo entre orgullo y satisfacción—. Lo conozco mejor que él a sí mismo.
Y mientras lo decía, hizo un movimiento con las caderas que cortó la conversación.
Yo seguía en el pasillo. En algún momento mi mano había empezado a moverse por su cuenta, sin que yo hubiera tomado la decisión consciente de empezar. Me di cuenta de eso cuando Marcos giró la cabeza y me vio parado en la puerta.
No hubo ninguna pausa incómoda. Solo me miró un segundo y sonrió.
—Pasa —dijo—. No te quedes ahí espiando.
Valeria se dio vuelta sin bajarse de él y me buscó con los ojos.
—Sabía que estabas ahí —me dijo—. Entra.
***
Entré al cuarto.
Valeria se bajó de Marcos y se sentó en el borde de la cama. Marcos se quedó recostado, completamente tranquilo, sin molestarse en cubrirse. Yo me quedé de pie con las manos quietas por primera vez esa mañana, sin saber qué hacer con la situación.
Valeria extendió una mano hacia mí y dio unas palmadas en el colchón a su lado.
—Siéntate.
Me senté.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
—Bien —dije—. Raro. Pero bien.
—Lo raro se pasa —dijo Marcos desde el otro lado—. La primera vez siempre es así.
No respondí. Estaba pensando en lo que había hecho la noche anterior y en que no me arrepentía de ningún detalle. En que si Valeria me volvía a guiar hacia donde me había guiado, yo iba a seguirla sin resistirme.
—Marcos quiere algo —dijo Valeria, y su voz era de las que no preguntan sino que informan.
Marcos no habló. Dejó que Valeria lo manejara todo, que era su forma natural de funcionar en estas situaciones, eso ya lo notaba. Cuando ella se inclinó y lo tomó con la mano, lo fue acercando hacia mí con una lentitud calculada.
Yo mantuve los labios cerrados un momento. Solo un momento.
—Abrí —dijo Marcos en voz baja.
Abrí.
Y una vez que abrí, entendí que eso era exactamente lo que había estado evitando nombrar durante meses. Que toda la excitación que sentía cuando los miraba tenía este nombre concreto, este sabor concreto, este peso exacto en la boca.
Valeria me pasó la mano por la espalda.
—Así —murmuró—. Eso es.
Marcos era contenido, casi profesional, con las manos detrás de la nuca y la respiración pareja. Eso me desconcertó más que cualquier otra cosa. Yo le ponía tanta atención que no me daba cuenta del ritmo que encontraba solo, hasta que Valeria me lo señaló:
—Aprendes rápido.
—Demasiado rápido —dijo Marcos, y en su voz había algo entre aprobación y sorpresa—. Como si no fuera la primera vez.
—Para él tampoco es la primera vez que piensa en esto —dijo Valeria—. Solo la primera que lo hace.
Tenía razón. Como siempre.
***
Después de un rato, Valeria me apartó suavemente y ocupó mi lugar. Yo me quedé de rodillas a su lado, mirando. Ella lo hacía con una destreza que me produjo algo parecido a los celos y algo parecido al orgullo al mismo tiempo, porque era mía y no era mía, y las dos cosas me gustaban.
—Colócate debajo —me dijo sin soltar lo que tenía.
Obedecí. Marcos se reposicionó y Valeria quedó encima de él. Yo me deslicé debajo de los dos y quedé con la cabeza entre las piernas de mi esposa, con toda la acción desarrollándose a centímetros de mi cara. Podía ver todo. Podía alcanzar con la lengua a Valeria cada vez que Marcos retiraba. Y cada tanto, cuando él lo sacaba del todo, lo acercaba a mi boca y yo abría sin que nadie me lo dijera.
—Perfecto —dijo Marcos en un momento, con la voz tensa—. Los dos juntos así es perfecto.
Valeria hizo un sonido profundo, de los que vienen del cuerpo antes que de la garganta.
—Más —pedía—. Así. No paren.
Marcos aumentó el ritmo y yo trabajé con la lengua todo lo que pude, sintiéndome parte de algo que no tenía un nombre exacto pero que me llenaba de una manera que no esperaba sentir jamás.
—Voy a cambiar —anunció Marcos.
Entendí la señal. Valeria también. Ella se reacomodó en cuatro apoyos y yo la preparé con los dedos y la lengua, siguiendo sus instrucciones cortas, hasta que Marcos estuvo listo para entrar desde el ángulo que ella quería: más atrás, más adentro, de la manera que a ella más le costaba y más le gustaba.
—Despacio —dijo Valeria—. Así. Sí. Así.
Marcos se movía con cuidado al principio, luego con más confianza cuando ella empezó a pedirle más. Yo seguía debajo, ahora con la cabeza entre los muslos de mi esposa, alcanzando con la lengua lo que podía mientras él la llenaba desde ese ángulo que yo nunca le había dado.
—Me viene —anunció Marcos, con la voz apretada.
—Adentro —dijo Valeria.
Unos segundos después, Marcos se quedó quieto. Yo podía ver desde donde estaba cómo él pulsaba dentro de ella. Después se retiró despacio, y yo no esperé que nadie me dijera nada. Ya sabía cuál era mi trabajo y lo asumí sin dudar.
—Cornudo divino —murmuró Valeria, y en su voz no había burla sino algo más parecido al cariño—. Así. Eso es exactamente lo tuyo.
Tenía razón. Lo era.
***
Los tres nos quedamos un rato en la cama después. Yo en el medio, Valeria a un lado, Marcos al otro. El techo era blanco. El sol estaba alto y alguien debería levantarse a hacer el desayuno, pero nadie lo hacía.
—¿Cómo estás? —me preguntó Valeria por segunda vez esa mañana.
—Bien —dije—. Muy bien, en realidad.
Marcos se rio.
—Sabía que este era exactamente el tipo de persona que le faltaba a este arreglo.
—Yo también lo sabía —dijo Valeria—. Por eso lo planifiqué.
Yo no respondí. Estaba pensando en lo que acababa de suceder y en que no había en ningún rincón de mi cuerpo nada que quisiera volver atrás. No era lo que había imaginado. Era más concreto, más real, más extraño y más mío que cualquier cosa que hubiera fantaseado durante todo ese tiempo en el que me decía que jamás lo haría.
—¿Vuelve? —le pregunté a Valeria.
—Si tú quieres.
Quiero.
No lo dije en voz alta. Pero Valeria me conocía desde hacía once años y lo supo igual.
***
Las cosas cambiaron después de ese domingo. No de golpe ni de manera dramática. Cambiaron como cambian las cosas cuando algo que ya existía por debajo finalmente sale a la superficie: sin demasiado ruido, pero de manera irreversible.
Marcos viene a casa casi todos los jueves. A veces los tres compartimos la noche; otras veces yo me quedo en el salón y los escucho desde el pasillo, sin entrar, que también tiene su propio placer. Hay noches en las que Valeria viene a buscarme después de que él se duerme, y hay noches en las que no, y eso también está bien.
Lo que no esperaba era descubrir que a mí me gustan las dos versiones. Que hay noches en las que quiero estar dentro de la habitación y noches en las que prefiero quedarme afuera imaginando. Que cuando los escucho desde el pasillo, mi mano sabe exactamente qué hacer sin que yo tenga que pensarlo.
Por su parte, Marcos ya no se sorprende cuando llega y soy yo el que abre la puerta. Ni cuando empezamos sin esperarla a ella, que a veces llega tarde del trabajo y nos encuentra en el salón, y lo único que hace es sacudir la cabeza con una sonrisa y preguntarnos si hay algo de cena.
Eso es lo que me sigue sorprendiendo de Valeria: que supo adónde íbamos mucho antes que yo.
Y tuvo la paciencia de esperar a que yo llegara.