Mi primera vez con un compañero del equipo
A los diecisiete años acepté en silencio lo que ya sabía desde mucho antes: era gay y, además, pasivo. Lo confirmé en las duchas del instituto y en las del polideportivo donde entrenaba al fútbol, mirando de reojo las pollas de los demás. Comparándolas con la mía, llegué a una conclusión que me ardía en la cara cada vez que me desnudaba: la mía era la más pequeña del vestuario. Diez centímetros escasos en erección, una polla de niño según las bromas de mis compañeros, y para colmo era precoz.
Con el grupo del barrio veíamos porno los sábados a la tarde, a veces nos pajeábamos en círculo y yo siempre terminaba primero, antes que cualquiera. Una de esas tardes, Adrián propuso jugar a la galleta: el primero que se corriera tenía que comerse la galleta lefada por los demás. Me tocó a mí, claro. Y me siguió tocando todas las semanas, hasta que acordaron prohibirme masturbarme antes de empezar y esperar a que los demás terminaran sobre el bizcocho para que me lo tragara entero, frío y empapado.
El instituto entero empezó a sospechar. Mis compañeros notaron que en las duchas se me iba la vista al sitio equivocado y que con las chicas de clase no hacía la típica mirada al escote. La gente murmuraba en los pasillos. Una mañana, sin el profesor en clase, alguien gritó:
—Iván es el que se agacha por el jabón en las duchas.
Desde ese día me llamaban «el agachado». Algunas chicas, al cruzarse conmigo, me hacían con la lengua y la mejilla el gesto de una mamada y se reían a carcajadas. Otros, más directos, me decían en los recreos:
—Jugamos al agachado: tú te bajas y yo te la meto.
En las duchas, los del equipo me preguntaban a la cara:
—¿Qué te gusta más, una polla o un coño? ¿A ti te pone ponerte a cuatro patas o ponerlas a ellas?
Yo no respondía. Bajaba la vista y miraba sus pollas, calculándolas. Algunos tenían diecisiete o dieciocho centímetros, y yo pensaba en cómo entrarían en mí, en cómo me dolerían, en cómo se moverían dentro. Esa fantasía me acompañaba a casa.
***
Una noche de viernes nos juntamos a hacer botellón en el parque de detrás del instituto. Bebimos demasiado y terminamos los seis tirados sobre el césped, riéndonos sin saber muy bien de qué. Yo intentaba ponerme de pie cuando alguien me bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón. Antes de poder reaccionar, noté un objeto duro empujándome el culo, simulando una penetración. La voz que oí encima era de mujer:
—¿Te gusta que te lo hagan así, agachado?
Era Noelia. Me estaba penetrando con el tacón del zapato. Los demás se descojonaban. Yo no me moví. No grité. No la aparté. Solo cerré los ojos y dejé que terminara su numerito mientras pensaba, por primera vez con palabras claras, que algún día iba a ser una polla de verdad y no un tacón.
***
El sábado siguiente, en una discoteca del centro, una chica de la clase paralela me entró sin razón aparente. Le seguí el rollo más por curiosidad que por ganas. Acabamos en un descampado detrás del aparcamiento. Nos besamos. Le toqué los pechos por encima de la camiseta. Ella me bajó la cremallera con prisa y me sacó la polla con la intención clara de mamármela. Cuando me la vio en la mano, se quedó paralizada un segundo y se echó a reír.
—¿A esto le llamas polla? He visto zanahorias del mercado que dan más placer.
Se sacudió la falda y se fue sin despedirse. Me quedé con la polla fuera y la verdad encima: las mujeres no eran mi camino y, aunque lo fueran, no tenía con qué.
El lunes intenté hablar con ella en el recreo. Quería explicarle que no buscaba follármela, que era gay, que su rechazo no me había hecho daño en el ego sino que me había confirmado algo. No me dejó abrir la boca.
—Nunca vas a meter ese penito en el coño de ninguna mujer. Eso debería estar encerrado en una jaula con candado, porque no sirve ni para pajearte. Si algún día te acercas a una, aprende a usar la lengua. Es la única parte de tu cuerpo que sabrá dar placer.
Asentí en silencio. Tenía razón en casi todo.
***
Una tarde de jueves, volviendo del entrenamiento por una calle vacía, Mateo se quedó a mi paso. Era de mi equipo, lateral derecho, un año mayor que yo, y nunca habíamos cruzado más de tres frases seguidas. Caminamos un par de manzanas en silencio antes de que me preguntara, sin mirarme:
—¿Eres gay?
No respondí. Apreté la correa de la bolsa.
—A mí me lo puedes decir. Somos del mismo equipo y yo soy gay activo.
—Eso se comenta —dije, por decir algo.
—De ti se oye que miras pollas en las duchas. ¿Has probado alguna?
—Todavía no.
—¿Quieres probar la mía?
Tardé en contestar lo justo para que él entendiera que era un sí.
—¿Cuándo?
—Ahora, si quieres. Mis padres tienen un trastero en el sótano del edificio. Te la mamas primero y después te follo. Tengo lubricante.
—Vamos.
***
El trastero olía a cartón viejo y a aceite de bicicleta. Mateo cerró la puerta con pestillo, encendió un fluorescente que parpadeó dos veces antes de quedar fijo, y empezó a desnudarse sin teatralidad. Yo lo imité, más despacio, intentando esconder mi polla con la mano cuando me bajé el calzoncillo. Él no se rio. No dijo nada. Se sentó en una caja de plástico vuelta del revés y me hizo un gesto con la cabeza.
—Espero que me la mames bien.
Me arrodillé. Era la primera polla que tenía en la boca y no sabía por dónde empezar. La toqué con la lengua, la rodeé con los labios, la metí hasta donde pude sin atragantarme. Mateo me puso la mano en la nuca, sin forzar, marcándome un ritmo lento. Yo le hacía caso. Aprendía rápido. La sentía endurecerse contra mi paladar y eso me ponía como nunca me había puesto un porno.
Cuando se corrió, no avisó. Sentí el primer chorro caliente en el fondo de la boca y por instinto eché la cabeza atrás. Me agarró del pelo y me la metió otra vez.
—Trágatela. Si te has comido tantas galletas lefadas con tus amigos, esto no te va a costar. Y déjamela limpia.
Tragué. Le pasé la lengua por toda la polla hasta que no quedó una gota. Él sabía lo de las galletas; en ese pueblo todo se sabía. Y no esperaba menos de una chupona como yo.
—Apóyate contra la pared y pon el culo en pompa.
—Con condón —dije, más por miedo que por convicción.
—Tranquilo —contestó, sin sacar ningún condón.
Me echó lubricante en el culo y se untó él la polla con la otra mano. Apoyé las palmas en la pared de bloques. Sentí la punta presionar, abrirse paso. Sus dieciocho centímetros no entraban. Gemí del dolor, lo que tenía dentro era apenas la cabeza. Sacó, volvió a entrar, sacó, volvió a entrar, cada vez un poco más adentro. A la cuarta o quinta vez, mi cuerpo cedió y la sentí entera, golpeándome por dentro hasta donde no había llegado nunca nada.
—¿Eres maricón? —me preguntó al oído, sin parar de moverse.
—No —respondí, por costumbre.
—¿Ah, no? ¿Y qué hace un tío como yo dándote por culo entonces?
—Me gusta. Sigue. Métemela toda.
—¿Te gusta que te folle?
—Sí. Dame más fuerte.
Mateo aceleró. Yo gemía más alto de lo que debía y él me tapó la boca con la mano.
—No grites, joder, que las paredes son finas.
Embistió más rápido. Sentí el chorro de su lefa por dentro del culo, caliente, abundante, sin nada que lo parara. No había habido condón en ningún momento. Cuando salió, me arrodillé otra vez y le limpié la polla con la lengua hasta dejarla brillante.
—Si te ha gustado, los sábados después de la juerga venimos aquí.
—De acuerdo.
***
Salimos del trastero ya de noche cerrada. Nos despedimos en la esquina. Caminé hacia mi casa con las piernas blandas y el culo escociéndome, sintiendo que algo se me había acomodado por dentro de un modo en que no podría volver a desacomodarse nunca. A media calle me crucé con Noelia. La saludé con un gesto. Ella se paró delante de mí y se desabrochó dos botones del abrigo.
—Agachado, mírame las tetas.
Se abrió el sujetador con una mano y me las enseñó bajo la farola.
—¿No te gustan? Mira qué tetas. A los machos les encantan. Pero tú no eres macho, tú eres maricón. ¿Has disfrutado de la follada?
Me quedé sin aire. ¿Cómo sabía ella lo de la follada?
—Mis padres tienen un trastero pegado al de los padres de Mateo. Fui a buscar un chándal viejo para correr y, como las paredes son las que son, lo he oído todo. Tus gemidos de puta, tu «métemela toda», tu «dame más fuerte». El lunes el instituto entero lo sabe.
—Buenas noches —fue lo único que se me ocurrió decir.
Llegué a casa, cené sin hambre, me encerré en mi cuarto. Me dolía el culo de verdad. Me metí en la cama y me dormí pensando que cualquier dolor era mejor que el de los tres últimos años.
***
Noelia cumplió. El lunes el instituto entero hablaba de Mateo y de mí, de lo que hacíamos los sábados en el trastero, de que él daba y yo recibía. Yo dejé de bajar la cabeza por los pasillos. Algo se había roto y, con la rotura, también el miedo. Mateo y yo seguimos quedando todos los sábados a la noche después del botellón. Mi culo se fue acostumbrando a su polla, a sus embestidas, a su forma de agarrarme las caderas. Llegó un punto en que no solo no me dolía: lo necesitaba. Y entonces empecé a disfrutar de verdad, a entender qué era una buena follada.
Mateo se fue a Valencia al año siguiente, a estudiar la carrera. Le perdí la pista. Una vez le pregunté a sus padres por él, esperando que volviera para el verano, y me contestaron que se quedaba allí, que había encontrado trabajo. No volví a verlo.
A Noelia me la cruzo a menudo. Está casada y tiene dos hijos. Cada vez que me ve, me pregunta lo mismo, con la misma sonrisa:
—¿Tienes ya un novio pollón que te dé bien por culo, agachado?
Y yo, según el día, le contesto la verdad.