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Relatos Ardientes

El voluntario de la ONG me llevó a su cama

Volvía a casa después de doce horas en la oficina, con la corbata floja y la cabeza pesada por una reunión que se había alargado hasta el agotamiento. Lo único que quería era llegar al piso, servirme un whisky y dejarme caer en el sofá. La estación estaba a reventar, como todos los miércoles a esa hora, y en el pasillo central, entre el quiosco y la escalera mecánica, un pequeño grupo de chicos con peto azul intentaba captar socios para una ONG.

Los esquivé instintivamente, como hago siempre. Pero uno se separó del grupo y se me cruzó delante con una sonrisa cansada que se notaba ensayada cien veces ese día.

—Disculpa, ¿tienes un minuto? —preguntó—. Es por los niños del Sahel.

Iba a decirle que no, que llegaba tarde, que ya colaboraba con otra organización. Lo miré para soltar la excusa y entonces se me trabó la frase en la garganta. Tenía unos ojos color miel, enormes, con las pestañas tan largas que parecían pintadas. Era delgado, alto, con los labios bien dibujados y un mechón castaño que le caía sobre la frente cada vez que asentía.

—Un minuto —concedí.

Me explicó lo de los pozos en el desierto, lo de las escuelas para niñas, lo de los kits sanitarios. Yo asentía sin escuchar del todo. Lo miraba a la boca cuando hablaba y a las manos cuando dejaba de hablar. Tenía los dedos largos, finos, manchados con un poco de tinta del bolígrafo. En la chapa identificativa leí su nombre: Iván.

—¿Cuántos años tienes, Iván? —lo interrumpí.

—Veintidós. Trabajo aquí los miércoles y los viernes —dijo, un poco confundido por el cambio de tema.

—Estudias.

—Sí, último año. Filosofía.

Sonreí. Por supuesto que era filosofía. Mientras me hablaba de la cuota mensual, sentí cómo se me empezaba a despertar el cuerpo. El pantalón del traje no perdonaba: era uno de esos cortes ajustados que parecían elegantes en el escaparate y que en la calle no servían para disimular absolutamente nada. Crucé el portafolios por delante con un gesto que esperaba que pareciera casual.

—¿Vives por aquí? —pregunté, sin dejar de mirarlo.

Dudó un segundo. Se mordió el labio inferior. Fue un gesto tan pequeño que cualquiera lo habría pasado por alto, pero yo no.

—A tres calles. Comparto piso con un amigo italiano, pero está fuera hasta agosto.

—Italiano.

—Roberto. Está de prácticas en Milán.

Hubo una pausa larga entre los dos. Su coordinadora, una chica con rastas y una carpeta enorme, pasó cerca llamando a los voluntarios. Iván levantó la voz, fingiendo seguir el guion de la ONG.

—…y por solo nueve euros al mes, podemos cambiar la vida de una familia entera —recitó.

Yo, en el ángulo muerto de la coordinadora, dejé que el dorso de mi mano rozara su muslo a través del peto. Tragó saliva. Se le tensaron los hombros. Volvió a morderse el labio.

—Tengo que avisar que me voy —murmuró—. Dame dos minutos.

Lo esperé fuera de la estación, junto a una boca de metro, con las manos en los bolsillos y el corazón golpeándome con una fuerza que no había sentido en años. Esto es una locura, pensé. Esto es una locura y vas a hacerlo igual.

***

Apareció cinco minutos después, sin el peto, con una mochila negra al hombro y una sudadera gris que le quedaba grande. Caminó hasta mí sin sonreír y, sin decir nada, se giró para enfilar una calle estrecha.

—Es por aquí —dijo.

Lo seguí dos pasos por detrás. No quería caminar a su lado, no quería que nadie nos viera juntos en esa zona donde a veces coincidía con clientes. Iván avanzaba rápido, con los hombros encorvados, como si quisiera llegar antes de pensárselo dos veces.

El portal era estrecho, de azulejo viejo. Subimos en un ascensor diminuto que olía a barniz y a humedad. En cuanto las puertas se cerraron, lo empujé contra el espejo y lo besé en la boca. Sabía a chicle de menta y a café frío. Me dejó hacer un segundo, dos, y después me devolvió el beso con una urgencia que me sorprendió. Le agarré la nuca con la mano izquierda y, con la derecha, le levanté la sudadera para tocarle el estómago. Era plano, caliente, con una línea de vello que descendía hacia la cinturilla del pantalón.

El ascensor se paró en el cuarto. Iván buscó las llaves a tientas, sin separarse mucho de mí, riéndose por lo bajo. Le tembló la mano cuando metió la llave en la cerradura.

—¿Es la primera vez que haces esto? —le pregunté al oído.

—No es la primera. Pero casi.

Entramos. El piso era pequeño, con olor a tabaco y a libros viejos. Apartó con el pie unos cuadernos del pasillo y me llevó de la mano a su habitación, al fondo. La cama estaba deshecha, el escritorio cubierto de apuntes, una camiseta tirada en la silla. Encendió solo la lámpara de la mesita.

—Date prisa —dijo, mientras se desnudaba sin ceremonias.

Se quitó la sudadera, los vaqueros, los calzoncillos. Se quedó de espaldas a mí, buscando algo en el cajón. Sacó un tubo de lubricante y una toalla pequeña, y los dejó al lado de la almohada como quien prepara un escritorio antes de empezar a estudiar.

Me quité la chaqueta, me aflojé un poco la corbata, pero no me desnudé. Aquello iba a pasar con el traje puesto. Bajé la cremallera y saqué la verga; estaba dura desde la estación. El borde metálico del zip me apretaba la base, formando una especie de anillo improvisado que me cortaba un poco la circulación y me hacía sentir cada latido en el glande. Me gustó la sensación.

Iván se había puesto a cuatro patas sobre la cama. Se preparó él mismo, untándose con dos dedos. Se le entrecortó la respiración. Cuando terminó, apoyó la frente en la almohada y giró la cabeza un milímetro, como pidiendo que empezara.

Me arrodillé detrás. Le pasé la palma por la espalda, por los riñones, por la curva del culo. Le tracé con el pulgar el surco entre las dos nalgas. Se le erizó la piel. Me eché un poco más de lubricante en la verga y empecé a entrar despacio.

—Aprieta menos. Respira —murmuré.

Soltó el aire en un suspiro largo y se relajó lo justo para que pudiera ir avanzando. Centímetro a centímetro, sintiendo cómo se ajustaba a mí. Cuando estuve dentro del todo, me quedé quieto unos segundos. Lo escuché tragar saliva, ahogar un quejido contra la almohada.

—Estoy bien —dijo antes de que se lo preguntara—. Sigue.

Empecé a moverme. Despacio al principio, marcando un ritmo lento, dejando que se acostumbrara. Le agarré las caderas con las dos manos. Iván tenía la espalda blanca, fina, con una pequeña cicatriz justo debajo del omóplato izquierdo. Bajé los dedos hasta su cintura y le clavé apenas las uñas. Apretó el cuello contra la almohada y soltó un gemido bajo que me reventó por dentro.

Fui acelerando. El ruido de mi pelvis contra sus nalgas, el roce del pantalón abierto contra su piel, su respiración entrecortada. Yo seguía con la camisa puesta, con la corbata medio aflojada, con los gemelos brillándome en los puños. Cada vez que embestía con fuerza, la cremallera me apretaba más la base, y el cosquilleo de la sangre acumulada hacía que el placer fuera el doble.

—No pares —murmuró él contra la almohada—. Por favor, no pares.

No paré. Le agarré el pelo desde la nuca, le levanté la cabeza unos centímetros y le susurré al oído:

—Mírame.

Se giró un poco. Tenía los ojos brillantes, húmedos. Tenía las mejillas rojas. Se mordió el labio igual que en la estación, pero esta vez con la boca abierta. Le solté el pelo, le pasé la mano por el cuello hasta el pecho. Le pellizqué un pezón. Tembló entero.

***

Cuando noté que estaba a punto, me retiré de golpe. Lo agarré por los brazos y lo levanté hasta sentarlo en el borde de la cama, frente a mí. Le sujeté la barbilla con la mano izquierda.

—Abre —ordené.

Abrió la boca. Sacó la lengua un poco, como un niño en la fila del médico. Me agarré la verga con la derecha y me terminé yo mismo, con dos, tres, cuatro tirones rápidos. La primera descarga le cayó en la lengua. La segunda, en el labio inferior. La tercera, en el mentón. La cuarta resbaló por el cuello hasta la clavícula.

Iván no apartó la cara. Tragó. Se relamió despacio, recogiéndose con dos dedos lo que le había quedado por la barbilla. Después se inclinó, sin pedir permiso, y se metió la verga en la boca otra vez, suave, limpiándomela hasta dejarla seca. Lo dejé hacer. Le acaricié el pelo con la mano abierta.

—Buen chico —dije.

Cerró los ojos un segundo y sonrió.

Le di una palmadita pequeña en la mejilla, casi cariñosa, y me aparté de él para subirme la cremallera. Me ajusté la corbata frente al espejo del armario, me peiné con los dedos y recogí la chaqueta de la silla. Iván seguía sentado en el borde de la cama, desnudo, mirándome con esa media sonrisa de chico al que algo le ha salido bien.

—Vivo lejos —dije, como si eso explicara algo—. Tengo que irme.

—Lo sé.

Me acerqué, le besé la frente sin pensarlo y me dirigí a la puerta.

—Por cierto —añadió antes de que saliera—, no firmaste lo de la ONG.

Me giré. Tenía la cabeza apoyada en el marco. Me reí, por primera vez en toda la noche.

—Pásame mañana por el banco —contesté—. Hazte socio por mí. Por los niños del Sahel.

Cerré la puerta del piso y bajé los cuatro pisos por la escalera, con las piernas todavía algo flojas y el olor a lubricante y a sudor pegado al traje. En la calle, el aire de la noche me golpeó la cara y, por primera vez en muchas horas, sentí que respiraba bien. Pensé en él un par de calles, en sus ojos color miel, en el guion ensayado de la ONG, en la cicatriz bajo el omóplato. Después dejé de pensar.

En la estación, otro voluntario con peto azul intentó pararme. Le sonreí y seguí caminando hacia el andén. No esta noche, pensé. Hoy ya he hecho mi obra de caridad.

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Comentarios (5)

NachoAR91

Esos ojos color miel... quedé sin palabras. Buenisimo!!

Seb_nocturno

Me recordó a un encuentro que tuve hace tiempo en el subte. Esa tension antes de saber si el otro quiere lo mismo... lo capturaste perfectamente.

Valdez_GBA

hay continuacion?? porque el final me dejo con ganas de saber mas jajaja

DiegoMendoza_rdp

Muy bien narrado, se siente autentico y real. Espero leer mas relatos tuyos

Nico_Cordoba

Por favor una segunda parte, esto no puede quedar asi. Quede con muchas ganas de mas!!

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