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Relatos Ardientes

El veterano me arrinconó en el control de cámaras

El primer domingo de febrero de 2020 me tocaba turno de mañana en el control de seguridad. Había llegado a las seis, me había servido un café demasiado fuerte y a las once seguía solo delante de las pantallas, vigilando un edificio que un domingo a esa hora estaba prácticamente vacío. Mi compañero, Mateo, había pasado la noche peleándose con una muela y se había tomado un nolotil al amanecer. Le dije que se echara un rato en el sofá de la sala de telemática y allí seguía, despatarrado, mientras yo terminaba la última tostada con aceite del desayuno.

Eladio entró por la puerta de la calle a las once y dos minutos. Lo supe porque tengo grabado a fuego ese reloj. Llevaba sin verlo desde principios de diciembre, desde que decidió pasar de mí como quien aparta un mueble que ya no necesita.

—¿Estás solo? —preguntó, sin saludar.

—Sí. Mateo está dando una ronda —mentí.

—¿Tardará?

—Un buen rato. ¿Lo llamo?

—No. Si vuelve, ¿lo ves desde aquí?

—Por las cámaras. Claro.

Me había estado hablando por encima de la consola, de pie al otro lado del cristal. Rodeó el mostrador despacio y se colocó a mi espalda. Olía a colonia barata y a tabaco frío. Tenía sesenta y un años, le faltaban meses para la jubilación y había sido apartado del puesto operativo por algún motivo que nadie quería contarme. A mí me daba igual. A él, evidentemente, también.

—Te he echado de menos, maricón —dijo, apoyando la mano en el respaldo de mi silla.

—Has pasado de mí como de la mierda.

—Vaya, mi maricón está enfadado porque no le he dado su ración.

—Vete a tomar por culo, Eladio. Llevas dos meses sin mirarme.

Era verdad. Desde octubre no se había acercado. En ese tiempo había estado con dos tíos que conocí en el aparcamiento del polígono, dos polvos rápidos en coches con los cristales empañados, sin nombres. Ninguno me había dejado el cuerpo como me lo dejaba él.

—A ver, puto maricón —dijo, agachándose hasta que su boca me rozó la oreja—. Yo te follo cuando me sale de los cojones. ¿Estamos?

—No me llames maricón.

Me tendió la mano. Se la cogí casi sin pensarlo y me hizo levantarme. Antes de que pudiera decir nada me agarró la nuca, me atrajo hacia él y me besó. Al principio cerré los labios. Apreté los dientes incluso, por orgullo más que por otra cosa. Pero su lengua insistió y al cabo de unos segundos cedí, abrí la boca y dejé que entrara.

Me besó con saña. Me mordió el labio inferior hasta que solté un gemido y aprovechó para meterme la lengua hasta donde pudo. Mientras tanto me desabotonaba la camisa del uniforme sin mirar, con la práctica de alguien que ya lo había hecho antes en esa misma habitación.

—Joder, cómo me gusta tu pecho —murmuró.

Me apartó la camisa de los hombros y bajó la boca hasta el pezón izquierdo. Me lo chupó despacio primero, luego lo apretó entre los dientes hasta que arqueé la espalda. Con la otra mano me masajeaba el otro pectoral, hundiendo los dedos en la carne. Yo intenté hablar dos veces y las dos me salió un susurro estúpido.

—Eladio, por favor… Mateo…

—¿No dices que va a tardar? Pues tenemos tiempo.

—Por favor…

No me escuchó. Y la verdad es que tampoco yo me escuchaba a mí mismo. Una parte de mí estaba mirando la pantalla de la cámara que enfocaba el ascensor de la primera planta, calculando cuántos segundos tardaría Mateo en aparecer si despertaba en ese momento. La otra parte estaba esperando, ansiosa, que Eladio me bajara los pantalones.

Me llevé las manos al cinturón, pero él me las apartó.

—Quítate esto —ordenó.

Me lo desabrochó él mismo. El botón, la cremallera, y el pantalón se me cayó al suelo arrastrado por el peso de los grilletes y de la defensa reglamentaria. Me incliné, me solté los zapatos, salí del pantalón y me bajé los calzoncillos. Quedé desnudo de cintura para abajo, con el uniforme abierto colgando de los hombros, en mi propio puesto de trabajo, a las once y cuarto de un domingo por la mañana.

Eladio me agarró los testículos y apretó.

—¡Ay!

—La tienes medio dura, golfo. Ábrete de piernas.

Me las abrí. Me apoyé con una mano en el borde de la consola y noté sus dedos buscándome el ano. Los movía en círculos, despacio, con la paciencia de quien conoce el camino. Intentó meter uno y el músculo no cedió. Estaba demasiado seco. Volvió a intentarlo y me dolió de verdad.

—Eladio, me duele. Está muy seco.

—¿Un dedo te duele? Anda…

—Te juro que sí.

Levantó la vista, miró por encima de la consola y vio lo que yo había dejado allí al desayunar: la botella de aceite de oliva. Media botella. Soltó una risa corta, la cogió, se mojó los dedos y volvió a apoyármelos en el culo. Esta vez sí entró. Un dedo, despacio, hasta el fondo.

—Oooh…

—Eso es, puta. Eso es.

Empezó a moverlo dentro de mí mientras me lamía el cuello. Lo giraba, lo sacaba a medias y volvía a hundirlo. Cuando entró el segundo, ya no me dolió. Me agarré al borde de la consola con las dos manos y dejé caer la cabeza hacia delante.

—Ah… cabrón, cómo me tienes…

—Eres mi maricón. Ya lo sabías.

Movía los dos dedos a un ritmo que se parecía mucho a follar, entrando y saliendo cada vez más deprisa. Le supliqué que parara, que me metiera la polla, lo que quisiera, pero que parara con eso porque no iba a aguantar más.

—Fóllame, Eladio. Por favor.

—¿Sí?

—Fóllame ya, hijo de puta.

Sacó los dedos y me obligó a darme la vuelta. Me apoyé sobre la mesa de la consola, con las pantallas zumbando a un palmo de mi cara, y le ofrecí el culo. Lo oí desabrocharse el cinturón. Cuando giré un segundo la cabeza lo vi: pantalones bajados hasta las rodillas, calzoncillos por los tobillos, la polla recta hacia arriba y aquel tatuaje borroso que tenía en la cara interior del muslo, una golondrina que con los años ya no parecía una golondrina. Cogió la botella de aceite y se untó la verga entera.

—Echaba de menos este culito —dijo.

Un cachete a mano abierta en la nalga derecha. Me cogió por sorpresa y solté un grito que rebotó en las paredes de la sala de control.

—Te gusta que te castigue.

—¡Ay!

Tres cachetes más, encadenados. Me ardió la piel y la consola tembló debajo de mí.

—Te has vuelto muy mal hablada, maricón.

—¡Hijo de puta!

—Eso digo yo.

Me abrió los cachetes con las dos manos. Apoyó la punta de la polla en mi ano y empujó. No de golpe. Despacio, con la paciencia mala de alguien que sabe lo que está haciendo. Sentí cómo se me iba abriendo el músculo, milímetro a milímetro, hasta que noté el calor de sus huevos contra los míos. La había metido entera.

—Aaay, dios…

—Cómo traga este culo. Joder.

Me arrancó la camisa y la chaquetilla de los hombros y las dejó caer al suelo. Quedé completamente desnudo, doblado sobre la consola, viendo en una de las pantallas el ascensor parado en la primera planta. Vacío. Mateo seguía durmiendo. O eso quise creer.

Eladio dejó la polla quieta dentro de mí. No se movió. Empezó a acariciarme la espalda con la mano abierta, de los hombros a los riñones, una y otra vez. Se inclinó sobre mí y me cogió los pectorales por debajo, apretándomelos, pellizcándome los pezones hasta que se me escapó un gemido más alto de lo prudente.

—Muévete, joder. Muévete.

—Chsss.

—Por favor.

—Me gusta tenerte así. Con la polla dentro y abrazado.

—Eladio, vamos.

—Llevo un mes sin correrme, maricón. Cuando empiece no voy a poder parar.

Sacó la polla casi entera. Lo hizo muy despacio, dejándome notar cada centímetro. Y de un golpe seco de caderas me la volvió a clavar hasta el fondo.

—¡Ah!

Otra embestida. Otra. Otra. A los pocos segundos se había instalado un ritmo que hacía vibrar la consola y los teclados. Mi polla, dura sin que nadie la tocara, golpeaba contra el canto del mueble en cada acometida. Me caía un hilo de líquido transparente por la punta que se me quedaba pegado al muslo y al borde de la mesa.

—Joder, maricón. Cómo se me agarra tu coño a la polla cada vez que la saco.

—¡Ay, ay, ayyy!

—Esto es mío. Esto es mío, cabrón.

Yo sudaba. Él sudaba. La calefacción de la sala estaba puesta al máximo desde primera hora y todo el cuarto olía a sexo, a sudor, a aceite caliente. En una de las pantallas vi cómo cambiaba el plano automáticamente: la cámara del aparcamiento, la del vestíbulo, la del pasillo de telemática. Mateo seguía tumbado en el sofá, igual que lo había dejado. Boca abajo, con un brazo colgando.

—Eladio, no me sostienen las piernas.

—Aguanta.

—Que no, que no me sostienen…

Me cogió por las caderas con más fuerza, sujetándome casi en el aire, y siguió follándome a un ritmo que ya no era humano. Mis muslos chocaban contra el canto de la consola en cada embestida y yo, sin sostén, sin nada, sentí cómo el orgasmo me empezaba en algún punto entre el ombligo y la espalda baja.

—¡Ah! ¡Eladio… me viene… me vieneee!

—Córrete, maricón. Córrete sin tocarte.

Me corrí sin que nadie me tocara la polla. Me corrí en chorros contra el mueble, contra la pantalla apagada del lateral, contra mi propio muslo. Las piernas se me aflojaron por completo y, si no me hubiera tenido sujeto por las caderas, me habría escurrido al suelo. Eladio aceleró todavía más al notar cómo se contraía mi culo alrededor de su polla.

—Joder. Joder. Joder.

—Ay…

—Te voy a dejar preñado, putón.

Las embestidas se hicieron más lentas y más profundas a la vez. La última fue tan brusca que me empujó la cadera contra la consola y casi me tira la pantalla del lateral. Sentí entonces lo que en seis años de polvos con él no le había sentido nunca: las contracciones de su verga dentro de mí, el chorro caliente vaciándose en mi tripa, una vez, dos, tres. Notar de verdad cómo otro hombre se corre por dentro de uno es algo que no se olvida.

—Joder, Sergio —susurró.

Se quedó quieto, abrazado a mi espalda, durante un minuto largo. Me besó el cuello. Me lamió el sudor de entre los omóplatos. Su polla seguía dentro, palpitando cada vez más despacio. Cuando por fin la sacó, sentí un hilo de semen tibio bajándome por la cara interior del muslo.

—Joder, Eladio.

—Joder, sí.

En ese momento sonó el pitido. Una de las cámaras había detectado movimiento. Levanté la cabeza de golpe y vi a Mateo en la pantalla, llamando al ascensor en la primera planta. Tendría como mucho un minuto. Recogí del suelo el pantalón, los calzoncillos, los zapatos, la camisa, la chaquetilla y todo lo que pude agarrar de una sola brazada, y salí corriendo hacia los servicios sin mirar a Eladio. Cuando volví, vestido, con la cara mojada y el culo todavía húmedo, Mateo estaba entrando por la puerta. Eladio, sentado tranquilamente en la silla de las visitas, se levantó, le dio una palmada en el hombro y se marchó silbando, como quien acaba de pasar a saludar a un viejo colega.

—¿Y ese qué quería? —preguntó Mateo.

—Nada. Pasaba por el barrio.

Mateo se sentó delante de las pantallas con una mano en la mandíbula y empezó a quejarse otra vez de la muela. Yo no escuchaba. Yo seguía notando, debajo del uniforme limpio, lo que aquel hombre acababa de dejarme dentro.

***

Después de aquel domingo, Eladio volvió a ignorarme. Coincidimos en dos turnos en febrero y no me dirigió la palabra. Luego llegó marzo y, con marzo, el confinamiento. Fue de los primeros del edificio en caer. Lo ingresaron, estuvo grave, salió tocado del pulmón derecho y de la cabeza. No volvió al puesto. Cogió la jubilación anticipada y se mudó a Algeciras, donde tenía una hermana viuda. Nunca más supe de él.

A veces, en una noche tranquila delante de las pantallas, miro el rincón de la consola por donde me corrí aquella mañana y me acuerdo. No del polvo, exactamente. Me acuerdo de cómo me llamó Sergio justo cuando se vino. Fue la única vez, en seis años, que oí mi nombre en su boca.

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Comentarios (5)

Diegote_77

Excelente relato, me tuvo enganchado de principio a fin!!

ClaudioMdq

Habrá continuación? quedé con muchas ganas de saber como sigue esto...

GatoSolitario22

La tension que se genera en un espacio cerrado, con alguien dormido al lado... eso es lo que hace que el relato sea tan creible. Muy bueno.

ViajeroDeNoche

jaja el detalle del compañero durmiendo le da mucha gracia a la situacion. Bien jugado

PabloSF77

Me recordó a esos domingos tranquilos donde puede pasar cualquier cosa. Bien escrito, se lee rapido y no aburre.

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